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sábado, 31 de octubre de 2009

Decálogo de la labor en equipo

Para mí, trabajar en equipo es todo un arte y requiere de una combinación de factores que involucra a cada uno de los miembros y participantes. Si, además, nos encontramos en un entorno laboral, el bien común y el fin más elevado al cual servimos tienen preeminencia sobre los intereses individuales y, por ende, hacen todavía más necesaria la existencia de buenas y rectas relaciones humanas.

En mi experiencia particular, la base de todo trabajo en equipo subyace en la actitud de cada persona. No existen fórmulas infalibles cuando de relaciones personales se trata, pero he aquí algunas ideas básicas para mantener la adecuada relación de respeto mutuo entre las partes que es necesaria e indispensable para el éxito de los procesos laborales.

Los mejores equpos con los que he trabajado en mi vida comparten algunas de las siguientes características:
  1. Un respeto profundo y genuino por las opiniones, aportes, trabajo e intereses de los demás.

  2. Una actitud de solidaridad y apoyo mutuo en las tareas que a cada uno le corresponden (no es indulgencia ni asumir tareas ajenas, es buena disposición para ser útil cuando un compañero lo necesita).

  3. El desalojo absoluto y radical de cualquier asomo de competencia, autocomparación con los demás y deseos de imponer su propia visión. Esto también incluye desterrar la actitud de «yo y solo yo lo sé todo».

  4. Altruismo (destierro de todo egoísmo): compartir con los demás aquello que uno sabe que les va a ser útil. No tratar el conocimiento como si fuese un "bien" que debo atesorar a toda costa: el dinero que se da, se gasta; el conocimiento que se da, se multiplica.

  5. Hacer a un lado las emociones personales y concentrarse en las rectas relaciones laborales y profesionales. Las críticas se hacen sobre el trabajo realizado, para nada son alusiones personales de quien las emite hacia quien realizó la tarea.

  6. Frialdad y distancia para el análisis y el trabajo, condimentada con fraternidad en las relaciones con otros.

  7. Un interés sincero y genuino en lograr que el proyecto se cumpla.

  8. Hacer cada quien lo que le corresponde y dejar a los demás hacer lo suyo. (Por supuesto, no distraerse en no hacer lo que le toca a uno por estar diciéndole a los demás lo que les toca a ellos).

  9. Soluciones oportunas a los problemas inmediatos. (No dejarse arrastrar por el vicio de quedarse dando vueltas en la criticadera).

  10. Disposición a reconocer el error (propio o ajeno) como lo que es: algo que debe ser corregido y punto. Sin pataletas, berrinches, resentimientos, auto o mutuo-juzgamiento, ni pereza.

  11. Atención constante al calendario de trabajo.

  12. Deseos perpetuos de mejorar lo que está hecho, sin irrespetar el criterio del resto de los miembros del grupo.

  13. Capacidad de negociar y ceder cuando las relaciones humanas son más importantes que un detalle insignificante en comparación.

  14. Exiliar la pedantería, la arrogancia y la vanidad.

  15. Usar siempre las palabras mágicas de las relaciones humanas: «por favor», «gracias», «muy bien hecho», etcétera.

  16. Buen sentido del humor para aliviar las situaciones más tensas.

  17. Hablar las cosas de manera directa, transparente y sin ambages, pero con suavidad y diplomacia. (Nada de comentarios ocultos ni «puñaladas por la espalda»).

  18. Favorecer la unidad, el compañerismo y la inclusión de todos los miembros del equipo laboral. En este sentido, alejarse y desdeñar las actitudes de separación, la creación de «grupitos» y de «solo ando/hablo/vivo/velo con/por los míos» (en un entorno profesional, la separatividad es imperdonable; en el entorno personal, que cada quien ande con quien quiera).

  19. Anteponer el bien del grupo y de la labor profesional de servicio que ha sido encomendada antes de los intereses personales. Quien, en un entorno laboral, anteponga sus intereses individuales y egoístas, haría mejor con renunciar y dejarle su lugar a alguien más comprometido con la causa para la que se le está remunerando económicamente.

  20. Recta y buena actitud; o como dicen por ahí: «a un empleado se le puede perdonar todo (porque todo es remediable: la capacidad, el entrenamiento, la ignorancia) excepto las faltas de actitud».

La edición: una labor de equipo

La figura clásica del editor es la de alguien al teléfono, coordinando procesos, concertando esfuerzos, mediando entre las partes y, por supuesto, con una gran mesa rodeada de libros, obras de referencia y lapiceros rojos.

La labor editorial no es solitaria; por el contrario, es la confluencia de muchos actores lo que la hace posible. En la edición literaria, el escritor se encuentra más o menos al inicio de la cadena. En la edición técnica y, dentro de esta, en la académica con fines didácticos, el proceso se inicia varios años antes de llegar a la mesa de producción, en el seno de una escuela o programa académico, en un ministerio o una dependencia curricular. El planeamiento de unos contenidos, de una metodología, de unos enfoques es el primer paso para el esqueleto de lo que luego llegará a ser una obra didáctica.

Pasa por muchas manos hasta que por fin llega a la mesa editorial, en donde la escritura y la revisión son procesos casi simultáneos, paralelos y continuos; conjuntamente se va formando la obra con un respeto por el diseño curricular al que debe responder y con la asesoría de diversos participantes, incluidos los especialistas de contenidos, los asesores lingüísticos, los artistas gráficos y, en el moderno mundo de muchos medios, los colaboradores de cualquier producto multimedial, electrónico o audiovisual que pueda estar ligado a la obra didáctica.

¿Cuáles son los retos de una labor en donde tantos brazos deben participar? En casos así, es necesario primero «hacer equipo» (más allá que «grupo») y después laborar conjuntamente. Y cada equipo, una vez conformado, ha de recordar siempre a quién sirve y para qué existe. Si se editan obras académicas didácticas, su labor está al servicio de la institución y, a través de esta, de sus estudiantes. Por lo tanto, lo que tenemos a nuestro cargo no es un «feudo» de nuestra propiedad personal, sino que conformamos una célula al servicio de un propósito más elevado. Que el editor y su equipo no olviden nunca para quien laboran: porque no es para sí mismos.

La labor editorial: una oportunidad de servicio

La etimología latina de la palabra edición es edere, ‘dar a luz’, ‘parir’. Quien edita está constantemente «pariendo», «dando a luz», aportando de su misma sustancia a la formación del texto por publicar. (¿O acaso hay dos tipos de editores: el editor-partera y el editor-madre? La edición tradicional, ciertamente, se haya más del lado de la partera; los editores fungen de comadronas porque la criaturita les llega ya formada. Pero, ¿y los otros?, quienes toman un texto desde antes de que exista, desde antes de que se haya contratado a quien deberá crearlo?).

Estoy evitando aquí, conscientemente, el uso de la palabra «trabajo» porque deriva de un instrumento de tortura medieval: el tripalium. En cambio, propongo la palabra labor, ligada a la muy antigua tarea de labrar la tierra, sembrar la semilla. El quehacer editorial es, así, una labor (siembra) de darle forma y sustancia al texto (gestación-parto), una forma física para que pueda ser tocado, acariciado, visto por otros, por el otro. Y es precisamente ese otro el que el editor no puede nunca dejar de considerar: todos nuestros esfuerzos tienen como fin último eliminar todo cuanto pueda ser un estorbo en la lectura y, para ello, es necesario imaginarlo, soñarlo, conocerlo, prever sus necesidades, deseos e inquietudes.

¿Y cuál es la función del editor si el otro es, además, un estudiante, una persona que se acerca a un texto porque quiere/debe/necesita aprender y, más aún, autoaprender?

En estos casos, la responsabilidad es todavía mayor. El error de un libro no se repite una, sino muchas veces, como bien denunciaban los monjes medievales cuando, nostálgicos desde su scriptorium, se rehusaban a aceptar la innovación de la imprenta. «¿Cómo conoceremos ahora la verdad?», preguntaban «¿ahora que ya no podremos comparar las diferencias entre los manuscritos para saber cuál es la verdad? Ahora el error se repetirá no una sino muchas veces; enmendarlo será imposible».

El error que un editor dedicado a la producción de libros de texto, en cualquiera de su niveles (escolar, enseñanza diversificada o universitario), tiene repercusiones tangibles: se está jugando el aprendizaje del otro, su desempeño, su nota, sus sueños. Está poniendo en riesgo los muchos esfuerzos y sacrificios que un individuo realiza para poder estudiar y que un Estado sostiene con la visión de que el gasto público en educación es la mejor inversión en el futuro del país.

Por eso, quienes laboran en la edición de obras académicas tienen al mismo tiempo una gran responsabilidad y una gran oportunidad: la responsabilidad de poner su empeño en lograr la mejor obra posible para sus estudiantes; la oportunidad de aportar una semilla en la formación de la próxima generación de ciudadanos y líderes del país.