martes, 26 de octubre de 2010
Scrivener: nuevas versiones para Mac y Windows
Desde el 25 de octubre está disponible para descarga la versión beta de Scrivener para Windows. Los usuarios atrevidos o impacientes (incapaces de esperar hasta febrero del 2011 para usar una versión más estable) ya pueden beneficiarse de las habilidades del hermano menor de Scrivener. Sin duda es un hermano y no un gemelo: Scrivener para Windows ha sido diseñado específicamente para esta plataforma, con todas las limitaciones que esto implica. Se mantienen el concepto y las funciones esenciales del programa, pero todavía es más atractivo de emplear en una Mac.
Y para los usuarios de Mac, los fieles seguidores de este programa tendremos la posibilidad de comprarlo o actualizarlo a partir del próximo 1 de noviembre. No obstante, para los impacientes, ya se puede descargar una edición especial de prueba de Scrivener 2.0 para los escritores que participan en el NaNoWriMo (National Novel Writing Month [Mes Nacional de Escritura de Novela]), una maratónica escrituril con el reto de escribir una novela completa de mínimo 50 000 palabras (175 páginas) en un solo mes (es una prueba de cantidad, no de calidad, según declaran sus organizadores).
Scrivener 2.0 y Scrivener para Windows utilizan el mismo formato de archivo; por lo tanto, quienes tengan interés en una solución multiplataforma para escribir, podrán iniciar la experimentación del paso de Mac a Windows y viceversa.
¿Qué espera? No lo piense más y descargue ya este programa esencial para cualquier escritor del siglo XXI. No es publicidad, en serio… Es compartir la mejor solución con la que he cruzado para darle rienda suelta a la creatividad con una herramienta especialmente diseñada para escribir novelas (y no transcribir cartas y memos).
viernes, 2 de julio de 2010
Lectura digital vs. lectura en papel: primeras pruebas
La llegada del iPad este año al mercado mundial y su impresionante éxito (3 millones de unidades vendidas en tres meses) ya motiva los primeros estudios de usabilidad, especialmente los del equipo de Jakob Nielsen, pionero en el estudio cuantitativo y cualitativo en ese campo.
Nielsen publica los resultados de un estudio sobre la velocidad de lectura en iPad y Kindle. Entre sus resultados más llamativos, está la conclusión de que el libro en papel sigue siendo el favorito de los lectores. Leen más rápido y se sienten más cómodos por el solo hecho de no lidiar con tecnología. Entre el iPad y el Kindle, aunque las diferencias no fueron estadísticamente significativas, lo cierto es que los lectores del iPad leyeron más rápido. Este aparato también tuvo mejores comentarios por su interfaz (porque muestra la cantidad de palabras que falta por leer en un capítulo), aunque los lectores extrañan el número de página desplegado en la pantalla. Los usuarios del Kindle se quejaron del tono gris predominante en la pantalla. La principal queja del iPad fue su peso.
El peor calificado de todos los aparatos puestos a prueba fue la computadora (PC). Los usuarios dijeron que “les recordaba el trabajo” y, por lo tanto, prefirieron cualquiera de los otros medios.
La mayor resolución de pantallas en estos aparatos será un factor determinante, concluye Nielsen, para aumentar la satisfacción del usuario. No obstante, aclara, los aparatos puestos a prueba ya alcanzan un nivel fidedigno de reproducción de la imagen impresa sobre papel.
Sin duda, el iPad y cualquier tablet tienen muchos retos de usabilidad antes de capturar para siempre a los lectores del buen libro de papel.
miércoles, 28 de abril de 2010
La imbatible tecnología del libro
Sistema operativo
Y lo complementamos con este otro video, realizado por leerestademoda.com, que destaca las ventajas de la tecnología del libro.
Book
viernes, 23 de abril de 2010
El libro no es su tecnología: reflexiones en el día del libro
Y aun objetivados a través de la escritura, hemos tenido libros en arcilla, en piedra, en hojas de palma, en papiro, en pergamino, en bambú, en tela…
Los libros se forman de palabras que no siempre han estado impresas y no siempre lo estarán. Ya nos promete el siglo que apenas entra a su segunda década, un futuro en donde predominarán los libros objetivados con palabras formadas de luz y electrones, pero que seguirán siendo libros.
No obstante, en el estado presente de la historia, los buenos y rectangulares libros impresos en papel siguen siendo hermosos al tacto, dulces al olfato, atractivos a la vista y objetos de valor sentimental para quienes hemos optado por rodearnos de ellos, aprender de ellos, crecer con ellos, soñar con ellos… En el día del libro (o al menos al día siguiente), celebramos la existencia de este objeto tejido de palabras y tan sustancial a la cultura humana que, sin él, nuestra vida sería otra.
domingo, 18 de abril de 2010
Audiolibros en la mar
¿Qué hace uno cuando se enfrenta a una situación de confinamiento? Muy sencillo: entretenerse. Así, esta joven no renunció a la lectura (ni a la escritura, gracias a Twitter), y a pesar de embarcarse (literalmente) en una aventura que uno podría haber creído incompatible con la imagen de una persona leyendo libros (en papel), se las ingenió para encontrar la manera de mantenerse ligada al mundo de la palabra, gracias al formato del libro para ser escuchado.
Esta divertida noticia de domingo por la tarde es un recordatorio de que la lectura no está muerta y, gracias a tecnologías tan novedosas y populares como iPod, quizás está más viva que nunca. En cuanto a Katie, ¡felicidades por la hazaña!
http://www.nacion.com/2010-04-18/Mundo/UltimaHora/Mundo2339189.aspx
miércoles, 3 de marzo de 2010
Desde la experiencia: ¿cuándo es bueno un audiolibro?
Las mejores versiones leídas de un libro, para mí (como lectora-oyente), son aquellas en donde se suman ciertos factores clave: adecuada dicción, entonación correcta (ni muy neutral, ni muy enfática), voz agradable (en su timbre y tono), ritmo y velocidad de lectura adecuados… Cuando se hace el compromiso de escuchar un audiolibro, se le está abriendo la puerta a un desconocido sin rostro para entrar en nuestra esfera personal durante una gran cantidad de horas.
Ese alguien se convierte en un acompañante cercano, un amigo íntimo, un otro a quien le permitimos leer para nosotros. No es a cualquiera a quien le abrimos las puertas de nuestra casa y nuestra vida. Esos mismos filtros se le aplican a quien nos va leer un libro: es alguien a quien le estamos abriendo la puerta; y si hay algo en su voz que nos produzca disgusto o rechazo, estaremos condenados a calificar los contenidos del texto debido a la forma sonora que adquieren. En otras palabras, nos tiene que gustar la interpretación para que la experiencia de lectura sea placentera y podamos concentrarnos en la re-creación de los significados de las palabras, en lugar de distraernos por la voz o la actitud que creemos sentir en la voz del otro.
En mi caso, la presencia de música o sonidos es un estorbo, un distractor. Por eso prefiero las lecturas íntegras, silenciosas de elementos extratextuales, en las que una sola voz se encarga de ejecutar la partitura textual con una entonación suficiente para que yo, lectora, pueda acceder al texto, sin matar mi propia y activa imaginación.
Las otras, las versiones dramatizadas, molestan por sus propias características, precisamente por el alto grado de personificación al que se ve obligado el actor de voz y por la exagerada cantidad de imágenes visuales que proporcionan. Esos no son audiolibros, son radionovelas inspiradas en un libro; por lo tanto, deberíamos considerarlas de la misma manera que valoramos una adaptación cinematográfica de una obra escrita.
Hay excepciones, siempre hay excepciones. El principito, por ejemplo, dadas sus características textuales (el diálogo es el principal recurso verbal), es una obra cuya versión dramatizada (en francés) es hermosa (la voz del niño frente a la voz del adulto conserva y respeta la dulzura del texto original). Sin embargo, las versiones dramatizadas de El hobbit (en inglés) me resultaron intolerables. Yo quería leer/oír el libro; no escuchar una radionovela porque, para eso, prefiero esperar la versión adaptada al cine por Peter Jackson.
Esto es subjetividad pura: acaso usted comparte las experiencias de ambos tipos de lecturas y prefiere las dramatizadas porque se adaptan mejor a su manera de imaginar. Mi teoría personal es que el lector enfocado en el texto prefiere las lecturas «limpias»; mientras que el lector enfocado en la forma seguramente disfrutará más las versiones más elaboradas, de producción más compleja y con mayores elementos sonoros, las dramatizaciones. En esto, como en todo, el lector elige.
El audiolibro: la recuperación de la lectura en alta voz
Visto de esta manera, el audiolibro es la recuperación de un aspecto de la lectura perdido hace mucho tiempo y que nos regresa al mundo de la interpretación a través de la voz. La lectura de un texto es equiparable a la intepretación de una partitura musical: las notas pueden ser las mismas, pero cada ejecución es distinta por múltiples factores, como la calidad del instrumento, la sonoridad del entorno (no es lo mismo tocar en el interior de una iglesia gótica que en un parque al aire libre), el timbre de la voz (para las obras cantadas), el grado de maestría del ejecutante y hasta sus estados de ánimo.
La escritura para «ser escuchada» también tiene otros retos y requisitos: debe sonar bien, tener armonía, mantener la cadencia y el ritmo; debe, en una idea, acercarse más a la poesía. La propia calidad del texto, por lo tanto, ya es un factor intrínseco de cualquier versión auditiva de una obra escrita y este, lamentablemente, es un factor fuera del control del lector-ejecutante: ni la voz más bella, ni la mejor lectura son capaces de remediar un texto mal escrito.
Por el contrario, esas obras que al llevarlas a la voz se vuelven música (pienso en cualquier párrafo garabateado por Octavio Paz) merecen ser escuchadas mucho más que silenciosamente leídas. Ahí el audiolibro recupera la vitalidad del texto y se convierte en el formato que, ¿por qué no?, es el más adecuado para la entrega de una obra. Desde luego, la creación de la versión de audio del texto será un reto en sí misma. No será jamás lo mismo escuchar El laberinto de la soledad «leído» por una voz digital, computadorizada, que por una voz humana. La computadora tiene exactamente el mismo tono y énfasis en todas las repeticiones que haga de la misma palabra. La voz humana, en cambio, puede discurrir con el texto, moverse entre los renglones y darle vida propia a cada vocablo, así se trate del mismo e idéntico conjunto de signos. Así, ninguna palabra se pronuncia de idéntica manera dos veces; y ahí está su riqueza.
¿Qué es un audiolibro?
Encontramos en el mercado editorial y en la internet al menos cuatro tipos de obras creadas, diseñadas y vendidas o distribuidas bajo la categoría de «audiolibro»: a) los textos íntegros leídos por uno o varios lectores humanos, con pocos o ningún efecto sonoro; b) los textos abreviadas leídos por un lector humano; c) las dramatizaciones de una obra, realizadas por un grupo de actores de voz, con sus respectivos efectos sonoros; d) Conferencias o lo que en inglés se llama lectures dictadas por el autor. Se puede añadir una quinta categoría: las lecturas íntegras o abreviadas de una obra por parte de una voz digitalizada y generada por computadora. Estas últimas no suelen encontrarse en las tiendas, sino en las redes P2P y en algunos sitios para compartir archivos. De mi parte, no incluyo en la categoría de audiolibros los podcast o las clases grabadas, especialmente debido a que tiendas como la Apple Store tienen secciones especiales, como la Apple University en donde no se tiene la expectativa de acceder «audiolibros» sino clases magistrales.
Los que sí son «audiolibros»
Tal vez me adelanto e impongo mi criterio; pero, para mí, las lecturas íntegras de una obra, sin dramatizaciones ni abreviaciones, son los únicos de los diversos tipos de obras realizadas para ser escuchadas que sí pueden denominarse, por derecho propio, audiolibros. Los demás son productos derivados, obras conexas, adaptaciones, pero no son el libro mismo en otro formato o medio.
Lo que vemos en este tipo de adaptación es el traspaso de un medio a otro: los signos alfabéticos se convierten en signos sonoros verbales, pero la obra conserva su integridad textual. Sería absurdo no admitir que existe una interpretación: la realización vocal de los signos gráficos es, en sí misma, una transformación del texto (exactamente igual que ocurre con una partitura musical). Sin embargo, mientras el texto se siga y la interpretación reúna ciertas características, la voz se percibe como realizadora y no como invasora o traidora del texto.
[Desde luego este crierio no se aplicaría a obras que tengan contenidos visuales o gráficos complejos (fotografías, esquemas, diagramas, tablas…, como lo serían las obras didácticas), los cuales, por su propia naturaleza, serían intransmisibles al formato auditivo sin una adaptación sustancial (es decir, convertir una fotografía en una descripción, por ejemplo)].
Un lector que escuche el texto íntegro de una obra por esta vía habrá leído la obra completa, aunque en lugar del sentido de la vista haya empleado el sentido del oído.
Los que no deberían llamarse «audiolibros»
Los otros ejemplos mencionados, si bien a menudo se encuentran sin distinción bajo esta categoría, no son, desde el punto de vista de esta lectora, audiolibros por muchas razones.
Los resúmenes de obras, por ejemplo, son lecturas fragmentadas e incompletas, en cualquier medio que se distribuyan. Pienso en las versiones juveniles de las novelas clásicas de viajes o aventuras, como las obras de Julio Verne o Emilio Salgari, o de las obras para adolescentes, como las Mujercitas de Louise May Alcott. Las versiones abreviadas de estas novelas son una vergüenza. Recuerdo claramente una edición juvenil de alguna de tantas en las que fui incapaz de entender la historia porque me faltaban acontecimientos e incluso personajes. De igual manera, un audiolibro abreviado no es un sustituto del libro impreso, porque parte de la obra está quedando fuera del alcance del lector.
Las obras dramatizadas, por su misma naturaleza, deben concentrarse necesariamente en los diálogos; reducen las descripciones al mínimo y eliminan todo cuanto no pueda ser «mostrado» de una u otra manera (así sea con «imágenes» sonoras). Por lo tanto, son tampoco obras abreviadas. Estas tienen un factor adicional: el grado de interpretación y adaptación es todavía mayor que en una lectura más o menos plana. Cada personaje debe tener una voz propia, cada actor imprime su versión del texto que va más allá de leer en voz alta: personifica.
Las conferencias son curiosidades, interesantes maneras de conocer el pensamiento de los autores o autoridades en algún tema y, sin duda, entretenidos productos para pasar las horas, pero ciertamente no son audiolibros: son, como su nombre lo indica, conferencias.
En cuanto a los textos interpretados por una voz computadorizada, llamarles audiolibros sabiendo que son generados automáticamente por una aplicación es casi ofensivo para el serio trabajo de realización que requiere cualquiera de las demás alternativas. En cuanto a la comodidad del lector, todo depende de quien escuche. Yo, en lo personal, no los tolero. Pero hay muchas personas entrenadas para sentirse cómodas con estas versiones, y hasta más cómodas que con las lecturas realizadas por humanos torpes y monótonos. Así que, en este caso, es cuestión de gustos y costumbres.
¿Y de qué sirve esta distinción?
Esta reflexión, espero, es útil para usted, lector real o potencial de obras en su formato hablado o leído. Ahora ya podrá acercarse a los muchos repositorios o tiendas de audiolibros con algunos elementos adicionales de juicio para elegir la obra que realmente quiere leer, según sus necesidades y preferencias (si es que no había llegado ya, por su propia experiencia, a estas conclusiones).
También, sin duda, es una distinción válida para los realizadores de audiolibros. ¿Cuáles obras prefieren los lectores? Esa es una pregunta de proporciones mayores, porque requiere de estudios de mercado, comparación de estadísticas de venta, distinciones por edad y sexo, lectura de los comentarios de los compradores (un paseo por los comentarios en Audible es muy revelador) y, sobre todo, mucha capacidad de observación. Es a partir de estos estudios, todavía pendientes para el gran público, que se puede transformar o modificar el mercado de venta y distribución de obras en formato audiolibro.
martes, 2 de marzo de 2010
¿Por qué escuchar audiolibros?
¿Qué me motivó a escuchar un libro en lugar de leerlo «como Dios manda»? Una circunstancia práctica: las largas y vacías horas de mis cotidianos viajes en autobús. Es casi imposible, sin mencionar peligroso para la vista, leer dentro de un vehículo en movimiento. Así, viajes que rondan al menos una hora diaria se convierten en «tiempos muertos», a lo sumo aprovechables para maldormir.
Así, tras toda una jornada de dura labor, mis ojos están demasiado agotados para abrir la página de cualquier libro, por interesante que este sea. Mi mente, sin embargo, todavía está en pleno funcionamiento y con todas sus funciones en un cierto estado de alerta. Al cambiar el medio también se cambia el sentido de ingreso de la información. En lugar de la vista, el oído (sin el riesgo de dañar la retina por el movimiento del autobús) se convierte en el instrumento ideal para volver a activar las funciones de la imaginación y la recreación simbólica.
De esta manera, el tiempo que podría haber transcurrido sin consecuencias ni ganancias se transforma en una hora ansiada, un momento de íntima re-creación (tanto en su sentido de ‘pasar un buen rato’, como en el acto de ‘crear nuevamente’) y, sobre todo, un tiempo de lectura; auditiva, sí, pero lectura al fin y al cabo.
Hay otras razones adicionales para «leer» audiolibros: practicar una lengua extranjera, adquirir nuevo vocabulario, almacenar información en el estrato subconsciente… Incluso en el campo de la educación a distancia tiene aplicaciones tan prácticas como tener un hálito de contacto humano a través de la voz de otra persona. Cada usuario tendrá sus razones. Usted, ¿ya tiene las suyas?
domingo, 28 de febrero de 2010
Del "libro electrónico" al "libro" a secas
Ahora bien, si hacemos un recorrido histórico por los procesos tecnológicos del libro y observamos las etapas y pasos que fueron llevando del predominio de una tecnología a otra, nos daremos cuenta de que se necesita mucho más que una innovación tecnológica para alcanzar la sustitución de la tecnología anterior por la nueva. El cambio es integral, no es estrictamente tecnológico. También existen factores sociales, culturales y hasta simbólicos. Las siguientes son algunas de mis consideraciones sobre el tema:
- El libro no solamente es una palabra con un significado o un referente concreto: es un ámbito del discurso desde el cual lo vinculamos a prácticas, costumbres, redes simbólicas, intercambios y esferas de la cotidianidad y de la cultura1.
- El cambio tecnológico no ocurre por sí mismo, como resultado exclusivo de las nuevas propiedades físicas del objeto, sino dentro de su esfera del discurso, de la sociedad y de la cultura.
- Para que una nueva tecnología pueda reemplazar plenamente a la anterior, debe cubrir las principales necesidades culturales, sociales y simbólicas que la otra ofrecía (incluidas las de carácter emotivo), así como proporcionar algún valor agregado que pueda suponer la preferencia de un objeto sobre el otro.
- La sustitución tecnológica no ocurre en el corto plazo, de manera automática ni como resultado de una única innovación2.
- Ninguna sustitución tiene por qué ser absoluta. Cabe admitir la posibilidad de usos alternativos para cada tecnología y comportamientos sociales híbridos3.
Asumiendo que ninguna catástrofe natural obligará a la humanidad a prescindir de la tecnología, es posible suponer que algún día no será necesaria la distinción entre libros electrónicos y libros a secas; puesto que los lectores del futuro no se imaginarán un libro que no sea electrónico. Sin embargo, para que eso pueda llegar a ocurrir, el nuevo libro deberá ser capaz de asumir plenamente toda la herencia simbólica, cultural y arquetípica de su predecesor y, además, ofrecer algo nuevo, algo que lo convierta en un producto par excellence, irrenunciable, sin el que sería imposible leer. Una tecnología, en fin, que ocupe plenamente el lugar del libro en el imaginario colectivo y personal de quienes leen.
1 Una definición clásica del libro sería aquella “que asocia indisolublemente un objeto, un texto y un autor” (Chartier, 2000: p. 19). Los más atrevidos se refieren al libro de maneras un poco más abiertas, por ejemplo, como “práctica”, es decir, “(una colección de actividades sociales, artísticas y económicas) y no un ‘objeto’” (Doctorow, 2004) o como “forma de intercambio” y “modo de temporalidad”, un punto de apoyo que “crea espacio a partir del tiempo” (Hesse, 1998: p. 32). En estos casos, aún así, predomina la idea de que un libro es, esencialmente, un medio y un objeto para comunicar sentidos (los sentidos portados por la escritura en él contenida). En mi tesis de maestría exploré algunos de los muchos objetos y discursos que confluyen en el vórtice discursivo de libro, como el libro-objeto, el libro-texto y el libro-medio de comunicación. Para eso, véase Murillo (2006).
2 Al códex le tomó más de cuatro siglos imponerse al rollo y, aún así, no alcanzó su expresión plena sino hasta mil años después, cuando todos los factores tecnológicos, así como las redes sociales de producción y distribución de sus materiales, habían madurado lo suficiente como para permitir la innovación introducida por la imprenta y dar como resultado el libro en su sentido moderno.
3 Esto podemos verlo en ejemplos tales como la radio. Se temió, en los albores de la era de la televisión, que esta la sustituyera plenamente. En cambio, tenemos usos especializados con audiencias que van de un medio a otro, según sus circunstancias y preferencias. Los únicos medios completamente sustituidos han sido aquellos que, por sus características, caen en la obsolescencia, como es el caso del telégrafo. Incluso la Internet, con su multimedialidad, no ha sustituido a ninguno de los medios de los que ella misma participa (radio, televisión, impresos), sino que se ofrece como alternativa para quienes, por circunstancias especiales, no pueden acceder a los medios tradicionales (por ejemplo, el tico que quiere ver el partido de fútbol transmitido por un canal de televisión costarricense, pero desde Alemania).
Lista de referencias
Chartier, R. (2000). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII (Traducido por V. Ackerman). Barcelona: Gedisa.
Doctorow, C. (2004), Ebooks: Neither E, Nor Books. Paper for the O’Reilly Emerging Technologies Conference, February 12, 2004, San Diego, CA. Consultado el 14 agosto 2008, en <http://www.craphound.com/ebooksneitherenorbooks.txt>. También se puede consultar la edición en español, trad. de Javier Candeira en el sitio de José Antonio Millán <http://jamillan.com/doctorow.htm>.
Hesse, C. (1998). “Los libros en el tiempo. El Futuro del libro”. En Nunberg, G. (comp.), ¿Esto matará eso? (Traducido por I. Núñez Aréchaga), (pp. 25-40). Buenos Aires: Paidós.
Murillo Fernández, J. (2006). “Todos saben qué es un libro”, o… ¿no? Análisis arqueológico de los discursos del libro desde el (pre)texto de cinco informes finales de encuestas sobre “hábitos de lectura”, Costa Rica, 1979-2004. Tesis de Maestría Académica presentada ante la Maestría en Comunicación de la Universidad de Costa Rica.
¿A qué le denominamos “libro electrónico”?
Como parte de la oleada terminológica de la era electrónica, hemos adoptado también, en préstamo, el nombre e-book. En poquísimos años, su definición se ha ido alterando y modificando y está lejos de ser definitiva. En la década anterior, todavía se decía que un libro electrónico era únicamente “cualquier pantalla a través de la cual se muestre el contenido de un disco compacto u otro tipo de soporte”1. La Wikipedia2, en el año 2008, ya recogía este significado, pero advertía que la mayoría de los usuarios solamente empleaban el nombre e-book para referirse a cualquier “versión electrónica o digital de un libro”. Ya en el 2010, la Wikipedia ha añadido el nombre ecolibro, ha modificado su definición anterior y mantiene, eso sí, la advertencia de ambigüedad, de modo que un e-book puede ser tanto el texto como el aparato para leerlo. El DRAE todavía no registra del todo “libro electrónico” (en ninguna de esas dos acepciones), aunque lo utiliza sin mayores problemas en uno de sus ejemplos de la XXII edición3.
También se ha propuesto en la industria el nombre vooks para el concepto todavía poco extendido de «libros híbridos», sin mucha acogida por parte del público general.
Atraigo la atención sobre el hecho notable de que, a pesar de los rasgos compartidos, nadie imagina que la versión cinematográfica de una obra o novela pueda denominarse “libro”. Con esto se invalida el temor alguna vez experimentado de que la televisión sustituyera por completo los libros, como pronosticó Bradbury, con su célebre Fahrenheit 451 (y su respectiva versión cinematográfica a cargo del director francés François Truffaut). En cambio, sí reconocemos los audiolibros como un formato alternativo (pero no bajo la denominación de “libro electrónico”), aunque en el mercado de habla castellana esta tecnología está aún dando sus primeros pasos4.
Se puede ver que, en este momento, hay todavía duda en el uso, pero, a nivel general, se entiende por libro electrónico cualquier versión digitalizada de un libro impreso, en cualquiera de sus formatos. Esto incluye diversidad de alternativas de codificación. Enumero, a continuación, los principales productos digitales que ostentan el nombre libro digital, a partir de mi observación personal: a) texto plano (.txt) y con formato (.doc, .docx, .rtf y otros): es editable con un procesador de textos y generalmente carece de imágenes, índices y otras ayudas de navegación5; b) Portable Document Format (PDF): son imposibles de editar por el usuario (con lo cual se garantiza mantener el diseño original), aunque algunos sí admiten la copia de texto aislado para usar en otras aplicaciones; c) versiones facsimilares compuestas por imágenes completas de la página, estos generalmente se arman como PDF, pero los textos no pueden copiarse (excepto en formato de imagen) ni pueden hacerse, por regla general, búsquedas dentro del documento6; d) todas las variaciones de formatos disponibles para dispositivos y aplicaciones de lectura, cada uno con sus propias características7.
En febrero del 2010 un nuevo gadget invadió la cultura del libro electrónico: el iPad. Todavía no se ha iniciado su venta, pero este aparato hace algo más que estar diseñado exclusivamente para la lectura de libros en formato electrónico: también se puede emplear para ver videos, escuchar música, escribir y correr cualquiera de las aplicaciones disponibles en la tienda Apple. Ya para este momento, según demuestra también la venta de libros en formato Kindle para PC y iPhone, el aparato de lectura es menos importante que el libro en sí mismo. Un iPad o un iPhone no son e-books en el sentido de ‘aparato para leer libros en formato digital’ y, sin embargo, es muy posible que constituyan dos de las principales soluciones tecnológicas para la lectura de libros.
Dada la tendencia de la industria editorial de incursionar en el campo del libro electrónico, existe una muy alta posibilidad de que dentro de algunos años el término e‑book se emplee de manera especializada para designar aquellas versiones electrónicas de libros que están optimizadas y especialmente diseñadas para ser leídas como tales; y se reserve algún nombre especial para aquellas otras que consisten en la mera digitalización de un libro, pero que carecen de toda ayuda de lectura para el usuario y de contenidos adicionales. De tal modo que un e-book no consistiría únicamente en la transcripción digitalizada de una edición impresa, sino en un producto alternativo, con ventajas adicionales, tales como material extra, fotografías, sonidos, motores de búsqueda e hipertextos (o como quieren denominarse también, los vooks). Adicionalmente, dada la tendencia de la industria editorial de proteger los e-books que ponen a la venta, este nombre también podría reservarse para las ediciones digitales debidamente autorizadas por sus derechohabientes y protegidas por un sello editorial.
Notas
1 Así lo consigna el reputado y polémico editor, bibliólogo y lexicógrafo (entre tantos otros oficios que le son propios) José Martínez de Sousa, en su Diccionario de bibliología (1993: p. 548).
2 Me excuso de utilizar tan poco confiable fuente, debido a que es la única que recoge el significado y lo hace con precisión. La Wikipedia, en la actualidad, carece de confiabilidad en los círculos académicos, como lo prueba la encuesta financiada por Ebrary a estudiantes universitarios de todo el mundo (McKiel, 2008: p. 12), a pesar de que es uno de los recursos más utilizados por estos mismos estudiantes para sus asignaciones de clase y para uso personal (Ibíd.: pp. 9-10). Dentro de unos años o, tal vez décadas, no sabremos si la Wikipedia invierta su prestigio y se transforme en una referencia obligatoria. Ahí entramos al delicado ámbito de la mera especulación.
3 El Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) tampoco incluye “libro electrónico”, pero se pronuncia sobre los anglicismos que anteponen una e a la palabra, como e-mail, y los desaconseja en favor de sus calcos (en este caso: “correo electrónico”).
4 El mercado anglosajón, en cambio, sí ha desarrollado este mercado. La tienda on-line más grande para la venta de audiolibros es Audible, adquirida por Amazon en el 2008. Desde hace unos años, también las librerías físicas han experimentado un aumento de sus áreas para la venta de audiolibros. Este fenómeno es notable en Alemania.
5 Todos los libros distribuidos por el Project Gutenberg, por ejemplo, están en formato .txt; el cual se puede reconocer con cualquier aplicación o dispositivo, pero carece de ventajas a nivel gráfico. Algunas variantes más sofisticadas son los libros en formato Word, los cuales pueden incluir hipervínculos, índices e imágenes. Sin embargo, incluso en estos casos, la mayoría de las obras no sacan partido de las características del programa para realizar libros con calidad de lectura. De hecho, la mayoría de estos libros electrónicos parecieran más bien versiones para “imprimir” y no para “leer en pantalla”, puesto que hasta su tamaño se ajusta a una hoja impresa en lugar de un monitor.
6 Esta afirmación no es completamente verdadera. Google (cuyos libros, en su mayoría, responden a este formato dadas sus características de obras antiguas digitalizadas para su conservación) tiene un motor de búsqueda basado en tecnología de reconocimiento de imagen como texto (OCR) para que los usuarios puedan buscar entre sus libros. Sin embargo, esta tecnología solamente puede utilizarse desde la página de Google, con los libros de su base de datos. El Acrobat Reader todavía no la incorpora como una de sus características.
7 Para un glosario de los formatos vigentes y de los dispositivos de lectura disponibles, véase Tivnan (2008).
Lista de referencias
Martínez de Sousa, José. (1993). Diccionario de bibliología y ciencias afines. (2.a edición). Madrid: Ediciones Pirámide y Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
McKiel, A. W. (2008). Global Student E-book Survey Sponsored by Ebrary. La publicación digital en PDF se puede descargar del sitio de Ebrary <http://www.ebrary.com>.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Tivnan, T. (2008). “E-Babel on and on”. The Bookseller.com, may, 29th, 2008. Consultado el 18 agosto 2008 en <http://thebookseller.com/in-depth/feature/59816-ebabel-on-and-on-.html>.
Dos milenios atrás
Este patricio no lo sabe, pero una secta religiosa que se inició en territorio judío ha comenzado a llegar al corazón mismo del imperio. Nombrados a partir de su líder, los cristianos se reúnen de manera clandestina. Sus principales cabecillas viajan de una ciudad a otra esparciendo el mensaje de su fundador y ganando adeptos. Colgando de su cintura, en una bolsa de tela o de cuero, puede verse un códex. Tiene forma cuadrada, y sus páginas se recorren de forma separada. El suyo está fabricado con papiro, debido a su precio menor, a pesar de que es demasiado frágil. Sabe de otros, en cambio, escritos sobre pergamino. Ahí lee únicamente las palabras y dichos de su maestro, así como detalles de su vida. Este códex representa, para él como cristiano, la palabra de Dios que puede llevarse, a través de las montañas y los mares, hasta los nuevos fieles. Al abrirse sus páginas, sin importar si están a puerta cerrada en la casa de un gentilhombre o entre las húmedas paredes de una catacumba, el Cristo se hace presente y su voz puede recrearse nuevamente para seguir llevando su mensaje. El códex diferencia a la suya de otras comunidades religiosas y le da sentido de identidad. Es uno más de los signos que les permite a los cristianos reconocerse unos a otros (como el pez y el ancla) y sentirse una comunidad. Ninguno de ellos ha dejado de utilizar el rollo. Sus escritos personales, aun cuando se trate de reflexiones teológicas, los escriben en rollos, así como cualquier texto de carácter no sagrado.
Cuatrocientos años después, gracias a la influencia de Constantino, los cristianos ya habían dejado de ser un grupo marginal y le habían ganado la batalla al politeísmo romano. El liber también había cambiado. El liber quadratus, del que antes se dudaba si podía ser considerado un liber, había ganado la batalla. Había pasado a ser símbolo del poder y ya algunos ciudadanos prominentes habían hecho copiar todos sus rollos en códex, para garantizar la preservación de los textos. Aún así, pasaron todavía siglos antes de que los rollos desaparecieran definitivamente, gracias, en parte a la aparición del papel. El resto ya es historia.
viernes, 29 de enero de 2010
El iPad: un e-reader de ensueño
Muchos han calificado el nuevo iPad de «iPhone gigante» o «iPhone con esteroides», no sin algo de razón, porque sigue los mismos principios y diseño de su primo mayor (en edad). Hay quejas debido a la ausencia de una cámara integrada de video, el soporte para animaciones flash, a la carencia de capacidad multitasking o correr varios programas al mismo tiempo y, en mi caso, el tamaño de la memoria integrada (por mi experiencia con mi lector mp3, 16 a 32 gigas apenas alcanzan para lo indispensable). Hasta ahí los inconvenientes; porque en el resto de su propuesta, este producto es broche de oro para cerrar esta primera década del siglo XXI.
El iPad es el primer e-reader (lector de libros electrónicos) que cumple con todos los requisitos que, en mi opinión, tendrían el potencial para hacer un cambio masivo hacia la lectura de libros en dispositivos electrónicos, de la misma manera que el iPod cambió la manera de escuchar música, años atrás.
En un artículo sobre el tema de los libros electrónicos, que escribí un par de años atrás, luego de hacer una extensa revisión de todos los dispositivos disponibles en ese momento (Sony Reader, Kindle, iLiad, etc.), llegaba a la conclusión de que ninguno de ellos tenía la capacidad de revolucionar la experiencia de lectura con la suficiente potencia para rediseñar el mercado editorial. ¿Por qué me atrevía a hacer esta afirmación? Mi lógica es sencilla: la experiencia de lectura es la clave. Mientras leer un libro de papel sea, en todos los sentidos, una experiencia más cómoda, práctica, divertida y barata que leerlo en formato electrónico, no habrá manera de reemplazar el códice de papel como tecnología por excelencia del libro.
Los e-reader que nos ha proporcionado la industria hasta el momento, aun cuando han logrado encantar a sus privilegiados compradores, tenían problemas desde el punto de vista de la experiencia de lectura. Quizá los más evidentes eran el color y la salida visual: todo en blanco y negro, con un diseño que podía ir de lo paupérrimo a lo medianamente agradable, con opciones limitadas para la selección de tipografías y cambio de tamaño, con pocas o ninguna fotografía..., en fin, una serie de detalles que hacían abismal la diferencia entre un e-reader y un libro.
En relación con la tecnología en sí, había todavía detalles sin resolver: la babel de formatos, la incapacidad para mostrar archivos PDF en tamaño completo (dada la gran cantidad de libros en PDF que circulan en tamaños carta y A4), la navegación e interfaz del propio aparato (desde botones, como el Kindle, hasta pantallas parcialmente táctiles que solo respondían a un «lapicero» especial). Cualquier operación de lectura requería de varios pasos para acciones que en el libro de papel son automáticas, como darle la vuelta al libro (para ver una fotografía horizontal, por ejemplo) o, lo principal en la lectura de libros, pasar la página.
Otro inconveniente, a mi parecer, de los e-reader de esa primera generación (como podríamos llamarlos ahora) es el costo versus las capacidades del aparato. El precio mínimo que debe pagar el consumidor por un lector de estos es de $300 y puede alcanzar los $700, para un aparato con almacenamiento limitado, procesadores matemáticos lentos y, sobre todo, su única funcionalidad: leer libros. Un e-reader no puede hacer nada más que eso. Esto obliga al lector a llevar en su mochila un kit que, al final de cuentas, sale caro, es incómodo y hasta pesado para su espalda: una agenda electrónica (como el Palm), un lector mp3, una notebook y un e-reader. El iPad tiene el potencial para reemplazar a los cuatro; esta sustitución será inminente cuando, en algunos años, la memoria interna y la conectividad de puertos sea mejorada y llevada un paso más lejos.
Así, el iPad finalmente hace aquello que lectores empedernidos y usuarios de nuevas tecnologías, como yo, hemos soñado en un e-reader: un producto capaz de resolver todas nuestras necesidades de uso cuando estamos fuera de casa y lejos de nuestra computadora principal, y, al mismo tiempo, proporcionar una experiencia de lectura que sí pueda competir con la deliciosa sensación de leer un libro.
Así, el iPad, además de tener la interfaz de lectura de libros electrónicos más rica, elegante y estéticamente bien resuelta que se ha sacado al mercado hasta ahora, permite navegar en internet, escuchar música, ver películas, administrar agendas, correr cualquier aplicación de las varias decenas de miles ya disponibles en la tienda de Apple y, una de mis favoritas, tomar notas y escribir documentos de texto con un teclado virtual casi de tamaño real. ¿No es un sueño hecho realidad? Y si esto fuera poco, el iPad me permite entretenerme de muchas maneras: cientos de miles de juegos; aplicaciones para dibujar, literalmente, con los dedos y cualquier otra funcionalidad que algún programador haya querido añadirle al aparato por la vía de la creatividad informática.
En resumen, este es el nuevo gadget de mi lista de deseos y, por primera vez en este siglo, el primero con la capacidad de transformar la experiencia cotidiana de lectura y, con ella, la industria editorial completa.
domingo, 24 de enero de 2010
La creación y escritura de un texto académico en un entorno digital
En este interesante artículo, «A Digital Academic Workflow», Kerry Magruder no solo menciona sus programas favoritos sino que establece la secuencia de trabajo en que los utiliza. Dado que el artículo está en inglés, me permitiré hacer un breve resumen de la propuesta de su workflow o flujo de trabajo para el escritor de obras académicas.
Recomienda el uso de DevonThink, para el proceso inicial de investigación y toma de notas; Scrivener, para las etapas generales de creación de la obra, organización de la información y escritura de los borradores integrales; Sente, para el manejo y administración de las referencias bibliográficas; Preview (herramienta integrada del sistema operativo de Mac) para la lectura de PDF; Skim, herramienta gratuita para la lectura de PDF y la toma de notas, y Pages, el procesador de textos ofrecido por Apple, como parte de su paquete de oficina iWork, para las etapas finales de últimas revisiones y formato del documento con vistas a su envío para publicación.
El proceso de escritura, tal y como lo concibe Magruder, en síntesis, tiene más o menos la siguiente secuencia:
- Se utiliza el DevonThink para organizar toda clase de documentos e información inicial que un investigador revisa cuando apenas está tratando de generar el estado de la cuestión, de familiarizarse con su campo o de la documentación e información que le será de utilidad. El programa permite organizar páginas web, PDF y documentos de texto, correos electrónicos y otra documentación pertinente; incluyendo un OCR para escanear documentos que se tienen solo en papel (hay que pasarlos a PDF primero). En DevonThink también se crea una carpeta con las fuentes, en donde se incluyan las citas y notas asociadas con el artículo en proceso. Se pueden crear subcarpetas o carpetas separadas, según las necesite el autor.
- Simultáneamente, se crea una base de datos específica en Sente para ir incorporando las referencias de los documentos más importantes que se localicen en DevonThink. Se crea también un hipervínculo de la carpeta de fuentes del DevonThink al Sente, de manera que se puede alternar entre ambos programas, aun cuando el Sente no esté abierto.
- Con el vínculo hecho, en Sente se ven los PDF del DevonThink. También se le puede indicar al Sente que utilice el Skim como lector PDF para utilizar las capacidades de toma de notas de esta aplicación, que ya hemos discutido en el artículo anterior. Si se utiliza la herramienta de toma de notas del Sente, que incluye toma de notas de textos y de imágenes, la información puede transferirse al DevonThink, conforme se vaya haciendo más compleja. Para pasar las notas y pasajes que valga la pena citar de Sente a DevonThink, basta con hacer «drag and drop» (jalar y soltar) de la nota deseada o de todas las notas a la vez, en la carpeta de fuentes del DevonThink.
- Durante esta etapa, se va de Sente a DevonThink y viceversa, tantas veces como sea necesario. El DevonThink permite tomar notas analíticas escribir resúmenes, destacar puntos centrales y mantener notas en fragmentos pequeños (mucho más manejable para los procesos posteriores; el Scrivener también funciona de esta manera).
- Para crear una cita en una nota que se llevará a Scrivener o Mellel, basta con usar el «drag and drop». Esto producirá una referencia entre corchetes que se verá más o menos como esto: {Aaboe, 1958, 5, 209-277}.
- En DevonThink se pueden poner cursivas y negritas, con el menú de estilos; y los caracteres de otras lenguas deben ponerse en Unicode. De todas maneras, el formato es mejor dejárselo a los programas especializados en formato de textos.
- Luego de seleccionar, reordenar, descartar y recuperar todas las notas que quiera en DevonThink, si ya se puede comenzar a escribir porque la idea es bastante más clara que al inicio, se procede a iniciar el borrador en Scrivener. Nos aclara el autor que también se pueden utilizar otros programas, pero que el elegante entorno de Scrivener es su favorito. Pasar las notas tomadas en DevonThink a Scrivener es muy sencillo: «drag and drop» y todo queda listo.
- Una vez en Scrivener, integrarlo a Sente es muy sencillo. Se puede ir de un programa a otro, de manera que en una cita escrita en Scrivener se coloca una referencia activa de la base de datos del Sente.
- Ya en el proceso activo de creación y redacción, el escritor podrá disfrutar de las poderosas capacidades del Scrivener para organizar y reorganizar, ver la estructura del proyecto, añadir notas y metadatos a cada subarchivo, dividir y mezclar, comparar a través de paneles múltiples y la escritura de pantalla completa.
- Una vez lista la escritura, se exporta el borrador final como .rtf. De ahí se puede pasar a cualquier procesador de texto, aunque el autor de este artículo prefiere Pages, que conserva las citas de Sente y DevonThink, así como las notas al pie y comentarios del Scrivener (estos últimos, el Mellel, otra buena alternativa para la escritura técnica, no los reconoce).
- Finalmente, con el último borrador listo, ya en el procesador de textos para darle formato, se le ordena al Sente hacer un escaneo del documento, con el cual revisará todas las referencias que fueron insertadas. Con esto generará la lista de referencias bibliográficas o bibliografía según el formato que haya sido elegido.
Al igual que veíamos con las herramientas básicas del autor de escritura creativa, este paquete básico recomendado por Magruder es bastante cómodo. Aquí están los precios con descuentos educativos para instituciones y para individuos; hay precios todavía más bajos para la compra por volumen:
- DevonThink Personal: $37.5 (el DevonThink Proffesional Office cuesta $112, con descuento educativo; tiene la función de OCR de documentos PDF; pero esta función también se consigue de manera gratuita con otras aplicaciones)
- Scrivener: $34.95
- Sente: $89.95
- Preview and Skim: gratis
- Pages: forma parte del paquete iWork, con un costo total de $79 y la ganancia adicional de un programa para presentaciones (mucho más poderoso que PowerPoint) y otro equivalente al Excel
domingo, 17 de enero de 2010
Carrito de compras del escritor: balance general
Una licencia de Microsoft Office, si compramos la más barata que es la edición casera o estudiantil, cuesta $149.95. Definamos este como nuestro presupuesto básico para equipar nuestra computadora de las herramientas básicas de escritura creativa.
El MacJournal se incluye dentro de los programas indispensables porque hoy día casi todos los escritores tienen también un blog; pero bien puede haber personas que lo consideren accesorio y que resuelvan todas sus necesidades de escritura con Scrivener.
Programas indispensables
Scrivener: $39.95 (hay licencia educativa y descuento por volumen)
MacJournal: $39.95 (se puede comprar con sustanciales descuentos en Navidad y fiestas especiales, así como ocasionalmente en sitios como MacUpdate Promo)
SpellCatcher: $39.95
OpenOffice: $0
Subtotal: $119.85
Programas opcionales según las necesidades de cada proyecto
BeeDocs Timeline: $65 (hay versión educativa por $40)
MacFamily Tree: $49
Cmap Tools, Xmind, MindNode, ViewYourMind, FreeMind, PersonalBrain: $0
Subtotal: $114
En síntesis
Con el mismo dinero que compramos el Word, podemos invertir en al menos dos aplicaciones diferentes y una gratuita, más poderosas para procesos creativos de escritura y, además, añadirle alguna de nuestro gusto o necesidad particular. Pero en general, con un presupuesto de $233.84 podemos equipar nuestra computadora con licencias de programas valiosísimos para el trabajo creativo. Si además somos seguidores de sitios como MacUpdate Promo, es muy posible que encontremos oportunidades indiscutibles de adquirir muchos de estos programas a la mitad de su precio de venta normal (ya sea de manera individual o como parte de otros paquetes), sin mencionar los descuentos educativos o por volumen a los que pueden acceder algunas instituciones e individuos. La licencia educativa del BeeDocs Timeline cuesta $40 y más de 11 copias del Scrivener cuestan $25.97.
Quedaron algunos programas pendientes de esta primera ronda de revisión de herramientas informáticas para escritores, como los programas para el manejo de nuestras bibliotecas físicas y las alternativas para la escritura técnica y el manejo de referencias bibliográficas. Estos quedarán para la próxima semana, cuando dediquemos los artículos del blog a las herramientas informáticas para la escritura técnica y la edición.
Alternativas a Word: procesador de textos y corrección de gramática
Además, el procesador de textos es un programa especializado en contribuir a darle formato a un documento, algo que no se espera de programas como Scrivener, ya reseñado. En este caso, es posible que el escritor y el editor de profesión consideren necesario tener un procesador de textos adicional.
El programa comercial más conocido y dominante en el mercado es Microsoft Office; sin embargo, el costo de las licencias encarece la inversión que un escritor debe hacer para tener su computadora plenamente equipada para su trabajo. En ese caso, puede acudir a otras opciones de más bajo costo y más alto rendimiento.
OpenOffice
La alternativa gratuita y de código para el paquete de Office, especialmente si el programa que más vamos a utilizar es el procesador de textos en sí, es el OpenOffice, de Sun Microsystems. Todas las funciones básicas de formato de texto pueden encontrarse en este programa: creación de secciones, paginación automática, viñetas o topos, tipo y tamaño de las letras... En general, todo lo que normalmente se utilizaría para darle un formato más o menos decente a un texto. Si se requiere de algo más profesional, sería más conveniente acudir a un programa de maquetación o diagramación de páginas. Los usuarios de la plataforma Macintosh pueden preferir el NeoOffice, el mismo y poderoso OpenOffice, con una interfaz Mac.
SpellCatcher
En cuanto a la corrección gramatical, hay una excelente alternativa de bajo costo que no solo operará con el procesador de texto (también es compatible con Word) sino con todas las aplicaciones de la computadora: SpellCatcher, incluyendo el correo electrónico. Este programa puede revisar texto en varios idiomas e incluye un amplio repertorio de herramientas de corrección, diccionario y búsqueda de sinónimos; en síntesis, el tipo de herramientas lingüísticas que un escritor o un editor puede necesitar. Esta aplicación existe tanto para Macintosh como para Windows.
sábado, 16 de enero de 2010
MacJournal: el diario del siglo XXI
Los programas ideales para este tipo de escritura intransitiva y desestructurada son las aplicaciones para llevar diarios. Hay una amplia variedad, en todas las plataformas (Macintosh, Windows, Linux), con diversidad de funciones. Aquí comentaremos uno que es especialmente versátil y diseñado para la plataforma Macintosh: el MacJournal, distribuido por Mariner Software.
Como un programa de diario, en el sentido más tradicional, es muy eficiente. Se pueden crear varios diarios y subdiarios (diarios dentro de diarios); y a cada uno se le puede poner una clave para impedir el acceso de los curiosos.
Cada entrada tiene la ventaja de que automáticamente registra la fecha y la hora de su creación; e incluso hay una serie de herramientas adicionales para indicar si está en proceso o ya ha sido finalizada. Pero si lo que el escritor quiere hacer es pasar en limpio las notas de sus cuadernos y conservar la fecha y hora originales de sus notas, el programa también le permite modificar estos datos con libertad.
Este programa además incursiona en el moderno diario del siglo XXI: el blog. Cada diario puede vincularse a un blog de cualquiera de las plataformas más conocidas. Basta configurarlo la primera vez para que, desde ese momento, la tarea de publicar artículos sea muy sencilla: basta dar la orden y el artículo queda en línea inmediatamente, con la plantilla que se ha prediseñado en la plataforma. Si se detecta un error, basta corregir en MacJournal, pedirle que publique los cambios y ¡listo! Desde el propio programa se pueden determinar las palabras clave del documento, añadir vínculos e incluir imágenes o fotografías.
Pero la característica que más me gusta del MacJournal (el programa que en este momento estoy utilizando para este blog) es la visión de pantalla completa, que solamente se encuentra en algunos programas profesionales para escritores como el Scrivener, el Ulysses y, desde luego, el WriteRoom. El MacJournal, con un solo clic, elimina todas las distracciones, sin tener que utilizar otro programa adicional. El efecto es fantástico para quienes realmente logramos concentrar nuestro esfuerzo mental con solo esta sencilla característica.
Desde luego, todas las entradas escritas en MacJournal pueden exportarse a formatos como .rtf, .doc y .txt, de manera que pueden abrirse con cualquier procesador de texto, ya sea gratuito (OpenOffice) o de pago (Microsoft Word).
Sin duda, este es un programa ideal para la escritura de blogs y para escribir sin rumbo, al asalto de la inspiración, cuando una idea se viene a la cabeza y no se sabe qué hacer con ella.
viernes, 15 de enero de 2010
Nuevo sitio de Scrivener en español
sábado, 9 de enero de 2010
Scrivener: más allá del procesador de textos
Hoy día existe algo más: los verdaderos programas para escritores.
Incluyen un procesador de palabras, ciertamente, pero van más lejos: son gestores de la base de datos que va creando el escritor cuando está en un proyecto grande. Un escritor, aun cuando su proyecto sea una ficción totalmente salida de su cabeza, acumula piezas de información de todas clases: entrevistas, fotografías, páginas web, extractos de revistas y enciclopedias, referencias, ideas sueltas, pequeñas anotaciones, escenas descartadas, tramas, personajes, canciones, videos... Todo es material potencial cuando se está en ciertas fases de acopio de información y, más aún, todo debe ser fácilmente localizable cuando se está en la fase activa de escritura.
Programas como Scrivener fueron diseñados por escritores que conocen bien sus necesidades y querían algo más que un procesador de palabras. Scrivener, en particular, se divide en dos secciones: el manuscrito y el archivo. En todo momento se pueden crear carpetas, subcarpetas y documentos, dentro del mismo programa, para ir almacenando todas esas valiosas piezas de información y de escritura. En el archivador se pueden colocar, en un proceso rapidísimo e indoloro, todas las páginas web, documentos de texto, PDF y multimedia (incluidos videos y mp3) que se quieran. Tiene una interfaz gráfica intuitiva y hasta elegante: en una «pizarra de corcho» se van colocando todas las fichas de nuestros diversos hallazgos (o las polaroid, en el caso de las fotos). Y para cada documento (texto, PDF, fotografía, multimedia) existe la posibilidad de incluir anotaciones, información de referencia y otros metadatos. Y si preferimos ver la estructura de lo que estamos escribiendo, en lugar de la pizarra, basta con pasarnos al modo de «esquema» (outline) y, ¡listo! Ya podemos ver cómo se está desarrollando la estructura de nuestra obra.
Otra belleza de este programa es que está especialmente diseñado para manejar proyectos grandes: obras de 300 páginas o más. Quienes hemos tenido la desventura de manipular documentos de más de 200 páginas en un procesador de textos (mi más larga pesadilla ha tenido 450 páginas, con múltiples secciones y fotografías) sabemos lo mucho que le cuesta al procesador siquiera abrir el documento, ya no hablemos de una rápida navegación, tarea poco menos que titánica.
Con Scrivener, la navegación por el proyecto lo es todo; por lo tanto es muy fácil ir de la escena 1 del primer capítulo a la escena 45 del capítulo 80 o a la ficha del personaje. Todo depende del usuario, porque el programa no le pone barreras.
Como una ventaja adicional que quienes escribimos agradecemos, encontramos el modo de escritura en pantalla completa. No solo deja por fuera toda distracción. Además es completamente personalizable: se le puede poner el color de fondo que uno desee, y también se cambia el color de la tipografía. Así, en mi caso, trabajo sobre fondo negro con un color claro, celeste pálido o beige. Mientras que otros prefieren letras verdes o blancas sobre fondos azules. Esto lo decide el escritor. Redactar de esta manera es muy descansado para la vista, maximiza el aprovechamiento de la energía (para quienes usamos portátiles esto es una ventaja) y, sobre todo, nos imbuye en nuestro trabajo como solo un escritor puede desearlo. El Scrivener incluso añade un valor adicional al modo de pantalla completa: tiene herramientas que permiten colocar a la vista una fotografía, ya sea con un fondo semitransparente o activando una paleta de anotaciones y otros recursos. Si uno está describiendo una escena en una locación o a un personaje, sin duda querrá tener a la vista el paraje del que se ha inspirado.
Ya en el lado del formato, el programa trae plantillas preestablecidas para guiones, novelas, cuentos; herramientas de formato de texto; anotaciones y pies de página que son reconocidos por cualquier procesador de texto que importe documentos en RTF y la posibilidad de incluir imágenes dentro de los archivos de texto. Tiene opciones de autoalmacenamiento cada tres minutos e incluso funciones adicionales, como el snapshot: la posibilidad de guardar versiones completas del proyecto antes de hacer cambios monumentales. Así, el escritor puede regresar cuando quiera a una versión anterior (sin arruinar) de su manuscrito.
Scrivener es uno de los programas más versátiles que un escritor puede desear (y a una fracción del precio de un procesador de textos como Microsoft Word), pero no es el único (aunque sí es mi favorito). Si bien este en particular solo existe para Macintosh, los usuarios de Macintosh y Windows pueden encontrar una gran diversidad de alternativas en el mercado. Cada una tiene alguna función en particular que los demás no tienen o manejan de forma distinta. Cada escritor deberá elegir, según su manera de escribir, su presupuesto y su plataforma, cuál puede ser el más adecuado.
Para conocer otras alternativas: hay listas comentadas de programas para Mac y Windows en las siguientes direcciones: http://www.literatureandlatte.com/links.html y http://www.writers-publish.com/book-writing-software.html. Algunos programas de mucha reputación son el Ulysses, el Storyist y el StoryMill (este último tiene versiones para Mac y PC).
martes, 5 de enero de 2010
Herramientas informáticas para escritores
Hay muchos escritores y, con cada uno de ellos, múltiples formas de escribir. Cada proyecto tiene sus propias necesidades, ya se trate de ficción, investigación o divulgación. Algunas obras nacen completamente de la mente de sus autores, mientras que otras se arraigan en complejos datos obtenidos de múltiples y variadas fuentes.
Aun cuando una obra pueda nacer de la invención ficcional de un solo individuo, piénsese por ejemplo en la complejidad que alcanzó la obra total de J. R. R. Tolkien, con varios milenios de historia de la Tierra Media, cientos de personajes distintos en épocas separadas entre sí y diversidad de culturas y pueblos.
Lo mismo puede decirse de una novela histórica y, en este caso, lo que vale para una obra de ficción también se aplica a una investigación compleja sobre un periodo de tiempo determinado, incluso si el resultado final no es ficcional, sino una obra académica, de divulgación o didáctica.
Durante los próximos días revisaremos, una a una, diversas herramientas informáticas a las que los escritores con estas necesidades pueden echar mano para facilitar sus procesos creativos. Veremos programas especialmente diseñados para escritores de ficción, así como herramientas sofisticadas para la creación de líneas de tiempo, árboles genealógicos, mapas y esquemas mentales, bibliografías complejas y, ¡faltaba más!, el catálogo de la biblioteca física que tenemos en casa. Incluso los escritores con limitaciones de la vista de nuestros días tienen alternativas para escribir, más allá de un secretario o amigo.
Porque en nuestra época, la computadora personal es la nueva pluma del escritor y, sin duda, una de sus mejores y más íntimas amigas.