miércoles, 5 de enero de 2011
Tú, vos, usted…
En Costa Rica, la gente habla sobre todo de usted, especialmente al referirse a desconocidos o personas mayores a uno. Se entiende como una señal de respeto y marca una distancia cuando no media suficiente confianza entre las personas. Por otro lado, la forma coloquial por excelencia para referirse a un par, amigo o persona menor que uno es el vos, en singular (para segunda persona plural se emplea sin excepción el ustedes, no el vosotros). Así, el voseo y el ustedeo se alternan y comparten el espacio de la comunicación diaria.
Aunque aquí hayamos reducido el fenómeno en extremo para su explicación, las relaciones sociales que se expresan a través de la alternancia entre vos y usted no son sencillas y producen una divagación constante. Un hablante costarricense puede comenzar hablando de vos para terminar hablando de usted, pero conjugando los verbos en tú (el tú que se escucha en la televisión, que aparece en todos los manuales de conjugaciones verbales y en todas las traducciones de libros hechas en España y México; el tú, en fin, que nos viene artificialmente desde fuera y se filtra en nuestra vida cotidiana hasta no saber cómo hablamos los ticos). Lo que es peor, esta divagación en el habla se traslada a la escritura, en donde el hablante –ahora escribiente– no sabe qué hacer: ¿trata de acercarse a su lector mediante una fórmula amigable, cercana, que rompa barreras; o mantiene la distancia, el respeto, la dignidad?
Con mucha frecuencia se mezclan las dos intenciones de comunicación y hasta en los mensajes más cortos el texto puede comenzar en un vos –a menudo conjugado como tú– y un usted, indispensable para mantener la distancia, la autoridad y el respeto. Aporto aquí un ejemplo tomado de una iglesia costarricense, en donde este fenómeno se ve claramente en unas poquísimas palabras, apenas un párrafo.
La difusión de internet, con el aumento de la comunicación escrita a través de foros y chats, también crea problemas existenciales: ¿cómo se escribe en un chat o en un foro? Basta andar en foros extranjeros para darse cuenta lo usual y frecuente que es el tú; y un tico, en territorios extranjeros, se adapta con facilidad. Pero los costarricenses, cuando se encuentran en un círculo cerrado, por ejemplo un curso en línea, prefieren el usted y siguen prefiriendo el usted por encima del tú o el vos, particularmente si son adultos. Al menos así ocurrió en el último curso en línea que tomé en Costa Rica, en donde adrede y con alevosía, lancé la pregunta e hice una pequeña encuesta. Había incluso reacciones adversas ante la idea de usar “vos” y ni una sola persona estuvo dispuesta a usar “tú”; no cuando se le preguntaba conscientemente.
Desde luego, este tipo de mezclas, curiosas e interesantes como son en un contexto cultural y en tanto objeto de estudio, se vuelven inadmisibles si cambiamos el contexto: si estamos escribiendo un libro en donde sea indispensable interpelar al lector directamente, es necesario elegir un solo estilo (tú, vos, usted) y ser consecuentes. Este es uno de los puntos que pueden llegar a ser polémicos en el día a día de la edición.
¿En dónde se necesita el “tú/vos/usted” en la edición de libros?
Lo primero que viene a la mente son los diálogos: ya sea en textos literarios o en recreaciones fabuladas en donde haya personajes, siempre que unos se dirijan a otros habrá necesidad de decir “tú” o “vos”. Aquí, claro está, la corrección dependerá de la intencionalidad, usos y funciones del texto. Conviene preguntarse si es necesario mantener la unidad o queremos, por el contrario, emplear estas marcas lingüísticas como una estrategia para mostrar la psicología o la cultura del personaje. En obra literaria, el corrector deberá hablar siempre con el autor y llegar a un acuerdo.
Pero hay otro tipo de obras en donde el tú/vos/usted puede ser útil: el ensayo en donde el autor quiere involucrar al lector; o, en el texto didáctico, puntos diversos en donde se desee crear zonas de encuentro entre el autor/docente y el lector/estudiante. En particular, una de las zonas en donde más frecuentemente se necesita interpelar al lector es en las instrucciones y ejercicios que sirven como guía para realizar actividades, recrear experimentos y hacer lectura interpretativa dirigida.
¿Usted, tú o vos en las instrucciones de texto didáctico?
Estamos muy acostumbrados a leer textos extranjeros redactados en tú. Es más fácil de conjugar, las formas son claramente distinguibles, los verbos dan la apariencia de tener faltas de ortografía… Por eso, alguna editorial costarricense que edita libros para niños costarricenses ha dicho “escribamos en tú, porque es más fácil de escribir y corregir”. Esta es una decisión arbitraria que no se basa en ningún estudio científico de los hablantes, ni siquiera en una sencilla investigación de mercado. Es una decisión tomada a puertas cerradas, sin tomar en cuenta al lector.
Otras editoriales didácticas, como la Universidad Estatal a Distancia (Uned, aclaro que de Costa Rica, no la de España), han seguido una larga tradición de uso del usted en las obras didácticas. Los textos son escritos para adultos dispersos en todo el país. Si bien es cierto que, sobre todo por influencia de la televisión, algunos grupos de hablantes jóvenes pueden emplear el tú en círculos urbanos, todavía en los pueblos y zonas alejadas del país el usted y el vos son la norma. Y el vos es algo que un tico solo le permite a un amigo, a un familiar, a sus padres o a su pareja; cualquier otra persona que se atreva a dirigirse a él en vos (y menos en tú) es un irrespetuoso o un extranjero. Por lo tanto, se comprende por qué el uso del usted sigue siendo el más adecuado para estos textos. El vos debería reservarse únicamente para diálogos entre personajes, alguna que otra exposición de casos y textos especiales que lo ameriten, pero no para dirigirse al lector.
En síntesis
En lo personal, abogo por una edición que tome en cuenta los rasgos lingüísticos del lector, sin que esto obligue a una escritura estrictamente coloquial (la norma y la corrección también son necesarias en las publicaciones escritas). Por lo tanto, antes de tomar una decisión editorial de este calibre, conviene preguntarse a qué público va dirigida la obra (niños, adolescentes, adultos), en qué zona geográfica se desempeñan (ciudad, campo) y cómo hablan entre ellos. Y una vez respondido esto, habrá que decidir por qué se necesita el tú/vos/usted y cuáles son sus funciones dentro del texto. Solo después de esto, se podrá tomar una decisión y, una vez tomada, aplicarla con uniformidad y consistencia.
Así, y por si tenía alguna duda, en este blog usamos el usted.
lunes, 3 de enero de 2011
Falsos amigos: "facilites" no es "facilidades"
Este caso se ha generalizado al punto de hallarse en traducciones descuidadas realizadas por editoriales de prestigio (conozco al menos un caso en una editorial mexicana cuyo nombre no mencionaré) y en toda clase de documentación informativa, como afiches, desplegables y páginas web.
Por ejemplo, en un afiche en un parque nacional costarricense, se puede leer el siguiente título: “Servicios y facilidades”. Bajo ese rubro, se desglosan, entre otros, los siguientes puntos: “Nueve diferentes senderos, puente colgante, caminatas guiadas, albergue con facilidades para albergar a 47 personas”. En el mismo afiche se encuentra la traducción al inglés de esta información; ahí, el título es “Services and facilities”.
Este es un claro ejemplo de falso amigo en donde facilities no puede traducirse por facilidades. A continuación veremos por qué.
Facility (en inglés) tiene al menos tres campos semánticos principales (que se pueden ver en sus distintas acepciones). El primero coincide en buena medida con la definición en español del vocablo: “la cualidad de que algo se realice fácilmente” o, como dice el DRAE, “disposición para hacer algo sin gran trabajo”. Otro campo semántico es habilidad o facultad para hacer algo; en estos casos, la mejor traducción es, en efecto, habilidad, facultad o capacidad de. En el único ejemplo en donde es más o menos equivalente al español es en la expresión facilidad de palabra, pero no puede usarse así en otros contextos, como podría ser “the facility for languages” que se traduciría como “habilidad para las lenguas”.
El falso cognado sobre el que aquí estamos llamando la atención se produce en la otra acepción en inglés: facility también significa ‘algo (como un hospital) que es construido, instalado o establecido para servir a un propósito particular’ (traducido del diccionario Merriam-Webster). También se le define como ‘espacio o equipo necesario para hacer algo’. Ejemplos: cooking facilities; facilities for picnicking, camping, and hiking; facilities include two swimming pools.
En español (basta consultar el DRAE o el diccionario de María Moliner), ninguna de las acepciones incluye ese significado. En cambio, sí podríamos emplear las palabras instalaciones y servicios para referirnos a este tipo facilities, según lo que se esté diciendo en cada caso. Por lo tanto, en el ejemplo que aportamos al inicio del artículo, lo correcto habría sido escribir “Servicios e instalaciones”.
Si somos editores de libros en el campo del turismo, tenemos la responsabilidad de emplear correctamente el vocablo y corregir a nuestros autores cuando, ya interiorizado este falso amigo, escriben sin cesar facilidades con el sentido de instalaciones y servicios. Un error de traducción generalizado no es excusa para avalar el uso de un falso amigo cuando existen alternativas correctas y viables en nuestra lengua.
Artículos relacionados
¿Qué es son los falsos amigos?
¿Qué son los "falsos amigos"?
Los falsos amigos aparecen frecuentemente en traducciones realizadas por novatos o personas con poca formación y experiencia en el ramo. Son frecuentes en traducciones muy literales, en donde quien traduce se deja llevar por la forma de la palabra (morfología) y no investiga los significados de las dos palabras en cada lengua (semántica). Esto produce imprecisiones en la comunicación.
Si los lectores de la palabra mal traducida desconocen la lengua de origen, por lo general carecen de herramientas para detectar el error. Como resultado, las malas traducciones –tanto libros publicados por editoriales, como en medios de prensa– llegan a generalizarse sin remedio y grandes públicos adoptan un falso cognado como la forma correcta de un concepto.
El problema se agrava cuando el falso amigo logra insertarse en una comunidad de hablantes de alguna clase; por ejemplo, entre un grupo de investigadores, en una universidad, entre los docentes de una carrera, en un gremio profesional… Así, en poco tiempo, los miembros de esa comunidad están hablando entre ellos con un falso cognado cuyo significado todos parecen entender. ¿Por qué, le preguntan al filólogo, sería necesario corregirlo?
Mi respuesta siempre está a medio camino entre el respeto por la norma y la buena comunicación: un falso amigo, por lo general, es el resultado del error humano; error que solo se puede generalizar si las personas responsables de los medios de comunicación no lo detienen a tiempo. Si nosotros estamos en el medio editorial (ya como editores, correctores de estilo o escritores de cualquier clase, periodistas incluidos), estamos obligados por nuestra profesión a un uso responsable de los vocablos. Resulta triste cuando un lector no especializado utiliza la mala traducción de una editorial reconocida para respaldar y legitimar el uso de un falso cognado.
Por otro lado, si detectamos una comunidad de hablantes en donde un falso cognado se ha introducido sin aviso, siempre conviene rectificar, aun cuando sea lentamente. Si la lengua va a cambiar, que cambie como debe: gracias a los hablantes que se adaptan a las nuevas necesidades de comunicación y no como la imposición inevitable e inconsciente de errores no corregidos a tiempo.
Lecturas recomendadas
Para ampliar el tema de los falsos amigos o falsos cognados recomiendo la lectura de la entrada “falsos amigos” en el el Diccionario de redacción y estilo de José Martínez de Sousa (2003), en donde se explica el origen del término y se proponen alternativas para su denominación.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Lineamientos para la corrección de estilo
Una de las carencias del medio de los correctores de estilo, al menos en mi país, es la falta de unidad con respecto a lo que la corrección abarca, cuáles son sus límites y hasta dónde puede llegar el corrector. Ante la ausencia de documentación y bibliografía, algunos de nosotros terminamos por escribir nuestros propios lineamientos para hacerlos circular entre colaboradores y clientes.
Con la esperanza de que en el futuro dispongamos de una comunidad de correctores más organizada y unida, comparto un documento surgido de la experiencia diaria. Tal vez sea de utilidad para otros y pueda ser objeto de refinamiento gracias a los comentarios y aportes de los lectores de este blog.
Este documento se elaboró específicamente para el contexto de la producción de libros impresos en el área educativa. He realizado ajustes, para no limitarlo a su entorno original y que, eventualmente, pueda ser adaptado a la corrección en otros ámbitos o áreas.
Lineamientos para la corrección de estilo
1. Corrección de estilo, no corrección filológica
En este documento se emplea la expresión corrección de estilo, y a las personas que realizan este trabajo les denomina correctores (bajo el entendido de que este vocablo abarca por igual a correctoras y correctores). [Es común, en Costa Rica, escuchar las expresiones corrección o revisión filológica junto con las de corrección o revisión de estilo. A menudo, se cree que existe una diferencia entre ambas y su uso diferenciado suele llevar a la confusión. El término “revisión” no lleva implícita la acción de corregir. En cuanto al calificativo “filológica”, parece ser un fenómeno localizado, exclusivo de Costa Rica, derivado del hecho de que, en este país, las correcciones de estilo son realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología].
2. Qué es la corrección de estilo
La corrección de estilo consiste en el proceso de revisión, limpieza y perfeccionamiento del texto para que sea lecturable (claridad y comprensión), exacto (expresión correcta de las ideas), coherente (desarrollo del discurso) y uniforme (decisiones editoriales sistemáticamente aplicadas en toda la obra).
Para lograr esto, el corrector deberá eliminar los errores gramaticales, ortográficos y ortotipográficos, así como lograr unidad y consistencia en los aspectos relacionados con un adecuado y correcto uso de la lengua, como sintaxis, ortografía, semántica, reiteraciones léxicas o eidéticas, redundancias innecesarias, ambigüedades, contradicciones, uso de mayúsculas, signos, puntuación y acentuación, topónimos incorrectos y erratas.
Procurará que el estilo del texto se adapte a la expresión general de la norma del español, pero tomando en cuenta los giros estilísticos propios del habla del público meta de la obra, así como el área, disciplina o género de la obra. Así mismo, velará por su adecuación a los requisitos de comunicación del entorno en donde se empleará el texto, sin incurrir en la sobrecorrección o en la pérdida de los giros estilísticos propios del autor que puedan ser gramaticalmente válidos, comprensibles distintivos de un sello personal.
3. Quién lleva a cabo la corrección de estilo
En Costa Rica, muchas instituciones solicitan que las correcciones de estilo sean realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología o su equivalente (según la nomenclatura propia de cada universidad). Lo deseable es que la persona tenga formación académica y experiencia demostrable en el área de la corrección.
4. Nivel de intervención
El corrector de estilo señalará los problemas propios de su área de especialización, es decir, la clara y correcta expresión de las ideas, respetando y manteniendo la intención del autor del material. Se espera, por lo tanto, una revisión que contribuya a ajustar y perfeccionar el texto, pero que no implique su reescritura completa o una alteración de los contenidos expuestos. Si el corrector de estilo detecta problemas tan graves que requieran tal intervención profunda del material, deberá comunicarlo de inmediato al editor a cargo para que sean este y el autor, siguiendo las observaciones del corrector de estilo, quienes realicen ese proceso de reescritura.
Según las leyes de derechos de autor, se protege la forma, no las ideas; por lo tanto, el corrector debe aprender a identificar cuándo su labor traspasa esa delicada línea, para no incurrir en una violación al derecho moral del autor sobre su obra. Esto no debe ser excusa, por parte del autor, para rechazar correcciones legítimas y necesarias desde el punto de vista de la lengua o de las normas editoriales a las que deba acogerse.
5. Limpiar/normalizar/unificar
El corrector de estilo velará por el uso coherente del estilo comunicativo y los signos ortotipográficos, de manera que la obra mantenga unidad editorial. Seguirá para esto los lineamientos que la editorial o el cliente le proporcionen. Para este fin, el autor y el editor entregarán una lista de decisiones críticas tomadas durante el proceso de escritura y edición. El corrector deberá identificar aquellos aspectos adicionales que requieran ser limpiados, normalizados o unificados, realizará una recomendación al editor o autor y, conjuntamente, definirán los criterios de corrección, para su posterior aplicación sistemática.
6. Evitar la sobrecorrección
Se denomina sobrecorrección al acto de modificar expresiones, párrafos o frases que ya son gramatical y estilísticamente correctos. Si bien el corrector, debido a su experiencia y especialización profesionales, puede tener una mayor facilidad para proponer alternativas, a veces más elegantes o mejor resueltas, se le sugiere evitar recargar el documento de correcciones innecesarias con el fin de procurar un proceso editorial más ágil y de respetar la labor realizada tanto por el autor como por el editor de la obra.
Este es un llamado a la prudencia, con el fin de evitar un exceso de intervención por parte del corrector. Cuando el corrector tenga la firme convicción de que algo que ya está correcto puede ser corregido, identificará mediante el uso de otro color de tinta o lápiz su sugerencia, y dejará muy en claro que esta no es obligatoria y, por lo tanto, su aplicación está sujeta a la aprobación del autor y del editor. Se le sugiere reducir al mínimo indispensable estas sugerencias.
7. Criterios de aplicación de normas y uso
En la corrección léxica, morfológica, sintáctica y ortotipográfica, se dará preferencia a la aplicación de las normas aceptadas del español, según lo dictamina la Real Academia Española (RAE) en sus publicaciones más actualizadas.
Esta aplicación debe ser flexible y tomar en cuenta aspectos como el uso, las variantes regionales, las características del público al que está dirigido el material y las particularidades del área académica o científica a la que pertenece el material. De esta manera, entre dos formas correctas y aceptadas, se preferirá la que es más utilizada en Costa Rica, como periodo sin tilde (uso costarricense) frente a período con tilde (propio de otras regiones lingüísticas). [Usted, lector, reemplace esta última oración con su país o zona de acción].
Con el fin de mantener un lenguaje más comprensible, cuando el uso esté muy extendido y haya sido registrado por diccionarios de uso reconocidos (María Moliner, Vox, Clave), se preferirá la forma más extendida en lugar de la académica (o estrictamente correcta), tomando en cuenta que la tendencia actual de la RAE es la de aceptar las variantes de uso en países no peninsulares. Tal es el caso de concientizar, palabra que durante muchos años fue considerada incorrecta por no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero que la última edición de este diccionario (2001) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) ya aceptan para el entorno geográfico latinoamericano.
Para neologismos todavía no registrados en ninguna fuente lexicográfica normativa, se procurará una investigación en corpus de la lengua (CREA, CORDE, Corpusdelespañol.org) y una verificación en buscadores en línea, para confirmar que tal forma está ya estandarizada en el uso. Este será un recurso únicamente para casos excepcionales.
Se aplicarán también las normas editoriales definidas por la editorial o el cliente, ya sea a través de su manual de estilo, un documento de lineamientos o de las instrucciones específicas por parte del editor a cargo.
8. Signos y llamadas
El corrector le entregará a su cliente el código de signos o llamadas empleado durante la corrección. Se puede consultar, para referencia, los signos recomendados por José Martínez de Sousa en el Manual de estilo de la lengua española (2007).
9. Informe de corrección
El corrector emitirá un informe breve, con un sumario de los principales cambios que aplicó sistemáticamente en el texto, según sus particularidades. Indicará el nivel de corrección, los criterios de unificación y los cambios implementados de manera transversal en toda la obra (muletillas frecuentes, vicios lingüísticos, etc.). Si lo desea, también puede adjuntar otros documentos, como tablas de decisiones u otros recursos que haya generado durante la corrección. Esto servirá de guía para dejar constancia sobre su intervención en la obra.
10. Corrección en papel o digital
La corrección se llevará a cabo en papel, con marcador rojo para las modificaciones obligatorias y lápiz para las sugerencias o explicaciones. Si hubiere necesidad de utilizar otro color, el corrector lo advertirá en su informe.
11. Bibliografía y herramientas de corrección
El corrector utilizará la bibliografía sugerida en sus versiones más actualizadas. En el caso del DRAE, específicamente se le recomienda el uso de la edición en línea, puesto que esta se actualiza diariamente con modificaciones y adelantos de la próxima edición.
12. Particularidades del estilo didáctico
El estilo académico didáctico se caracteriza por la claridad y la precisión comunicativa de contenidos académicos, científicamente fundamentados y, en la medida de lo posible, demostrables. Por su propia naturaleza, fuera de casos especiales, debe evitar la ambigüedad, la oscuridad expresiva y la subjetividad injustificada.
Por motivos didácticos, la redacción debe ser fácil de comprender, para que el estudiante, además de lidiar con la complejidad inherente a los contenidos de una asignatura, no deba también realizar un esfuerzo extra para entresacar la información a partir de una redacción confusa, errática, macarrónica, llena de recovecos y con problemas de coherencia. La expresión lingüística, vista así como medio expresivo, debe facilitar la comprensión de los contenidos en lugar de añadirle una complejidad innecesaria e injustificada.
El estilo también estará determinado por las estrategias de comunicación con orientación didáctica, previamente elegidas por el autor y el equipo de producción. Esto puede variar desde el uso de un estilo impersonal, muy distante y objetivo, hasta la aplicación de un tono directo, que interpele al lector. Cualquiera que sea el caso, el corrector deberá velar por una aplicación coherente del estilo elegido, en todos sus aspectos formales.
El nivel de complejidad de la escritura también estará condicionado por el nivel del curso y las características del público destinatario. El corrector deberá consultar el nivel de la carrera o programa al que pertenece la asignatura, para identificar potenciales problemas expresivos que requieran de algún ajuste en la redacción.
domingo, 10 de octubre de 2010
Entre otros, como, por ejemplo: cómo abrir las enumeraciones cerradas
Existe una tercera forma de lista o enumeración, a medio camino entre esas dos. No es muy recomendable, pero existe y, de hecho, aparece a menudo en obras didácticas:
En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores: la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.
La lista no se cierra porque se está diciendo, explícitamente, que existen otros componentes no mencionados al introducir entre otros; sin embargo, el autor ha elegido destacar los que considera más relevantes o aquellos en los que concentrará sus esfuerzos explicativos.
Mi recomendación personal es emplear siempre la conjunción, para cerrar la lista, e indicar, como explicación adicional, que existen más elementos no mencionados.
También me gusta recomendar la simplicidad y evitar la redundancia innecesaria. Otra manera de redactar el ejemplo anterior habría sido reemplazar los dos puntos por como o utilizar por ejemplo; pero, en ese caso el “como” y el “entre otros” se vuelven redundantes porque son maneras distintas de decir lo mismo.
En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores como la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.
En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores; como por ejemplo, la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.
Las tres oraciones son gramaticalmente correctas. El autor y el editor elegirán la más adecuada atendiendo otra clase de criterios; por ejemplo, si es más directa y sucinta, si se adapta mejor al estilo del autor o si ya se han repetido muchas oraciones parecidas y se quiere alternar estilos. Elija la más adecuada para su texto, pero prefiera siempre las más sencilla, sin descuidar la precisión.
martes, 21 de septiembre de 2010
Ortotipografía: los signos de interrogación y exclamación
La capacidad humana de hacerse preguntas y de asombrarse ante el mundo es una de las claves de la evolución y el aprendizaje. Por la misma razón, hemos creado signos para representar estas dos modalidades de pensamiento en la escritura. Sin embargo, con mucha frecuencia escucho dudas reiteradas sobre cómo se utilizan, cuándo se escriben y cuáles son sus reglas ortotipográficas.
En lo que a los signos de interrogación y exclamación concierne, las convenciones varían de una lengua a otra. Por esa razón, aquí nos concentraremos en las normas del español.
¿Cuáles son los signos de interrogación y exclamación?
Los signos de interrogación son esas hoces que terminan en un punto, con las que hemos enmarcado el subtítulo de este apartado: ¿ ?. Los de admiración se distinguen porque se forman con una línea recta, terminada en punto: ¡ !. Como acabo de mostrar, existen dos tipos: uno de apertura y uno de cierre. Es incorrecto situar el signo de cierre en la posición de apertura o a la inversa:
Correcto
¿Me prestas tu libro de cohetes?
Incorrecto
?Me prestas tu libro de cohetes?
¿Siempre se necesita escribir el signo de apertura?
Sí, siempre y cuando estemos escribiendo en español. En español, en el habla, es posible transformar la misma oración (con idéntica estructura sintáctica) en una pregunta o en una exclamación, gracias al poder de la entonación, que en la escritura representamos por medio de signos: Vas a ir al cine no es lo mismo que ¿Vas a ir al cine? o, incluso, que ¡Vas a ir al cine!; en cada caso hay un matiz de significado diferenciador.
Necesitamos el signo de apertura para indicarle al lector el punto exacto de la enunciación en donde se produce el cambio de significado.
¿Por qué a veces se escribe signo de puntuación detrás del signo y a veces no?
Los signos de interrogación y admiración tienen valor de punto final, siempre y cuando no vayan seguidos de una coma o de un punto y coma. Por lo tanto, la adecuada puntuación de la frase dependerá, en primera instancia, de la intención del escritor y, en segunda, del juego de signos, mayúsculas y minúsculas de la oración.
Uno de los casos en donde más se presta a confusión es en la enumeración de preguntas después de dos puntos. La elección entre una alternativa y otra dependerá del tipo de idea que se desee transmitir. Los siguientes son dos ejemplos correctos de puntuación con los signos de interrogación:
Ejemplo 1
La humanidad se ha formulado numerosas preguntas cruciales a través de su historia: ¿cuál es la clave de la vida?, ¿existen poderes superiores que determinen los designios humanos?, ¿cómo se justifica el gobierno de los pocos sobre los muchos?, ¿hasta qué punto se puede dejar el poder en manos de los pueblos?
Ejemplo 2
La humanidad se ha formulado numerosas preguntas cruciales a través de su historia: ¿Cuál es la clave de la vida? ¿Existen poderes superiores que determinen los designios humanos? ¿Cómo se justifica el gobierno de los pocos sobre los muchos? ¿Hasta qué punto se puede dejar el poder en manos de los pueblos?
Nótese que en ningún caso se emplea el punto, porque el signo de interrogación ya tiene valor de punto. Lo que sí procede es dejar un espacio en blanco entre una oración y otra. En cambio, si se toma la decisión de separar las preguntas por medio de comas, el signo de interrogación pierde su valor de punto final y, por lo tanto, la siguiente oración debe iniciar con minúscula.
¿En qué estriba la diferencia entre una manera de escribir la secuencia y la otra?
Es una cuestión de estilo, de tono de voz, por así decirlo. Un punto supone una pausa mayor, una separación más tajante entre una expresión y otra, un ritmo más cadencioso que obliga a lanzar la idea y hacer un silencio. La enumeración por medio de comas nos dice que todas las preguntas son, en el fondo, la misma pregunta; que forman parte de una secuencia, que están ligadas entre ellas. No queremos que el lector las separe, sino que las una.
¿Se escribe espacio antes o después del signo?
El signo debe escribirse sin espacio de separación entre la palabra a la cual está asociado. Así, el signo de apertura irá junto a la primera palabra de la oración y el signo de cierre estará junto a la última palabra de la oración:
Correcto:
¿Vas a llegar tarde esta noche?
Incorrecto:
¿ Vas a llegar tarde esta noche ?
Tampoco se debe pegar el signo a otras palabras que no sean las señaladas.
Correcto:
Tu tía ya llegó. ¿Está listo el café?
Incorrecto:
Tu tía ya llegó.¿ Está listo el café?
En este último ejemplo, también conviene destacar que los signos de interrogación y exclamación únicamente tienen valor de punto cuando están en posición final de oración. Por lo tanto, las oraciones que le antecedan deben llevar sus respectivos signos de puntuación.
Casos en que las preguntas o exclamaciones no llevan signos
Dentro de la redacción se dan casos especiales en donde el hablante siente que se formula una pregunta, pero no precisan los signos respectivos. Esto ocurre cuando la pregunta está integrada en el discurso y no formulada como una oración interrogativa.
Ejemplo:
La maestra pregunta si los niños trajeron la tarea.
Para que esta oración fuese interrogativa, tendríamos que modificar la redacción, por ejemplo así:
La maestra pregunta: “¿Trajeron la tarea?”.
En síntesis
Las reglas de los signos de admiración e interrogación son sencillas:
- Siempre deben escribirse los signos de apertura y de cierre.
- El signo tiene valor de punto en posición final de palabra, siempre y cuando no le siga otro signo de puntuación (coma, punto y coma, dos puntos).
- El signo debe ir junto a las palabras respectivas de apertura y de cierre de la oración que enmarca, sin espacio de separación respecto a estas, pero con un espacio que lo separe de las otras oraciones adyacentes.
- Se debe valorar la sintaxis de la oración para discernir cuándo procede escribir los signos.
En cuestiones de signos de interrogación y exclamación, la buena ortografía garantiza la comunicación más allá de las fronteras, las costumbres y las diferencias culturales.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Entonces: la coma hace la diferencia
En matemáticas, abunda el uso de entonces con el valor de por lo tanto. Se emplea para indicar una relación causal entre una razón y otra. Muy a menudo esto se ver reforzado por su uso dentro de una construcción abierta por una oración condicional: “Si tal condición se cumple, entonces…”. Cuando vemos la oración de esta manera, no produce mayores inquietudes ortográficas. Sin embargo, la duda sobreviene cuando el adverbio entonces encabeza una línea u oración y, más todavía, cuando aquello que le sigue no es una expresión lingüística, sino matemática, como una fórmula. En esos casos, vemos expresiones tales como
Entonces
[fórmula]
y sobreviene la pregunta: ¿cómo se escribe el entonces? ¿Lleva algún signo después? ¿Lleva coma o dos puntos?
¿Qué valor semántico tiene entonces?
Entonces es una palabra versátil. Según su posición en la oración puede tener dos funciones semánticas (y sintácticas en sus resultados) completamente distintas: adverbio o conector. Esta es la clave de la coma.
¿Cuándo es adverbio y cómo se escribe?
Los adverbios, por definición, son aquellas palabras “ad verbum”, junto al verbo. En tanto adverbio, indica una relación de temporalidad; es decir, señala cuándo se ha realizado la acción. Veamos un ejemplo:
Entonces usábamos vestidos largos.
En estos dos casos, entonces nos dice cuándo está ocurriendo la acción del verbo. Lo comprendemos mejor si lo vemos en su contexto íntegro:
Las fiestas eran suntuosas, por aquel año de 1875. Entonces usábamos vestidos largos, guantes y abanicos.
Queda ahora claro el valor semántico de entonces: remite a una coordenada temporal. Podríamos reemplazarlo por en aquel entonces, en esa época, en aquellos años, en esos días… El reemplazo no necesariamente sería estilístico, sino una prueba de corrección: si puedo hacer la sustitución y la frase todavía tiene el mismo sentido que antes (o ligeramente similar), puedo afirmar que se trata del adverbio de tiempo.
¿Cuándo se convierte en conector?
El vocablo entonces abandona su identidad como adverbio cuando pasa a cumplir una función distinta en el discurso: conecta dos estados, dos relaciones, dos condiciones. Por ejemplo, pasa a indicar una relación de causalidad entre una condición y otra: “si la Tierra no está en el centro, entonces el Sol no gira alrededor de la Tierra”.
Tomemos el ejemplo usado para el adverbio, pongámosele la coma y veamos la diferencia:
Entonces, usábamos vestidos largos.
La sola presencia de la coma remite la imaginación a otra condición. El uso del vestido largo, en este caso, es la consecuencia de un evento previo, no de un tiempo previo. Veamos el nuevo contexto de esta ficción:
Las mujeres eran recelosas de los extraños. La represión sexual había producido un morbo incontenible por la expresión de la piel. Parecía necesario, a todas luces, ocultar el cuerpo. Entonces, usábamos vestidos largos a modo de coraza protectora contra las miradas lascivas.
La frase cambiaría de sentido si se reemplazara el entonces por en aquella época. Sin embargo, lo conserva si reemplazo la palabra por otras expresiones, como por lo tanto, en consecuencia…
Entonces… ¿dónde va la coma?
Cuando entonces tiene valor de conector y se escribe al inicio de la oración, siempre debe llevar coma. Volviendo al ejemplo en los textos de matemática, se escribiría así:
Entonces,
[fórmula]
Cuando forma parte de una construcción condicional, se respetará la sintaxis de estas expresiones. Por ejemplo,
Si vamos al cine, entonces no es necesario llevar la bolsa del supermercado.
En síntesis
Los editores saben que gran parte de su oficio consiste en unificar. Quienes carecen de entrenamiento en lingüística pueden llegar a pensar en la unificación como un asunto estrictamente formal: “siempre que aparezca tal palabra, se escribirá de tal manera”. Esto podrá ser cierto para aspectos ortotipográficos, más cercanos al mundo de lo gráfico que a lo semántico.
No obstante, en cuestiones de comas, el signo gráfico tiene una razón de ser más allá de la escritura de un grafo que, a muchos, les puede parecer estorbo: es una guía de sentido, es un indicador del significado, es un instrumento para clarificar la relación entre los elementos del discurso dentro de la unidad mínima de la oración.
Una coma no se pone o se quita por estrictos criterios de unificación per se. Es un problema de comunicación, no de estética visual o de unidad gráfica.
Lista de obras consultadas
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Madrid: Autor, “Entonces”.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe, “Coma”, §1.3.
Real Academia de la Lengua y Asociación de Academias Americanas (2010). Nueva gramática de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, §17.9i, §30.12h, §30.13a.
Agradecimiento
Este artículo se originó en la inquietud y las conversaciones con Vanessa V.
viernes, 11 de junio de 2010
Navegador al servicio de la investigación y la escritura
Sin duda investigadores más experimentados habrán encontrado otras maneras de personalizar su navegador. En este artículo compartiré las funciones básicas que encuentro imprescindibles en un navegador web para acompañar mis labores diarias de investigación y escritura.
¿Cuál navegador elegir?
La respuesta depende de varios factores. En primer lugar, la plataforma utilizada. Si se usa Mac, el Safari es el programa más rápido, elegante y estable en su relación con otros programas; pero Firefox funciona bien, aunque mucho más lento y tiende a utilizar demasiados recursos del sistema. En Windows, la mejor opción es Firefox: rápido, completo y con muchos complementos necesarios.
Barra de favoritos
Conviene activar la barra de favoritos, para situar ahí los sitios web que más visitamos. Si bien en los favoritos en general podemos tener cuantas direcciones web queramos, siempre hay un conjunto básico de sitios indispensables a los que necesitamos regresar diariamente. Estos son los que deben ir en la barra. Es conveniente editarles el nombre y dejarlo en la menor cantidad de caracteres posible (entre 3 y 5) para tener más botones en el mismo espacio.
Los motores de búsqueda
Una función esencial para la investigación, la edición y la corrección son los motores de búsqueda, usualmente situados en la esquina superior izquierda, en la barra de herramientas. Tenerlos ahí, para su acceso rápido (sin necesidad de abrir una página web para emplearlos), ahorra tiempo; por lo cual es esencial tener los buscadores que más utilizamos en nuestro diario investigar y corregir.
El Firefox trae algunos buscadores predeterminados, como Google o Wikipedia. Ahí se puede desplegar el menú de todos los buscadores (pulsando el pequeño triángulo negro); al final del menú aparece la opción Administrar motores de búsqueda. Desde ahí se obtienen buscadores adicionales, a través de la página de complementos para Firefox. Recomiendo los siguientes: diccionarios diversos al gusto (Real Academia Española [DRAE], Webster’s, Longman), Enciclopedias (Wikipedia en inglés y español, Reference), Google imágenes, Google Libros y otras bases de datos que puedan ser de utilidad (Amazon, IMDB, eBay).
La limitación de los buscadores de Firefox es que dependen de los complementos que los usuarios hayan subido al sitio. Algunos de estos complementos se desactualizan con el tiempo y dejan de funcionar, como le ocurrió al buscador del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), unos años atrás.
El Safari 5 incluye tres motores de búsqueda predeterminados, pero la solución perfecta es un complemento gratuito llamado Glims. Entre sus muchas funciones de utilidad, una de las que más destaca para el investigador empedernido es la capacidad de añadir cualquier motor de búsqueda, sin necesidad de acudir a un complemento específico. Basta seguir las instrucciones en su sitio web y, al instante, casi cualquier diccionario o base de datos estará disponible a nuestro alcance. De esta manera, se puede añadir una variedad de diccionarios mucho más amplia que en Firefox, por mencionar algunos: DRAE, DPD, WordReference, Merriam Webster, Collins, Online Etimology, Etimo… Con el Glims, prácticamente cualquier sitio web o motor de búsqueda favorito queda al alcance de nuestros dedos.
La única limitación del Glims es que solamente funciona en Mac. Los usuarios de Windows no podrán emplear este complemento y seguramente deberán contentarse con el Firefox.
Gestor bibliográfico
Ya hemos hablado en otro artículo de Zotero, un gestor bibliográfico que funciona como una extensión gratuita del Firefox. No hay –y no habrá, según dicen sus desarrolladores– versión para Safari; pero la extensión corre en Mac y Windows. Si este ha sido el gestor bibliográfico elegido por usted para administrar sus fichas, sin duda querrá instalarla en Firefox y utilizar este programa para navegar. Si ha elegido otros programas, como Sente o Bookends, podrá prescindir de esta función y mantenerse en Safari.
Envío de párrafos o páginas a programas gestores de información
Programas para la gestión, almacenamiento y organización de fragmentos de información, como DevonThink, Evernote y ShoveBox, incluyen algún complemento para el navegador, tanto para Firefox como para Safari. Conviene asegurarse de tenerlos instalados para enviar la información rápidamente. Los usuarios de Mac también pueden hacerlo a través de los servicios, aunque en mi experiencia personal, los botones son la manera más rápida de capturar la información de páginas web.
Lectura en pantalla completa
Esta función la incluye la nueva versión de Safari 5 (apenas anunciada al mundo esta misma semana) y, con esto, se sitúa a la vanguardia de los navegadores para quienes debemos leer artículos académicos de cierta extensión. El programa automáticamente identifica si se encuentra ante un “artículo” y activa el botón lector a la derecha del campo de la dirección URL, en la parte superior del navegador. Cuando se pulsa este botón, el artículo pasa a primer plano, con un tipo de letra muy refrescante, sobre un fondo blanco (independientemente del color original de la página) y aislado del resto de la página por dos bandas grises translúcidas a los lados que, de paso, esconden todo lo que pueda estar en la pantalla. Esta manera de leer es sin duda más agradable y descansada para la vista; sin mencionar que contribuye a mejorar la concentración.
Sincronización con otros equipos
Un complemento indispensable es XMarks, disponible para Firefox y Safari, para Mac, Windows y Linux. Esta aplicación gratuita sincroniza todos los navegadores de un mismo equipo (el Safari con el Firefox) y todos los navegadores del mismo usuario en diferentes computadoras (la computadora de la casa y la del trabajo, por ejemplo), gracias a un servicio web en donde se almacenan los favoritos (bookmarks).
Otra de las ventajas del XMarks es que se mantiene como un respaldo permanente y actualizado de nuestra actividad con el navegador. Con esta aplicación, siempre será posible recuperar las direcciones guardadas, en caso de pérdida o de traspaso a una computadora nueva. Los favoritos también se pueden ver desde una página web, en caso de querer accederlos desde una computadora ajena.
Guardado de la sesión anterior
Una función muy útil para investigar es guardar los tabs o pestañas vistas la última vez que el navegador estuvo abierto. De esta manera, se puede continuar una búsqueda al día siguiente, exactamente en donde la dejamos, sin perder tiempo recuperando páginas o incluso tratando de recordar cuáles fueron las páginas visitadas. El Firefox es el más eficiente en esta función, aunque el Glims se la añade también al Safari.
En síntesis
El navegador web del investigador debe tener a la mano todo lo que este necesite: páginas web de acceso frecuente, diccionarios, bases de datos, captura de información, gestor bibliográfico (si se ha elegido esta opción), lectura cómoda, facilidad para recuperar la búsqueda del día anterior y sincronización. Con estas recomendaciones, personalizadas al gusto, el navegador se convierte en una herramienta cómoda y poderosa que vale la pena utilizar.
viernes, 21 de mayo de 2010
¿Por qué se necesita un manual de estilo?
Quienes laboramos en el campo de la edición y la corrección hemos vivido el proceso de donde surgen nuestros propios y personales manuales de estilo: cuando somos novatos, iniciamos, cándidamente, una revisión. La primera vez que un problema gramatical, tipográfico o de redacción nos aparece, tomamos una decisión y creemos que nuestra memoria de elefante podrá recordarla por siempre (y al principio, cuando las decisiones y las páginas leídas son pocas, así es). Páginas más adelante, el mismo problema anterior regresa, como un fantasma del pasado inmediato, reclamando nuevamente nuestra atención. “¿Qué había decidido?”. Nos devolvemos frenéticamente hasta localizar la decisión previa. Esta vez, si tenemos algo de sentido común, nos hacemos de una hoja de papel, un cuaderno o un documento de Word y tomamos nota del criterio utilizado. Y más adelante, si nuestra memoria no nos falla, de manera sistemática procuraremos aplicar siempre el mismo criterio, a veces con dudas, preguntándonos si la primera decisión era la adecuada o no.
[Al menos esa ha sido mi experiencia. Correctores más prudentes y experimentados que yo no tienen estos problemas. Hacen una lectura general, toman nota de todos los aspectos que requieren unificación, elaboran su guía de aplicación y después, solo después, inician la corrección. Algún día, tal vez, ya pueda yo cumplir ese ideal].
La colección de notas para cada revisión se va quedando por ahí. A veces va a dar al basurero o al archivo. Otras, cuando el corrector es más prudente o se da cuenta de lo inmanejables que son las notas desordenadas, se apilan en una colección más o menos sistematizada de documentos y carpetas, pero cuyo crecimiento orgánico y casi azaroso se convierte en una zona de caos, si se carece de habilidades organizativas (casi compulsivas) desde el inicio del acopio de la información o de herramientas adecuadas para su posterior recuperación.
Bajo toda esa investigación desarticulada, se van formando nuestros propios manuales personales en la forma de fragmentos, retazos de memoria y muchos años de callo tipográfico.
Como agravante, los años pasan y nuestras viejas opiniones también, las necesidades de una publicación son distintas de las de otra, cambian las reglas de la Academia y se acuñan neologismos, se dan por válidas las viejas incorrecciones o se eliminan acentos, todo esto de una edición de la gramática y el diccionario a la siguiente… Ese “manual” personal es, en realidad, muchos manuales, muchos criterios, muchas “camisas a la medida” que llegan a confundirse, mezclarse, retroalimentarse en su espacio vital común.
¿Qué pasa cuando esta labor de corrección debe realizarse en el seno de una casa editorial, con muchos correctores que van y vienen con los años, algunos de planta y otros muchos contratados a través de servicios profesionales? ¿Qué pasa cuando en la elaboración de una obra intervienen muchas figuras distintas: autores, editores, especialistas de contenido, correctores de estilo y de pruebas, diseñadores gráficos, todos trabajando sobre el texto, la forma visual y la expresión material del libro? ¿Qué pasa cuando este trabajo en equipo debe ser uniforme, coherente, sistemático y universal para todos los involucrados, a pesar de los muchos “manuales de estilo” que cada individuo lleva dentro de sí?
Ya es una gran tarea lograr la unidad en un solo libro, un objeto de cultural compuesto por muchas pequeñas unidades: la letra, la palabra, el párrafo, la página, el apartado, el capítulo… Una buena edición logra unidad visual, gráfica y expresiva en todas las partes para lograr la ilusión de un todo. ¿Qué hacer cuando esa unidad debe llevarse a los planos más amplios: la colección de libros, la editorial y todas sus publicaciones?
La respuesta para unificar la labor de corrección en donde confluyen tantos agentes es sencilla: la normativa. La norma, distinta de la ley, se convierte en una medida y punto de referencia común, algunas veces elegido con cierta arbitrariedad, otras procurando encontrar el lugar de mayor encuentro entre las muchas partes involucradas en el proceso y, siempre, con la aspiración de encontrar un estándar tan universal como sea posible, pero adaptado a las necesidades especiales de nuestros propios territorios de acción.
La norma nos da un punto de convergencia, nos ayuda a mantener criterios uniformes (aun si no los aprobamos plenamente) y nos da la garantía de poseer un mismo código que garantizará la comunicación. En ausencia del autor, el lector solamente deberá acudir a los sitios en donde el código se recopila para averiguar qué se está comunicando. Es la misma razón por la que no empleamos la palabra “casa” para referirnos a ‘un animal cuadrúpedo rumiante que produce leche’. Aun cuando la persona tenga todas las razones del mundo para pedir que se le respete su “libertad de expresión”, si nadie más acepta el significado, ¿quién entenderá sus palabras?
La expresión de esta norma, en el seno de una casa editorial, es ese producto que llamamos manual de estilo (de cuya definición y pormenores hablaremos en el próximo artículo). Sin el manual de estilo, cada individuo del proceso deberá gastar muchas horas de su tiempo laboral en tomar las mismas decisiones que otros han enfrentado antes y que seguirán enfrentando mucho después; sin garantía de que todos lleguen a las mismas conclusiones. Se pierde dinero, se pierde tiempo, se pierde eficiencia y no hay manera de garantizar la calidad en el producto editorial. Por eso es que se necesita el manual: para lograr, a partir de la norma, la convergencia, la unidad y la armonía cuyos resultados se ven únicamente, en las obras bien editadas.
martes, 11 de mayo de 2010
Características de un buen corrector
Pero ¿qué tienen (tenemos, confieso) los graduados de esa profesión para que nuestro mercado local (y nuestro colegio profesional de ley) la hayan designado la profesión del corrector por excelencia? Hasta donde pude experimentar como estudiante (y, según entiendo, los programas no han variado mucho), nuestras herramientas consisten en un puñado de asignaturas en las áreas de gramática, latín, griego clásico, lingüística, alguno que otro curso de redacción y los estudios literarios. Las primeras nos proporcionan el marco científico básico para el estudio de la lengua. Los estudios literarios nos entrenan en las artes de una suerte de hermenéutica textual, útil cuando corresponde deconstruir un texto y traérselo a su esencia comunicativa, justo antes de dictaminar su reescritura inminente. Ninguna, en realidad, nos prepara para el oficio de corrector.
El buen corrector se forma en la práctica, aunque siempre es necesaria alguna disposición innata, un gusto por arreglar lo que no comunica bien y, desde luego, un buen ojo para detectar el gazapo, que ya se irá refinando con el tiempo.
Estas son, en mi opinión, algunas de las habilidades y actitudes ideales que debería llegar a desarrollar un buen corrector o, cuando menos, uno que aspire a serlo algún día:
- Dudar hasta de su sombra: no porque a mí me enseñaron a decirlo de esa manera es correcto para todos los grupos de hispanohablantes. Aprendimos a hablar y a escribir en un contexto, a partir de un conjunto de obras. ¿Quién escribió eso que formó nuestra manera de expresarnos? ¿Cómo sabemos que no estaban reproduciendo expresiones aceptadas, pero a todas luces vacías o incongruentes? ¿Y si solamente en mi contexto se dice así?
- Gran capacidad de investigación para reaprender la propia lengua, mantenerse actualizado y fundamentar ampliamente toda corrección que se sugiera, no con base en «yo creo que es así», sino con argumentaciones sólidas y razonamientos coherentes.
- Olvidarse de la lingüística lo suficiente para comprender la función y la necesidad de la aplicación de normas a la labor editorial, pero no tanto como para ser incapaz de cuestionarlas y reformularlas cuando así lo amerite la situación.
- Profundo conocimiento de las normas de la lengua y capacidad de discriminación. Haber leído obras de gramática no basta (o cursado algunas asignaturas). Es necesario comprenderla, saborear su dinámica y su lógica interna, y tener capacidad para elegir el camino medio entre la regla académica y la norma impuesta por el uso y el contexto.
- Firmeza para impedir que formas de comunicación ineficientes, poco elegantes y espurias sobrevivan en los textos, sin importar la justificación científica (y la terquedad de algunos autores).
- Flexibilidad para comprender las excepciones a toda regla.
- Oído para la palabra sonante, armoniosa, cadenciosa y, si el (con)texto lo permite, bella. Después de todo, solamente es posible detectar el error si hay algún ideal que nos sirva como punto de comparación.
- Un ojo implacable, riguroso y sistemático para no dejar pasar nada (eso quisiéramos todos…) o al menos detectar todo lo que esté a nuestro alcance.
- Deseos de ayudar a otros a mejorar y perfeccionar sus textos.
- Paciencia y comprensión para que no se le rieguen las bilis con cada horror que se topa a su paso.
Y para usted, ¿qué hace al buen corrector?
lunes, 3 de mayo de 2010
Expresiones vacías: «Cobrar gran auge»
Le propongo un ejercicio retórico: usemos la vieja herramienta del diccionario, la misma que emplearía cualquier lector en cualquier parte del continente.
El primer vocablo, el verbo cobrar, tiene muchas acepciones. La más útil en este contexto es ‘adquirir’.
Le sigue gran, apócope de grande. Esta no da mayores problemas: es un adjetivo de magnitud.
Finalmente encontramos auge. Aquí encontramos dos definiciones básicas: ‘período o momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de cosas’ y, casi idéntica a la anterior, pero en astronomía, ‘apogeo’. Esta última, además de sus significados especiales en astronomía, también se define como ‘punto culminante de un proceso’.
Ahora hagamos la traducción: «cobrar gran auge» sería el equivalente de «adquirir gran momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de las cosas».
¿Nota algo excesivo o incluso contradictorio?
Tal vez uno de los fenómenos más notorios es el énfasis redundante: el auge es ya, por definición, el momento más grande dentro de un proceso, el punto culminante. No hay nada más «grande» que un auge dentro de un proceso.
Por otro lado, conviene ver la relación entre cobrar gran y auge. El auge es el pico máximo en un proceso evolutivo, el final de un proceso (una secuencia encadenada de eventos) que se inició mucho atrás, mientras que el cobrar es, quizás de manera implícita, un punto de inflexión y de un cambio de estado, algo más cercano a un inicio. Pareciera que ambas, «cobrar» y «auge» se sitúan en lugares opuestos de la secuencia cronológica de un proceso; son excluyentes y, por lo tanto, no deberían emplearse de manera adyacente.
Ahora viene una pregunta que desborda las definiciones estrictas de un diccionario. ¿Qué pretendían comunicar los hablantes al elegir la expresión «cobrar gran auge»? Mi hipótesis personal es que, el sentido, en su contexto, sería más bien algo similar a «iniciar el vuelo», «adquirir mucho éxito», «ponerse de moda» o «experimentar un boom».
¿Quiénes la utilizan? Esta es otra buena pregunta y mi respuesta también es una hipótesis: periodistas, comunicadores y escritores que, imitando a los periodistas, comunicadores y escritores de generaciones anteriores, piensan que la expresión es elegante, digna y muy precisa en su significado. No me parece que sea una expresión del habla cotidiana; todo lo contrario: tiene un dejo de afectación, una necesidad de sonar «importante», una vacuidad formal de salirse de la expresión diaria para sonar como alguien que domina la lengua y la hace sonar «bella».
Peor todavía: en algunos textos, la expresión se vuelve latiguillo (especialmente si es algún tipo de descripción histórica), y de repente, todo, continuamente, cobra gran auge, al punto de no poderse distinguir entre los momentos de apogeo, los de inicio y los de decadencia, porque en los momentos de inicio todo parece que ya ha cobrado su cuota de auge.
La decisión de eliminar o mantener esta expresión cae en el rango de norma editorial o de corrección. ¿A quién le hablamos? ¿Cómo le hablamos? ¿Cómo necesita que le hablemos? Al respondernos estas preguntas podremos decidir si nos comprometemos o no con la expresión «cobrar gran auge» o la reemplazamos por algo menos rimbombante, pero más preciso y transparente en su significado.
domingo, 2 de mayo de 2010
Doce reglas de la edición técnica
Tarutz divide las reglas en varios grupos. Las transcribo tal y como las propone.
Reglas sobre su contrato con los lectores
1. Los compradores no deberían verse afectados por los errores que usted debió atrapar.
2. Satisfaga las necesidades informativas de sus compradores.
3. El libro se escribe para los compradores lo utilicen, no para que lo admiren.
4. La información debe ser fácil de encontrar.
5. La información debe ser clara.
6. La buena edición pasa inadvertida por el lector.
7. Asegúrese de que la documentación no lesiona a la compañía.
8. No cometa errores costosos.
9. Cumpla todas las fechas de entrega y haga sus envíos a tiempo.
10. Sea capaz de justificar cada marca que haga en el manuscrito.
11. Si no está roto, no lo arregle.
12. Es el libro del autor.
sábado, 1 de mayo de 2010
La paranoia del lenguaje inclusivo: un poco de humor
http://www.youtube.com/watch?v=yfBgyj_MhcQ
viernes, 16 de abril de 2010
Los pies por delante: comenzar el párrafo por la referencia
La primera palabra o la primera frase de un párrafo es mucho más que solo el inicio: es un marcador de lectura, un enganche, un indicador de lo que ahí vamos a leer, un punto de partida y también un punto de apoyo para el retorno, cuando ya no estamos leyendo sino releyendo, por cualquier motivo que sea de nuestro interés, como investigar, repasar, estudiar, revivir un pasaje de especial impacto o, simplemente, compartir con un amigo o amiga querido aquella escena que tanto provocó en nuestra imaginación.
La referencia es, por su propia naturaleza, secundaria; y no corresponde a la médula del texto, sino a las coordenadas de su origen. Al menos así ocurre la mayoría de las veces (hay numerosas excepciones). Por lo tanto, la táctica narrativa de iniciar por «Según Fernández…» o «Rojas dice…» es comenzar «con los pies por delante».
¿Por qué se incurre en esta práctica estilística? (Sí, habrá quien lo denomine «estilo» y defienda su uso). Citar al otro es uno de los más evidentes apelativos a la falacia de autoridad: «esto es verdadero no porque lo diga yo, sino porque lo dice mengano». Así el autor les demuestra a sus pares (verdaderos destinatarios de su disertación) cuánto «sabe» y cuánto ha leído: la cantidad y calidad de las referencias valida su trabajo, pero solo si son reconocidas por los lectores. Eso nos lleva a comprender el estilo: el uso únicamente del apellido (más allá de lo que dicten los manuales bibliográficos), sin tomarse la molestia de explicar quién es o contextualizar su trabajo, va aparejado a un implícito tono de voz, una pose, una manera de decir «sé de lo que hablo y, si usted no lo sabe, es problema suyo». El otro lector, el lector común, el estudiante, el investigador preocupado por el fondo y no por la forma, no pasa por la mente de esta clase de autores. Mantener la pose académica vale más que comunicar.
La desmedida referencia a otros también puede convertirse en una estrategia para esconder la falta de argumentos propios, la carencia de un verdadero hilo conductor en el propio planteamiento.
Todo esto se puede leer entre líneas cuando un párrafo inicia por el nombre de otro, con una voz ajena, la de alguien que no tiene nada que ver con quien somos, ni lo que nuestra escritura puede ser.
Desde el punto de vista de la lectura, la referencia situada en el lugar más prominente del párrafo es un estorbo constante cuando se reitera párrafo tras párrafo, a lo largo de páginas y obras completas. Nuestra mente, en lugar de ir reconstruyendo los contenidos esenciales que más requieren de la atención consciente, se distrae en la recreación de una geografía onomástica de mayor protagonismo que las ideas o las imágenes cruciales.
Cuando hagamos la corrección, cabrá hacerse las preguntas: ¿era eso lo que se buscaba?, ¿es ese estilo el más apropiado para el público al que puede beneficiar el texto?, ¿realmente preferimos darle más valor al otro, a la referencia, que a nuestros propios planteamientos?, ¿la sobreabundancia de referencias vela un texto vacío, desarticulado y carente de una propuesta original? Las respuestas dictarán cómo se deberá reescribir, corregir, editar y publicar. Si la ética gobernara en la selección de las obras publicadas en las universidades, ni una página de papel se desperdiciaría miserablemente en textos escritos para ganar puntos en el régimen académico, obtener posiciones laborales y engrandecer el ego de los pseudoacadémicos.
sábado, 10 de abril de 2010
«Por lo anterior»: una vaga manera de iniciar
¿Y qué es «lo anterior»? ¿Qué es «todo»? Se pregunta uno cuando lee... Hay que retroceder, releer (a veces varios párrafos, varias páginas), solo para descubrir que no sabemos qué de todo lo dicho es eso «anterior» tan contundente, tan claro y tan maravillosamente evidente que, si yo (lector) «he leído con atención» no debería haber pasado por alto (según el autor, claro).
¿Y es realmente «por»? Al emplear «por lo anterior» estamos también creando una relación lógica entre dos componentes: un evento ocurre y tiene consecuencias, están íntimamente ligados por una relación de causa y consecuencia; o bien, de antecedente y sucedente. Es vital que esta relación de correspondencia exista antes de insertar un «por lo anterior» que, de otra manera, no pasaría de ser un latiguillo desafortunado.
Sin duda los lugares en donde encontraremos más este tipo de expresión será la escritura técnica, el ensayo, la narrativa… Rara vez se colará en la literatura, la ficción, la poesía; y, si lo hace, más vale que sea con una maestría tal, que se haga algo inusitado con esa intromisión.
En las obras académicas didácticas, este es un vicio de especial frecuencia, por la naturaleza misma de los textos: obras expositivas, muchas de ellas autoexplicativas, cuyo principal propósito es enseñar a quien está ahí para aprender. Y es ahí en donde los cuidados de la redacción deben redoblarse. El estudiante necesita textos claros, bien construidos, en donde no quede lugar para la ambigüedad y la duda como resultado de la mala exposición. Expresiones como «por lo anterior» solo contribuyen a crear ideas difusas, sin la necesaria definición para ayudarle al lector a recrear una imagen clara, vívida y precisa de cuanto está procurando aprehender.
¿Cómo se corrige?
Sin duda no todos los «por lo anterior» son condenables a priori(aunque, por lo general, casi todos los que inician un párrafo). Para tomar la decisión de mantenerlos o tacharlos, conviene interrogar tanto al texto como al autor. Al texto para comprobar si se sostiene solo. Le hacemos la pregunta: «¿qué es lo anterior?». Si el texto responde (es decir, si no nos perdemos cuando tratamos de encontrar la respuesta y está ahí, muy clara y evidente), el resto sería solamente ver que no sea disonante y esté en su sitio justo, con la ortografía o sintaxis respectiva.
Pero si el texto no puede responder, hay que trasladarle la pregunta al autor. Se le debe mirar a los ojos y pedirle que, por favor, responda en una frase o en una palabra qué es «lo anterior». Si no puede hacerlo o nos dice algo como «todo lo que se acaba de decir, ¿no lo ve?», tendremos ambos (autor y corrector) la prueba contundente de que el problema no es la redacción, sino una construcción todavía borrosa, sin claridad, incomunicable porque el propio razonamiento que la sustenta necesita refinamiento. Es equivalente a la prueba del que sabe: si puedo explicar algo, es porque lo sé; si me pierdo en la explicación, todavía no lo sé. Así pues, antes de reescribir, habrá que enviar al autor a casa a rediseñar con mayor precisión ya no sus palabras, sino su obra.
domingo, 4 de abril de 2010
La oportunidad del inicio de un texto
Esta es la zona textual de la oportunidad –quizás la última que tengamos– de atrapar al lector y compelerlo a seguirnos leyendo, a no soltar el texto entre sus manos, a obligarse a hacer un tiempo en su vida para dedicárnoslo.
¿Por qué habríamos de desperdiciarla?
Hay muchas maneras de dilapidar miserablemente las primeras palabras: un título vago e impreciso; un latiguillo; una voz ajena a la propia, mal elegida y mal situada; unas palabras vacías e insustanciales; un complemento circunstancial sin consecuencia; una interminable referencia bibliográfica (que de todas maneras debería ir al final y no al inicio)…
Estamos jugando aquí con la primera impresión. A diferencia nuestra, el lector todavía no sabe nada de nuestro texto. Solamente tiene lo que le demos ahí, en esas primeras palabras. Corresponde preguntarnos: ¿es esto lo primero que debe saber el lector? ¿Por qué quiero que conozca esto y no algo más? ¿Qué impresión le darán estas primeras palabras del resto del libro (sobre su tono, dirección, finalidad, abordaje)? ¿Qué necesito enfatizar y, por lo tanto, colocar en este lugar privilegiado del texto? ¿Qué quiero despertar en el lector para engancharlo y hacerlo seguir?
Y si usted pensó que este tipo de reflexión vale solamente para la primera página de un libro o de un capítulo, aquí va una razón por la que este debe ser un ejercicio constante en todo el texto. Cuando un lector regresa sobre lo leído, tal vez para recuperar una idea clave o para estudiar (lo típico de las obras académicas didácticas o de aquellas infortunadas que deben ser leídas en un contexto académico), su primera guía serán las primeras frases de cada párrafo. Si ahí, en las primeras cinco o seis palabras, no logra recuperar la memoria de cuál era el tema tratado por ese párrafo, el texto se transforma en una selva oscura, indiferenciada, de caracteres demasiado similares entre sí, sin un trillo para seguir.
Esto no solo vale para escritura creativa o ficcional. La escritura no ficcional –y, quizás deberíamos decir, especialmente la escritura no ficcional–, con la densidad de sus contenidos y lo ya de por sí dolorosos o especializados que pueden llegar a ser, debería también preocuparse por hacerles la vida fácil a sus lectores con un texto fluido, bien escrito y que incite a seguirlo leyendo. No he dicho superficial, he dicho bien escrito. Hay una gran diferencia.
Latiguillos: qué son y cómo evitarlos
Precisamente la esencia de su definición es esa: el latiguillo es una expresión colada en la conversación o en la escritura que aparece y reaparece sin cesar. También tiene otra condición: es una «expresión efectista y sin originalidad», según la define José Martínez de Sousa en su Diccionario de redacción y estilo.
Tomo de este mismo diccionario algunos ejemplos típicos: ¿verdad?; o sea; ¿eh?; y entonces…, ¿entiendes?, ¿vale?, para nada. Muchos de ellos, acota Martínez de Sousa, son expresiones de moda, sujetas al vaivén de las épocas y las generaciones. La mayoría de estos ejemplos son típicos del habla y tal vez por eso se nos vuelven familiares, normales, propios de una buena expresión escrita. Así se cuelan en nuestros textos, en nuestros párrafos, en los primeros borradores de las páginas y páginas que llegarán a ser un libro.
La mejor manera de evitarlos es la corrección y la reescritura. Pocos son los autores capaces de irlos eliminando desde la primera versión de su texto. No es imposible, pero requiere de experiencia y de una actitud consciente al escribir, la actitud de reflexionar cada palabra antes de colocarla en el papel con los filtros de la corrección ya activados.
Casi nunca somos conscientes de nuestros propios latiguillos. Por lo general es alguien más quien, al leer un texto escrito por una voz distinta de la suya, tras cierta cantidad de páginas, comienza a experimentar, de manera inconsciente, el azote de una expresión que parece muy familiar, demasiado familiar, dolorosamente familiar.
Ahí hay un latiguillo.
El lector experto (corrector, editor, autor que reescribe) también debe entrenarse para darse cuenta de cuál es el látigo que viene sonando en su oído. La única manera de verificar si la expresión es o no un latiguillo, una vez que llegamos al párrafo en donde tomamos consciencia de su aparición, es devolviéndose en la lectura y hacer un marcado selectivo. Se puede emplear un marcador de color para distinguir la expresión sospechosa. Así la veremos salir brutalmente de su camuflaje de palabra llana, saltará tridimensionalmente de la hoja y veremos cuántas veces comienza a dibujarse en el entramado del texto. Ahí tenemos la prueba del latiguillo y, a partir de ese momento, corresponderá eliminarlo de las muchas maneras que la lengua nos permite.
Otra manera de verificar cuán extensiva puede ser la repetición del latiguillo es generar la estadística léxica del texto con un programa informático especializado, y verificar cuál es la cantidad y porcentaje de aparición de la expresión empleada. Esto puede hacerse con WordSmith Tools, una aplicación especializada en análisis léxico y concordancia. El DevonThink Pro (así como su versión Office) y Scrivener incluyen un motor de concordancias entre sus funciones y también nos permite observar la frecuencia léxica de cualquier documento de la base de datos.
jueves, 1 de abril de 2010
«Mal de todos, consuelo de tontos»: la escritura en comunidades académicas
La escritura académica y erudita tiene su particular juego de necesidades en cuanto a la redacción, así como su propia colección de vicios. A menudo, además, vemos que las comunidades docentes en universidades e institutos clonan y heredan sus costumbres a las nuevas generaciones de estudiantes y, repentinamente, emerge una especie de jerga, en donde se repiten los problemas de redacción de un artículo a otro, de una tesis a otra, de un libro académico a otro, y todo gracias a la corrección endogámica y al aprendizaje a través de la imitación.
De repente vemos que la mayoría de artículos de una revista de medicina de una particular universidad, a pesar de haber sido escritos por autores distintos, tienen los mismos problemas recurrentes de redacción, digamos en el uso de las mayúsculas o en la manera de emplear el gerundio; o que todos los profesionales de una comunidad de estudiosos de turismo tienden a emplear el mismo falso cognado.
Lo peor es que, entre ellos, se entienden.
Cuando el corrector hace sus observaciones (a veces con cara de horror), minimizan su criterio profesional bajo el argumento de estar supuestamente amparados por algún metalenguaje científico que el lingüista es demasiado ignorante para reconocer: que en esa disciplina o ciencia tal vocablo tiene en efecto ese significado; que así escriben todos; que tome otros textos anteriores y verifique la exactitud de su estilo, de su estructura, de su manera de redactar; que observe las obras de referencia traducidas en México o España y corrobore sus afirmaciones…
En otras palabras: «mal de todos, consuelo de tontos».
Un corrector serio no cederá tan fácilmente a estas argumentaciones, porque aquí es necesario trazar una línea divisoria. ¿Son vicios copiados hasta la saciedad y convertidos en modelo o hay un verdadero fenómeno lingüístico detrás? ¿Son problemas de forma, de sintaxis, de expresión o hay lugar al alegato del «lenguaje científico»? ¿Existe una verdadera razón científica para emplear determinada forma expresiva o es el resultado de la costumbre, el capricho, una mala traducción o la más genuina y pura ignorancia?
Para responder a estas preguntas, el corrector deberá armarse de paciencia, investigar, consultar a sus pares y tratar de comprender a profundidad el texto bajo su cuidado. Deberá hablar con su autor y aprender a reconocer verdaderos conceptos técnicos detrás de su planteamiento (o error) lingüístico y, cuando así sea posible, sugerir maneras de redactar sus ideas con más precisión y dentro del marco de la lengua española, más allá de la jerga particular que ha crecido en el seno de alguna comunidad de académicos. Es una labor de negociación.
El problema no se reduce a decir que el «corrector está tratando de seguir las reglas de la lengua». El mantener ciertos estándares lingüísticos (con criterio, sin llegar al fanatismo) facilita la comunicación entre hablantes de comunidades distantes entre sí ya sea por factores geográficos, culturales o disciplinarios. Y no me refiero con esto a escribir en Argentina y publicar en México. Dos académicos de la misma universidad pueden pertenecer a comunidades muy distantes, desde el punto de la lengua, si uno de ellos es sociólogo y el otro físico teórico. Si se especializan demasiado en su propia área y se alimentan únicamente de los escritos de sus colegas, pueden llegar a reducir tanto sus formas de expresión que no saben cómo escribir para un público general.
Habrá algún autor que diga «pero yo no soy el único que escribe así». Es verdad, eso es innegable (por desgracia), pero no justifica que, de su pluma, salgan textos con problemas de redacción y, más allá de la norma gramatical académica, con deficiencias en la comunicación. ¿Qué es más importante? ¿Justificar por qué escribimos de una cierta manera y, de paso, seguir reproduciendo estos modelos inoperantes, o corregir nuestra escritura hasta hacerla legible para otros? Usted elige.
domingo, 21 de marzo de 2010
La prueba del aburrimiento: una herramienta del editor
Como escritores y como editores, el reconocemiento de estos momentos en el texto es una de nuestras más refinadas herramientas en la corrección profunda; no la de ortografía o gramática, sino la estructural, la de hilación, la de ritmo y secuencia de la obra.
Si yo, editor o escritor convertido en lector, cuando leo me doy cuenta de que he desplegado estos mecanismos inconscientes de autodefensa frente a un texto malo, inmediatamente debo despertar y regresar a los pasajes en donde mi mente comenzó a divagar, porque ahí es donde están los problemas, ahí es donde debo ser implacable, ahí es donde el marcador rojo debe hacer estragos sin misericordia. Porque si no lo hace alguien, será el lector quien sufra.
Si tenemos un lector cautivo, obligado por las circunstancias a leer el libro –como los estudiantes frente a sus materiales didácticos–, dejar pasar textos mal escritos, aburridos y llenos de estorbos es someter al lector a una tortura innecesaria. Ya está probado que el lector pocas veces culpabiliza al texto por su falta de atención o su ineficacia en la lectura; usualmente se culpa a sí mismo y entra en un proceso de autoflagelación por sentirse incapaz de seguir el hilo del texto.
Por otro lado, si nuestro lector elige por su libre albedrío las obras, como es el caso de la edición comercial, dejar pasar textos malos se traducirá en malas ventas, obras empantanadas en los almacenes y pérdidas inevitables.
Así, la autoconsciencia (consciencia de uno mismo) es un mecanismo fundamental del escritor y del editor: es nuestra guía intuitiva para acercarnos a un texto y decir, sin más, ¡eliminemos esto!, ¡corrijamos aquello!, ¡simplifiquemos!, ¡cambiemos de lugar! Los lectores nos lo agradecerán.
Advertencia
Al ser esta una prueba subjetiva, habrá siempre circunstancias atenuantes que inciden sobre la atención: cansancio, aversiones personales, estrés, enfermedad… Estas también deben ser tomadas en cuenta por el editor, para que pueda identificar si es su propia circunstancia personal la que incide sobre la lectura o es, en efecto, un problema textual.
sábado, 20 de marzo de 2010
Ortotipografía de la raya en oraciones parentéticas
Si nos apegamos a las reglas de la Real Academia Española, raya existe solo es una, según la define el Diccionario panhispánico de dudas como «un trazo horizontal (—) de mayor longitud que el correspondiente al guion (-), con el cual no debe confundirse».
Esta raya es el signo que tradicionalmente se emplea en nuestra lengua para abrir los diálogos de los personajes dentro de una novela u o obra ficcional. Aparece al inicio del párrafo, antes de cualquier palabra del personaje, y debe escribirse al final de las palabras del personaje para indicar que estas han terminado y que, cualquier cosa que esté después, es un comentario del narrador. Según la ortotipografía académica estricta, ese segundo signo es también una raya, de la misma longitud que la de apertura del diálogo.
Sin embargo, editores de obras en habla española, desde hace varias décadas, han empleado un signo gráfico de longitud intermedia entre la raya y el guion: (–) para diferenciar, semióticamente, las oraciones parentéticas dentro de párrafos y los comentarios del autor, distintos de las palabras de los personajes. Mientras esta no sea una regla en firme adoptada por la Academia, queda a gusto de los editores, siempre bajo la norma de aplicarla de manera sistemática en toda la obra escrita, editada o revisada.
Ahora bien, independientemente de cuál raya se emplee, hay reglas comunes que deben seguirse para las rayas de las oraciones parentéticas. Programas como el Microsoft Word incluyen una función automática de corrección que no está adecuadamente programada de acuerdo con las normas ortotipográficas castellanas. Por esa razón, al «corregir» produce dos errores (horrores) ortotipográficos: a) cierra la frase parentética con un guion de menor longitud que la raya de apertura; b) elimina uno de los espacios en blanco obligatorios que deben separar las rayas de la oración principal; y c) elimina la raya de cierre cuando va seguida de punto final. Estas correcciones ocurren como resultado de aplicar reglas ortotipográficas propias de lengua inglesa y no de lengua española.
Así, desde el punto de vista de la grafía, autores, correctores y editores deben vigilar siempre por el cumplimiento de los siguientes detalles:
- La raya de apertura debe tener una longitud idéntica a la raya de cierre.
- La raya de apertura y de cierre se escriben pegadas (sin espacio en blanco) a la primera y última palabra del enunciado parentético, respectivamente.
- La raya de apertura y de cierre se escriben separadas por un espacio en blanco de las palabras de la oración principal dentro de la cual se inscriben.
- Si lo que le sigue a la raya parentética de cierre es un signo de puntuación, se omite el espacio entre la raya y el signo.
- La puntuación de la oración debe abarcar la frase entre rayas; por lo tanto, no se escriben signos de puntuación antes de la raya de apertura, puesto que esta depende semánticamente de la palabra o frase inmediatamente anterior.
- Aunque la raya de cierre vaya seguida de punto final, debe escribirse antes del punto; no se elimina.
