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sábado, 24 de julio de 2010

El avance inminente del libro digital

Una noticia ha conmocionado la industria editorial norteamericana: Amazon anunció que ha vendido más e-books que libros en tapa dura durante el segundo trimestre del año 2010. Las cifras incluyen todos sus e-books, no solamente los vendidos al Kindle, y ha sido confirmada por los editores.

¿Qué sucedió en el año 2010 para cambiar el panorama de la edición de libros electrónicos en tan solo unos meses? La respuesta salta a la vista para quienes hemos seguido las noticias editoriales: el iPad. Apenas en enero de este año, el iPad no tenía nombre, existía solamente en rumores y circulaba en internet como el esperado producto al que, se decía, Steve Jobs no había aprobado todavía porque demandaba “un producto que sirva para algo más que revisar el correo electrónico en la tina”.

Más de tres millones de iPads vendidos después, el impacto en el mercado es ahora tangible. Amazon y Barnes and Noble han reducido casi a la mitad el costo de sus e-readers. Anuncio, quizás inevitable, de que el e-reader como aparato dedicado exclusivamente a la lectura de libros, con sus limitaciones de color (texto gris sobre fondo gris), podría estar destinado a desaparecer.

Al circular entre los foros de usuarios del iPad se pueden leer anécdotas de todas clases. Como media general, basta utilizar el “jueguete” durante media hora para desearlo compulsivamente. Algunos escritores ya están empleándolo como medio de investigación, por su versatilidad para navegar en la Red. Incluso los temores del teclado táctil se han disipado: hay quienes afirman que escriben más rápido en el teclado del iPad y, por eso, lo aman.

Los editores de vanguardia están con las antenas en estado de alerta. Siempre se supo que la llegada del e-book era inevitable, pero todavía no había sido inventado y comercializado el gadget que pudiera revolucionar la industria, como lo hicieron en su época el CD frente al LP, o el MP3 frente al CD. Ahora, con el iPad, se tiene un modelo exitoso que ganó la batalla gracias a su anticipación y logró imponerse a modo de prototipo de lo que será la lectura de libros del futuro.

miércoles, 28 de abril de 2010

DropBox: la magia del respaldo en la nube

Hace algún tiempo escuché una historia que me dejó los pelos de punta. Unos ladrones entraron en la casa de una escritora española reconocida, de cuyo nombre no guardé memoria, y se llevaron dos computadoras portátiles. En una de ellas estaban los archivos originales de su próxima novela a punto de publicar. En la otra, el respaldo.

Después de esta anécdota nada feliz y de otras tantas experiencias personales, no queda más que sumarse a la paranoia del respaldo en la era digital. Hay muchas maneras de perder la información que creíamos salvaguardada: un disco duro que falla sin previo aviso, un virus maligno, un terremoto, una inundación, un incendio, un robo desafortunado, un bebé travieso… Por esta razón es necesario tener siempre un mínimo de tres respaldos, uno de ellos, si es posible, en un lugar que esté a salvo de las catástrofes físicas de nuestro entorno inmediato. Esto nos lleva a la pregunta: ¿cómo hacemos respaldos de manera eficaz, rápida y sin pérdida de tiempo?

Y si, además, tenemos la condición de laborar parte de nuestro tiempo diario en dos computadoras distintas, una en la casa y otra en el trabajo, por ejemplo, ¿cómo podemos tener una cierta información disponible en ambas locaciones? No duplicados de las carpetas que se van haciendo distintas unas de otras sino la misma información, simultáneamente actualizada en tiempo real.

Antes de Dropbox mi manera de sincronizar documentos entre mi computadora de la casa y la de la oficina, así como mis discos de respaldo, era llevándolos y trayéndolos en una memoria USB o comparando los archivos. Esto deja de ser práctico en poco tiempo: hay que recordar cuál es la última versión del documento y cuidarse de no borrarla accidentalmente. Comencé a valorar el uso de programas de sincronización de respaldo, pero aun así esto implica un paso extra en una función que debería realizarse minuto a minuto, sin alterar la rutina diaria.

Entonces apareció Dropbox y cambió mi opinión respecto a los instrumentos de sincronización de la Web 2.0.

Dropbox es una aplicación de escritorio, que instala una carpeta dentro del disco duro de la computadora. Así, una vez instalado, no es necesario hacer nada más que colocar los documentos de trabajo dentro de esa carpeta y editarlos ahí, si así lo preferimos. La aplicación se encarga de sincronizar automáticamente toda la información de la carpeta con un sitio en la Web, en donde realiza una copia exacta de los archivos que hayamos modificado, sin requerir un paso adicional para hacerlo. Este sitio puede accederse de dos maneras: desde una página web, si estamos en una computadora ajena, o desde la aplicación del Dropbox que podemos instalar en otra computadora de nuestro uso personal, aunque no sea de la misma plataforma que la anterior. Este programa funciona perfectamente en Linux, Macintosh y Windows. (¿No es acaso una maravilla?). Si tenemos el programa instalado en computadoras diferentes, estas se sincronizarán automáticamente con solo iniciar la computadora y tener conexión a internet.

Además de las carpetas para uso privado, podemos crear una carpeta pública, ya sea para cualquier usuario de la Web o únicamente visible con clave y por invitación. Los documentos situados en esa carpeta podrán ser accedidos por nuestros colaboradores desde cualquier computadora y plataforma, en cualquier momento.

El servicio tiene una capacidad gratuita de 2 GB que se puede ampliar hasta a 8 GB, mediante la recomendación a amigos y otros pasos indicados en el sitio web. El servicio de pago puede elegirse entre dos alternativas: 50 GB por $9 mensuales, o $100 GB por $19.99 mensuales.

Sin embargo, para muchos de nosotros, 8 GB es suficiente para tener un lugar seguro en donde guardar un tercer o cuarto respaldo (dos nunca es suficiente) de nuestros archivos más delicados y compartir nuestros archivos en proceso de elaboración.

La imbatible tecnología del libro

Todo bibliófilo de corazón debería haber visto alguna vez de su vida un corto humorístico que puede localizarse en YouTube bajo el nombre traducido de “Sistema operativo” (para encontrarlo con subtítulos en español). Por nuestra cercanía al recién celebrado Día del Libro, vale la pena traerlo a este blog, para quienes no lo conozcan y para quienes tengan a bien verlo nuevamente:

Sistema operativo



Y lo complementamos con este otro video, realizado por leerestademoda.com, que destaca las ventajas de la tecnología del libro.

Book

viernes, 12 de marzo de 2010

Inspiración y concentración: la escritura en pantalla completa

Una de las principales funciones de un verdadero programa para escritores es la modalidad de pantalla completa o full-screen. Esta función esconde todo: escritorio, menús, otras ventanas… y deja al escritor en total soledad frente a su propio texto. La concentración es posible, una vez que todas las distracciones han sido hechas a un lado.

La vista se siente descansada. El bombardeo de luz blanca contra la retina cesa y, en su lugar, se puede elegir (a gusto del usuario) un color que resulte refrescante y descansado. Para algunas personas, es verde sobre negro; para otras, como yo, alguna variante de celeste o naranja, según lo que esté escribiendo y si se necesita diferenciar textos.

Si uno, además de escribir, debe realizar tareas de revisión y corrección de textos directamente en la pantalla de la computadora, agradecerá el cambio de la hoja blanca a la hoja negra. Da gusto regresar a la página a seguir corrigiendo a pesar de las horas transcurridas. Desde luego, siempre es necesario pestañear con frecuencia y hacer pausas (so pena de provocar un daño permanente a la vista), pero realmente esta es una manera mucho más saludable de leer, revisar y escribir.

Para quienes utilizan estos programas para editar y corregir, conviene establecer las preferencias para que en la modalidad de pantalla completa pueda verse el texto con el color original. En lugar de emplear negro, se le pueden asignar dos o más colores distintos al texto, de manera que el editor tenga un código para diferenciar sus intervenciones del texto del autor. Los escritores, en cambio, posiblemente preferirán aplicar la función override text color, lo cual hará que en pantalla el texto adquiera un color predeterminado por el usuario, sin importar el color original en la modalidad de vista normal (usualmente negro).


Programas solo para escribir en pantalla completa

La escritura sin distracciones es la principal y casi única función de WriteRoom, un programa de bajo costo en Macintosh, que tiene su equivalente en diversos programas gratuitos de Windows, como DarkRoom, JDarkRoom (con versiones para Mac, Windows y Linux), Q10 y WritersFocus. Lamentablemente, este tipo de programas únicamente sirve para escribir, sin opciones adicionales de formato, excepto negritas y cursivas. No constituyen procesadores de texto en un sentido completo.


Programas para escritura e investigación
En Macintosh, cada vez más aplicaciones han ido incorporando la modalidad de pantalla completa personalizable. El primer programa en hacerlo fue Ulysses, un programa para escritores. Pero también aprovechan esta interfaz aplicaciones de las que ya hemos hablado en este blog como Scrivener, MacJournal y hasta DevonThink. Otras aplicaciones para escritores también muy buenas, como Storyist, incluyen esta función.


Vista de pantalla completa en el procesador de texto
Ahora bien, para quienes necesitan utilizar un procesador de texto (no un programa para escritores), una excelente alternativa es NisusWriter Pro, que también dispone de la función de escritura en pantalla completa con la capacidad de personalizarla para tener cualquier color de fondo y de texto; incluso se le puede asignar un comando para accederlo de manera rápida.

Bean, un procesador RTF gratuito y muy sencillo para Mac también incluye la vista en pantalla completa y se le puede cambiar el color de fondo y del texto a gusto del usuario. Incluso tiene la posibilidad de elegir cuáles paletas se mostrarán en pantalla completa.

En Windows, no queda más remedio que tratar de hacer lo que se pueda con Word. Aunque este programa incluye una función que denomina lectura en pantalla completa no tiene un comportamiento similar al de los programas citados. Lo único que hace es esconder los menús, pero no es posible modificar el color de las bandas laterales y del fondo, así como el tono del texto (y si lo es, no sé cómo hacerlo). Tampoco se puede ajustar el ancho de la hoja ni tener acceso a las funciones de formato de texto.

Para los usuarios de Word y de Windows, por lo tanto, la única alternativa es utilizar la función de color de la página para cambiarla a negro u otro color de su preferencia. Esta función, en Word 2007 de Windows, se localiza en la pestaña de formato. Una vez que se le asigna el color negro al fondo de la página, el programa automáticamente ajusta el color del texto a blanco para efectos de visualización. En lo personal, encuentro el contraste blanco y negro demasiado pesado para la vista, así que prefiero modificar el color del texto por algún otro menos brillante, pero con el suficiente grado de contraste.

El usuario deberá valorar siempre, según su circunstancia, la mejor manera de aplicar la función de fondo negro o de tonalidad oscura, según sus gustos y el grado de avance o complejidad de su documento.

Entre dos mundos: ¿por qué me conviene sincronizar?

Jamás le había dado importancia a la sincronización, esa pequeña palabra que, en el mundo informático, tiene un significado tan peculiar. Era un conocimiento ajeno, extraño, del que no tenía la mínima noción de cómo podía afectarme a mí directamente, de cómo podía invadir mi vida cotidiana y modificar mi manera de utilizar internet.

Pues bien, tres pequeñas aplicaciones cambiaron eso para siempre. La primera es DropBox. Lo que este programa hace es casi milagroso: crea una carpeta en el disco duro de mi computadora personal y lo vincula a un espacio web privado. En una sincronización que parece instantánea, los archivos son una exacta réplica los unos de los otros. Una vez hecho este primer paso, se procede a instalar la aplicación en la otra computadora, la computadora en la que pasamos la otra parte de nuestro tiempo, de nuestra vida (la del trabajo, por ejemplo) y ahí se crea, también en el disco duro, una réplica de esa carpeta que se sincronizará con la información almacenada en la página web. Cualquier emergencia o descalabro de información se podrá resolver rápidamente gracias al respaldo en la web, también accesible desde un navegador, sin necesidad de instalar el programa.

Esto es casi milagroso. En lugar de estar pasando a una llave maya, tengo carpetas verdaderamente compartidas, comunes, accesibles a la distancia. Esto me evita no tanto el simple traspaso, como el enorme gasto de energía y esfuerzo que me toma tratar de averiguar cuál es la última versión, estar renombrando los documentos y tantos miles de detalles que vienen detrás de estar tratando de sincronizar «a pie» o «a mano» unas carpetas con otras (sumados a los riesgos derivados: perder archivos, borrar la versión más reciente de forma accidental, olvidar hacer el respaldo, reemplazar la versión nueva con la vieja por accidente…).

El segundo programa que ha pasado a ocupar un lugar preferido en mi lista es el Evernote. La aplicación en sí es casi modesta si la comparamos con DevonThink o incluso con NoteBook (de Circus Ponies); sin embargo, tiene unas características que la hacen invaluable: versiones tanto para Macintosh como para PC y sincronización indolora. Así las cosas, la ventaja del Evernote es que puedo instalarlo en dos computadoras de plataforma distinta, una Mac y una PC, por ejemplo, y también mediante una página web que sirve como punto intermedio, sincronizar ambas computadoras. Así, las notas y listas de pendientes que escribo en la computadora del trabajo están disponibles en mi computadora de la casa de manera inmediata, sin mayores traspasos ni pérdidas de tiempo en respaldos de ninguna clase, sin ningún esfuerzo adicional. Las puedo seguir modificando y alterando, actualizando y cumpliendo y, a la mañana siguiente, cuando regrese al trabajo, ahí estará toda la información actualizada, según la última versión de la noche anterior.

La tercera de estas aplicaciones bendecidas por la sincronización es Zotero. Aplicaciones como Sente, Bookends y Endnote son mucho más eficaces administradores bibliográficos, pero todas son aplicaciones de pago y, las dos primeras, solo existen para Macintosh. ¿Qué hacen los usuarios de PC y qué hacemos quienes solo podemos tener Mac en nuestra casa y no en el trabajo? Esta aplicación es un excelente «plan B», una ayuda para disponer de una herramienta de investigación que además se integra bien con Word y OpenOffice. Zotero, exactamente igual que las dos aplicaciones anteriores, puede sincronizar varias computadoras con la misma base de datos, gracias a la intermediación de un sitio de almacenamiento en línea, también accesible como página web.

Estos tres programas son gratuitos y proporcionan una cantidad básica de espacio de almacenamiento en la red también gratuito. Si el usuario siente que el espacio es muy poco, puede optar por un plan de pago para ampliar la capacidad de almacenamiento.

Así, en síntesis, la capacidad de sincronización, la posibilidad de sincronizar varias computadoras (tantas como queramos), ya sean Macintosh o PC, y el hecho de ser aplicaciones gratuitas, hace que estas sean tres herramientas invaluables que pueden transformar la manera de utilizar la red para quienes piensan que internet es solamente navegar y enviar correos electrónicos.

domingo, 28 de febrero de 2010

Del "libro electrónico" al "libro" a secas

Tal vez fue Marshall McLuhan uno de los primeros en vaticinar el apocalipsis del libro. Desde entonces, ha persistido el temor de que algún día el buen libro de papel muera definitivamente a manos del nuevo libro, el libro electrónico.

Ahora bien, si hacemos un recorrido histórico por los procesos tecnológicos del libro y observamos las etapas y pasos que fueron llevando del predominio de una tecnología a otra, nos daremos cuenta de que se necesita mucho más que una innovación tecnológica para alcanzar la sustitución de la tecnología anterior por la nueva. El cambio es integral, no es estrictamente tecnológico. También existen factores sociales, culturales y hasta simbólicos. Las siguientes son algunas de mis consideraciones sobre el tema:

  1. El libro no solamente es una palabra con un significado o un referente concreto: es un ámbito del discurso desde el cual lo vinculamos a prácticas, costumbres, redes simbólicas, intercambios y esferas de la cotidianidad y de la cultura1.
  2. El cambio tecnológico no ocurre por sí mismo, como resultado exclusivo de las nuevas propiedades físicas del objeto, sino dentro de su esfera del discurso, de la sociedad y de la cultura.
  3. Para que una nueva tecnología pueda reemplazar plenamente a la anterior, debe cubrir las principales necesidades culturales, sociales y simbólicas que la otra ofrecía (incluidas las de carácter emotivo), así como proporcionar algún valor agregado que pueda suponer la preferencia de un objeto sobre el otro.
  4. La sustitución tecnológica no ocurre en el corto plazo, de manera automática ni como resultado de una única innovación2.
  5. Ninguna sustitución tiene por qué ser absoluta. Cabe admitir la posibilidad de usos alternativos para cada tecnología y comportamientos sociales híbridos3.
El códex fue, en otro tiempo, lo mismo que el libro electrónico es ahora para nosotros. Durante mucho tiempo, a los libros que empleaban la tecnología del códice se les daba un nombre distintivo, especial, diferente: liber quadratus (libro cuadrado). Hace más de 1500 años que ya no hemos necesitado hacer ese hincapié a través de la palabra. Para nosotros, de hecho, lo difícil sería imaginar un libro que no sea cuadrado.

Asumiendo que ninguna catástrofe natural obligará a la humanidad a prescindir de la tecnología, es posible suponer que algún día no será necesaria la distinción entre libros electrónicos y libros a secas; puesto que los lectores del futuro no se imaginarán un libro que no sea electrónico. Sin embargo, para que eso pueda llegar a ocurrir, el nuevo libro deberá ser capaz de asumir plenamente toda la herencia simbólica, cultural y arquetípica de su predecesor y, además, ofrecer algo nuevo, algo que lo convierta en un producto par excellence, irrenunciable, sin el que sería imposible leer. Una tecnología, en fin, que ocupe plenamente el lugar del libro en el imaginario colectivo y personal de quienes leen.



1 Una definición clásica del libro sería aquella “que asocia indisolublemente un objeto, un texto y un autor” (Chartier, 2000: p. 19). Los más atrevidos se refieren al libro de maneras un poco más abiertas, por ejemplo, como “práctica”, es decir, “(una colección de actividades sociales, artísticas y económicas) y no un ‘objeto’” (Doctorow, 2004) o como “forma de intercambio” y “modo de temporalidad”, un punto de apoyo que “crea espacio a partir del tiempo” (Hesse, 1998: p. 32). En estos casos, aún así, predomina la idea de que un libro es, esencialmente, un medio y un objeto para comunicar sentidos (los sentidos portados por la escritura en él contenida). En mi tesis de maestría exploré algunos de los muchos objetos y discursos que confluyen en el vórtice discursivo de libro, como el libro-objeto, el libro-texto y el libro-medio de comunicación. Para eso, véase Murillo (2006).
2 Al códex le tomó más de cuatro siglos imponerse al rollo y, aún así, no alcanzó su expresión plena sino hasta mil años después, cuando todos los factores tecnológicos, así como las redes sociales de producción y distribución de sus materiales, habían madurado lo suficiente como para permitir la innovación introducida por la imprenta y dar como resultado el libro en su sentido moderno.
3 Esto podemos verlo en ejemplos tales como la radio. Se temió, en los albores de la era de la televisión, que esta la sustituyera plenamente. En cambio, tenemos usos especializados con audiencias que van de un medio a otro, según sus circunstancias y preferencias. Los únicos medios completamente sustituidos han sido aquellos que, por sus características, caen en la obsolescencia, como es el caso del telégrafo. Incluso la Internet, con su multimedialidad, no ha sustituido a ninguno de los medios de los que ella misma participa (radio, televisión, impresos), sino que se ofrece como alternativa para quienes, por circunstancias especiales, no pueden acceder a los medios tradicionales (por ejemplo, el tico que quiere ver el partido de fútbol transmitido por un canal de televisión costarricense, pero desde Alemania).

Lista de referencias

Chartier, R. (2000). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII (Traducido por V. Ackerman). Barcelona: Gedisa.


Doctorow, C. (2004), Ebooks: Neither E, Nor Books. Paper for the O’Reilly Emerging Technologies Conference, February 12, 2004, San Diego, CA. Consultado el 14 agosto 2008, en <http://www.craphound.com/ebooksneitherenorbooks.txt>. También se puede consultar la edición en español, trad. de Javier Candeira en el sitio de José Antonio Millán <http://jamillan.com/doctorow.htm>.

Hesse, C. (1998). “Los libros en el tiempo. El Futuro del libro”. En Nunberg, G. (comp.), ¿Esto matará eso? (Traducido por I. Núñez Aréchaga), (pp. 25-40). Buenos Aires: Paidós.


Murillo Fernández, J. (2006). “Todos saben qué es un libro”, o… ¿no? Análisis arqueológico de los discursos del libro desde el (pre)texto de cinco informes finales de encuestas sobre “hábitos de lectura”, Costa Rica, 1979-2004. Tesis de Maestría Académica presentada ante la Maestría en Comunicación de la Universidad de Costa Rica.

domingo, 14 de febrero de 2010

¿Es posible editar para todos los hispanohablantes?

Una de las ventajas de la lengua, en tanto código internacional de comunicación e intercambio, es su capacidad para darnos acceso a cualquier texto, publicado en cualquier país. No obstante, aun cuando quisiéramos una sola lengua universal, idéntica y comprensible por todos sus hablantes, los giros y particularidades de una región la pueden volver críptica para los hablantes de otra.

Tomemos, como ejemplo, el español. Nací en Costa Rica, un país al que llegan, de alguna manera, influencias de muy diversas procedencias. Así, he leído libros editados en casi cualquier país de habla hispana: México, El Salvador, Colombia, Argentina, España... nunca me he sentido incapaz de leerlos, aunque ciertamente me daba algo de risa encontrarme un «Oye, tío» en alguna traducción española de una obra de Isaac Asimov. Aclaro: en Costa Rica, tío es y siempre será el hermano de mi madre, nadie más; el otro sería «mae», pero no es nada elegante para incluirlo en una traducción literaria, mucho menos de Asimov.

Así, la edición que traspasa fronteras se ve obligada a hacerse preguntas y tomar decisiones. El editor de obras técnicas tiene la responsabilidad de procurar textos que cumplan con ciertos requisitos básicos: comunicabilidad, ¿se tiene éxito en la comunicación texto-lector?; lecturabilidad, ¿se puede leer fluidamente, sin tropiezos en el camino?; naturalidad, ¿se siente cómodo el lector con el texto?; claridad, ¿el texto se entiende tal cual, sin equívocos? Aclaro que estos son requisitos propios de la edición técnica porque ahí donde un manual de uso o un texto didáctico requieren de una comunicación eficaz, transparente, clara, sencilla, directa y unívoca, la comunicación literaria puede aspirar a producir ambigüedad, pluralidad, multidireccionalidad, deliberada oscuridad y, sobre todo, múltiples posibilidades interpretativas.

Así, en teoría, todo parece muy sencillo y abstracto. El problema es cuando un texto invadido por vocablos y giros de la vida cotidiana quiere traspasar las fronteras de una latitud a otra. Tomo, como ejemplo, una obra enfocada en la incorporación de recursos tecnológicos en los procesos de enseñanza-aprendizaje. ¿Qué clase de dificultades léxicas podríamos encontrar ahí?, se puede preguntar el editor. Estas son solo algunas: España, ordenador / América, computadora (no computador, como tienden a pensar algunos); España, pizarrón / América, pizarra; España, plumón / América, marcador (Costa Rica, pilot); España, ordenador de sobremesa / América, computadora de escritorio... (profundizo en eso... a mí me dicen «ordenador de sobremesa» y me imagino «¿una computadora para usarla después de tomar café, en la mesa...?»).

De repente, una obra perfectamente escrita en español, o eso creemos, se vuelve Babel... y eso sin mencionar términos no tecnológicos, como enojo/enfado, que son exactamente lo mismo salvo que en América preferimos enojo y en España, aunque se entiendan las dos y el DRAE recomiende la primera, los españoles hablan siempre, en su vida cotidiana, de enfado (aclaro que no sé si esa es una afirmación universal, para toda la Península o solo para algunas regiones); o las diferencias que tenemos en el uso de ser y estar.

Así, la revisión de una obra escrita en una latitud para ser publicada en otra puede incluir un trabajo complejo de adaptación/traducción. La decisión de cuánto elijamos traducir dependerá, ciertamente, de los editores y el grado de compromiso que tengan con sus lectores. Un vocablo perfectamente normal en una región puede producir extrañeza, rechazo o hasta risa cuando aparece en un texto pensado para ser leído en otro lugar. Se puede convertir en una piedra de tropiezo, un estorbo en la lectura, un factor distractor que desconcentra y desconcierta al lector. Es ese factor clave el que subyace en las decisiones del editor, y no una simple gana de adaptar por adaptar, o de corregir por corregir.

viernes, 29 de enero de 2010

El iPad: un e-reader de ensueño

El pasado miércoles 27 de enero, Apple presentó al mundo su nuevo iPad. Para la gran mayoría de las personas, fue una sorpresa que se filtró en las noticias de las grandes cadenas. Para la comunidad de seguidores de Apple y las nuevas tecnologías, fue el final de una espera de varios años, llena de especulaciones, pequeñas pistas, información filtrada y, sobre todo, muchos deseos de ver la nueva y ultrasecreta creación de Apple.

Muchos han calificado el nuevo iPad de «iPhone gigante» o «iPhone con esteroides», no sin algo de razón, porque sigue los mismos principios y diseño de su primo mayor (en edad). Hay quejas debido a la ausencia de una cámara integrada de video, el soporte para animaciones flash, a la carencia de capacidad multitasking o correr varios programas al mismo tiempo y, en mi caso, el tamaño de la memoria integrada (por mi experiencia con mi lector mp3, 16 a 32 gigas apenas alcanzan para lo indispensable). Hasta ahí los inconvenientes; porque en el resto de su propuesta, este producto es broche de oro para cerrar esta primera década del siglo XXI.

El iPad es el primer e-reader (lector de libros electrónicos) que cumple con todos los requisitos que, en mi opinión, tendrían el potencial para hacer un cambio masivo hacia la lectura de libros en dispositivos electrónicos, de la misma manera que el iPod cambió la manera de escuchar música, años atrás.

En un artículo sobre el tema de los libros electrónicos, que escribí un par de años atrás, luego de hacer una extensa revisión de todos los dispositivos disponibles en ese momento (Sony Reader, Kindle, iLiad, etc.), llegaba a la conclusión de que ninguno de ellos tenía la capacidad de revolucionar la experiencia de lectura con la suficiente potencia para rediseñar el mercado editorial. ¿Por qué me atrevía a hacer esta afirmación? Mi lógica es sencilla: la experiencia de lectura es la clave. Mientras leer un libro de papel sea, en todos los sentidos, una experiencia más cómoda, práctica, divertida y barata que leerlo en formato electrónico, no habrá manera de reemplazar el códice de papel como tecnología por excelencia del libro.

Los e-reader que nos ha proporcionado la industria hasta el momento, aun cuando han logrado encantar a sus privilegiados compradores, tenían problemas desde el punto de vista de la experiencia de lectura. Quizá los más evidentes eran el color y la salida visual: todo en blanco y negro, con un diseño que podía ir de lo paupérrimo a lo medianamente agradable, con opciones limitadas para la selección de tipografías y cambio de tamaño, con pocas o ninguna fotografía..., en fin, una serie de detalles que hacían abismal la diferencia entre un e-reader y un libro.

En relación con la tecnología en sí, había todavía detalles sin resolver: la babel de formatos, la incapacidad para mostrar archivos PDF en tamaño completo (dada la gran cantidad de libros en PDF que circulan en tamaños carta y A4), la navegación e interfaz del propio aparato (desde botones, como el Kindle, hasta pantallas parcialmente táctiles que solo respondían a un «lapicero» especial). Cualquier operación de lectura requería de varios pasos para acciones que en el libro de papel son automáticas, como darle la vuelta al libro (para ver una fotografía horizontal, por ejemplo) o, lo principal en la lectura de libros, pasar la página.

Otro inconveniente, a mi parecer, de los e-reader de esa primera generación (como podríamos llamarlos ahora) es el costo versus las capacidades del aparato. El precio mínimo que debe pagar el consumidor por un lector de estos es de $300 y puede alcanzar los $700, para un aparato con almacenamiento limitado, procesadores matemáticos lentos y, sobre todo, su única funcionalidad: leer libros. Un e-reader no puede hacer nada más que eso. Esto obliga al lector a llevar en su mochila un kit que, al final de cuentas, sale caro, es incómodo y hasta pesado para su espalda: una agenda electrónica (como el Palm), un lector mp3, una notebook y un e-reader. El iPad tiene el potencial para reemplazar a los cuatro; esta sustitución será inminente cuando, en algunos años, la memoria interna y la conectividad de puertos sea mejorada y llevada un paso más lejos.

Así, el iPad finalmente hace aquello que lectores empedernidos y usuarios de nuevas tecnologías, como yo, hemos soñado en un e-reader: un producto capaz de resolver todas nuestras necesidades de uso cuando estamos fuera de casa y lejos de nuestra computadora principal, y, al mismo tiempo, proporcionar una experiencia de lectura que sí pueda competir con la deliciosa sensación de leer un libro.

Así, el iPad, además de tener la interfaz de lectura de libros electrónicos más rica, elegante y estéticamente bien resuelta que se ha sacado al mercado hasta ahora, permite navegar en internet, escuchar música, ver películas, administrar agendas, correr cualquier aplicación de las varias decenas de miles ya disponibles en la tienda de Apple y, una de mis favoritas, tomar notas y escribir documentos de texto con un teclado virtual casi de tamaño real. ¿No es un sueño hecho realidad? Y si esto fuera poco, el iPad me permite entretenerme de muchas maneras: cientos de miles de juegos; aplicaciones para dibujar, literalmente, con los dedos y cualquier otra funcionalidad que algún programador haya querido añadirle al aparato por la vía de la creatividad informática.

En resumen, este es el nuevo gadget de mi lista de deseos y, por primera vez en este siglo, el primero con la capacidad de transformar la experiencia cotidiana de lectura y, con ella, la industria editorial completa.

lunes, 25 de enero de 2010

Software para la escritura técnica en Windows

Una querida amiga, lectora de este blog, me ha hecho una pregunta muy válida: «Y quienes usamos Windows, ¿qué hacemos?».

La principal razón por la que todos los programas revisados en este blog han sido, hasta ahora, aplicaciones de la plataforma Macintosh no es casual. Estos artículos son el resultado de muchos meses de investigación, de prueba de programas, de búsqueda de aquellos que cumplen, simultáneamente, varias condiciones: eficacia, versatilidad, multifuncionalidad, interacción con otros programas, sencillez de uso (la posibilidad de aprender a utilizarlos con una curva de aprendizaje mínima, casi intuitiva), interfaz eficiente pero elegante...

La búsqueda de las herramientas informáticas del escritor, de hecho, comenzó meses atrás desde una computadora PC con sistema operativo Windows, justamente con una de las aplicaciones que existen para esa plataforma. Prosiguió en la misma computadora PC (tras su colapso a manos de los virus) pero con sistema operativo Linux (específicamente, Ubuntu). Después de utilizar y comparar ambos sistemas operativos y las aplicaciones disponibles (de pago y libres), y finalmente prosiguió en una Mac.

Ahora bien, la diferencia entre Windows y Macintosh es de cantidad y de calidad. La cantidad está a favor de Windows. En los siguientes vínculos se puede encontrar, en suma, más o menos una treintena de programas distintos especializados en la escritura creativa (algunos más orientados hacia la novela, otros hacia el guion; ninguno hacia la escritura técnica):

http://www.literatureandlatte.com/links.html
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/software-para-escritores
http://www.writers-publish.com/book-writing-software.html

Personalmente he visitado las páginas web de buena parte de ellos e instalado y probado cerca de la mitad.

El dictamen final: la calidad, está a favor de Mac. Todavía ni uno solo de los programas existentes para Windows me ha parecido equivalente a Scrivener, el aquí recomendado; incluso Ulysses y el Storyist, ambos de Mac, son superiores y excelentes alternativas. Desde luego, esta es una decisión que cada escritor o usuario debe tomar por sí mismo, y requiere de mucha paciencia y de probar, una a una todas las herramientas.

En cuanto a las herramientas para la administración de bibliografías en Windows, hay un programa en particular que se acerca a Sente, que ya revisamos en artículos anteriores. Su nombre es Endnote y existe tanto para Mac como para Windows. Algo más sobre el programa puede leerse también en esta dirección: http://librosytutoriales.blogspot.com/2009/04/manejo-de-referencias-bibliograficas.html.

El Endnote mucho más difícil de usar, sobre todo al principio, y desde luego tiene un manejo muy distinto desde la interfaz y la lógica de uso. Sin embargo, al igual que Sente, se integra plenamente con el Microsoft Word, genera bibliografías automáticamente y administra los artículos en formato PDF. Esto, desde luego, partiendo de la premisa de que no tendremos otra opción que escribir un libro o artículo en Word, a pesar de sus deficiencias para la escritura técnica y creativa de obras complejas.

¿Cuánto se asemeja, alcanza o supera al Sente? Todavía no lo sé, porque apenas lo tengo a prueba; lo que sí he visto son los testimonios de otros usuarios cuya preferencia se ha inclinado, al final, por el Sente, aun después de haber utilizado Endnote.

Ahora bien, el Sente es un programa relativamente costoso para la media de aplicaciones personales ($129.25 para usuarios normales; $89.95 con descuento académico y otros descuentos por volumen); pero el Endnote lo supera con creces: $249.95, el precio pleno, para descarga; si se quiere ordenar con su caja y discos cuesta $299. Ofrecen descuentos por volumen, pero hay que solicitar la información directamente; no aparece en su página web.

La decisión final, desde luego, es del usuario. Si un escritor académico está determinado a seguir utilizando su computadora PC, con Windows y Word, su mejor alternativa es Endnote. En cambio, si ha tomado la decisión de hacer un cambio radical en su entorno digital, aumentar su productividad y sacar provecho de las aplicaciones Mac, lamentablemente la respuesta a la pregunta de «¿qué hacen los usuarios de Windows?» es muy sencilla: cómprese una Mac (o, cuando menos, instale un emulador virtual del sistema operativo Macintosh), y únase a quienes han descubierto que Mac no es solamente una plataforma para diseñadores gráficos sino también para creadores de la palabra. (Esta impresionante cantidad de apasionados testimonios de uso de Scrivener es una prueba: http://www.literatureandlatte.com/testimonials.html).

domingo, 24 de enero de 2010

La creación y escritura de un texto académico en un entorno digital

El esfuerzo por tratar de lograr una estación de trabajo adecuada para la escritura científica o académica en un entorno Mac lo comparten otros investigadores que también deben lidiar con los mismos problemas, desde la investigación inicial hasta el formato de salida.

En este interesante artículo, «A Digital Academic Workflow», Kerry Magruder no solo menciona sus programas favoritos sino que establece la secuencia de trabajo en que los utiliza. Dado que el artículo está en inglés, me permitiré hacer un breve resumen de la propuesta de su workflow o flujo de trabajo para el escritor de obras académicas.

Recomienda el uso de DevonThink, para el proceso inicial de investigación y toma de notas; Scrivener, para las etapas generales de creación de la obra, organización de la información y escritura de los borradores integrales; Sente, para el manejo y administración de las referencias bibliográficas; Preview (herramienta integrada del sistema operativo de Mac) para la lectura de PDF; Skim, herramienta gratuita para la lectura de PDF y la toma de notas, y Pages, el procesador de textos ofrecido por Apple, como parte de su paquete de oficina iWork, para las etapas finales de últimas revisiones y formato del documento con vistas a su envío para publicación.

El proceso de escritura, tal y como lo concibe Magruder, en síntesis, tiene más o menos la siguiente secuencia:

  1. Se utiliza el DevonThink para organizar toda clase de documentos e información inicial que un investigador revisa cuando apenas está tratando de generar el estado de la cuestión, de familiarizarse con su campo o de la documentación e información que le será de utilidad. El programa permite organizar páginas web, PDF y documentos de texto, correos electrónicos y otra documentación pertinente; incluyendo un OCR para escanear documentos que se tienen solo en papel (hay que pasarlos a PDF primero). En DevonThink también se crea una carpeta con las fuentes, en donde se incluyan las citas y notas asociadas con el artículo en proceso. Se pueden crear subcarpetas o carpetas separadas, según las necesite el autor.
  2. Simultáneamente, se crea una base de datos específica en Sente para ir incorporando las referencias de los documentos más importantes que se localicen en DevonThink. Se crea también un hipervínculo de la carpeta de fuentes del DevonThink al Sente, de manera que se puede alternar entre ambos programas, aun cuando el Sente no esté abierto.
  3. Con el vínculo hecho, en Sente se ven los PDF del DevonThink. También se le puede indicar al Sente que utilice el Skim como lector PDF para utilizar las capacidades de toma de notas de esta aplicación, que ya hemos discutido en el artículo anterior. Si se utiliza la herramienta de toma de notas del Sente, que incluye toma de notas de textos y de imágenes, la información puede transferirse al DevonThink, conforme se vaya haciendo más compleja. Para pasar las notas y pasajes que valga la pena citar de Sente a DevonThink, basta con hacer «drag and drop» (jalar y soltar) de la nota deseada o de todas las notas a la vez, en la carpeta de fuentes del DevonThink.
  4. Durante esta etapa, se va de Sente a DevonThink y viceversa, tantas veces como sea necesario. El DevonThink permite tomar notas analíticas escribir resúmenes, destacar puntos centrales y mantener notas en fragmentos pequeños (mucho más manejable para los procesos posteriores; el Scrivener también funciona de esta manera).
  5. Para crear una cita en una nota que se llevará a Scrivener o Mellel, basta con usar el «drag and drop». Esto producirá una referencia entre corchetes que se verá más o menos como esto: {Aaboe, 1958, 5, 209-277}.
  6. En DevonThink se pueden poner cursivas y negritas, con el menú de estilos; y los caracteres de otras lenguas deben ponerse en Unicode. De todas maneras, el formato es mejor dejárselo a los programas especializados en formato de textos.
  7. Luego de seleccionar, reordenar, descartar y recuperar todas las notas que quiera en DevonThink, si ya se puede comenzar a escribir porque la idea es bastante más clara que al inicio, se procede a iniciar el borrador en Scrivener. Nos aclara el autor que también se pueden utilizar otros programas, pero que el elegante entorno de Scrivener es su favorito. Pasar las notas tomadas en DevonThink a Scrivener es muy sencillo: «drag and drop» y todo queda listo.
  8. Una vez en Scrivener, integrarlo a Sente es muy sencillo. Se puede ir de un programa a otro, de manera que en una cita escrita en Scrivener se coloca una referencia activa de la base de datos del Sente.
  9. Ya en el proceso activo de creación y redacción, el escritor podrá disfrutar de las poderosas capacidades del Scrivener para organizar y reorganizar, ver la estructura del proyecto, añadir notas y metadatos a cada subarchivo, dividir y mezclar, comparar a través de paneles múltiples y la escritura de pantalla completa.
  10. Una vez lista la escritura, se exporta el borrador final como .rtf. De ahí se puede pasar a cualquier procesador de texto, aunque el autor de este artículo prefiere Pages, que conserva las citas de Sente y DevonThink, así como las notas al pie y comentarios del Scrivener (estos últimos, el Mellel, otra buena alternativa para la escritura técnica, no los reconoce).
  11. Finalmente, con el último borrador listo, ya en el procesador de textos para darle formato, se le ordena al Sente hacer un escaneo del documento, con el cual revisará todas las referencias que fueron insertadas. Con esto generará la lista de referencias bibliográficas o bibliografía según el formato que haya sido elegido.
Así, desde el punto de vista de la escritura, el documento (libro o artículo) queda listo para ser remitido al editor. El resto del formato y la última revisión ya se hace en Pages, un programa especialmente adecuado para estas tareas; según sus usuarios, mucho más sencillo de usar y con resultados más elegantes que el Word.

Al igual que veíamos con las herramientas básicas del autor de escritura creativa, este paquete básico recomendado por Magruder es bastante cómodo. Aquí están los precios con descuentos educativos para instituciones y para individuos; hay precios todavía más bajos para la compra por volumen:

  • DevonThink Personal: $37.5 (el DevonThink Proffesional Office cuesta $112, con descuento educativo; tiene la función de OCR de documentos PDF; pero esta función también se consigue de manera gratuita con otras aplicaciones)
  • Scrivener: $34.95
  • Sente: $89.95
  • Preview and Skim: gratis
  • Pages: forma parte del paquete iWork, con un costo total de $79 y la ganancia adicional de un programa para presentaciones (mucho más poderoso que PowerPoint) y otro equivalente al Excel
Total: $241.4



Cómo escribir para la academia sin dolores bibliográficos

Ya hemos hablado en otras ocasiones sobre las ramas de la escritura técnica, particularmente de la escritura académica. La escritura académica se caracteriza por el vasto manejo de referencias bibliográficas que, en publicaciones largas, puede alcanzar varios cientos. Piénsese, por ejemplo, en la redacción de una tesis, un artículo científico o un libro de una rama especializada.

Para cada una de las publicaciones consultadas, es necesario incluir cierta información bibliográfica (típicamente, autor, año de publicación, título, editorial, edición, plaza de edición, etc.) que, para colmo de males, cumpla con un determinado formato bibliográfico.

Y si además de todo hemos escrito nuestra publicación original con un formato bibliográfico y, por azar o destino, debemos enviarlo a una revista o editorial que decide cambiárselo, tenemos que tomar cada una de nuestras referencias y, manualmente, implementar todos los minuciosos detalles de orden, ortotipografía y datos.

Eso, al menos, era antes.

En la actualidad, hay programas informáticos capaces de manejar nuestra biblioteca completa y de sincronizarla con los escritos académicos que tenemos en proceso.

En la plataforma Macintosh es posible encontrar dos alternativas muy buenas: Bookends y Sente. De estos dos, el más poderoso es Sente.

Sente tiene tantas funciones, que difícilmente podré cubrirlas todas en este breve artículo. Su página web tiene algunos videos y una lista completa de todo lo que el programa puede hacer.

Desde el punto de vista de un escritor de literatura científica, la primera belleza del programa es que se pueden añadir referencias de manera muy sencilla, una a una o desde una base de datos existente. Me falta comprobar si, como Bookends, puedo importar mi biblioteca completa realizada en Delicious Library (aplicación ya revisada en este blog). Así, el primer paso es crear una biblioteca personalizada, que puede incluir todas nuestras obras, tanto las que vamos a utilizar en una publicación dada como el resto de nuestra biblioteca personal, tanto la física como la digital.

Ahora bien, a diferencia de los programas para catalogar la biblioteca, Sente es una completa base de datos para administrar las referencias. Por lo tanto, va más allá de solamente incluir los datos de la obra (nombre, título, publicación, etc.), sino que además puede importar artículos y libros en PDF y tenerlos disponibles para su lectura desde el mismo programa.

Para aquellos investigadores que continuamente obtienen artículos de revistas académicas y bases de datos especializadas, como JSTOR y EBSCO, Sente es un sueño hecho realidad. Con aquellos sitios web con los que es compatible, permite añadir (¡con un solo clic!) tanto la referencia (toda la información bibliográfica) como el PDF, si está disponible, directamente a la biblioteca interna del programa.

Una vez que este PDF está en la biblioteca del Sente, tiene poderosas herramientas para tomar anotaciones. Pero no se imagine la vieja anotación que se hace en el PDF reader, de abrir un campo para escribir un comentario. ¡No! Si se selecciona un texto, la herramienta de notas automáticamente le asigna un título con las primeras palabras de la cita, extrae una copia de la cita textual y anota el número de página; además, por supuesto, le permite al investigador anotar su comentario personal. Es una manera rapidísima y sin dolor de coleccionar las citas relevantes que luego, si no he entendido mal, un programa como Mellel puede reconocer, importar e insertar en el artículo que estemos escribiendo, con todos sus metadatos bibliográficos listos para generar la bibliografía de nuestra publicación.

También es posible incluir PDF ya existentes en nuestra computadora; así, quienes tenemos sendas bibliotecas digitales, casi inservibles por estar escondidas carpeta, tras carpeta, tras carpeta, podemos importarla completa a Sente. El programa permite buscar las referencias de todos los documentos en Internet. Si no las encuentra al primer intento (con su criterio automático), tiene un buscador; y, si aún así no las encuentra, siempre se pueden incluir manualmente todos los metadatos necesarios.

Una vez armada la biblioteca, podemos utilizar el procesador de textos de nuestra preferencia. Sente es compatible con Word, Mellel, Nisus Writer, Pages y hasta OpenOffice (y NeoOffice). De esta manera, en lugar de utilizar el viejo método de ir escribiendo cada referencia de manera manual, tenemos una integración plena con nuestra base de datos bibliográfica. Cada cita que integremos tendrá una especie de vínculo al Sente, para indicarle que esa publicación es una referencia del documento.

Cuando ya estemos listos para finalizar el artículo, capítulo o libro, nos vamos al Sente (o, en el caso del Mellel, desde la misma aplicación) y le solicitamos crear la bibliografía. Es en este punto que se cumple otro de los sueños de cualquier escritor académico: antes de generar la bibliografía, solamente debemos indicarle al programa en qué sistema bibliográfico la queremos. ¿APA? Sí, cuál edición quiere, ¿la quinta o la sexta? ¿Chicago? Por supuesto, en cualquiera de sus variantes. ¿Harvard, Turabian, MLA...? Hay más de 500 sistemas bibliográficos para elegir. Y si uno está trabajando con una convención propia o de una publicación no contemplada en la base de datos de Sente (que se actualiza todos los años), ¿para qué preocuparse? Puede añadirla a voluntad, como un formato personalizado.

Hasta aquí, se prueba el uso de la base de datos bibliográfica para un único escritor que está lidiando con un complejo artículo académico o científico.

Pero si además uno es miembro de un departamento académico o un instituto científico, Sente tiene otras capacidades invaluables: sincroniza la base de datos entre varias computadoras (además, lo que ellos llaman «licencia de un único usuario» permite la instalación del programa en tres computadoras personales); se puede publicar la lista de referencias para que la consulten otros colegas; se le pueden otorgar privilegios de administrador solo a unas personas, de modo que la base de datos se comparta con todo un departamento; se pueden sincronizar todos los archivos PDF para que sean vistos desde diferentes computadoras y, si por derechos de autor, no todos los usuarios pueden tener acceso a los contenidos, se puede definir cuáles PDF se pueden compartir y cuáles no.

En síntesis, Sente, en combinación con un procesador de textos compatible (ya veremos en otro artículo las posibilidades de Mellel, un procesador de textos especializado en escritura técnica), es una herramienta indispensable para el escritor científico o académico. Aunque el programa tiene un precio un poco elevado, hay una licencia con descuento disponible para estudiantes y miembros comprobados de instituciones académicas.

miércoles, 20 de enero de 2010

Una forma divertida de armar el catálogo de la biblioteca personal

Durante años busqué una solución sencilla e indolora para llevar el registro de los libros de mi biblioteca física. El uso de programas para fichas o bases de datos era lento, nunca pasé de tres o cuatro libros. En la actualidad existen múltiples programas que facilitan el proceso de crear un registro digital de los libros impresos que tenemos en casa. Muchos de estos paquetes informáticos son gratuitos, aunque estos varían en su capacidad para manejar información, metadatos y personalización de la información para cada libro.

Luego de probar varias alternativas, mi favorito es Delicious Library, un programa nativo de la plataforma Macintosh que conjuga sencillez, eficiencia, creatividad y elegancia para hacer de la actividad de catalogar los libros de la biblioteca una actividad divertida, rápida y eficaz.

¿Por qué Delicious Library les ganó a todos los programas gratuitos y a unos cuantos adicionales de pago (en todas las plataformas: Macintosh, Linux y Windows)? Dos elementos clave: creatividad e ingenio. La creatividad se ve en la interfaz: en lugar de una lista de libros, un estante de madera le da la bienvenida al usuario, lleno de repisas en donde van apareciendo las cubiertas de los libros catalogados, con efectos de luz para simular volumen y tridimensionalidad.

Esto, claro, parece superficial si las demás características no están presentes: una completa cantidad de metadatos para cada libro, directamente extraídos de una base de datos en línea o añadidos a gusto del usuario, si así lo desea. La conexión con la inmensa base de datos de Amazon hace posible que con solo introducir el nombre del libro o del autor, el programa obtenga el resto de la información: edición (se puede elegir entre varias alternativas, cuando las hay), año, número de ISBN, fotografía de la cubierta y hasta los comentarios de otros compradores.

Pero lo más fascinante del programa es su capacidad para convertir la cámara integrada de cualquier computadora personal en un escáner de reconocimiento de código de barras. Si ya era sencillo crear un catálogo con solo incluir el nombre de una obra, hacerlo con la cámara/escáner es sencillamente fabuloso: en unos pocos minutos una decena de libros aparecen en los estantes digitales. Con solo la tradicional función de “arrastrar y soltar” (drag and drop) se pueden crear subcolecciones, a partir del catálogo general.

Y como si estas capacidades no fuesen suficientes, el programa puede exportar su base de datos en los formatos estándares para utilizarlos con otras aplicaciones de administración de bibliografías, como BibTeX y Bookends, y puede crear una lista de todo el catálogo en seis de los sistemas bibliográficos más comunes (incluyendo APA, Turabian, Chicago y MLA).

Con este programa, la catalogación de la biblioteca es un proceso rápido, divertido, muy sencillo y ciertamente elegante. En cuanto a su utilidad práctica, nadie que tenga una biblioteca de un tamaño decente pone en duda las ventajas de tener un catálogo real, actualizado y listo para usar en su computadora personal.

domingo, 17 de enero de 2010

Alternativas a Word: procesador de textos y corrección de gramática

Una de las características particulares del Microsoft Word, cuando menos en su versión en español para Windows, es la ayuda que proporciona para la revisión y corrección de gramática y ortografía, así como un diccionario y base de datos de sinónimos. Algunos escritores y editores consideran que estas son herramientas esenciales de su trabajo cotidiano, aun cuando es imposible que sustituyan al corrector humano.

Además, el procesador de textos es un programa especializado en contribuir a darle formato a un documento, algo que no se espera de programas como Scrivener, ya reseñado. En este caso, es posible que el escritor y el editor de profesión consideren necesario tener un procesador de textos adicional.

El programa comercial más conocido y dominante en el mercado es Microsoft Office; sin embargo, el costo de las licencias encarece la inversión que un escritor debe hacer para tener su computadora plenamente equipada para su trabajo. En ese caso, puede acudir a otras opciones de más bajo costo y más alto rendimiento.

OpenOffice
La alternativa gratuita y de código para el paquete de Office, especialmente si el programa que más vamos a utilizar es el procesador de textos en sí, es el OpenOffice, de Sun Microsystems. Todas las funciones básicas de formato de texto pueden encontrarse en este programa: creación de secciones, paginación automática, viñetas o topos, tipo y tamaño de las letras... En general, todo lo que normalmente se utilizaría para darle un formato más o menos decente a un texto. Si se requiere de algo más profesional, sería más conveniente acudir a un programa de maquetación o diagramación de páginas. Los usuarios de la plataforma Macintosh pueden preferir el NeoOffice, el mismo y poderoso OpenOffice, con una interfaz Mac.

SpellCatcher
En cuanto a la corrección gramatical, hay una excelente alternativa de bajo costo que no solo operará con el procesador de texto (también es compatible con Word) sino con todas las aplicaciones de la computadora: SpellCatcher, incluyendo el correo electrónico. Este programa puede revisar texto en varios idiomas e incluye un amplio repertorio de herramientas de corrección, diccionario y búsqueda de sinónimos; en síntesis, el tipo de herramientas lingüísticas que un escritor o un editor puede necesitar. Esta aplicación existe tanto para Macintosh como para Windows.

sábado, 16 de enero de 2010

Mapas conceptuales, esquemas y gráficos

Un escritor a menudo necesita organizar su información de manera visual. En estos casos, los programas para crear esquemas son indispensables, aun cuando sean típicos de entornos educativos. La escritura académica se beneficia de este tipo de programas, especialmente si se está elaborando el informe escrito de una tesis o una investigación. Desde luego, si hablamos de escritura académica de divulgación o didáctica, los esquemas mentales son excelentes ayudas para los lectores; en estos casos, nuestra prioridad será encontrar programas que, además de organizar la información, produzcan esquemas visualmente atractivos y con capacidad de exportación a programas profesionales de tratamiento gráfico.

Hay gran cantidad de programas para facilitar el proceso de creación de un esquema, en todas las plataformas. Algunos de ellos son gratuitos, otros son de pago y, unos cuantos tienen versiones gratuitas con funciones limitadas y versiones de pago, completas. En este artículo nos concentraremos en los programas gratuitos.

Cmap Tools
El programa clásico para la realización de mapas conceptuales es el Cmap Tools. El mapa conceptual es una forma especial de esquema que se caracteriza por utilizar conectores lingüísticos entre sus conceptos clave o nodos, como se les denomina frecuentemente en las aplicaciones. En otras palabras, los nodos deben conectarse entre sí de tal manera que puedan ser leídos como si fueran oraciones completas, con sus preposiciones y conjunciones.

Xmind
Sin embargo, la mayoría de las personas piensa que un “mapa conceptual” es un “mapa de conceptos” y olvida el uso de los conectores. En ese caso, se podría utilizar un mapa para hacer esquemas mentales (no mapas) que también permita añadir conectores cuando el usuario así lo prefiera; es decir, la versión gratuita de Xmind: fácil de usar, versátil e incluso permite cambiar fácilmente el estilo de esquema empleado o las líneas conectoras, sin tener que hacerlo todo nuevo, así como las fuentes empleadas y el color, tanto de textos como de las líneas y el fondo. Se pueden incluir imágenes y fotografías en los conceptos. Este programa, además, tiene versiones para Macintosh y para Windows. Su único inconveniente es que no permite hacer impresión en PDF de alta calidad, ni en su versión gratuita ni en la profesional. Por lo tanto, es un excelente programa para organizar la información personalmente pero no puede utilizarse en publicaciones impresas, solo en páginas web o productos multimediales.

MindNode
Otro programa muy fácil de utilizar (y hasta divertido) para hacer esquemas mentales es la versión gratuita de MindNode. Hacer mapas mentales es sencillísimo: se agregan los conceptos con un clic y el programa genera todo lo demás: las líneas del árbol, el tamaño de cada subconcepto, la disposición. Sin embargo, es lo suficientemente versátil como para poder cambiar la posición de los conceptos o grupos de conceptos, los colores y estilos de las líneas de conexión y el tipo y tamaño de las letras. Uno de sus inconvenientes es que no se pueden incluir fotografías o gráficos en los conceptos. Este programa sí puede exportar como PDF, con lo cual es un favorito para quienes deben trabajar con obras impresas de alta calidad. La licencia de la versión profesional es muy barata en relación con el precio típico de los programas de esquemas mentales, que de todas maneras vale la pena adquirirla, si se utiliza frecuentemente y si se requieren sus funciones adicionales. Solo tiene versión para Macintosh.

ViewYourMind
En un estilo similar a los anteriores, se encuentra el ViewYourMind, un programa sencillísimo, pero versátil y con resultados instantáneos. Existen versiones para Macintosh y Linux; no así para Windows. Como herramienta para la organización de información es fabuloso; aunque no se le puede cambiar el tipo de letra utilizado, sí se le pueden añadir imágenes. Si se utiliza en Macintosh, las capacidades integradas del sistema para crear PDF pueden utilizarse para generar un PDF de alta calidad que pueda emplearse en cualquier publicación.

FreeMind
Sería injusto no mencionar aquí el FreeMind, una aplicación gratuita y de código abierto que corre en Macintosh, Linux y Windows. Aunque, siempre la he encontrado poco versátil en sus resultados visuales (y hasta un poco difícil de usar), tiene muchas ventajas, entre ellas la capacidad para exportar esquemas a programas de dibujo de vectores, como el Adobe Illustrator o el Inkscape (gratuito). Es un programa de referencia en el medio, de tal manera que programas como el MindNode y el Xmind exportan e importan mapas en formato FreeMind.

PersonalBrain
Un programa que merece mencionarse es la versión gratuita de PersonalBrain, una aplicación que tiene versiones para Macintosh, Linux y Windows. Es un programa muy visual e interactivo, y está diseñado para organizar el pensamiento. Sorprende la cantidad de metadatos que se le pueden incluir a cada uno de los nodos: notas, fecha de creación, palabras clave, tipo de pensamiento (de categorías predefinidas por el usuario, desde luego) y, una función particularmente interesante, archivos adjuntos. El programa crea un vínculo entre cualquier documento de la computadora del usuario y el nodo, de tal manera que el concepto puede vincularse tanto a un archivo de imagen como a una tabla de Excel o a una página web. El programa incluye un buscador de conceptos clave, con lo que añade una función única en este tipo de aplicaciones.

El PersonalBrain pareciera especialmente diseñado para organizar el pensamiento para uno mismo, no tanto para mostrárselo a las demás personas. Se puede emplear tanto para comprender y organizar la compleja información de un tema de investigación o creación literaria, como para tratar de organizar la vida personal. Exporta fácilmente como html (páginas web) pero, precisamente debido a su alto grado de interactividad, no es un programa adecuado para generar gráficos impresos. De cualquier manera, vale la pena probarlo.

viernes, 15 de enero de 2010

Herramientas informáticas para la creación de genealogías

La historia no es abstracta: la crean personas reales, de carne y hueso, con padres y madres, abuelas y abuelos, hermanas y hermanos, hijas e hijos... Darle seguimiento a toda la rama de individuos que pueden estar ligados a un solo personaje, ya sea que pertenezca a una historia real o ficcional, puede llegar a ser una tarea monumental, aun si se cuenta con toda la información genealógica para levantar un árbol gráfico. Piénsese, por ejemplo, en Cien años de soledad y la complejidad de la descendencia de Aureliano Buendía.

La cantidad y variedad de herramientas informáticas para realizar árboles genealógicos es en verdad sorprendente. Aunque desactualizado, el sitio MacGenealogy.org nos da una idea de la diversidad, así como la exhaustiva lista de Cindy. Muchos de los programas son gratuitos; otros tantos exceden el presupuesto medio de un usuario no especializado en genealogía. Desde luego, cada usuario deberá definir sus necesidades, probar cada programa y hacerse un juicio propio.

Como escritora, usuaria de la plataforma Macintosh y amante de los programas con interfaces gráficas ricas y fáciles de usar, elegí MacFamily Tree como una herramienta de ayuda en el proceso de escribir. Este programa tiene todas las ventajas de la plataforma Mac: intuitivo, sencillo, gráfico y poderoso. A través de ayudas visuales animadas, se pueden añadir en un clic nuevos miembros de una familia. Sin embargo, si el primer clic puede añadirse con los datos mínimos (nombre y parentezco), se puede llenar una ficha completa para cada individuo: nombres, apellidos, fecha de nacimiento, fecha de muerte, lugar geográfico para cada uno, una gran variedad de eventos (bautizo, matrimonio, etc.), notas, vínculos y, algo increíble, el programa automáticamente genera (desde su base de datos en línea) la lista de eventos y personajes históricos vigentes para la época en que ocurren los acontecimientos particulares de cada persona.

Una vez creado un árbol familiar, se pueden elegir diversos esquemas gráficos para ver las relaciones entre los miembros. El programa se encarga de ordenar todo de manera automática; de manera que no es necesario lidiar hasta el agotamiento con cajas, líneas y flechas; solamente con datos e información sustancial. Quizás el estilo de gráfico más impactante para los no especialistas es la vista tridimensional; muy versátil y móvil, aun cuando las figuras todavía tengan un aspecto primitivo para un generador de 3D. Pero también incluye vistas bidimensionales en abanico, tablas de antepasados y descendientes, líneas de la vida, estadísticas familiares, genograma y un maravilloso globo terráqueo tridimensional en donde se colocan automáticamente los puntos de nacimiento y muerte de cada uno de los individuos de la familia, si esta información se ha incluido en sus fichas biográficas.

Y estas son solamente algunas de las herramientas, que se complementan por diversos tipos de informes que resumen información clave, como listas de cumpleaños, eventos curiosos (generados por el propio programa según la información que se le ha proporcionado) y resumen de datos para cada miembro de la familia.

Sin duda, un programa como estos fue diseñado originalmente para genealogistas e historiadores, pero es una herramienta indispensable para escritores de novela histórica o incluso para autores que deben elaborar obras históricas didácticas, porque es posible enriquecer los materiales didácticos con gráficos de muy buena calidad, fáciles de generar sin necesidad de emplear programas de diseño (ni diseñadores). El programa, como una ventaja adicional, permite publicar sus resultados en un sitio web; de manera que estas ayudas también pueden utilizarse didácticamente para cursos impartidos a través de plataformas en línea o como material complementario adicional de publicaciones impresas. En una época en la que toda nueva novela se publica acompañada de su sitio web, este también puede convertirse en un valor mercadotécnico agregado.

Finalmente, los editores se pueden beneficiar de trabajar con sus autores con este tipo de herramientas, porque les proporciona un instrumento de revisión en textos que pueden alcanzar una gran complejidad, como es por ejemplo la clásica obra costarricense La genealogía de los conquistadores, de Samuel Stone.

Nuevo sitio de Scrivener en español

Hace algunos días publicamos un artículo sobre Scrivener, un maravilloso programa especialmente diseñado para escritores. Ahora se puede consultar una versión en español de su sitio web en la siguiente dirección: http://www.scrivener.es.

sábado, 9 de enero de 2010

Scrivener: más allá del procesador de textos

Un procesador de texto es una máquina de escribir electrónica, con hojas de papel infinitas que aparecen automáticamente conforme vamos añadiendo renglones, con herramientas para darle formato a ese texto y para la corrección y autocorrección gramatical, buscadores de palabras, anotaciones, notas al pie y contadores de caracteres. Eso es, en síntesis, lo que un procesador de texto le ofrece a un escritor: es una interminable hoja en blanco.
Hoy día existe algo más: los verdaderos programas para escritores.
Incluyen un procesador de palabras, ciertamente, pero van más lejos: son gestores de la base de datos que va creando el escritor cuando está en un proyecto grande. Un escritor, aun cuando su proyecto sea una ficción totalmente salida de su cabeza, acumula piezas de información de todas clases: entrevistas, fotografías, páginas web, extractos de revistas y enciclopedias, referencias, ideas sueltas, pequeñas anotaciones, escenas descartadas, tramas, personajes, canciones, videos... Todo es material potencial cuando se está en ciertas fases de acopio de información y, más aún, todo debe ser fácilmente localizable cuando se está en la fase activa de escritura.
Programas como Scrivener fueron diseñados por escritores que conocen bien sus necesidades y querían algo más que un procesador de palabras. Scrivener, en particular, se divide en dos secciones: el manuscrito y el archivo. En todo momento se pueden crear carpetas, subcarpetas y documentos, dentro del mismo programa, para ir almacenando todas esas valiosas piezas de información y de escritura. En el archivador se pueden colocar, en un proceso rapidísimo e indoloro, todas las páginas web, documentos de texto, PDF y multimedia (incluidos videos y mp3) que se quieran. Tiene una interfaz gráfica intuitiva y hasta elegante: en una «pizarra de corcho» se van colocando todas las fichas de nuestros diversos hallazgos (o las polaroid, en el caso de las fotos). Y para cada documento (texto, PDF, fotografía, multimedia) existe la posibilidad de incluir anotaciones, información de referencia y otros metadatos. Y si preferimos ver la estructura de lo que estamos escribiendo, en lugar de la pizarra, basta con pasarnos al modo de «esquema» (outline) y, ¡listo! Ya podemos ver cómo se está desarrollando la estructura de nuestra obra.
Otra belleza de este programa es que está especialmente diseñado para manejar proyectos grandes: obras de 300 páginas o más. Quienes hemos tenido la desventura de manipular documentos de más de 200 páginas en un procesador de textos (mi más larga pesadilla ha tenido 450 páginas, con múltiples secciones y fotografías) sabemos lo mucho que le cuesta al procesador siquiera abrir el documento, ya no hablemos de una rápida navegación, tarea poco menos que titánica.
Con Scrivener, la navegación por el proyecto lo es todo; por lo tanto es muy fácil ir de la escena 1 del primer capítulo a la escena 45 del capítulo 80 o a la ficha del personaje. Todo depende del usuario, porque el programa no le pone barreras.
Como una ventaja adicional que quienes escribimos agradecemos, encontramos el modo de escritura en pantalla completa. No solo deja por fuera toda distracción. Además es completamente personalizable: se le puede poner el color de fondo que uno desee, y también se cambia el color de la tipografía. Así, en mi caso, trabajo sobre fondo negro con un color claro, celeste pálido o beige. Mientras que otros prefieren letras verdes o blancas sobre fondos azules. Esto lo decide el escritor. Redactar de esta manera es muy descansado para la vista, maximiza el aprovechamiento de la energía (para quienes usamos portátiles esto es una ventaja) y, sobre todo, nos imbuye en nuestro trabajo como solo un escritor puede desearlo. El Scrivener incluso añade un valor adicional al modo de pantalla completa: tiene herramientas que permiten colocar a la vista una fotografía, ya sea con un fondo semitransparente o activando una paleta de anotaciones y otros recursos. Si uno está describiendo una escena en una locación o a un personaje, sin duda querrá tener a la vista el paraje del que se ha inspirado.
Ya en el lado del formato, el programa trae plantillas preestablecidas para guiones, novelas, cuentos; herramientas de formato de texto; anotaciones y pies de página que son reconocidos por cualquier procesador de texto que importe documentos en RTF y la posibilidad de incluir imágenes dentro de los archivos de texto. Tiene opciones de autoalmacenamiento cada tres minutos e incluso funciones adicionales, como el snapshot: la posibilidad de guardar versiones completas del proyecto antes de hacer cambios monumentales. Así, el escritor puede regresar cuando quiera a una versión anterior (sin arruinar) de su manuscrito.
Scrivener es uno de los programas más versátiles que un escritor puede desear (y a una fracción del precio de un procesador de textos como Microsoft Word), pero no es el único (aunque sí es mi favorito). Si bien este en particular solo existe para Macintosh, los usuarios de Macintosh y Windows pueden encontrar una gran diversidad de alternativas en el mercado. Cada una tiene alguna función en particular que los demás no tienen o manejan de forma distinta. Cada escritor deberá elegir, según su manera de escribir, su presupuesto y su plataforma, cuál puede ser el más adecuado.

Para conocer otras alternativas: hay listas comentadas de programas para Mac y Windows en las siguientes direcciones: http://www.literatureandlatte.com/links.html y http://www.writers-publish.com/book-writing-software.html. Algunos programas de mucha reputación son el Ulysses, el Storyist y el StoryMill (este último tiene versiones para Mac y PC).

martes, 5 de enero de 2010

Herramientas informáticas para escritores

A menudo creemos que se necesita muy poco para escribir: lápiz y papel son suficientes, por así decirlo. Y, en cierta forma lo son. Pero cada época, con sus innovaciones tecnológicas, ha marcado una diferencia en la manera de construir la escritura. Ya no es necesario crear una obra íntegra en la memoria, para dictarla luego, como hizo el anciano ciego John Milton con su monumental Paraíso perdido.
Hay muchos escritores y, con cada uno de ellos, múltiples formas de escribir. Cada proyecto tiene sus propias necesidades, ya se trate de ficción, investigación o divulgación. Algunas obras nacen completamente de la mente de sus autores, mientras que otras se arraigan en complejos datos obtenidos de múltiples y variadas fuentes.
Aun cuando una obra pueda nacer de la invención ficcional de un solo individuo, piénsese por ejemplo en la complejidad que alcanzó la obra total de J. R. R. Tolkien, con varios milenios de historia de la Tierra Media, cientos de personajes distintos en épocas separadas entre sí y diversidad de culturas y pueblos.
Lo mismo puede decirse de una novela histórica y, en este caso, lo que vale para una obra de ficción también se aplica a una investigación compleja sobre un periodo de tiempo determinado, incluso si el resultado final no es ficcional, sino una obra académica, de divulgación o didáctica.
Durante los próximos días revisaremos, una a una, diversas herramientas informáticas a las que los escritores con estas necesidades pueden echar mano para facilitar sus procesos creativos. Veremos programas especialmente diseñados para escritores de ficción, así como herramientas sofisticadas para la creación de líneas de tiempo, árboles genealógicos, mapas y esquemas mentales, bibliografías complejas y, ¡faltaba más!, el catálogo de la biblioteca física que tenemos en casa. Incluso los escritores con limitaciones de la vista de nuestros días tienen alternativas para escribir, más allá de un secretario o amigo.
Porque en nuestra época, la computadora personal es la nueva pluma del escritor y, sin duda, una de sus mejores y más íntimas amigas.

domingo, 8 de noviembre de 2009

"Ya veo lo que dices"

La Página del Idioma Español (http://www.elcastellano.org/) reporta esta semana una noticia que nos podría parecer de ciencia ficcion. Estos increíbles japoneses lo han hecho de nuevo: han inventado unos anteojos o gafas que pueden hacer traducción simultánea de cualquier frase dicha en otra lengua y desplegarla en la forma de un subtítulo. Si bien me imagino las posibles incomodidades de hablar con un Tele Scouter (el nombre que por ahora tiene), y pienso en los increíbles conflictos que tendrá el cerebro tratando de averiguar a qué le pone atención (a las gafas, al suelo, a la calle si estuviera conduciendo), parece destacable el esfuerzo por inventar gadgets que reducen las distancias entre los pueblos.

Todavía está pendiente la invención de un auténtico traductor universal, al estilo de la propuesta futurista de la conocida franquicia de series de televisión Star Trek. Sin embargo, entre tanto, cada año nos vamos quedando con menos excusas para comprender a nuestros vecinos. Una vez que las barreras lingüísticas hayan sido eliminadas plenamente, solo nos quedará lidiar con lo más difícil: las personalidades, los sentimientos, los razonaminetos... las personas (derivado de la palabra griega para ‘máscara’) en sí mismas. En comparación, aun cuando el dichoso aparatito para tener subtítulos en los anteojos esté bastante lejos de nuestro presupuesto actual (costará la bagatela de cien mil euros), parecería todavía barato si, además de traducirnos las palabras que el lenguaje codifica fuera capaz de ponerle subtítulos a las sutilezas humanas que vienen detrás de cada expresión lingüística. ¿Será que los japoneses podrán inventar también subtítulos para los pensamientos y las ocultas intenciones?

martes, 6 de octubre de 2009

El códice: una tecnología del libro

Hablar de “nuevas tecnologías” es una moda de nuestros tiempos modernos. A pesar de la antigüedad de la palabra tecnología, ya nuestro imaginario está muy viciado. Le anteponemos el “nueva” y, de repente, nuestra mente ve pantallas luminosas y toda suerte de aparatos electrónicos. Nuestra imaginación se ha quedado varada en la ilusión de la era digital y obnubila una memoria colectiva más antigua, de innovaciones que se remontan al primer homínido que le encontró un uso inteligente a los huesos roídos de la carroña. Y esto era tecnología y, para la época, muy novedosa, aunque no usara baterías ni tuviera código binario.

Las tecnologías del libro mutaron muchas veces antes de alcanzar su forma moderna. El códice fue quizás la más exitosa de esas mutaciones. El concepto fue revolucionario: las páginas dobladas (y luego cortadas) en forma rectangular permitían saltar hasta cualquier parte del texto, sin obligar a una lectura estrictamente lineal o integral; era portátil (se podía llevar atado al cinto o en una pequeña bolsa); era más fácil de almacenar y se podía leer en soledad. La era de la imprenta además introdujo la posibilidad de reproducir cientos, luego miles de copias de un ejemplar único y, con ello, el libro “literalizó” la cotidianidad.

Todavía hoy, el códice tradicional de papel se resiste a desaparecer por tratarse de una tecnología llena de ventajas: no emite gases contaminantes, no requiere de una fuente de energía para funcionar, es posible hacer marcas a voluntad y recuperar lo leído en cualquier momento, se puede comparar sin problemas un libro con otro y hasta pasar de mano en mano sin costo adicional.

Otras ventajas técnicas: su licencia de uso es vitalicia (o al menos, vitalicia en relación con la existencia útil del libro que, a menudo, excede por mucho el periodo vital de sus primeros compradores), no está limitada a un número finito de usuarios, sobrevive los vertiginosos cambios tecnológicos de la era electrónica (en otras palabras, no es necesario pasar de formatos obsoletos a los nuevos programas de lectura de textos) y tienta poco a los ladrones callejeros, deslumbrados y distraídos por los teléfonos de última generación y las computadoras portátiles.

Los detractores del añejo códice arguyen los problemas de almacenamiento físico, la destrucción de árboles para la producción de celulosa, la contaminación producida por la industria de papel y los altos costos ambientales y monetarios del traslado de un libro desde el lugar en que se imprime hasta las manos de su lector final. Es el costo de la producción física frente a la efímera existencia electrónica, a la merced del cambio permanente y de la inmanifestación material; una industria que tampoco es inocente en su cuota de destrucción medioambiental.

Aun cuando intuyamos que la sustitución del códice de papel es inminente, vale la pena darle su justo lugar en la historia humana como la tecnología que realmente es. La era electrónica apenas ocupa parte del último siglo de la evolución humana; el códice, en cambio, ya tiene dos milenios entre nosotros y, por ahora, sigue estando aquí, sin señas claras de desaparecer pronto.