domingo, 14 de noviembre de 2010
La escritura por metas y los calendarios de producción
El libro en cifras
Un libro, visto como obra terminada, es un texto de una extensión considerable. Hay que verlo en páginas, palabras o caracteres. Hay que cuantificarlo para comprender cuál es su verdadero alcance en tanto objeto tangible, tocable, legible…
En el NaNoWriMo se propone la meta de escribir una novela/libro de 50 000 palabras, cuya extensión sería aproximadamente de 150 páginas.
Las metas diarias de escritura
Los participantes de NaNoWriMo formalmente inscritos disponen de una herramienta sencilla pero poderosa: las estadísticas. Diariamente se debe actualizar el conteo de palabras acumuladas hasta ese día.
Esta herramienta, por sencilla que parezca, le ayuda al escritor a aterrizar en la dura realidad de los plazos y las entregas. Si su libro tiene 50 000 palabras, está obligado a escribir 1667 palabras diarias. Si un día no lo hizo, al día siguiente la meta diaria se elevará.
En mi caso, por ejemplo, al día de hoy, debería escribir 2739 palabras al día, si quiero terminar mi libro el 30 de noviembre. Las estadísticas me lanzan la realidad a la cara: ya estoy retrasada en mi calendario de entregas. Mi promedio diario no ha alcanzado el mínimo requerido, así que la estadística –imparcial e inmisericorde– me dice en qué fecha terminaría mi libro, de seguir con este ritmo: 29 de diciembre.
La escritura en el calendario de producción del libro
En este hipotético calendario de producción, no existen todavía relectura, reescritura, evaluación editorial, correcciones sugeridas y su aprobación, maquetación o diagramación de la obra, corrección de pruebas (y sus respectivos cotejos) y tiempos de imprenta.
La mayoría de las editoriales reciben obras listas para iniciar su proceso de producción editorial, gracias a la labor de filtro y retroalimentación realizada por los agentes literarios.
El asunto se complica para las editoriales académicas que elaboran obras a partir de diseños de curso, según los lineamientos de una carrera o plan de estudios.
En estos casos, el editor del material deberá acompañar al autor en el proceso de levantamiento de obra gris. Son libros de 250 páginas, con ciertos recursos gráficos que los reducen a unas 100 000 palabras.
Si un autor dedicara un tiempo diario a lograr 1667 palabras escritas al día, podría terminar el primer borrador de la obra en 60 días (sin lectura de nadie: editor, especialista, asesores académicos). Es decir, se necesitarían dos meses como mínimo antes de que el texto esté preparado para comenzar su otra peregrinación: lecturas, revisiones, correcciones y producción editorial. Durante esos dos meses, el autor entregaría 11 669 palabras por semana.
Si la editorial quisiera que el libro se escriba más rápido, deberá darle metas claras a su autor: un libro de 100 000 palabras en un mes requiere de 3334 palabras diarias y 23 300 palabras semanales. ¿Tiene el autor el tiempo suficiente para lograr la meta? ¿Cuántas horas de escritura reales, sin dilaciones ni problemas de inspiración, necesita al día? ¿De qué manera compensará por los fines de semana, el cumpleaños de la abuelita o la fiesta de aniversario de la boda de su mejor amigo? ¿Comprende el autor, al firmar el contrato, las necesidades diarias de escritura de la obra para alcanzar las metas editoriales propuestas?
En síntesis: la dura realidad
La escritura es el primer paso en el camino hacia la obra publicada. Si las metas no son claras aquí, en esta fase del proceso, el resto del calendario se verá expuesto al fracaso y a las dilaciones interminables. Al autor le hará bien descomponer su obra en cifras y fijarse metas claras, según las capacidades reales de su vida (trabajo, familia, proyectos, compromisos, enfermedades, imprevistos…). Las metas son para cumplirlas. Las cifras, las estadísticas de nuestra escritura diaria serán implacables y nos dirán, con frialdad, cuándo estará lista la obra de nuestros sueños o la que nos hemos comprometido a entregar.
domingo, 24 de octubre de 2010
La experiencia de escribir en un Diario de los Viajes
Desde la primera impresión, deslumbra: el Diario de los Viajes viene cuidadosamente empacado en una caja profesionalmente diseñada con un gusto exquisito. Incluye un sobre lleno de sorpresas: un marcalibros perfecto, tarjetas postales, un certificado de autenticidad y hasta una guía de renglones para garantizar la escritura de páginas equilibradas y líneas uniformes. Mi caligrafía jamás ha sido especialmente bella, y solo ahora lo lamento: cuando se escribe en un diario como este, ya no solo se saborea la sonoridad de la palabra o la profundidad de sus contenidos, sino también la armonía del trazo mismo con que se va delineando cada letra. Me siento ante estas páginas en blanco exactamente igual que Miguel Ángel ante el bloque de mármol en donde él, y solo él, sabía que estaba contenido su David. Por primera vez en mi vida, no veo el vacío, sino los trazados no develados de una palabra futura ya escrita en estas páginas.
De ahora en adelante, mi corazón de escritora no podrá ser feliz con mis viejos diarios de páginas atadas por resortes o los cuadernos genéricos adquiridos en cualquier librería. Ya incluso estoy pensando en los diarios que tendré en el futuro. La ventaja es que para Rochwinë no hay libro soñado imposible. Uno puede pedir caprichos de todas clases y pronto los verá convertidos en ese libro hecho a la medida, seguramente mejorado con las propuestas de este maestro encuadernador que es también diseñador, arquero y artista.
Si este le ha parecido a usted, lector, un artículo publicitario, le ruego considerarlo un accidente. Me mueve el entusiasmo derivado de la experiencia inigualable de escribir como se debe escribir: con pluma, en hojas resistentes a la tinta, encuadernadas en cuero suave al tacto, con hermosos diseños repujados. Las computadoras son para transcribir, reordenar, corregir, editar…, pero los diarios son para escribir.
sábado, 24 de julio de 2010
Los diarios: campo de entrenamiento para la escritura
La escritura diaria es una de las estrategias básicas para el entrenamiento en el uso de la palabra. Cuando llegamos a este punto, hay quienes se preguntan: “y ahora, ¿sobre qué escribo?”, quizás con la falsa idea de que cada día deberá escribir un cuento o una novela nueva.
Uno de los instrumentos para entrenar la habilidad de expresarse mediante la palabra escrita es el empleo del diario. Tiene muchas ventajas: no tiene principio, ni final; no existe la presión de una cantidad límite de caracteres; no hay lectores a quienes complacer; no hay editores con sus reglas y demandas. Es una zona de entrenamiento en donde el aspirante a escritor se ejercita en el difícil arte de transformar sus pensamientos en palabras.
La escritura tiene mucho de tekné. Es una habilidad cuyo refinamiento solo se alcanza con la repetición y la realización. No se puede aprender a escribir sin escribir. Se engañan quienes afirman que leer –y solo leer, sin un ejercicio intermedio de la consciencia– aumenta el vocabulario y entrena para la escritura. Conozco lectores ávidos cuya ortografía y redacción no son mejores a pesar de las muchas novelas recorridas.
Para hacer el salto entre la teoría y la escritura misma, precisa un esfuerzo consciente para forzar al mecanismo interno a ponerse en marcha. Se necesita observar y reflexionar; y luego de hacerlo, o al mismo tiempo, escribir. Escribir la lectura puede ser una trampa –o una vocación– en sí misma, como lo supo Roland Barthes, el célebre teórico francés para quien la lectura se co(n)fundió con la escritura hasta hacerse indistinguible el límite entre una y la otra.
Ahí, en ese punto, en donde un escritor novel o aspirante a escritor se encuentra en la fase de encontrar su voz única y personal, ahí los diarios resultan de una extrema utilidad. Tras muchos kilómetros de diarios, el escritor se ha leído a sí mismo y se ha aburrido de sí mismo en innumerables ocasiones; ha sido –merced de la palabra libre, no forzada, caótica si así lo quiere– muchos escritores; ha podido jugar a ser Balzac o Cervantes, ha garabateado versos como Calderón o Dante; ha soñado con prosas gitanas y fantasías tolkianas. En el diario, el escritor que así lo sabe aprovechar, se puede inventar y reinventar sin limitaciones.
Y entonces, una mañana cálida de verano o una medianoche de luna iluminada, un personaje o estilo literario tocará a su puerta –brotará del diario, se plasmará en papel– y el escritor sabrá, en verdad, quién es.
sábado, 8 de mayo de 2010
Antes de escribir una obra académica o una tesis
Tras varios años de estar investigando y escribiendo, cuando ya estamos en la recta final, a muy pocas semanas, días o hasta horas de la entrega última, recordamos que todavía teníamos decisiones pendientes. Ahora, 100, 200 o hasta 500 páginas después, tenemos que comenzar a leer todo nuevamente y revisar, página por página, la aplicación coherente de todas las normas «marginales» o «secundarias». O le dejamos la labor a alguien más, quien primero deberá sumergirse en el caos, encontrar una propuesta de orden y luego, con paciencia, aplicarla.
Es entonces cuando alguien (un dueño de editorial, un estudiante, un profesor) dice: «no hay tiempo, que se vaya así, al fin y al cabo a nadie le importa». Y esa es la historia de tantas y tantas publicaciones valiosas en su contenido, pero mediocres en su edición; o de incontables tesis de grado, a veces fallidas, otras tantas exitosas, pero plagadas de erratas y sin criterios mínimos en aspectos medulares de su semiótica interna.
He aquí una lista básica de decisiones mínimas por tomar y de conocimientos imprescindibles antes de comenzar a escribir, editar y corregir, todo con el fin de ahorrar tiempo de producción y disminuir los costos en las etapas avanzadas de edición o entrega de tesis y publicaciones:
- Normativas de presentación de originales.
- Publicaciones. Todas las casas editoras y revistas de renombre cuentan (o deberían contar) con un manual de estilo editorial o, cuando menos, una breve normativa en donde se detallan las particularidades de edición en gran número de aspectos, como márgenes, ortotipografía, uso de signos gráficos y hasta aspectos de redacción. Si tal manual existe, se debe leer a fondo, comprender y aplicar desde antes de comenzar a escribir y durante todo el proceso de escritura o preparación del manuscrito.
- Tesis y trabajos de graduación. Las universidades usualmente tienen normas básicas sobre aspectos formales mínimos que deben cumplir todas las tesis: tamaño y tipo de letra, impresión por una o dos caras, espaciado, márgenes, componentes informativos de la portada, orden de los elementos (portada, dedicatoria, agradecimientos, tabla de contenidos, lista de figuras, etc.). Adicionalmente, es necesario conocer las partes de la investigación que debe cumplir la investigación, según su naturaleza, y en qué orden: justificación, objetivos, preguntas de investigación, hipótesis, estado de la cuestión, antecedentes, marco teórico, anexos. Usualmente aparecen detallados en algún reglamento que deberá conseguirse en la facultad, escuela o dependencia de posgrado respectiva.
- Sistema bibliográfico. Esta decisión debe tomarse, si se puede, antes de comenzar a investigar, porque incluso determinará cuáles datos deberán consignarse en la ficha de cada publicación o documento consultado (o en la base de datos bibliográfica, si se elabora). Una vez elegido el sistema (a veces dictado por el área de especialización o la facultad ante la que se defiende el documento), es conveniente adquirir el manual oficial de la casa emisora. Por ejemplo, si se usa APA, se deben evitar los resúmenes que circulan en la Red, a menudo incompletos o adaptados según criterios que se alejan de la norma básica. Si se va a emplear algún programa de gestión bibliográfica, también debe implementarse desde la etapa de investigación y, sin duda, ayudará mucho durante la escritura.
- Normas para los títulos, encabezados, cuadros y figuras. Además de las normas obvias, que toda persona ya debería conocer (ningún título lleva puntuación final), conviene decidir cuál va a ser el criterio para titulares, su jerarquía y hasta su forma gráfica de salida; así como la manera en que vamos a numerar los cuadros o tablas, las figuras y las fotografías. De esta manera, conforme vayamos escribiendo, la estructura del texto ya irá encajando dentro de la jerarquía definida desde el inicio. Esto se vuelve particularmente necesario en tesis en donde se han acogido formatos como el 1.1, 1.2, etcétera.
- Uso de cursivas, comillas y negritas. Cuanto más pronto conozcamos las normas al respecto y cómo las aplicaremos, más fácil se hará implementar el código durante nuestro proceso de escritura y nos ahorraremos largas horas de duda en etapas posteriores.
- Uso de versales (mayúsculas) y versalitas. Puesto que la aplicación de las versalitas implica escribir las palabras en minúscula para luego aplicarles la función de versalita, esta es una decisión que debe tomarse antes de comenzar a digitar; particularmente en obras en donde será recurrente la aparición de siglas y siglos (obras históricas).
- Normas de redacción y conocimientos generales. No está de más, si vamos a escribir, repasar algún manual de redacción, tomar algún curso o reflexionar sobre nuestra propia escritura. Incluso podría ser de utilidad mostrarle un documento nuestro, en donde se vea nuestra forma típica de escribir, y dárselo a revisar a un corrector de estilo. Esta persona, con criterio, podrá darnos recomendaciones puntuales sobre cómo mejorar la escritura, a partir del examen de nuestros vicios y virtudes personales. Sin duda, la corrección preventiva ahorra muchas horas de reescritura durante las horas finales.
- Formato de las citas textuales. Muchas personas no se preocupan por conocer las reglas básicas de las citas textuales antes de comenzar a escribir. Las reglas pueden variar de un sistema bibliográfico a otro, pero deben conocerse desde el inicio, para ahorrarse luego trabajo en correcciones miserables. Por ejemplo, pasarse varios años poniendo comillas en todas las citas textuales, cortas y largas, para darse cuenta, al final, de que hay que devolverse y eliminar, una por una, todas las comillas de las citas con más de 40 palabras.
- Elisión de contenidos dentro de una cita textual. Conocer estas reglas es fundamental, y debe aplicarse desde la toma de notas y acopio de la información. Esto garantizará productos de mayor calidad al final y evitará adefesios como textos ficticios creados a partir de la yuxtaposición irresponsable de fragmentos.
- Palabras o expresiones dudosas. Las palabras de grafía dudosa o problemas de algún tipo deben resolverse desde la primera aparición, especialmente si son de uso frecuente en el documento. ¿Se escribe socio cultural, socio-cultural o sociocultural? Una breve y rápida visita al DRAE en línea nos puede sacar de la duda (socicultural) y, de paso, evitar el costo de corregir algo que pudimos haber escrito bien desde el inicio.
- Símbolos, siglas, sistema internacional de medidas u otras convenciones que apliquen directamente en nuestro campo de escritura.
Si usted tiene su propia lista de decisiones previas, le invitamos a compartirla con nosotros, para ampliar esta sencilla lista de recomendaciones que podría ahorrar muchos dolores de cabeza para escritores y tesiarios primerizos a quienes pocas veces alguien se toma la molestia de advertirles sobre lo que les espera si dejan para el final estos detalles «marginales».
sábado, 10 de abril de 2010
«Por lo anterior»: una vaga manera de iniciar
¿Y qué es «lo anterior»? ¿Qué es «todo»? Se pregunta uno cuando lee... Hay que retroceder, releer (a veces varios párrafos, varias páginas), solo para descubrir que no sabemos qué de todo lo dicho es eso «anterior» tan contundente, tan claro y tan maravillosamente evidente que, si yo (lector) «he leído con atención» no debería haber pasado por alto (según el autor, claro).
¿Y es realmente «por»? Al emplear «por lo anterior» estamos también creando una relación lógica entre dos componentes: un evento ocurre y tiene consecuencias, están íntimamente ligados por una relación de causa y consecuencia; o bien, de antecedente y sucedente. Es vital que esta relación de correspondencia exista antes de insertar un «por lo anterior» que, de otra manera, no pasaría de ser un latiguillo desafortunado.
Sin duda los lugares en donde encontraremos más este tipo de expresión será la escritura técnica, el ensayo, la narrativa… Rara vez se colará en la literatura, la ficción, la poesía; y, si lo hace, más vale que sea con una maestría tal, que se haga algo inusitado con esa intromisión.
En las obras académicas didácticas, este es un vicio de especial frecuencia, por la naturaleza misma de los textos: obras expositivas, muchas de ellas autoexplicativas, cuyo principal propósito es enseñar a quien está ahí para aprender. Y es ahí en donde los cuidados de la redacción deben redoblarse. El estudiante necesita textos claros, bien construidos, en donde no quede lugar para la ambigüedad y la duda como resultado de la mala exposición. Expresiones como «por lo anterior» solo contribuyen a crear ideas difusas, sin la necesaria definición para ayudarle al lector a recrear una imagen clara, vívida y precisa de cuanto está procurando aprehender.
¿Cómo se corrige?
Sin duda no todos los «por lo anterior» son condenables a priori(aunque, por lo general, casi todos los que inician un párrafo). Para tomar la decisión de mantenerlos o tacharlos, conviene interrogar tanto al texto como al autor. Al texto para comprobar si se sostiene solo. Le hacemos la pregunta: «¿qué es lo anterior?». Si el texto responde (es decir, si no nos perdemos cuando tratamos de encontrar la respuesta y está ahí, muy clara y evidente), el resto sería solamente ver que no sea disonante y esté en su sitio justo, con la ortografía o sintaxis respectiva.
Pero si el texto no puede responder, hay que trasladarle la pregunta al autor. Se le debe mirar a los ojos y pedirle que, por favor, responda en una frase o en una palabra qué es «lo anterior». Si no puede hacerlo o nos dice algo como «todo lo que se acaba de decir, ¿no lo ve?», tendremos ambos (autor y corrector) la prueba contundente de que el problema no es la redacción, sino una construcción todavía borrosa, sin claridad, incomunicable porque el propio razonamiento que la sustenta necesita refinamiento. Es equivalente a la prueba del que sabe: si puedo explicar algo, es porque lo sé; si me pierdo en la explicación, todavía no lo sé. Así pues, antes de reescribir, habrá que enviar al autor a casa a rediseñar con mayor precisión ya no sus palabras, sino su obra.
domingo, 4 de abril de 2010
La oportunidad del inicio de un texto
Esta es la zona textual de la oportunidad –quizás la última que tengamos– de atrapar al lector y compelerlo a seguirnos leyendo, a no soltar el texto entre sus manos, a obligarse a hacer un tiempo en su vida para dedicárnoslo.
¿Por qué habríamos de desperdiciarla?
Hay muchas maneras de dilapidar miserablemente las primeras palabras: un título vago e impreciso; un latiguillo; una voz ajena a la propia, mal elegida y mal situada; unas palabras vacías e insustanciales; un complemento circunstancial sin consecuencia; una interminable referencia bibliográfica (que de todas maneras debería ir al final y no al inicio)…
Estamos jugando aquí con la primera impresión. A diferencia nuestra, el lector todavía no sabe nada de nuestro texto. Solamente tiene lo que le demos ahí, en esas primeras palabras. Corresponde preguntarnos: ¿es esto lo primero que debe saber el lector? ¿Por qué quiero que conozca esto y no algo más? ¿Qué impresión le darán estas primeras palabras del resto del libro (sobre su tono, dirección, finalidad, abordaje)? ¿Qué necesito enfatizar y, por lo tanto, colocar en este lugar privilegiado del texto? ¿Qué quiero despertar en el lector para engancharlo y hacerlo seguir?
Y si usted pensó que este tipo de reflexión vale solamente para la primera página de un libro o de un capítulo, aquí va una razón por la que este debe ser un ejercicio constante en todo el texto. Cuando un lector regresa sobre lo leído, tal vez para recuperar una idea clave o para estudiar (lo típico de las obras académicas didácticas o de aquellas infortunadas que deben ser leídas en un contexto académico), su primera guía serán las primeras frases de cada párrafo. Si ahí, en las primeras cinco o seis palabras, no logra recuperar la memoria de cuál era el tema tratado por ese párrafo, el texto se transforma en una selva oscura, indiferenciada, de caracteres demasiado similares entre sí, sin un trillo para seguir.
Esto no solo vale para escritura creativa o ficcional. La escritura no ficcional –y, quizás deberíamos decir, especialmente la escritura no ficcional–, con la densidad de sus contenidos y lo ya de por sí dolorosos o especializados que pueden llegar a ser, debería también preocuparse por hacerles la vida fácil a sus lectores con un texto fluido, bien escrito y que incite a seguirlo leyendo. No he dicho superficial, he dicho bien escrito. Hay una gran diferencia.
sábado, 27 de marzo de 2010
Los beneficios de escribir todos los días
Quizás valga la aclaración de que no conozco el trabajo literario de ninguna de las dos, pero estoy plenamente de acuerdo con sus observaciones respecto a los efectos del ejercicio diario como un instrumento para entrenar el músculo del escritor:
- Mejora la escritura
- Escribir se hace más fácil y requiere de un esfuerzo menor
- Se toman cada vez más riesgos
- La escritura se hace más suelta, más libre
- Se descubren los propios ritmos creativos
- Aparecen los temas sobre los que uno quiere escribir
- Emergen secretos ocultos en uno mismo y sus sombras
- Es posible completar los duelos pendientes y comenzar procesos de sanación interior
- Se experimenta una sensación de bienestar con uno mismo como escritor y se incrementa la autoestima
- Se comienzan a llenar cuadernos y cuadernos de notas con inicios, medios y finales de proyectos que uno ni siquiera sabía que quería escribir
Sí, escribir diariamente, aun cuando lo hagamos en intransitivo –como decía Barthes– y estemos convencidos de estar escribiendo sobre algo más (notas en nuestro diario, artículos para un blog, impresiones vagas de un momento del día), es un instrumento para atraer hacia nosotros algo más grande, la obra ya entramada y urdida, la que necesita de un escriba que tome dictado para hacerla, literalmente, visible y tangible a través de los signos de la escritura de modo que pueda circular en el reino de los humanos.
domingo, 21 de marzo de 2010
Las seis reglas de la escritura de Orwell
- Nunca uses una metáfora, símil o cualquier otra figura de estilo que estés acostumbrado a leer.
- Nunca utilices una palabra larga cuando puedas reemplazarla por una corta.
- Si puedes cortar una palabra, córtala.
- Nunca utilices el pasivo cuando puedas utilizar el estilo directo (voz activa).
- Nunca utilices una expresión extranjera o científica si existe un equivalente en la lengua de todos los días.
- Rompe cualquiera de estas reglas si te obligan a escribir algo que suene fatal.
Referencia bibliográfica
Carecemos de la referencia exacta de estas reglas, pero pertenecen a la obra periodística de Orwell. Si algún lector del blog la conoce, su aporte será bienvenido.
sábado, 20 de febrero de 2010
El hilo del texto: ¿picotear o rodar?
Hace unos días, una colega y amiga editora me convirtió los conceptos abstractos de «buena» y la «mala» redacción en imágenes imposibles de callar (¡gracias, Stella!). Las comparto porque contribuyen, sin duda a comprender, metafóricamente, a qué le llamamos «redactar bien».
Según el éxito o el fracaso en la hilación de las ideas, encontramos dos tipos de texto. Unos que se leen como si fueran una gallina picoteando y otros, como si fueran una canica (en Costa Rica, «bolincha») rodando sobre una superficie lisa y sin interrupciones.
La gallina picotea sin un patrón definido, en cualquier dirección. Nunca la misma gallina seguirá dos veces el mismo, exacto y preciso patrón de picoteo. En el texto-gallina no se sabe qué vendrá después, no hay una dirección definida y fácil de identificar, sino un recorrido caótico y casi azaroso. El lector siente que lee «a trompicones», experimenta interrupciones continuamente, debido a los saltos impredecibles de las ideas, que se superponen unas a otras en una yuxtaposición incoherente, sin orden o precisión, sin saber de dónde viene con exactitud o hacia dónde se dirige.
La canica, en cambio, cuando está sobre una tabla o un piso perfectamente liso, sin abultamientos o irregularidades, rueda y rueda sin parar, a un ritmo constante, en una misma dirección y llegará tan lejos como el impulso del golpe se lo permita. En el texto-canica, el hilo del discurso es fluido, coherente, va llevando de la mano al lector, le va indicando por dónde ir y uno lo toma y se va hasta el final.
En la escritura literaria, quizás haya escritores capaces de hacer una obra maestra de la técnica de la gallina (¿tal vez Rayuela o hasta el mismo Quijote sean un ejemplo?); pero en la escritura técnica, el picoteo es un pecado mortal. Es una traición del discurso, un autosabotaje a la comunicación y una pérdida de tiempo y esfuerzo para el lector quien se verá obligado a invertir muchas horas en tratar de poner orden en el caos, so pena de poner en riesgo su comprensión del texto.
En la escritura académica, por ejemplo, las consecuencias del texto-gallina son graves: se juega, ni más ni menos, el éxito o el fracaso del estudiante-lector. La responsabilidad de la comunicación académica no yace en la autocomplacencia de querer comunicar bien por razones de ego o reputación; cuando el objetivo del texto es educar, comunicar bien es un deber porque ahí yace toda la diferencia entre aprobar o reprobar, entre aprender y quedarse en la ignorancia.
En general, ningún texto-gallina debería pasar los filtros editoriales. Una lectura sin hilación es un desperdicio de recursos que, en la cultura impresa, son muy costosos. Aún así, cuál de los dos favorecer es una decisión personal (si usted es alguien tratando de escribir) o editorial.
domingo, 24 de enero de 2010
La creación y escritura de un texto académico en un entorno digital
En este interesante artículo, «A Digital Academic Workflow», Kerry Magruder no solo menciona sus programas favoritos sino que establece la secuencia de trabajo en que los utiliza. Dado que el artículo está en inglés, me permitiré hacer un breve resumen de la propuesta de su workflow o flujo de trabajo para el escritor de obras académicas.
Recomienda el uso de DevonThink, para el proceso inicial de investigación y toma de notas; Scrivener, para las etapas generales de creación de la obra, organización de la información y escritura de los borradores integrales; Sente, para el manejo y administración de las referencias bibliográficas; Preview (herramienta integrada del sistema operativo de Mac) para la lectura de PDF; Skim, herramienta gratuita para la lectura de PDF y la toma de notas, y Pages, el procesador de textos ofrecido por Apple, como parte de su paquete de oficina iWork, para las etapas finales de últimas revisiones y formato del documento con vistas a su envío para publicación.
El proceso de escritura, tal y como lo concibe Magruder, en síntesis, tiene más o menos la siguiente secuencia:
- Se utiliza el DevonThink para organizar toda clase de documentos e información inicial que un investigador revisa cuando apenas está tratando de generar el estado de la cuestión, de familiarizarse con su campo o de la documentación e información que le será de utilidad. El programa permite organizar páginas web, PDF y documentos de texto, correos electrónicos y otra documentación pertinente; incluyendo un OCR para escanear documentos que se tienen solo en papel (hay que pasarlos a PDF primero). En DevonThink también se crea una carpeta con las fuentes, en donde se incluyan las citas y notas asociadas con el artículo en proceso. Se pueden crear subcarpetas o carpetas separadas, según las necesite el autor.
- Simultáneamente, se crea una base de datos específica en Sente para ir incorporando las referencias de los documentos más importantes que se localicen en DevonThink. Se crea también un hipervínculo de la carpeta de fuentes del DevonThink al Sente, de manera que se puede alternar entre ambos programas, aun cuando el Sente no esté abierto.
- Con el vínculo hecho, en Sente se ven los PDF del DevonThink. También se le puede indicar al Sente que utilice el Skim como lector PDF para utilizar las capacidades de toma de notas de esta aplicación, que ya hemos discutido en el artículo anterior. Si se utiliza la herramienta de toma de notas del Sente, que incluye toma de notas de textos y de imágenes, la información puede transferirse al DevonThink, conforme se vaya haciendo más compleja. Para pasar las notas y pasajes que valga la pena citar de Sente a DevonThink, basta con hacer «drag and drop» (jalar y soltar) de la nota deseada o de todas las notas a la vez, en la carpeta de fuentes del DevonThink.
- Durante esta etapa, se va de Sente a DevonThink y viceversa, tantas veces como sea necesario. El DevonThink permite tomar notas analíticas escribir resúmenes, destacar puntos centrales y mantener notas en fragmentos pequeños (mucho más manejable para los procesos posteriores; el Scrivener también funciona de esta manera).
- Para crear una cita en una nota que se llevará a Scrivener o Mellel, basta con usar el «drag and drop». Esto producirá una referencia entre corchetes que se verá más o menos como esto: {Aaboe, 1958, 5, 209-277}.
- En DevonThink se pueden poner cursivas y negritas, con el menú de estilos; y los caracteres de otras lenguas deben ponerse en Unicode. De todas maneras, el formato es mejor dejárselo a los programas especializados en formato de textos.
- Luego de seleccionar, reordenar, descartar y recuperar todas las notas que quiera en DevonThink, si ya se puede comenzar a escribir porque la idea es bastante más clara que al inicio, se procede a iniciar el borrador en Scrivener. Nos aclara el autor que también se pueden utilizar otros programas, pero que el elegante entorno de Scrivener es su favorito. Pasar las notas tomadas en DevonThink a Scrivener es muy sencillo: «drag and drop» y todo queda listo.
- Una vez en Scrivener, integrarlo a Sente es muy sencillo. Se puede ir de un programa a otro, de manera que en una cita escrita en Scrivener se coloca una referencia activa de la base de datos del Sente.
- Ya en el proceso activo de creación y redacción, el escritor podrá disfrutar de las poderosas capacidades del Scrivener para organizar y reorganizar, ver la estructura del proyecto, añadir notas y metadatos a cada subarchivo, dividir y mezclar, comparar a través de paneles múltiples y la escritura de pantalla completa.
- Una vez lista la escritura, se exporta el borrador final como .rtf. De ahí se puede pasar a cualquier procesador de texto, aunque el autor de este artículo prefiere Pages, que conserva las citas de Sente y DevonThink, así como las notas al pie y comentarios del Scrivener (estos últimos, el Mellel, otra buena alternativa para la escritura técnica, no los reconoce).
- Finalmente, con el último borrador listo, ya en el procesador de textos para darle formato, se le ordena al Sente hacer un escaneo del documento, con el cual revisará todas las referencias que fueron insertadas. Con esto generará la lista de referencias bibliográficas o bibliografía según el formato que haya sido elegido.
Al igual que veíamos con las herramientas básicas del autor de escritura creativa, este paquete básico recomendado por Magruder es bastante cómodo. Aquí están los precios con descuentos educativos para instituciones y para individuos; hay precios todavía más bajos para la compra por volumen:
- DevonThink Personal: $37.5 (el DevonThink Proffesional Office cuesta $112, con descuento educativo; tiene la función de OCR de documentos PDF; pero esta función también se consigue de manera gratuita con otras aplicaciones)
- Scrivener: $34.95
- Sente: $89.95
- Preview and Skim: gratis
- Pages: forma parte del paquete iWork, con un costo total de $79 y la ganancia adicional de un programa para presentaciones (mucho más poderoso que PowerPoint) y otro equivalente al Excel
viernes, 15 de enero de 2010
Nuevo sitio de Scrivener en español
miércoles, 13 de enero de 2010
El uso de las líneas de tiempo en la escritura
Uno de los elementos estructurales de la escritura es el tiempo. Toda historia tiene su propia línea evolutiva y su secuencia de eventos. En el caso de las ficciones históricas, a los actos realizados por los propios personajes y a sus accidentes personales se les añaden los eventos del periodo histórico que le sirve de contexto a la narración. El uso de líneas de tiempo parece también evidente en el caso de investigaciones históricas, capítulos revisionistas de obras teóricas y gran variedad de escritos no ficcionales, académicos y didácticos.
¿Cómo se espera que el escritor del siglo XX organice estos datos?
Los programas para la creación de líneas de tiempo constituyen una herramienta de indiscutible utilidad para los escritores de hoy. La más elegante que he encontrado es BeeDocs Timeline (para la plataforma Macintosh) . Este programa permite la creación de líneas de tiempo en muy pocos pasos. Solamente se añade el evento con toda la información pertinente: nombre, descripción, imagen o fotografía. A cada evento se le puede asignar una fecha, que puede variar desde un único año (si esta es toda la información disponible) hasta el exacto día, mes y año de inicio y final del acontecimiento. El resto lo hace el programa, de manera que sitúa los eventos en su correcto lugar en la línea de tiempo. La línea final es perfectamente proporcional, se amplía o reduce de manera automática, según se añadan o eliminen eventos y, con mucha facilidad, se puede cambiar toda la apariencia de la línea. Incluso se puede trabajar, en la misma ventana, con varias líneas de tiempo, de manera que se pueden comparar, por ejemplo, los eventos de dos personajes, de dos países o de dos culturas.
Al programa todavía le falta desarrollo para mejorar la navegación, particularmente en líneas de tiempo muy largas y complejas. Sin embargo, tiene algunas ventajas notables, como la capacidad de exportación de presentaciones (a Power Point, Key Note y como video) y la salida en alta calidad en formato PDF, lo cual hace que las líneas de tiempo también sean fácilmente utilizables en publicaciones profesionales como apoyos de lectura o con fines didácticos.
sábado, 9 de enero de 2010
Scrivener: más allá del procesador de textos
Hoy día existe algo más: los verdaderos programas para escritores.
Incluyen un procesador de palabras, ciertamente, pero van más lejos: son gestores de la base de datos que va creando el escritor cuando está en un proyecto grande. Un escritor, aun cuando su proyecto sea una ficción totalmente salida de su cabeza, acumula piezas de información de todas clases: entrevistas, fotografías, páginas web, extractos de revistas y enciclopedias, referencias, ideas sueltas, pequeñas anotaciones, escenas descartadas, tramas, personajes, canciones, videos... Todo es material potencial cuando se está en ciertas fases de acopio de información y, más aún, todo debe ser fácilmente localizable cuando se está en la fase activa de escritura.
Programas como Scrivener fueron diseñados por escritores que conocen bien sus necesidades y querían algo más que un procesador de palabras. Scrivener, en particular, se divide en dos secciones: el manuscrito y el archivo. En todo momento se pueden crear carpetas, subcarpetas y documentos, dentro del mismo programa, para ir almacenando todas esas valiosas piezas de información y de escritura. En el archivador se pueden colocar, en un proceso rapidísimo e indoloro, todas las páginas web, documentos de texto, PDF y multimedia (incluidos videos y mp3) que se quieran. Tiene una interfaz gráfica intuitiva y hasta elegante: en una «pizarra de corcho» se van colocando todas las fichas de nuestros diversos hallazgos (o las polaroid, en el caso de las fotos). Y para cada documento (texto, PDF, fotografía, multimedia) existe la posibilidad de incluir anotaciones, información de referencia y otros metadatos. Y si preferimos ver la estructura de lo que estamos escribiendo, en lugar de la pizarra, basta con pasarnos al modo de «esquema» (outline) y, ¡listo! Ya podemos ver cómo se está desarrollando la estructura de nuestra obra.
Otra belleza de este programa es que está especialmente diseñado para manejar proyectos grandes: obras de 300 páginas o más. Quienes hemos tenido la desventura de manipular documentos de más de 200 páginas en un procesador de textos (mi más larga pesadilla ha tenido 450 páginas, con múltiples secciones y fotografías) sabemos lo mucho que le cuesta al procesador siquiera abrir el documento, ya no hablemos de una rápida navegación, tarea poco menos que titánica.
Con Scrivener, la navegación por el proyecto lo es todo; por lo tanto es muy fácil ir de la escena 1 del primer capítulo a la escena 45 del capítulo 80 o a la ficha del personaje. Todo depende del usuario, porque el programa no le pone barreras.
Como una ventaja adicional que quienes escribimos agradecemos, encontramos el modo de escritura en pantalla completa. No solo deja por fuera toda distracción. Además es completamente personalizable: se le puede poner el color de fondo que uno desee, y también se cambia el color de la tipografía. Así, en mi caso, trabajo sobre fondo negro con un color claro, celeste pálido o beige. Mientras que otros prefieren letras verdes o blancas sobre fondos azules. Esto lo decide el escritor. Redactar de esta manera es muy descansado para la vista, maximiza el aprovechamiento de la energía (para quienes usamos portátiles esto es una ventaja) y, sobre todo, nos imbuye en nuestro trabajo como solo un escritor puede desearlo. El Scrivener incluso añade un valor adicional al modo de pantalla completa: tiene herramientas que permiten colocar a la vista una fotografía, ya sea con un fondo semitransparente o activando una paleta de anotaciones y otros recursos. Si uno está describiendo una escena en una locación o a un personaje, sin duda querrá tener a la vista el paraje del que se ha inspirado.
Ya en el lado del formato, el programa trae plantillas preestablecidas para guiones, novelas, cuentos; herramientas de formato de texto; anotaciones y pies de página que son reconocidos por cualquier procesador de texto que importe documentos en RTF y la posibilidad de incluir imágenes dentro de los archivos de texto. Tiene opciones de autoalmacenamiento cada tres minutos e incluso funciones adicionales, como el snapshot: la posibilidad de guardar versiones completas del proyecto antes de hacer cambios monumentales. Así, el escritor puede regresar cuando quiera a una versión anterior (sin arruinar) de su manuscrito.
Scrivener es uno de los programas más versátiles que un escritor puede desear (y a una fracción del precio de un procesador de textos como Microsoft Word), pero no es el único (aunque sí es mi favorito). Si bien este en particular solo existe para Macintosh, los usuarios de Macintosh y Windows pueden encontrar una gran diversidad de alternativas en el mercado. Cada una tiene alguna función en particular que los demás no tienen o manejan de forma distinta. Cada escritor deberá elegir, según su manera de escribir, su presupuesto y su plataforma, cuál puede ser el más adecuado.
Para conocer otras alternativas: hay listas comentadas de programas para Mac y Windows en las siguientes direcciones: http://www.literatureandlatte.com/links.html y http://www.writers-publish.com/book-writing-software.html. Algunos programas de mucha reputación son el Ulysses, el Storyist y el StoryMill (este último tiene versiones para Mac y PC).
martes, 5 de enero de 2010
Herramientas informáticas para escritores
Hay muchos escritores y, con cada uno de ellos, múltiples formas de escribir. Cada proyecto tiene sus propias necesidades, ya se trate de ficción, investigación o divulgación. Algunas obras nacen completamente de la mente de sus autores, mientras que otras se arraigan en complejos datos obtenidos de múltiples y variadas fuentes.
Aun cuando una obra pueda nacer de la invención ficcional de un solo individuo, piénsese por ejemplo en la complejidad que alcanzó la obra total de J. R. R. Tolkien, con varios milenios de historia de la Tierra Media, cientos de personajes distintos en épocas separadas entre sí y diversidad de culturas y pueblos.
Lo mismo puede decirse de una novela histórica y, en este caso, lo que vale para una obra de ficción también se aplica a una investigación compleja sobre un periodo de tiempo determinado, incluso si el resultado final no es ficcional, sino una obra académica, de divulgación o didáctica.
Durante los próximos días revisaremos, una a una, diversas herramientas informáticas a las que los escritores con estas necesidades pueden echar mano para facilitar sus procesos creativos. Veremos programas especialmente diseñados para escritores de ficción, así como herramientas sofisticadas para la creación de líneas de tiempo, árboles genealógicos, mapas y esquemas mentales, bibliografías complejas y, ¡faltaba más!, el catálogo de la biblioteca física que tenemos en casa. Incluso los escritores con limitaciones de la vista de nuestros días tienen alternativas para escribir, más allá de un secretario o amigo.
Porque en nuestra época, la computadora personal es la nueva pluma del escritor y, sin duda, una de sus mejores y más íntimas amigas.
Redactar no es escribir
Me explico un poco más.
Para mí, escribir implica un proceso creativo muy amplio. Se alimenta de la fantasía y la imaginación (aun cuando la escritura no sea necesariamente ficcional), de la investigación, del conocimiento, del deseo. Un escritor puede pasar años «escribiendo» y, sin embargo, durante ese tiempo podría no vertir una sola oración coherente sobre el papel.
Cuando la hoja comienza a recibir la escritura, las palabras no provienen de la relación intrínseca entre stylo, pincel, pluma o bit y papel. El escriba o escritor ya tiene que tener un dominio de la palabra y esto trasciende el mero dominio de la lengua: debe saber qué decir y cómo decirlo. La escritura se encarga de los contenidos. Con la redacción vamos creando la forma.
Así, redactar bien tiene que ver con la aplicación de las reglas expresivas y las gramaticales, con el perfeccionamiento de los detalles, con la búsqueda de la adecuada comunicación en lo pequeño. Escribir, en cambio, va más lejos: debe velar por el todo, por la macroestructura, por el lector, por los componentes del escrito, por el estilo y género incursionados.
No, me temo que no coincido con don Sandro, cuando menos en esta pequeña afirmación: redactar no es escribir. Ciertamente, saber redactar bien es una habilidad (de las que pueden aprenderse) imprescindible para un buen escritor. Pero un buen escritor necesita mucho más que un conjunto de reglas gramaticales de la expresión para ser capaz de crear una obra. Es la dura realidad que aprenden los aspirantes a escritor que se matriculan en las carreras de filología, lingüística o idiomas.
domingo, 25 de octubre de 2009
Día del corrector: en honor a Erasmo
Leer, tachar, corregir, volver a leer, volver a tachar, volver a corregir, mirar un instante al vacío y recomponer la frase, imaginar cómo se leería/escucharía/saborearía si le cambiamos esta palabra, si le añadimos este conector, si le facilitamos la vida a quien lee al eliminarle estorbos y tropiezos del camino... Corrigen el autor dedicado y el editor entrenado; corrige quien ama su trabajo y se compromete, por amor, con la perfección y la belleza, aun cuando sepa, con toda certeza, que ambas son ideales casi imposibles; corrigen, dicen por ahí, los filólogos y profesionales de la lengua cuyo entrenamiento, aseguran las malas lenguas, es suficiente para ejercer el oficio; corrige, en fin, quien decide no ser indiferente ante las palabras que ven sus ojos y que sabe, verán los de muchos otros.
Cuentan las biografías legendarias que Erasmo de Rotterdam se ganó la vida como corrector en aquella época en que la imprenta de tipos móviles estaba en su primer siglo de vida. Es por eso que su natalicio, 27 de octubre, ha sido declarado el Día del Corrector. Me imagino a Erasmo, en su mesa de trabajo, con ese genio que le ha hecho sobrevivir a través de su obra más de cinco siglos, padeciendo cada corrección de un texto estulto, vacío, lleno de erratas, texto hijo de un autor con más ego que talento; Erasmo tratando de perfeccionar lo imperfectible... En sus propias noches de indignación, tras leer por disciplina y necesidad páginas y páginas de palabrería vacía, en esos momentos de máximo hastío y desesperación, me imagino a Erasmo garabateando el primer borrador de los párrafos de su célebre y todavía palpitante Elogio a la estulticia (mejor conocido como Elogio a la locura), en que la Estulticia toma la palabra y se adula a sí misma. En este fragmento extraído del apartado que el editor ha nombrado "Los poetas, los retóricos y los autores de libros", nos ha quedado una huella documental, sin duda autobiográfica, del trabajo de corrección que alguna vez realizó el propio Erasmo.
Rotterdam, Erasmo de. (1508). Εγχωμιον μοριας, seu laus stultitiae. [Elogio a la locura. Tr. Julio Puyol, 2001, Madrid, España: Mestas], p. 115.De la misma laya son los que, publicando libros, quieren alcanzar fama imperecedera, todos los cuales es mucho lo que me deben [a la Estulticia], y, singularmente, aquellos que embadurnan el papel con puras majaderías, ya que a los que escriben doctamente y para unos pocos entendidos, hombres que no temerían ni aun las críticas de Persio y Lelio, más bien los tengo por dignos de lástima que por dichosos, puesto que se hallan sometidos a un perdurable tormento; en efecto, añaden, modifican, suprimen, vuelven a escribir lo que habían tachado, insisten, rehacen, aclaran, guardan el manuscrito los nueve años de que habló Horacio antes de decidirse a publicarlo, y ni aun así están jamás del todo satisfechos. La vana recompensa de merecer las alabanzas de unas cuantas personas cómpranla a fuerza de vigilias, con grave detrimento del sueño, don dulcísimo sobre todas las cosas y a costa de fatigas y de martirios, a lo que hay que agregar el menoscabo de la salud, ruina del cuerpo; la oftalmía y aun la ceguera, la pobreza, las rivalidades del oficio, la abstinencia de los placeres, la vejez anticipada, la muerte prematura y otros sufrimientos por el estilo, males todos que el sabio juzga compensados con obtener la aprobación de algún que otro pelagatos como él.
En cambio, el escritor que me es devoto es más feliz cuanto sea más insigne su extravagancia, porque, sin necesidad de pasar las noches en vela, todo cuanto se le viene a las mientes, todo cuanto afluye a su pluma y todo cuanto sueña lo pone en seguida por escrito con solo un pequeño gasto de papel, no ignorando que, en el porvenir, aquel que mayores necedades haya escrito será el preferido por los más, es decir, por los indoctos y por los estultos. ¿Qué le importa a él que le desprecien tres o cuatro sabios, caso de que le lean? ¿Qué significarían el parecer de estos ante la muchedumbre que lo aclama?
sábado, 17 de octubre de 2009
Escribir bien: de la corrección gramatical al buen libro
Si nos dicen “escribir”, a secas, posiblemente solo pensemos, al inicio, en la forma más externa del oficio: la gramática. Así, el nivel básico del “buen escribir” (por ser el más atendido históricamente por nuestros docentes de lengua) es el dominio de la tecnología de la escritura: la perfección gramatical, la correcta sintaxis, el uso adecuado de las palabras según su significado, la ortografía, la “buena letra”.
Quienes van más allá de la conceptualización del “buen escribir” entendido como expresión lingüísticamente “correcta” alcanzan el nivel de la estrategia de la escritura, la retórica de la palabra. ¿Para quién escribo? ¿Cómo le entrego la información? ¿En qué contexto comunicativo será leída? ¿Se comprende lo que escribo? El docente de escritura que acompaña al aspirante a escritor desde esta perspectiva intenta ayudarle a comunicarse y expresarse de la mejor manera posible, atendiendo problemas como el orden de las ideas, el exceso de palabrería y la claridad de la exposición.
Finalmente, y solo quienes comprendemos la escritura como un producto total en el que forma y contenido son indiferenciables, hay que considerar el “qué se escribe”. Aun cuando la gramática sea perfecta y la retórica dé como resultado un texto ameno, claro y bien expuesto, si los contenidos fallan, si el autor pareciera carecer del conocimiento para sustentar sus afirmaciones, si el medio (la escritura) no lleva a contenidos valiosos (el texto), las largas horas de lectura habrán sido un desperdicio miserable de tiempo y de recursos vitales (¿cuántas cosas podría haber estado haciendo o aprendiendo la persona que lee en lugar de malgastar su vida miserablemente en un documento inmerecido?).
En síntesis, ¿cómo reconocemos que un libro, texto, obra o simple documento informativo está bien escrito? Sus contenidos son valiosos, su expresión es clara y su gramática es perfecta. Me atrevo a pensar que nuestra prioridad de valoración viene exactamente en ese orden y que somos capaces de perdonar deslices en la expresión y alguna que otra falta de ortografía si los contenidos lo valen; no ocurre, en cambio, a la inversa. Para mí, esa es la esencia de la buena escritura; ¿y para usted?
viernes, 2 de octubre de 2009
La difícil/placentera labor de escribir
On Writing Well es una lectura indispensable para editores y escritores, particularmente si se especializan en textos no ficcionales, como el periodismo, el ensayo, la crónica y la autobiografía.
Sin duda, en este blog regresaremos más adelante sobre algunos de los consejos de Zinsser. Para leerle en sus propias palabras, a continuación incluimos la traducción de un extracto del capítulo 1 de su obra On Writing Well, titulado “The Transaction”.
Hace algunos años fui invitado a una escuela en Connecticut, para hablar sobre la escritura como vocación. Cuando llegué, descubrí que otro conferencista, a quien llamaré el doctor Brock, también iba a participar. Era un cirujano que recientemente había comenzado a escribir y había vendido algunas historias a revistas. Iba a hablar sobre la escritura como diversión. Así, la conferencia se convirtió en un panel, y ambos nos sentamos frente a una multitud de estudiantes, docentes y padres, todos deseosos de conocer los secretos de nuestro glamoroso trabajo.
El doctor Brock iba vestido con una chaqueta rojo brillante, tenía una apariencia ligeramente bohemia, como se supone que se ven los autores, y la primera pregunta se la hicieron a él. ¿Cómo era ser un escritor?
Respondió que era increíblemente divertido. Al llegar a casa, después de un arduo día en el hospital, iba directamente hasta su cuaderno amarillo y se relajaba escribiendo. Las palabras simplemente fluían. Era muy fácil. Luego, yo dije que la escritura no era fácil ni era divertida. Era difícil y solitaria, y que las palabras rara vez salían solas.
Después, al doctor Brock le preguntaron si era importante reescribir. Absolutamente no, respondió. “Deje que todo salga”, nos dijo, y cualquiera que sea la forma que tomaran las oraciones reflejará al escritor con la mayor naturalidad. Luego, yo dije que la reescritura es la esencia de la escritura. Señalé que los escritores profesionales reescriben sus oraciones una y otra vez, y luego reescriben lo que han reescrito.
“¿Qué hace en los días en que la escritura no fluye tan bien?”, le preguntaron al doctor Brock. Dijo que simplemente dejaba de escribir, hacía el trabajo a un lado y lo dejaba para otro día en que se sintiera mejor. Luego, yo dije que el escritor profesional debe establecer un programa diario de trabajo y apegarse a él. Dije que escribir es un oficio, no un arte, y que la persona que huye de su oficio porque le falta la inspiración se está engañando a sí misma. Además, quedará en quiebra.
“¿Qué pasa si se siente deprimido o triste?”, preguntó un estudiante. “¿No afectará eso su escritura?”
Probablemente sí, respondió el doctor Brock. Salga a pescar, dé una vuelta. Probablemente no, dije yo. Si el trabajo de uno es escribir todos los días, se aprende a hacerlo como cualquier otro trabajo.
[…]
Así prosiguió la mañana, y fue una revelación para todos nosotros. Al final, el doctor Brock me dijo que mis respuestas le habían llamado muchísimo la atención; jamás se le había ocurrido que escribir pudiera ser difícil. Le dije que yo estaba igualmente interesado en sus respuestas; jamás se me había ocurrido que escribir fuera fácil. A lo mejor necesitaba hacerme cirujano de medio tiempo.
En cuanto a los estudiantes, cualquiera habría pensado que los dejamos confundidos. Pero, de hecho, les dimos una visión más amplia sobre el proceso de escritura que si solo uno de nosotros hubiese hablado; puesto que no existe ninguna manera “correcta” de realizar un trabajo tan personal. Hay muchas clases de escritores y toda clase de métodos, y cualquier método que le sirva a uno a decir lo que quiere decir, es el mejor método para uno. Algunas personas escriben de día, otras de noche. Hay quienes necesitan silencio, otros encienden la radio. Algunos escriben a mano, otros utilizan un procesador de texto, y otros le hablan en voz alta a una grabadora. Hay quienes escriben su primer borrador de una sola vez y luego revisan; otros no pueden escribir el segundo párrafo hasta que hayan trabajado interminablemente el primero.
[…]
En última instancia, el producto que cualquier escritor debe vender no es el tema del que escribe, sino quien es él o ella. A menudo me encuentro a mí mismo leyendo con interés sobre un tema que jamás me habría interesado, alguna investigación científica, por ejemplo. Lo que me atrapa es el entusiasmo del escritor por su campo. ¿Cómo le atrajo el tema? ¿Qué carga emocional le ha impreso? ¿Cómo cambió su vida? No es necesario querer pasar un año en soledad en el desierto para dejarse capturar por la obra de un autor que lo hizo.
Este es el valor personal que es la esencia de la buena escritura no ficcional. De ahí se derivan dos de las cualidades más importantes que este libro procura buscar: humanidad y calidez. La buena escritura tiene una vitalidad que mantiene al lector leyendo de un párrafo al siguiente, y no es cuestión de usar trucos para “personalizar” al autor. Es cuestión de usar la lengua de una manera tal que logre la mayor claridad y fuerza.
¿Pueden enseñarse tales principios? Probablemente no, pero en su mayor parte, pueden ser aprendidos.
Fuente: Traducido y adaptado de Zinsser, William. (2001). On Writing Well. 6.ª ed. New York, NY: Harper Collins, pp. 3-4. [Trad. de Jacqueline Murillo, revisada por Javier André Orlich, para este blog].
