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sábado, 18 de diciembre de 2010

¿Por qué se necesita la norma editorial?

La nueva ortografía del español ha levantado mucha polémica. La solución, fortuita o no, ha sido echar lo que a los oídos de un audiencia acostumbrada a seguir órdenes ha sonado como un balde de agua fría: la norma es opcional. Cada hablante decidirá si la sigue o no.

Esto ha dejado a muchos en la incertidumbre: “¿Cómo puede ser opcional una regla? ¿Y ahora cómo se hacen las cosas?”. Cuando la adecuada reflexión no acompaña esta clase de afirmaciones, se corre el riesgo del caos. Si ninguna regla es “obligatoria”, ¿para qué estudiar gramática? ¿Para qué hacer el esfuerzo de aplicar un estándar? ¿Para qué necesito conocer la diferencia entre un adjetivo y un pronombre, si de todas maneras importa poco la forma en que los escriba? Y si ahora todo es correcto, ¿por qué la editorial me pide que haga las cosas de una cierta manera…?

La ortografía y las normas gramaticales son un instrumento necesario para garantizar la comunicación. No escribimos para nosotros; escribimos porque tenemos la necesidad de comunicar algo: tenemos algo que decir y no es suficiente gritarlo al viento y conformarse con su desvanecimiento en el aire. Las palabras emitidas a través de la oralidad son efímeras y bellas en su trágica e inevitable desaparición y en los límites de su alcance. La voz llega hasta donde llegue el sonido. La onda expansiva tiene un final. Y aun cuando la tecnología de las comunicaciones ha cambiado esta condición, igual desaparecen una vez finalizada la transmisión. Por eso escribimos. Por eso sentimos la necesidad de dejar, literalmente, una marca en el mundo. Una huella tangible y visible cuya permanencia se extienda más allá de nuestro periodo vital. La escritura es un medio para mantener la ilusión física de la eternidad…

Un lugar común, nada nuevo digo, excepto traer la atención sobre el hecho incuestionable de que escribo para ser leído por otro, por alguien distinto a mí. ¿Y cuáles son las consecuencias de este hecho desde el punto de vista editorial? Si quien lee el texto carece del código para descifrarlo, el acto mismo de la lectura es imposible. Y aun las palabras más bellas escritas en piedra se desvanecerán y perecerán en la sombra de los tiempos, si se convierten en signos sin código, en formas sin contenido.

La norma editorial se encarga de mantener un código estable, común y difundido entre todos los lectores para garantizar el acceso a los contenidos del texto. La ortografía, la ortotipografía e incluso la gramática son instrumentos para mantener la estabilidad de los signos gráficos que hacen posible la comunicación textual. La gramática también existe en la oralidad: las oraciones tienen sintaxis, la posición de las palabras contribuye a desentrañar su significado.

En el texto escrito la sintaxis y la morfología por sí mismas son insuficientes; necesitan de signos gráficos que las hagan evidentes y reproduzcan apenas algunas de las variaciones significantes de la voz. Por ejemplo, ¿cómo se escriben un tono, un énfasis, una pausa? Un ejemplo típico del español es la tilde: un signo gráfico modificador (ni siquiera alcanza el estatus de letra) para indicar una diferencia en la entonación. Ni hablar de los gestos, totalmente ausentes del texto escrito, si no es mediante la descripción.

Una editorial, cualquiera que sea su especialidad, es una empresa de comunicación cuya finalidad principal es publicar textos escritos que serán difundidos entre una amplia audiencia. El tiraje mínimo es de 500 ejemplares (aunque ya se hacen tirajes aún menores) y un best seller puede llegar a vender millones de copias, no solo en el pináculo de su éxito sino a lo largo del tiempo (long seller). Y cada copia, ya lo sabemos, pasará por muchas manos en su larga vida, que puede alcanzar siglos.

En consideración a esos lectores incontables redactamos, seguimos y aplicamos las normas editoriales. No nos motiva el interés de estar constantemente dictando órdenes y creando reglas. Nos interesa mantener un código generalizado y ampliamente difundido que garantice el éxito del acto de lectura. Nuestros libros se publican para ser leídos y esa es razón suficiente para hacer el máximo esfuerzo por publicar textos legibles y comprensibles por toda la audiencia. Esa es la función de la norma.

Así, la nueva ortografía de la Real Academia Española y las Academias Americanas es opcional; pero las editoriales seguirán necesitando sus estándares de publicación y esos, para los colaboradores de esas editoriales, no son opcionales: son un gesto de amor y un acto de responsabilidad hacia sus lectores.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lineamientos para la corrección de estilo

La corrección de estilo es una labor técnica de paciencia, precisión y fundamentación continua de la toma de decisiones. No es una ciencia, sino un arte científicamente fundamentado: dentro de un marco normativo y unas ciertas reglas de expresión, hay muchas soluciones posibles –todas gramaticalmente correctas– cuyas variantes estarán determinadas por las circunstancias, las posibilidades y hasta la creatividad de las personas involucradas durante el proceso. Quien se atreve a convertirse en corrector deberá aprender su oficio, demarcar su campo de acción y comunicar sus reglas de trabajo para mantener una sana relación con las personas a quienes les brinda sus servicios profesionales.

Una de las carencias del medio de los correctores de estilo, al menos en mi país, es la falta de unidad con respecto a lo que la corrección abarca, cuáles son sus límites y hasta dónde puede llegar el corrector. Ante la ausencia de documentación y bibliografía, algunos de nosotros terminamos por escribir nuestros propios lineamientos para hacerlos circular entre colaboradores y clientes.

Con la esperanza de que en el futuro dispongamos de una comunidad de correctores más organizada y unida, comparto un documento surgido de la experiencia diaria. Tal vez sea de utilidad para otros y pueda ser objeto de refinamiento gracias a los comentarios y aportes de los lectores de este blog.

Este documento se elaboró específicamente para el contexto de la producción de libros impresos en el área educativa. He realizado ajustes, para no limitarlo a su entorno original y que, eventualmente, pueda ser adaptado a la corrección en otros ámbitos o áreas.


Lineamientos para la corrección de estilo

1. Corrección de estilo, no corrección filológica
En este documento se emplea la expresión corrección de estilo, y a las personas que realizan este trabajo les denomina correctores (bajo el entendido de que este vocablo abarca por igual a correctoras y correctores). [Es común, en Costa Rica, escuchar las expresiones corrección o revisión filológica junto con las de corrección o revisión de estilo. A menudo, se cree que existe una diferencia entre ambas y su uso diferenciado suele llevar a la confusión. El término “revisión” no lleva implícita la acción de corregir. En cuanto al calificativo “filológica”, parece ser un fenómeno localizado, exclusivo de Costa Rica, derivado del hecho de que, en este país, las correcciones de estilo son realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología].


2. Qué es la corrección de estilo
La corrección de estilo consiste en el proceso de revisión, limpieza y perfeccionamiento del texto para que sea lecturable (claridad y comprensión), exacto (expresión correcta de las ideas), coherente (desarrollo del discurso) y uniforme (decisiones editoriales sistemáticamente aplicadas en toda la obra).

Para lograr esto, el corrector deberá eliminar los errores gramaticales, ortográficos y ortotipográficos, así como lograr unidad y consistencia en los aspectos relacionados con un adecuado y correcto uso de la lengua, como sintaxis, ortografía, semántica, reiteraciones léxicas o eidéticas, redundancias innecesarias, ambigüedades, contradicciones, uso de mayúsculas, signos, puntuación y acentuación, topónimos incorrectos y erratas.

Procurará que el estilo del texto se adapte a la expresión general de la norma del español, pero tomando en cuenta los giros estilísticos propios del habla del público meta de la obra, así como el área, disciplina o género de la obra. Así mismo, velará por su adecuación a los requisitos de comunicación del entorno en donde se empleará el texto, sin incurrir en la sobrecorrección o en la pérdida de los giros estilísticos propios del autor que puedan ser gramaticalmente válidos, comprensibles distintivos de un sello personal.


3. Quién lleva a cabo la corrección de estilo
En Costa Rica, muchas instituciones solicitan que las correcciones de estilo sean realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología o su equivalente (según la nomenclatura propia de cada universidad). Lo deseable es que la persona tenga formación académica y experiencia demostrable en el área de la corrección.


4. Nivel de intervención
El corrector de estilo señalará los problemas propios de su área de especialización, es decir, la clara y correcta expresión de las ideas, respetando y manteniendo la intención del autor del material. Se espera, por lo tanto, una revisión que contribuya a ajustar y perfeccionar el texto, pero que no implique su reescritura completa o una alteración de los contenidos expuestos. Si el corrector de estilo detecta problemas tan graves que requieran tal intervención profunda del material, deberá comunicarlo de inmediato al editor a cargo para que sean este y el autor, siguiendo las observaciones del corrector de estilo, quienes realicen ese proceso de reescritura.

Según las leyes de derechos de autor, se protege la forma, no las ideas; por lo tanto, el corrector debe aprender a identificar cuándo su labor traspasa esa delicada línea, para no incurrir en una violación al derecho moral del autor sobre su obra. Esto no debe ser excusa, por parte del autor, para rechazar correcciones legítimas y necesarias desde el punto de vista de la lengua o de las normas editoriales a las que deba acogerse.


5. Limpiar/normalizar/unificar
El corrector de estilo velará por el uso coherente del estilo comunicativo y los signos ortotipográficos, de manera que la obra mantenga unidad editorial. Seguirá para esto los lineamientos que la editorial o el cliente le proporcionen. Para este fin, el autor y el editor entregarán una lista de decisiones críticas tomadas durante el proceso de escritura y edición. El corrector deberá identificar aquellos aspectos adicionales que requieran ser limpiados, normalizados o unificados, realizará una recomendación al editor o autor y, conjuntamente, definirán los criterios de corrección, para su posterior aplicación sistemática.


6. Evitar la sobrecorrección
Se denomina sobrecorrección al acto de modificar expresiones, párrafos o frases que ya son gramatical y estilísticamente correctos. Si bien el corrector, debido a su experiencia y especialización profesionales, puede tener una mayor facilidad para proponer alternativas, a veces más elegantes o mejor resueltas, se le sugiere evitar recargar el documento de correcciones innecesarias con el fin de procurar un proceso editorial más ágil y de respetar la labor realizada tanto por el autor como por el editor de la obra.

Este es un llamado a la prudencia, con el fin de evitar un exceso de intervención por parte del corrector. Cuando el corrector tenga la firme convicción de que algo que ya está correcto puede ser corregido, identificará mediante el uso de otro color de tinta o lápiz su sugerencia, y dejará muy en claro que esta no es obligatoria y, por lo tanto, su aplicación está sujeta a la aprobación del autor y del editor. Se le sugiere reducir al mínimo indispensable estas sugerencias.


7. Criterios de aplicación de normas y uso
En la corrección léxica, morfológica, sintáctica y ortotipográfica, se dará preferencia a la aplicación de las normas aceptadas del español, según lo dictamina la Real Academia Española (RAE) en sus publicaciones más actualizadas.

Esta aplicación debe ser flexible y tomar en cuenta aspectos como el uso, las variantes regionales, las características del público al que está dirigido el material y las particularidades del área académica o científica a la que pertenece el material. De esta manera, entre dos formas correctas y aceptadas, se preferirá la que es más utilizada en Costa Rica, como periodo sin tilde (uso costarricense) frente a período con tilde (propio de otras regiones lingüísticas). [Usted, lector, reemplace esta última oración con su país o zona de acción].

Con el fin de mantener un lenguaje más comprensible, cuando el uso esté muy extendido y haya sido registrado por diccionarios de uso reconocidos (María Moliner, Vox, Clave), se preferirá la forma más extendida en lugar de la académica (o estrictamente correcta), tomando en cuenta que la tendencia actual de la RAE es la de aceptar las variantes de uso en países no peninsulares. Tal es el caso de concientizar, palabra que durante muchos años fue considerada incorrecta por no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero que la última edición de este diccionario (2001) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) ya aceptan para el entorno geográfico latinoamericano.

Para neologismos todavía no registrados en ninguna fuente lexicográfica normativa, se procurará una investigación en corpus de la lengua (CREA, CORDE, Corpusdelespañol.org) y una verificación en buscadores en línea, para confirmar que tal forma está ya estandarizada en el uso. Este será un recurso únicamente para casos excepcionales.

Se aplicarán también las normas editoriales definidas por la editorial o el cliente, ya sea a través de su manual de estilo, un documento de lineamientos o de las instrucciones específicas por parte del editor a cargo.


8. Signos y llamadas
El corrector le entregará a su cliente el código de signos o llamadas empleado durante la corrección. Se puede consultar, para referencia, los signos recomendados por José Martínez de Sousa en el Manual de estilo de la lengua española (2007).


9. Informe de corrección
El corrector emitirá un informe breve, con un sumario de los principales cambios que aplicó sistemáticamente en el texto, según sus particularidades. Indicará el nivel de corrección, los criterios de unificación y los cambios implementados de manera transversal en toda la obra (muletillas frecuentes, vicios lingüísticos, etc.). Si lo desea, también puede adjuntar otros documentos, como tablas de decisiones u otros recursos que haya generado durante la corrección. Esto servirá de guía para dejar constancia sobre su intervención en la obra.


10. Corrección en papel o digital
La corrección se llevará a cabo en papel, con marcador rojo para las modificaciones obligatorias y lápiz para las sugerencias o explicaciones. Si hubiere necesidad de utilizar otro color, el corrector lo advertirá en su informe.


11. Bibliografía y herramientas de corrección
El corrector utilizará la bibliografía sugerida en sus versiones más actualizadas. En el caso del DRAE, específicamente se le recomienda el uso de la edición en línea, puesto que esta se actualiza diariamente con modificaciones y adelantos de la próxima edición.


12. Particularidades del estilo didáctico
El estilo académico didáctico se caracteriza por la claridad y la precisión comunicativa de contenidos académicos, científicamente fundamentados y, en la medida de lo posible, demostrables. Por su propia naturaleza, fuera de casos especiales, debe evitar la ambigüedad, la oscuridad expresiva y la subjetividad injustificada.

Por motivos didácticos, la redacción debe ser fácil de comprender, para que el estudiante, además de lidiar con la complejidad inherente a los contenidos de una asignatura, no deba también realizar un esfuerzo extra para entresacar la información a partir de una redacción confusa, errática, macarrónica, llena de recovecos y con problemas de coherencia. La expresión lingüística, vista así como medio expresivo, debe facilitar la comprensión de los contenidos en lugar de añadirle una complejidad innecesaria e injustificada.

El estilo también estará determinado por las estrategias de comunicación con orientación didáctica, previamente elegidas por el autor y el equipo de producción. Esto puede variar desde el uso de un estilo impersonal, muy distante y objetivo, hasta la aplicación de un tono directo, que interpele al lector. Cualquiera que sea el caso, el corrector deberá velar por una aplicación coherente del estilo elegido, en todos sus aspectos formales.

El nivel de complejidad de la escritura también estará condicionado por el nivel del curso y las características del público destinatario. El corrector deberá consultar el nivel de la carrera o programa al que pertenece la asignatura, para identificar potenciales problemas expresivos que requieran de algún ajuste en la redacción.

domingo, 17 de octubre de 2010

La coma en enumeraciones de cifras decimales

La regla de las enumeraciones es muy sencilla: si los elementos son simples (una sola palabra o concepto), se utiliza coma; si hay dos elementos coordinados, se utiliza punto y coma. Pero ¿qué se hace ante el hipotético caso de una enumeración simple formada por cifras decimales que llevan coma en obras publicadas en español?

En este caso, para evitar ambigüedades de lectura, la enumeración, aunque pueda considerarse simple, recibe el mismo tratamiento que las enumeraciones complejas: se emplea el punto y coma. Esta es una solución de sentido común y una aplicación de la regla: si existe ambigüedad semiótica, se emplean los signos para crear contraste.

Ejemplo:
Los resultados de las operaciones son los siguientes: 6,5; 7,8; 4,25 y 9,32.

Si el sentido común y una interpretación de la regla general no fuesen suficientes, esta es también la recomendación de Javier Bezos en su obra Tipografía y notaciones científicas. El mismo autor añade que esta regla también se aplica en química: “separa series de localizadores que ya han sido separados con comas” (2008: p. 31).


Nota: Gracias a Ana María por apuntar este problema frecuente en las obras de matemática.

domingo, 10 de octubre de 2010

La coma en enumeraciones complejas

Como parte de la serie sobre el uso de la coma en enumeraciones, ya tratamos el tema del uso de la coma en enumeraciones simples, abiertas y cerradas. Ahora corresponde pasar a las reglas sintácticas de las enumeraciones complejas en las que la coma por sí sola es insuficiente para garantizar la lecturabilidad de la oración.

En una enumeración compleja, los componentes de la lista ya no son una sola palabra o concepto: son al menos dos núcleos coordinados entre sí y que, obligatoriamente, separo entre ellos por medio de comas. De esta manera se forman “parejas”, por así decirlo, que van de la mano dentro de la lista más grande. Para hacer las distinciones correctas, se acude al auxilio del punto y coma:

Cada grupo irá por un lado diferente: el primero, por la izquierda; el segundo, por la derecha; el tercero, de frente.

Para hacer más visible la relación entre los elementos, podemos descomponer la lista como sigue:

  1. el primero, por la izquierda
  2. el segundo, por la derecha
  3. el tercero, de frente
La lista se compone de tres elementos, pero cada elemento es una pareja de dos conceptos distintos: un grupo y una dirección. En la horizontal, las parejas se separan por comas; en la vertical, por punto y coma. Así tengo dos niveles semánticos claramente separados gracias a la combinación gráfica de signos distintivos.


¿Y si es una lista cerrada que usa conjunción?
Según vimos en el artículo de enumeraciones simples, existe una regla de oro que se aplicaba en ese contexto: jamás se escribe coma antes de la conjunción.

En las oraciones complejas esta regla desaparece y se dispone de dos alternativas: se puede escribir coma o punto y coma, sin que exista ninguna indicación por parte de los gramáticos para sugerir que una y otra sea más o menos “correcta”.

En el armario colocó la vajilla; en el cajón, los cubiertos; en los estantes, los vasos, y los alimentos, en la despensa. (DPD, “Coma”, §2.1).

Se dieron cita el presidente ejecutivo, Francisco Ruiz; el consejero delegado, Pedro García; el vocal, Antonio Sánchez; y el secretario general, Juan González. (DPD, “Punto y coma”, §3a).


¿Por qué se necesita el punto y coma?
La coma es democrática: todos los componentes tienen la misma jerarquía, están en el mismo nivel. ¿Pero qué pasa cuando tengo varios niveles de enunciación?

El segundo ejemplo citado arriba es perfecto para mostrar la confusión que se produciría al reemplazar el punto y coma por comas:

Se dieron cita el presidente ejecutivo, Francisco Ruiz, el consejero delegado, Pedro García, el vocal, Antonio Sánchez y el secretario general, Juan González.

Mientras que en la primera versión tenía una reunión de cuatro personas, en la segunda oración se reúnen siete individuos; a unos los llamo por su nombre y a otros por su cargo. A lo mejor puedo decir que están desordenados; a lo mejor podría agrupar cargos de un lado e individuos de otro; pero siguen siendo siete. ¡Pequeño detalle!


¿Y si la enumeración intercala elementos simples y complejos?
En este caso, es necesario primero revisar el estilo y analizar por qué se produce esta enumeración mixta. Si está plenamente justificada, es coherente y, en efecto, deberá quedarse así, se aplicará esta otra regla: basta que uno de los componentes de la enumeración sea complejo para forzar la introducción del punto y coma.

Por esa razón, y para no afear o recargar demasiado una enumeración que de por sí pueda ser compleja, vale la pena revisar con mucho desapego por la primera versión y ver si es mejor reformular la enumeración para unificarla, ya simplificando todos sus componentes, ya armando parejas complejas en toda la lista.

Entre otros, como, por ejemplo: cómo abrir las enumeraciones cerradas

En los dos artículos anteriores hablamos del uso de la coma en las enumeraciones cerradas y abiertas.

Existe una tercera forma de lista o enumeración, a medio camino entre esas dos. No es muy recomendable, pero existe y, de hecho, aparece a menudo en obras didácticas:

En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores: la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.

La lista no se cierra porque se está diciendo, explícitamente, que existen otros componentes no mencionados al introducir entre otros; sin embargo, el autor ha elegido destacar los que considera más relevantes o aquellos en los que concentrará sus esfuerzos explicativos.

Mi recomendación personal es emplear siempre la conjunción, para cerrar la lista, e indicar, como explicación adicional, que existen más elementos no mencionados.

También me gusta recomendar la simplicidad y evitar la redundancia innecesaria. Otra manera de redactar el ejemplo anterior habría sido reemplazar los dos puntos por como o utilizar por ejemplo; pero, en ese caso el “como” y el “entre otros” se vuelven redundantes porque son maneras distintas de decir lo mismo.

En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores como la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.

En las condiciones climáticas de una región intervienen múltiples factores; como por ejemplo, la deforestación, el nivel de pluviosidad y la temperatura, entre otros.


Las tres oraciones son gramaticalmente correctas. El autor y el editor elegirán la más adecuada atendiendo otra clase de criterios; por ejemplo, si es más directa y sucinta, si se adapta mejor al estilo del autor o si ya se han repetido muchas oraciones parecidas y se quiere alternar estilos. Elija la más adecuada para su texto, pero prefiera siempre las más sencilla, sin descuidar la precisión.

La coma en las enumeraciones simples abiertas

En el artículo anterior definimos las listas cerradas o enumeraciones completas. En estas, el autor enumera todos los componentes de su lista y no deja nada por fuera. En las listas abiertas o enumeraciones incompletas se le deja la tarea al lector quien, con su sentido común o conocimiento previo, deberá finalizar la lista:

Quiero que vayas al supermercado y compres queso, pasta, tomates, albahaca, etcétera.

En este ejemplo, el interlocutor seguramente sabe qué más debe comprar. Digamos que “yo”, quien da la orden de ir a supermercado, está preparando una lasaña de berenjena que lleva queso, pasta, tomates y albahaca. El interlocutor ya sabría que debe cubrir la lista completa, aun si no se le está dando. Presumimos que “yo” y el “otro” se conocen tan bien, que no hace falta decir más.


Sintaxis de las listas abiertas
Las listas abiertas pueden concluir de varias maneras: con la palabra etcétera, con puntos suspensivos o simplemente con un punto.

Me robo los ejemplos del DPD:

Acudió toda la familia: abuelos, padres, hijos, cuñados, etc.
Estamos amueblando el salón; hemos comprado el sofá, las alfombras, la lámpara...
Todo en el valle transmite paz: los pájaros, el clima, el silencio.
El uso del etcétera en enumeraciones abiertas
Cuando se emplea el etcétera pueden presentarse dos escenarios: la palabra aparece en medio de una oración que continúa o puede ser la última palabra de esa oración.

Si está en medio de la oración, se aplica la regla de separar con coma la palabra etcétera del resto del enunciado (DPD, “coma”, §1.2.12). En este caso, se puede emplear tanto la palabra completa, como su forma abreviada.

Si está al final de la oración, es necesario emplear la palabra completa. (Sobre este tema, puede verse el artículo en este mismo blog: “Etcétera: uso, abuso y ortotipografía”).

Etcétera en medio de la oración:

Acudió toda la familia: abuelos, padres, hijos, cuñados, etc., y se armó una fiesta muy alegre.
Acudió toda la familia: abuelos, padres, hijos, cuñados, etcétera, y se armó una fiesta muy alegre.
Etcétera al final de oración:

Acudió toda la familia: abuelos, padres, hijos, cuñados, etcétera.
El uso de la abreviatura queda sujeto a la decisión del autor (a menos que haya algún estilo editorial en contra).


¿Es recomendable usar enumeraciones abiertas o inconclusas?
Esta clase de listados, si bien son gramaticalmente correctos, pueden ser censurables en cierta clase de documentación; por ejemplo, en las obras académicas didácticas en donde el exceso y abuso de enumeraciones abiertas deja inconclusa la idea. El problema es que se da por un hecho que el lector/estudiante es capaz de completar la lista por sí mismo y se produce una sensación general de vaguedad e imprecisión en la exposición.

En otros textos, como una obra literaria, correcta y estratégicamente situados, pueden introducir un aire de misterio y dejar abierta la puerta a la imaginación del lector para completar la idea.

Las enumeraciones abiertas deben usarse con medida, siempre en el momento justo, en el lugar pertinente, atendiendo consideraciones como el conocimiento previo del lector y la universalidad de la enumeración. Debe evitarse emplear este tipo de enumeraciones por vagancia o pereza: el lector merece nuestro respeto y, por lo tanto, es nuestra responsabilidad aportar precisión y claridad a través de la expresión escrita.

La coma en las enumeraciones simples cerradas


En el artículo anterior hicimos un cuadro sinóptico de escenarios relacionados con el uso de la coma en enumeraciones y sus respectivos ejemplos. Este artículo se centrará en la explicación de uno de esos escenarios: las enumeraciones simples abiertas abiertas.

Las enumeraciones simples son aquellas compuestas por ideas, objetos, personajes o, en general, sustantivos simples sin mayor explicación.

Cada núcleo de la enumeración puede estar formado por una sola palabra (ejs.: café, azúcar, limón, flores) o por varias palabras íntimamente relacionadas y no separadas por comas (ejs.: caja de chocolates, botella azul, libros prestados, comida china).

Ahora bien, como no todo en gramática es forma, también hay que atender a los contenidos. ¿La enumeración es una lista completa o es una lista abierta, inconclusa, sugerida?

En las listas cerradas, todo está dicho: Quiero que vayas al supermercado y compres queso, pasta, tomates y albahaca. No quedan cabos sueltos para el lector: lo que se le quería decir, está ahí. No debe presuponer o imaginar nada.


La sintaxis de las listas cerradas
La Real Academia Española, en su Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), recomienda redactar las listas cerradas de la manera más explícita posible. En otras palabras, empleando una conjunción (y, e, o, u, ni) antes del último elemento de la lista para darle la señal inequívoca al lector de que la lista se ha terminado y es concluyente:

Pasé al supermercado a comprar jabón, sal marina, azúcar, cereal y una caja de chocolates.

Se puede elegir cuento, poesía o teatro.

No quiere disfrazarse de vampiro, cazador ni enano.



Regla de oro: nunca se escribe coma antes de la conjunción
En las enumeraciones simples, se aplica una regla de oro inquebrantable: jamás se escribe coma antes de la conjunción. Este error es muy frecuente y es necesario corregirlo en los manuscritos.

En otras lenguas, como en inglés, algunos manuales y gramáticos recomiendan la regla contraria. En español, que nos quede claro y grabado en la memoria, no se escribe coma delante de la conjunción en una enumeración simple. Nótese que recalco en una enumeración simple porque en las enumeraciones complejas (tema de otro artículo) se aplica una regla diferente.

Incorrecto:
Pasé al supermercado a comprar jabón, sal marina, azúcar, cereal, y una caja de chocolates.

Se puede elegir cuento, poesía, o teatro.

No quiere disfrazarse de vampiro, cazador, ni enano.

En síntesis
Las enumeraciones simples cerradas tienen reglas también sencillas: todo se separa por coma, requieren de una conjunción y nunca se pone coma antes de esta conjunción. Siga estas recomendaciones y así la corrección de estilo podrá concentrarse en lo verdaderamente relevante, en lugar de perder demasiado tiempo con estas pequeñas formalidades.

sábado, 9 de octubre de 2010

La coma en enumeraciones: vistazo general

Uno de los principales usos de la coma es separar los componentes dentro de una enumeración. Crea la ilusión de aislamiento y, al mismo tiempo, construye una secuencia, un conjunto, una fila ordenada de objetos, personas, ideas… (Esa oración que acaba de concluir existe gracias a esa coma de enumeración). Lo esencial es darle al lector la orden de preparar, en su re-creación del texto, un lugar (una caja, ático, almacén…) en donde va a situar, bajo la misma categoría, una secuencia de conceptos yuxtapuestos unos a los otros que, por el artilugio de la coma, se homologan y democratizan: se les ve como iguales; ya sea por los objetos que describen, por las categorías que introducen o incluso por sus funciones gramaticales.

Vista así la regla, parece muy sencilla. ¿Por qué entonces hay tantos errores en su aplicación? La clave está en los detalles, las combinaciones y las variaciones.

Distinguiremos varios temas y escenarios:

  1. Enumeraciones simples de listados completos con conjunción
  2. Enumeraciones simples de listados completos sin conjunción
  3. Enumeraciones simples de listados incompletos o abiertos
  4. Enumeraciones complejas de listados completos
  5. Enumeraciones complejas de listados incompletos
Finalmente queda el tema de la ortotipografía de la coma, el punto y coma y el punto final, dónde van sus espacios, cuántos espacios llevan y demás minucias.

Puesto que es demasiada información para cubrirla en un único artículo, he decidido fraccionar las explicaciones en varios artículos. Dejo aquí únicamente un cuadro de ejemplos, para quien pueda descifrarlo todo de una mirada minuciosa. Con el fin de hacer más útil la sinopsis, he empleado los ejemplos proporcionados en el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), en las entradas “Coma” y “Punto y coma”. En los ejemplos incorrectos, he variado los problemas posibles, con la esperanza de tener un pequeño catálogo de potenciales errores.

Escenario Correcto Incorrecto
Enumeraciones simples de listados completos Ayer me compré dos camisas, un pantalón, una chaqueta y dos pares de zapatos. Ayer me compré dos camisas, un pantalón, una chaqueta, y dos pares de zapatos.
No le gustan las manzanas, las peras ni los plátanos. No le gustan las manzanas, las peras, ni los plátanos.
¿Quieres té, café o manzanilla? ¿Quieres té café o manzanilla?
Enumeraciones simples de listados completos sin conjunción Llegué, vi, vencí. Llegué vi vencí.
Todo en el valle transmite paz: los pájaros, el clima, el silencio. Todo en el valle transmite paz: los pájaros el clima el silencio.
Enumeraciones simples de listados incompletos (pueden terminar en etcétera o puntos suspensivos) Acudió toda la familia: abuelos, padres, hijos, cuñados, etcétera. (Si no hay punto final, se puede usar la abreviatura: etc.). Acudió toda la familia: abuelos; padres; hijos; cuñados; etc.
Estamos amueblando el salón; hemos comprado el sofá, las alfombras, la lámpara... Estamos amueblando el salón; hemos comprado el sofá, las alfombras, la lámpara...
Enumeraciones complejas de enunciados completos (con conjunción) Se dieron cita el presidente ejecutivo, Francisco Ruiz; el consejero delegado, Pedro García; el vocal, Antonio Sánchez; y el secretario general, Juan González. Se dieron cita el presidente ejecutivo, Francisco Ruiz, el consejero delegado, Pedro García, el vocal, Antonio Sánchez, y el secretario general, Juan González. (Cambia el sentido de la oración).
En el armario colocó la vajilla; en el cajón, los cubiertos; en los estantes, los vasos, y los alimentos, en la despensa. En el armario colocó la vajilla, en el cajón los cubiertos, en los estantes los vasos, y los alimentos en la despensa.
En el armario colocó la vajilla; en el cajón, los cubiertos; en los estantes, los vasos; y los alimentos, en la despensa. En el armario colocó la vajilla en el cajón los cubiertos en los estantes los vasos y los alimentos en la despensa.
Enumeraciones complejas de enunciados completos (sin conjunción) Cada grupo irá por un lado diferente: el primero, por la izquierda; el segundo, por la derecha; el tercero, de frente. Cada grupo irá por un lado diferente: el primero, por la izquierda, el segundo, por la derecha, el tercero, de frente.
Ortotipografía Estamos amueblando el salón; hemos comprado el sofá, las alfombras, la lámpara... Estamos amueblando el salón; hemos comprado el sofá , las alfombras ,la lámpara ...

martes, 21 de septiembre de 2010

Ortotipografía: los signos de interrogación y exclamación

La capacidad humana de hacerse preguntas y de asombrarse ante el mundo es una de las claves de la evolución y el aprendizaje. Por la misma razón, hemos creado signos para representar estas dos modalidades de pensamiento en la escritura. Sin embargo, con mucha frecuencia escucho dudas reiteradas sobre cómo se utilizan, cuándo se escriben y cuáles son sus reglas ortotipográficas.

En lo que a los signos de interrogación y exclamación concierne, las convenciones varían de una lengua a otra. Por esa razón, aquí nos concentraremos en las normas del español.

¿Cuáles son los signos de interrogación y exclamación?

Los signos de interrogación son esas hoces que terminan en un punto, con las que hemos enmarcado el subtítulo de este apartado: ¿ ?. Los de admiración se distinguen porque se forman con una línea recta, terminada en punto: ¡ !. Como acabo de mostrar, existen dos tipos: uno de apertura y uno de cierre. Es incorrecto situar el signo de cierre en la posición de apertura o a la inversa:

Correcto

¿Me prestas tu libro de cohetes?

Incorrecto

?Me prestas tu libro de cohetes?

¿Siempre se necesita escribir el signo de apertura?

Sí, siempre y cuando estemos escribiendo en español. En español, en el habla, es posible transformar la misma oración (con idéntica estructura sintáctica) en una pregunta o en una exclamación, gracias al poder de la entonación, que en la escritura representamos por medio de signos: Vas a ir al cine no es lo mismo que ¿Vas a ir al cine? o, incluso, que ¡Vas a ir al cine!; en cada caso hay un matiz de significado diferenciador.

Necesitamos el signo de apertura para indicarle al lector el punto exacto de la enunciación en donde se produce el cambio de significado.

¿Por qué a veces se escribe signo de puntuación detrás del signo y a veces no?

Los signos de interrogación y admiración tienen valor de punto final, siempre y cuando no vayan seguidos de una coma o de un punto y coma. Por lo tanto, la adecuada puntuación de la frase dependerá, en primera instancia, de la intención del escritor y, en segunda, del juego de signos, mayúsculas y minúsculas de la oración.

Uno de los casos en donde más se presta a confusión es en la enumeración de preguntas después de dos puntos. La elección entre una alternativa y otra dependerá del tipo de idea que se desee transmitir. Los siguientes son dos ejemplos correctos de puntuación con los signos de interrogación:

Ejemplo 1

La humanidad se ha formulado numerosas preguntas cruciales a través de su historia: ¿cuál es la clave de la vida?, ¿existen poderes superiores que determinen los designios humanos?, ¿cómo se justifica el gobierno de los pocos sobre los muchos?, ¿hasta qué punto se puede dejar el poder en manos de los pueblos?

Ejemplo 2

La humanidad se ha formulado numerosas preguntas cruciales a través de su historia: ¿Cuál es la clave de la vida? ¿Existen poderes superiores que determinen los designios humanos? ¿Cómo se justifica el gobierno de los pocos sobre los muchos? ¿Hasta qué punto se puede dejar el poder en manos de los pueblos?

Nótese que en ningún caso se emplea el punto, porque el signo de interrogación ya tiene valor de punto. Lo que sí procede es dejar un espacio en blanco entre una oración y otra. En cambio, si se toma la decisión de separar las preguntas por medio de comas, el signo de interrogación pierde su valor de punto final y, por lo tanto, la siguiente oración debe iniciar con minúscula.

¿En qué estriba la diferencia entre una manera de escribir la secuencia y la otra?

Es una cuestión de estilo, de tono de voz, por así decirlo. Un punto supone una pausa mayor, una separación más tajante entre una expresión y otra, un ritmo más cadencioso que obliga a lanzar la idea y hacer un silencio. La enumeración por medio de comas nos dice que todas las preguntas son, en el fondo, la misma pregunta; que forman parte de una secuencia, que están ligadas entre ellas. No queremos que el lector las separe, sino que las una.

¿Se escribe espacio antes o después del signo?

El signo debe escribirse sin espacio de separación entre la palabra a la cual está asociado. Así, el signo de apertura irá junto a la primera palabra de la oración y el signo de cierre estará junto a la última palabra de la oración:

Correcto:

¿Vas a llegar tarde esta noche?

Incorrecto:

¿ Vas a llegar tarde esta noche ?

Tampoco se debe pegar el signo a otras palabras que no sean las señaladas.

Correcto:

Tu tía ya llegó. ¿Está listo el café?

Incorrecto:

Tu tía ya llegó.¿ Está listo el café?

En este último ejemplo, también conviene destacar que los signos de interrogación y exclamación únicamente tienen valor de punto cuando están en posición final de oración. Por lo tanto, las oraciones que le antecedan deben llevar sus respectivos signos de puntuación.

Casos en que las preguntas o exclamaciones no llevan signos

Dentro de la redacción se dan casos especiales en donde el hablante siente que se formula una pregunta, pero no precisan los signos respectivos. Esto ocurre cuando la pregunta está integrada en el discurso y no formulada como una oración interrogativa.

Ejemplo:

La maestra pregunta si los niños trajeron la tarea.

Para que esta oración fuese interrogativa, tendríamos que modificar la redacción, por ejemplo así:

La maestra pregunta: “¿Trajeron la tarea?”.

En síntesis

Las reglas de los signos de admiración e interrogación son sencillas:

  1. Siempre deben escribirse los signos de apertura y de cierre.
  2. El signo tiene valor de punto en posición final de palabra, siempre y cuando no le siga otro signo de puntuación (coma, punto y coma, dos puntos).
  3. El signo debe ir junto a las palabras respectivas de apertura y de cierre de la oración que enmarca, sin espacio de separación respecto a estas, pero con un espacio que lo separe de las otras oraciones adyacentes.
  4. Se debe valorar la sintaxis de la oración para discernir cuándo procede escribir los signos.

En cuestiones de signos de interrogación y exclamación, la buena ortografía garantiza la comunicación más allá de las fronteras, las costumbres y las diferencias culturales.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Entonces: la coma hace la diferencia

En matemáticas, abunda el uso de entonces con el valor de por lo tanto. Se emplea para indicar una relación causal entre una razón y otra. Muy a menudo esto se ver reforzado por su uso dentro de una construcción abierta por una oración condicional: “Si tal condición se cumple, entonces…”. Cuando vemos la oración de esta manera, no produce mayores inquietudes ortográficas. Sin embargo, la duda sobreviene cuando el adverbio entonces encabeza una línea u oración y, más todavía, cuando aquello que le sigue no es una expresión lingüística, sino matemática, como una fórmula. En esos casos, vemos expresiones tales como

        Entonces

        [fórmula]

y sobreviene la pregunta: ¿cómo se escribe el entonces? ¿Lleva algún signo después? ¿Lleva coma o dos puntos?

¿Qué valor semántico tiene entonces?

Entonces es una palabra versátil. Según su posición en la oración puede tener dos funciones semánticas (y sintácticas en sus resultados) completamente distintas: adverbio o conector. Esta es la clave de la coma.

¿Cuándo es adverbio y cómo se escribe?

Los adverbios, por definición, son aquellas palabras “ad verbum”, junto al verbo. En tanto adverbio, indica una relación de temporalidad; es decir, señala cuándo se ha realizado la acción. Veamos un ejemplo:

        Entonces usábamos vestidos largos.

En estos dos casos, entonces nos dice cuándo está ocurriendo la acción del verbo. Lo comprendemos mejor si lo vemos en su contexto íntegro:

Las fiestas eran suntuosas, por aquel año de 1875. Entonces usábamos vestidos largos, guantes y abanicos.

Queda ahora claro el valor semántico de entonces: remite a una coordenada temporal. Podríamos reemplazarlo por en aquel entonces, en esa época, en aquellos años, en esos días… El reemplazo no necesariamente sería estilístico, sino una prueba de corrección: si puedo hacer la sustitución y la frase todavía tiene el mismo sentido que antes (o ligeramente similar), puedo afirmar que se trata del adverbio de tiempo.

¿Cuándo se convierte en conector?

El vocablo entonces abandona su identidad como adverbio cuando pasa a cumplir una función distinta en el discurso: conecta dos estados, dos relaciones, dos condiciones. Por ejemplo, pasa a indicar una relación de causalidad entre una condición y otra: “si la Tierra no está en el centro, entonces el Sol no gira alrededor de la Tierra”.

Tomemos el ejemplo usado para el adverbio, pongámosele la coma y veamos la diferencia:

Entonces, usábamos vestidos largos.

La sola presencia de la coma remite la imaginación a otra condición. El uso del vestido largo, en este caso, es la consecuencia de un evento previo, no de un tiempo previo. Veamos el nuevo contexto de esta ficción:

Las mujeres eran recelosas de los extraños. La represión sexual había producido un morbo incontenible por la expresión de la piel. Parecía necesario, a todas luces, ocultar el cuerpo. Entonces, usábamos vestidos largos a modo de coraza protectora contra las miradas lascivas.

La frase cambiaría de sentido si se reemplazara el entonces por en aquella época. Sin embargo, lo conserva si reemplazo la palabra por otras expresiones, como por lo tanto, en consecuencia…

Entonces… ¿dónde va la coma?

Cuando entonces tiene valor de conector y se escribe al inicio de la oración, siempre debe llevar coma. Volviendo al ejemplo en los textos de matemática, se escribiría así:

Entonces,

[fórmula]

Cuando forma parte de una construcción condicional, se respetará la sintaxis de estas expresiones. Por ejemplo,

Si vamos al cine, entonces no es necesario llevar la bolsa del supermercado.

En síntesis

Los editores saben que gran parte de su oficio consiste en unificar. Quienes carecen de entrenamiento en lingüística pueden llegar a pensar en la unificación como un asunto estrictamente formal: “siempre que aparezca tal palabra, se escribirá de tal manera”. Esto podrá ser cierto para aspectos ortotipográficos, más cercanos al mundo de lo gráfico que a lo semántico.

No obstante, en cuestiones de comas, el signo gráfico tiene una razón de ser más allá de la escritura de un grafo que, a muchos, les puede parecer estorbo: es una guía de sentido, es un indicador del significado, es un instrumento para clarificar la relación entre los elementos del discurso dentro de la unidad mínima de la oración.

Una coma no se pone o se quita por estrictos criterios de unificación per se. Es un problema de comunicación, no de estética visual o de unidad gráfica.

Lista de obras consultadas

Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Madrid: Autor, “Entonces”.

Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe, “Coma”, §1.3.

Real Academia de la Lengua y Asociación de Academias Americanas (2010). Nueva gramática de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, §17.9i, §30.12h, §30.13a.

Agradecimiento

Este artículo se originó en la inquietud y las conversaciones con Vanessa V.

lunes, 21 de junio de 2010

Recomendaciones bibliográficas: Diccionario Panhispánico de Dudas

Con este artículo, formalmente inauguramos una nueva sección en este blog dedicada a hablar sobre libros indispensables en la biblioteca de un editor y de un escritor. Iniciamos con el Diccionario Panhispánico de Dudas por tratarse de uno de los mayores aciertos de la Real Academia en los últimos años, si bien todavía reconocemos la necesidad de mejorarla y llevarla más lejos de sus actuales alcances.

¿Qué es el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD)?

Este diccionario es una obra de referencia esencial en la biblioteca del editor. A diferencia de un diccionario exclusivamente léxico, como el Diccionario de la Real Academia (DRAE), el DPD atiende directamente las zonas de duda, tanto en el campo léxico, como en la sintaxis, la morfología, la ortografía y, tímidamente, en la ortotipografía.

Un precedente inmediato es la obra de Manuel Seco, quien también se dirigía específicamente a la atención de dudas de la lengua. Lo que hace valioso el DPD es la colaboración de las academias del continente americano y, desde luego, su oficialidad.

¿Qué contiene este diccionario?

Una de sus ventajas es que integra contenidos que antes solamente se encontraban en obras como la Ortografía o la Gramática, pero ordenados alfabéticamente bajo un lema descriptor.

Por ejemplo, en este diccionario podremos encontrar las reglas de uso de las mayúsculas en la entrada “mayúsculas”, los usos de la coma en la entrada “coma”, las reglas de acentuación (tilde) en la entrada “acento” y los múltiples usos sintácticos del pronombre relativo que en la entrada “que”, con remisiones a otras entradas también de interés como “queísmo” y “dequeísmo”.

Entre sus múltiples contenidos, podemos enumerar los siguientes:

  • Artículos temáticos: uso de signos ortográficos, sintaxis, abreviaturas, siglas y siglomas…
  • Palabras concretas que plantean dudas en aspectos morfológicos: plural, femenino
  • Neologismos, extranjerismos, topónimos y gentilicios, latinismos
  • Pronombres, adverbios, verbos, artículos, preposiciones…
  • Concordancia
  • Fenómenos lingüísticos particulares: queísmo, dequeísmo, voseo, leísmo/laoísmo/loísmo
  • Tipos de oración: oraciones impersonales y pasiva refleja
  • Numerosas construcciones y locuciones
  • Voces dudosas: voces similares que se confunden en el uso, voces usadas con sentido impropio, calcos semánticos
  • Reglas generales de conjugación verbal
  • Listas de abreviaturas, símbolos, nombres geográficos y gentilicios

¿Cómo se usa este diccionario?

A pesar de sus múltiples ventajas, el DPD tiende a intimidar a los usuarios novatos y al público general no especializado en el campo de la lengua que, de repente, quisiera resolver alguna duda. O como me lo dijo alguien una vez: “No uso este diccionario porque nunca logro llegar a lo que busco”.

Sin duda algunos conocimientos de lingüística son deseables para utilizar esta obra, puesto que facilitarán la búsqueda. Habrá más oportunidades de encontrar las recomendaciones para evitar el dequeísmo, si ya se tiene una noción previa de lo que este concepto significa.

Ahora bien, si uno es un principiante, el diccionario mismo le irá proporcionando los conceptos para su uso. Desde mi experiencia, puedo dar las siguientes recomendaciones:

  1. Saber qué esperar del diccionario. Conviene familiarizarse con el tipo de lemas que incluye, las temáticas que toca y la manera de abordarlas. Bastaría con leer algunas páginas al azar y hacer un análisis de cada entrada. Por ejemplo, si se busca teoría amplia sobre la formación de palabras compuestas y de formación de palabras a partir de un prefijo, será más útil acudir a una obra de gramática (los capítulos de la Nueva gramática de la lengua española en este tema son particularmente profusos). Sin embargo, si específicamente se está buscando información sobre las palabras formadas con el prefijo “auto-”, se podrá consultar ese lema en el DPD.
  2. Ponerse en los pies del otro. Basta un poco de imaginación y preguntarse, desde la lógica de quienes organizaron el diccionario, ¿en dónde podrían haber situado lo que busco? Por ejemplo, si quiero saber cómo se escribe Navidad (con mayúscula o minúscula), no me aparecerá ninguna entrada “Navidad”, pero sí encontraré ese ejemplo en la entrada “mayúsculas”.
  3. Seguir las pistas. Una herramienta esencial en todo diccionario es la remisión. Se le llama así a esas líneas de cruce que todo diccionario debe tener, las pistas que le da al lector al indicarle en qué otras entradas del diccionario podría encontrar lo que busca. En el DPD, esto se expresa mediante una flecha (versión impresa) y un hipervínculo (versión en línea). Así, bajo la entrada “ligustre” veremos “⟶ ligustro”. Por lo tanto, la información se sitúa bajo la entrada “ligustro”, en donde también se explica “ligustre”. El diccionario puede remitir a artículos adyacentes, artículos completamente distintos o incluso a apartados dentro del mismo artículo.
  4. Leer periódicamente las entradas más extensas. Hay entradas que merecen ser leídas como un buen libro de texto. Las reglas de las preposiciones, los acentos, los fenómenos lingüísticos, el plural, las mayúsculas, la coma… Leerlas le ayudará al corrector a refrescar conocimientos, al editor a conocer reglas que no se imaginaba y al lector general a familiarizarse con los pormenores de la carpintería y mecánica de la lengua.
  5. Tomar notas. Me gusta llevar mi propia base de datos, organizada por mí, bajo las etiquetas en las que podré localizar luego la información, según mis propios recuerdos y experiencias. Así, cada usuario puede tener su mini DPD, a la medida de sus preguntas frecuentes y usos dudosos. Cada quien utilizará para esto las herramientas más a su gusto: cuaderno de notas, base de datos bibliográficas con apuntes de citas, extractos en documentos de texto o incluso la ayuda de programas para el manejo de bases de datos de investigación, como el DevonThink. El hecho de que el DPD se encuentre libre y gratuito para su consulta en línea facilita esta acción.

¿Por qué me conviene consultar el DPD?

Esta es una obra muy reciente (2005) en donde la Academia comienza a girar sus políticas. Más abierta y tolerante que los diccionarios de hace treinta años, el DPD considera los usos en otras zonas geográficas y tiende a cierta tolerancia. Esto a veces puede volver locos a quienes esperan una obra normativa absoluta, sin ambigüedades; pero nos facilita la vida a quienes creemos en el respeto por la expresión lingüística de cada pueblo.

El DPD da cuenta de criterios nuevos, algunos más tolerantes, en relación con el DRAE, registra algunos usos en el español de América, propone grafías para avanzar hacia la normalización y arbitra en diversos puntos sobre los que no había pronunciamiento previo.

¿Qué cuidados se debe tener en la consulta del DPD?

Cada año que pasa, la obra se desactualiza un poco y conviene, siempre, consultar las obras más recientes (en este momento, la Nueva gramática). Además, muchas de las normas del DPD son en realidad propuestas, no siempre las más felices, y, desde luego, no necesariamente las más aptas para nuestro público y entornos lingüísticos inmediatos. Siempre se necesita del criterio del lingüista y el editor para determinar si se acoge o no la recomendación, especialmente aquellas en donde se detectan contradicciones.

¿Dónde consigo el DPD?

En cada país hay librerías en donde se encuentra esta obra a un precio relativamente accesible para el tipo de obra que es. Pero aun cuando uno disponga de la versión impresa, la versión gratuita en línea (www.rae.es) es una herramienta indispensable, debido a la forma tan veloz en que se consulta y a la posibilidad de copiar y pegar, en nuestra base de datos personal, la información de interés.

lunes, 7 de junio de 2010

Computadora o computador

En el artículo anterior transcribimos un chiste suscitado ante la pregunta, casi inocente, de qué es lo correcto: decir computadora o computador.
Esta es una pregunta no poco frecuente y su respuesta depende, a su vez, de otra pregunta: ¿para qué zona geográfica se escribe, publica o habla?
En el campo de la lengua no existen zonas seguras de normativa unívoca e imperturbable. En su lugar, hay muchas zonas de influencia, algunas de confluencia y, la mayoría, de incertidumbre.
El caso de computador y computadora responde a una realidad cultural, un imaginario que no puede normarse desde una silla peninsular (me disculpan los sabios académicos) sin tomar en cuenta a sus pares de otras latitudes hispanoparlantes.
La historia del desarrollo de ambos vocablos está documentada y no voy a reiterarla aquí. Recomiendo, en cambio, la lectura del artículo de Joaquín Segura, en la Página del Castellano, “Reflexiones en torno a los vocablos computador y ordenador”.
En síntesis, en España triunfó el nombre ordenador, “aparato que ordena la información” mientras que en América predominó el concepto de “aparato que computa o hace cómputos”.
Tal vez por la influencia de ordenador, la competencia en España se dio entre dos vocablos masculinos: ordenador y computador, como advierte Segura en el artículo referido.
No obstante, en América la historia ha debido ser distinta, porque una búsqueda en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) de la Real Academia, una base de datos para analizar estadísticamente ejemplos de uso, vemos que computadora está muy extendido en buena parte del continente americano, incluso en países prominentes por su industria editorial, como México y Argentina.
El uso del vocablo computador, por su parte, es mínimo en América y además parece ir en descenso. En cuanto a ordenador, su uso está localizado en el español peninsular, con porcentajes de aparición inferiores al 1% en cualquiera de los demás países.
Al respecto, aclara el DPD:
computador -ra. ‘Máquina electrónica capaz de realizar un tratamiento automático de la información y de resolver con gran rapidez problemas matemáticos y lógicos mediante programas informáticos’. Estas formas son las usadas mayoritariamente en el español de América, por influjo del inglés computer. Según las zonas, existen distintas preferencias: en la mayoría de los países de América se prefiere el femenino computadora, mientras que el masculino computador es de uso mayoritario en Chile y Colombia. En España se usa preferentemente el término ordenador, tomado del francés ordinateur.
Otros detalles que podemos tomar en cuenta para tratar de comprender el imaginario detrás de la elección del masculino o del femenino es a qué remite cada uno: computador es un sistema; computadora es una máquina.
Así, la respuesta a una pregunta tan unívoca y segura como “¿cuál es la forma correcta?” no tiene una sola respuesta. En España, Chile y Colombia, seguramente sea más comprensible y natural decir “el computador” (y en España, se preferirá siempre el ordenador). Pero en los demás países de América, cada pueblo dirá lo suyo. En el mío (Tiquicia de mis amores), decimos, escribimos y sentimos computadora. Así sabemos cuándo se pone caprichosa y cuándo está de buenas.
¿Para quién habla, escribe y publica usted? ¿Habita un universo imaginario de computadoras o de computadores? El público y su universo mandan.

Referencias bibliográficas
Real Academia Española. Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. <http://www.rae.es>.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Segura, J. (n.d.). Reflexiones en torno a los vocablos “computador” y “ordenador”. El castellano.org. La página del idioma español [Página web]. Recuperado el 15 de mayo de 2010, from <http://www.elcastellano.org/ordenado.htm>.
                

martes, 11 de mayo de 2010

Características de un buen corrector

¿Dónde se forman los buenos correctores? Unos pocos países (España, México, Argentina) ya tienen el privilegio de algún programa de formación especializado. Los demás solamente disponemos de carreras de Filología y Lengua Española de donde, esperamos, salgan las personas con las habilidades necesarias para llegar a ser buenos correctores. En mi país, Costa Rica, la asociación profesional entre filólogo y corrector está culturalmente tan arraigada que ha invadido el lenguaje: se le llama revisión filológica a cualquier labor de revisión de estilo.

Pero ¿qué tienen (tenemos, confieso) los graduados de esa profesión para que nuestro mercado local (y nuestro colegio profesional de ley) la hayan designado la profesión del corrector por excelencia? Hasta donde pude experimentar como estudiante (y, según entiendo, los programas no han variado mucho), nuestras herramientas consisten en un puñado de asignaturas en las áreas de gramática, latín, griego clásico, lingüística, alguno que otro curso de redacción y los estudios literarios. Las primeras nos proporcionan el marco científico básico para el estudio de la lengua. Los estudios literarios nos entrenan en las artes de una suerte de hermenéutica textual, útil cuando corresponde deconstruir un texto y traérselo a su esencia comunicativa, justo antes de dictaminar su reescritura inminente. Ninguna, en realidad, nos prepara para el oficio de corrector.

El buen corrector se forma en la práctica, aunque siempre es necesaria alguna disposición innata, un gusto por arreglar lo que no comunica bien y, desde luego, un buen ojo para detectar el gazapo, que ya se irá refinando con el tiempo.

Estas son, en mi opinión, algunas de las habilidades y actitudes ideales que debería llegar a desarrollar un buen corrector o, cuando menos, uno que aspire a serlo algún día:

  1. Dudar hasta de su sombra: no porque a mí me enseñaron a decirlo de esa manera es correcto para todos los grupos de hispanohablantes. Aprendimos a hablar y a escribir en un contexto, a partir de un conjunto de obras. ¿Quién escribió eso que formó nuestra manera de expresarnos? ¿Cómo sabemos que no estaban reproduciendo expresiones aceptadas, pero a todas luces vacías o incongruentes? ¿Y si solamente en mi contexto se dice así?
  2. Gran capacidad de investigación para reaprender la propia lengua, mantenerse actualizado y fundamentar ampliamente toda corrección que se sugiera, no con base en «yo creo que es así», sino con argumentaciones sólidas y razonamientos coherentes.
  3. Olvidarse de la lingüística lo suficiente para comprender la función y la necesidad de la aplicación de normas a la labor editorial, pero no tanto como para ser incapaz de cuestionarlas y reformularlas cuando así lo amerite la situación.
  4. Profundo conocimiento de las normas de la lengua y capacidad de discriminación. Haber leído obras de gramática no basta (o cursado algunas asignaturas). Es necesario comprenderla, saborear su dinámica y su lógica interna, y tener capacidad para elegir el camino medio entre la regla académica y la norma impuesta por el uso y el contexto.
  5. Firmeza para impedir que formas de comunicación ineficientes, poco elegantes y espurias sobrevivan en los textos, sin importar la justificación científica (y la terquedad de algunos autores).
  6. Flexibilidad para comprender las excepciones a toda regla.
  7. Oído para la palabra sonante, armoniosa, cadenciosa y, si el (con)texto lo permite, bella. Después de todo, solamente es posible detectar el error si hay algún ideal que nos sirva como punto de comparación.
  8. Un ojo implacable, riguroso y sistemático para no dejar pasar nada (eso quisiéramos todos…) o al menos detectar todo lo que esté a nuestro alcance.
  9. Deseos de ayudar a otros a mejorar y perfeccionar sus textos.
  10. Paciencia y comprensión para que no se le rieguen las bilis con cada horror que se topa a su paso.
Algunos graduados en carreras sin formación en lengua pueden, con mucha experiencia y un gran espíritu autodidacta, llegar a cumplir estas condiciones, a su debido tiempo. Sin embargo, si se trata de contratar a alguien hoy, para hacer corrección ya, sin duda será menos riesgoso y más responsable contratar a un profesional con formación científica en lengua que a uno sin formación alguna; porque, después de todo, para su debido ejercicio profesional, la lengua es una especialización como cualquier otra.

Y para usted, ¿qué hace al buen corrector?

domingo, 9 de mayo de 2010

Equívocos y reglas de las abreviaturas con letras voladitas

Uno de los casos de consulta más frecuentes es la correcta grafía de las abreviaturas por contracción cuya letra o letras finales se escriben de forma volada. Palabras como número, primero, doña y afectísimo se abrevian, respectivamente, n.o, 1.o, D.a, af.mo.

La corrección de abreviaturas, aun cuando se ve sencilla, suele complicarse en su diaria implementación, debido a lo extraña que le parece al lector su grafía y a la ambigüedad con que se ha tratado la normativa en la documentación académica, pocas veces orientada a la desambiguación ortotipográfica. Por lo tanto, en la práctica, se producen equívocos ante los que debemos estar alerta y contrarrestar con la aplicación de unas sencillas reglas.


Regla 1: el punto es necesario

La mayoría de las personas escribe n° (ahí hay dos vicios tipográficos, como veremos en la segunda regla), y se extrañan de la indicación del corrector de añadir el punto inmediatamente después de la n. A veces las pruebas van y viene hasta tres veces hasta que, con mucha paciencia, se saca del estante el libro de autoridad, se le muestra al colaborador por qué se solicitó la corrección y se le pide que observe muy de cerca la existencia del punto que, hasta ese momento, su cerebro había hecho el mayor esfuerzo por invisibilizar.

¿Por qué el punto debe escribirse? José Martínez de Sousa, en su Ortografía y ortotipografía del español actual, proporciona dos excelentes razones. En primer lugar, porque es una abreviatura propiamente dicha y no cualquier otro tipo de abreviación, como un símbolo o una sigla. En segundo lugar, porque dada su similitud, si no se emplea la abreviatura en casos como 1.o, existe el riesgo de que se confunda con el signo de grado (2008: 192).


Regla 2: el circulito es una letra, no una bolita

El segundo error en la aplicación de esta abreviatura es el empleo del signo de grado (°) en lugar de una letra o voladita, que se obtiene en el procesador de textos al aplicar la función de superíndice, con un cuerpo de letra de menor tamaño: (o). Esto se considera error tipográfico, aun cuando serán pocos los lectores con el entrenamiento visual para hacer la distinción (fenómeno que no nos exime a los editores de hacer bien nuestra labor).

Ahora bien, el lector entrenado sabrá reconocer la diferencia: 1° se lee «un grado»; mientras que 1.o se lee «primero».

Según este criterio, también sería incorrecto el fenómeno tipográfico inverso: emplear la función de superíndice para indicar el signo de grado. El signo de grado es un caracter especial que se inserta en el texto. En computadoras Macintosh se encuentra con la combinación opción 8 (tecla para el número 8). En Windows, varía según el teclado, pero usualmente hay alguna tecla en donde está situado, en alguna combinación con mayúscula o alt. En caso de no encontrarlo, siempre se puede acudir a la función de insertar símbolo, en el procesador de textos.


Regla 3: la letra debe concordar con la palabra abreviada

Dada la confusión señalada en la regla anterior, muchas veces encontraremos textos en donde la abreviatura con terminación masculina se emplea indistintamente (y casi siempre con el signo de grado en lugar de la o), aun cuando se esté abreviando una palabra femenina o en plural, o su terminación sea otra. Así, es incorrecto escribir: llegó en 1° lugar. La forma abreviada correcta sería: llegó en 1.er lugar (aunque en este caso, el corrector también podría sugerir que se emplee la palabra completa y no una abreviatura, por razones de estilo).

Si la palabra abreviada es femenina terminada en -a, la letra voladita debe ser una a. Si la palabra abreviada está en plural, las letras voladitas deben expresar ese plural: M.a (por María), af.mos (por afectísimos).


En síntesis, tenemos tres reglas que deberán cumplirse siempre: el punto, la función de superíndice y la concordancia en género y número. Así obtendremos abreviaturas tipográfica y semióticamente correctas.


Bibliografía consultada
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
––––– (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.
a ed.). Gijón: Trea.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.

lunes, 3 de mayo de 2010

Expresiones vacías: «Cobrar gran auge»

Muchos autores y periodistas emplean la combinación «cobrar gran auge». ¿Cuál es el significado exacto de esta expresión? ¿A cuál imagen o concepto abstracto remite? ¿Es precisa y clara en la transmisión de su mensaje? Por costumbre de escucharla rellenando textos y en noticieros de renombre internacional, uno se llega a hacer inmune a su vacío. En esos momentos, conviene despertarse y tratar de llegar hasta el fondo de una expresión como estas.

Le propongo un ejercicio retórico: usemos la vieja herramienta del diccionario, la misma que emplearía cualquier lector en cualquier parte del continente.

El primer vocablo, el verbo cobrar, tiene muchas acepciones. La más útil en este contexto es ‘adquirir’.

Le sigue gran, apócope de grande. Esta no da mayores problemas: es un adjetivo de magnitud.

Finalmente encontramos auge. Aquí encontramos dos definiciones básicas: ‘período o momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de cosas’ y, casi idéntica a la anterior, pero en astronomía, ‘apogeo’. Esta última, además de sus significados especiales en astronomía, también se define como ‘punto culminante de un proceso’.

Ahora hagamos la traducción: «cobrar gran auge» sería el equivalente de «adquirir gran momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de las cosas».

¿Nota algo excesivo o incluso contradictorio?

Tal vez uno de los fenómenos más notorios es el énfasis redundante: el auge es ya, por definición, el momento más grande dentro de un proceso, el punto culminante. No hay nada más «grande» que un auge dentro de un proceso.

Por otro lado, conviene ver la relación entre cobrar gran y auge. El auge es el pico máximo en un proceso evolutivo, el final de un proceso (una secuencia encadenada de eventos) que se inició mucho atrás, mientras que el cobrar es, quizás de manera implícita, un punto de inflexión y de un cambio de estado, algo más cercano a un inicio. Pareciera que ambas, «cobrar» y «auge» se sitúan en lugares opuestos de la secuencia cronológica de un proceso; son excluyentes y, por lo tanto, no deberían emplearse de manera adyacente.

Ahora viene una pregunta que desborda las definiciones estrictas de un diccionario. ¿Qué pretendían comunicar los hablantes al elegir la expresión «cobrar gran auge»? Mi hipótesis personal es que, el sentido, en su contexto, sería más bien algo similar a «iniciar el vuelo», «adquirir mucho éxito», «ponerse de moda» o «experimentar un boom».

¿Quiénes la utilizan? Esta es otra buena pregunta y mi respuesta también es una hipótesis: periodistas, comunicadores y escritores que, imitando a los periodistas, comunicadores y escritores de generaciones anteriores, piensan que la expresión es elegante, digna y muy precisa en su significado. No me parece que sea una expresión del habla cotidiana; todo lo contrario: tiene un dejo de afectación, una necesidad de sonar «importante», una vacuidad formal de salirse de la expresión diaria para sonar como alguien que domina la lengua y la hace sonar «bella».

Peor todavía: en algunos textos, la expresión se vuelve latiguillo (especialmente si es algún tipo de descripción histórica), y de repente, todo, continuamente, cobra gran auge, al punto de no poderse distinguir entre los momentos de apogeo, los de inicio y los de decadencia, porque en los momentos de inicio todo parece que ya ha cobrado su cuota de auge.

La decisión de eliminar o mantener esta expresión cae en el rango de norma editorial o de corrección. ¿A quién le hablamos? ¿Cómo le hablamos? ¿Cómo necesita que le hablemos? Al respondernos estas preguntas podremos decidir si nos comprometemos o no con la expresión «cobrar gran auge» o la reemplazamos por algo menos rimbombante, pero más preciso y transparente en su significado.

sábado, 1 de mayo de 2010

La paranoia del lenguaje inclusivo: un poco de humor

En el artículo anterior veíamos un caso real de paranoia de lenguaje inclusivo. Este divertido video, titulado «Los políticos» y extraído de La Media Docena, un programa humorístico de la televisión costarricense, muestra los alcances de la paranoia del lenguaje inclusivo llevado al extremo.

http://www.youtube.com/watch?v=yfBgyj_MhcQ

viernes, 30 de abril de 2010

Lenguaje inclusivo: no todo lo que termina en «a» es mujer

«…también quedó claro que los y las JEFATURAS, no pueden obligar al trabajador…» (sic). Comunicado informativo no oficial, enviado por correo electrónico, dirigido a todos los funcionarios de una universidad estatal costarricense y escrito por un hombre.

Lenguaje inclusivo es el nombre que se le da a la directriz institucional de emplear en la comunicación diaria formas lingüísticas que enuncien de manera explícita a los diferentes sectores sociales, en tanto sujetos y objetos de la acción gramatical. Su expresión más evidente es la visibilización de la mujer en la lengua; pero si se es políticamente correcto, el lenguaje inclusivo también abarca directrices para referirse a otros grupos por razones de edad, discapacidad, estrato social o cultura.

Aunque la intención detrás del lenguaje inclusivo es loable en sus ideales, colapsa en su diaria implementación. La sensatez es reemplazada por la paranoia. Autores convertidos en inquisidores de las palabras tratan de expurgar hasta el más ínfimo vestigio de una expresión «no inclusiva».

Sin reflexionar sobre las funciones de las palabras, su relación sintáctica, su naturaleza interna, se pueden llegar a ver casos graves como el citado al inicio de este artículo en donde este hablante en particular no se preocupa de hablar de «trabajador y trabajadora» pero sí se siente en la necesidad de aclarar que pueden existir «jefaturas» masculinas.

En vocablos como este podemos ver, con toda claridad, la independencia entre el género gramatical y las referencias a la sexualidad a la que puedan remitir sus contenidos semánticos.

La palabra «jefatura» tiene «género», ciertamente. Cada vez que la situamos en una oración, si además va acompañada de un artículo o de un demostrativo, deberemos elegir aquel que concuerde, en género y número, con la palabra. Es decir, no puedo decir «el jefatura» ni «unos jefatura». Debo realizar las modificaciones necesarias para lograr la concordancia (es decir, que ambos –artículo/demostrativo y sustantivo– tengan exactamente las mismas variaciones de género y número): la jefatura y unas jefaturas.

Los pormenores semánticos de «jefatura» ya son otra historia. Su significado no atañe a una realidad marcada por la condición biológica de la sexualidad. ¿Por qué? Sencillo: una «jefatura» no es un organismo vivo, sino una realidad abstracta y socialmente construida. Es decir, si bien hombres y mujeres por igual pueden ocupar una jefatura, la jefatura en sí misma es inmaterial: es un cargo, una posición; no un individuo pensante, hablante, actuante… Por lo tanto, no tiene sexo: no es hombre ni mujer. Quienes sí tienen sexo son las personas que pueden ocupar una jefatura, pero esos ya no son jefaturas sino jefes y jefas.

Oficialmente, el vocablo jefe es de género común, según dicta aún la RAE. En otras palabras, lo ortodoxo y académico sería decir «el jefe» y «la jefe». Pero en un vocablo como este, no debemos ver en el diccionario un conjunto normativo, sino uno descriptivo. El género común de la palabra es el vestigio arqueológico de una época lingüística en donde «la jefa» simplemente no existía o era la excepción, no era una realidad cotidiana y extendida a todos los estratos sociales.

Por eso, es en puntos de inflexión como este en donde el imaginario y el lenguaje inclusivo sí deben confluir y hacer su labor. La variante jefa ya está registrada en el diccionario académico desde 1837; en otras palabras, forma parte de la realidad expresiva desde hace casi dos siglos. La realidad social también se ha desbordado: ¿quién no ha tenido jefas? Y ya no hablamos de «al menos una en su vida», sino de muchas. Las jefas nos rodean y llegaron para quedarse.

Puesto que ya el DPD recoge esta discusión, es de esperar que en alguna edición futura (ojalá no muy lejana) se tome nota del cambio que ya se ha producido en el habla.

En cuanto a «los y las jefaturas», el recordatorio siempre es válido: no todo lo que termina en «a» es mujer.

sábado, 10 de abril de 2010

«Por lo anterior»: una vaga manera de iniciar

Iniciar un párrafo con «por lo anterior» es uno de los pecados capitales de redacción. Debería ser condenado con pena de tachado inminente, sin derecho a apelación. Es una expresión vaga, difusa, sin asidero; más todavía cuando nos regodeamos en la certeza ilusoria de suponer que el lector coincide plenamente en su interpretación del objeto, conclusión o razonamiento al que, en la cúspide de la inspiración, le estamos denominando «lo anterior».

¿Y qué es «lo anterior»? ¿Qué es «todo»? Se pregunta uno cuando lee... Hay que retroceder, releer (a veces varios párrafos, varias páginas), solo para descubrir que no sabemos qué de todo lo dicho es eso «anterior» tan contundente, tan claro y tan maravillosamente evidente que, si yo (lector) «he leído con atención» no debería haber pasado por alto (según el autor, claro).

¿Y es realmente «por»? Al emplear «por lo anterior» estamos también creando una relación lógica entre dos componentes: un evento ocurre y tiene consecuencias, están íntimamente ligados por una relación de causa y consecuencia; o bien, de antecedente y sucedente. Es vital que esta relación de correspondencia exista antes de insertar un «por lo anterior» que, de otra manera, no pasaría de ser un latiguillo desafortunado.

Sin duda los lugares en donde encontraremos más este tipo de expresión será la escritura técnica, el ensayo, la narrativa… Rara vez se colará en la literatura, la ficción, la poesía; y, si lo hace, más vale que sea con una maestría tal, que se haga algo inusitado con esa intromisión.

En las obras académicas didácticas, este es un vicio de especial frecuencia, por la naturaleza misma de los textos: obras expositivas, muchas de ellas autoexplicativas, cuyo principal propósito es enseñar a quien está ahí para aprender. Y es ahí en donde los cuidados de la redacción deben redoblarse. El estudiante necesita textos claros, bien construidos, en donde no quede lugar para la ambigüedad y la duda como resultado de la mala exposición. Expresiones como «por lo anterior» solo contribuyen a crear ideas difusas, sin la necesaria definición para ayudarle al lector a recrear una imagen clara, vívida y precisa de cuanto está procurando aprehender.

¿Cómo se corrige?
Sin duda no todos los «por lo anterior» son condenables a priori(aunque, por lo general, casi todos los que inician un párrafo). Para tomar la decisión de mantenerlos o tacharlos, conviene interrogar tanto al texto como al autor. Al texto para comprobar si se sostiene solo. Le hacemos la pregunta: «¿qué es lo anterior?». Si el texto responde (es decir, si no nos perdemos cuando tratamos de encontrar la respuesta y está ahí, muy clara y evidente), el resto sería solamente ver que no sea disonante y esté en su sitio justo, con la ortografía o sintaxis respectiva.

Pero si el texto no puede responder, hay que trasladarle la pregunta al autor. Se le debe mirar a los ojos y pedirle que, por favor, responda en una frase o en una palabra qué es «lo anterior». Si no puede hacerlo o nos dice algo como «todo lo que se acaba de decir, ¿no lo ve?», tendremos ambos (autor y corrector) la prueba contundente de que el problema no es la redacción, sino una construcción todavía borrosa, sin claridad, incomunicable porque el propio razonamiento que la sustenta necesita refinamiento. Es equivalente a la prueba del que sabe: si puedo explicar algo, es porque lo sé; si me pierdo en la explicación, todavía no lo sé. Así pues, antes de reescribir, habrá que enviar al autor a casa a rediseñar con mayor precisión ya no sus palabras, sino su obra.

sábado, 20 de marzo de 2010

Oraciones parentéticas: ¿comas, rayas o paréntesis?

Hay aspectos de la escritura más difíciles de explicar y corregir que otros. Uno de ellos es la selección de la grafía más adecuada y correcta para las oraciones parentéticas. Una oración parentética es aquella se intercala dentro de una oración mayor, introduciendo una aclaración o una digresión. Se puede escribir de tres maneras distintas: entre comas, entre rayas o entre paréntesis, según el grado de divergencia que tenga en su relación con la oración principal.

Hay algunas reglas de uso, claro está, pero su formulación gramatical resulta limitada. Roberto Zavala la enuncia de esta manera: la raya se utiliza «Cuando se interrumpe momentáneamente un enunciado para intercalar una frase aclaratoria cuyo sentido no se aparta mucho de la oración principal» (1995: 307).

El Diccionario panhispánico de dudas amplía un poco más: «Los incisos entre rayas suponen un aislamiento mayor con respecto al texto en el que se insertan que los que se escriben entre comas, pero menor que los que se escriben entre paréntesis» (2005: «raya», 2.1).

Sin embargo, cuando estamos en medio de un proceso creativo, redactando, ordenando ideas, creando un texto (o bien, durante un proceso de edición, un vivo ejemplo de lectura activa), las reglas no deben ser un conjunto normativo cerrado e inamovible que repetimos de memoria. Las reglas son un impulso interiorizado, vivo y pertenecen al orden de la expresión de las ideas a través de la lengua escrita como forma.

Desde ahí, ¿cómo se aplica la norma? El arte de escribir radica en sentir, desde la médula, la sutileza del lenguaje. Así, la decisión creativa de elegir (o dejar pasar) las comas, las rayas o los paréntesis para las oraciones parentéticas depende enteramente de la percepción subjetiva que autor o editor tienen del grado de interrupción del discurso.

La raya en un diálogo nos muestra dos reinos de enunciación distintos: la enunciación del personaje que habla y la enunciación de la voz que narra al personaje. Esto nos da una pista, un indicio: la oración parentética es una interrupción del pensamiento, una divagación, una divergencia, una flecha que dirige hacia otro lugar.

Si es apenas una breve explicación, va entre comas. En cambio, si es una interrupción del argumento, si es una ironía, si es una llamada de atención, si es la voz del narrador volviéndose hacia el lector e interpelándolo directamente (del modo que lo hace el pintor de las meninas de Velázquez), entonces la raya será una excelente opción.

Y si se trata de un susurro, de una anotación al margen, de una palabra silenciosa pero que debe hacerse visible, según lo que sienta el escritor que deba decir, el paréntesis o el corchete pueden ser su elección. El paréntesis es también el lugar reservado para esa información obligatoria pero extradiscursiva, como las referencias.

Una oración explicativa que no divaga ni se aleja de la oración principal, para colmos corta, si se escribe entre guiones, no hace más que interrumpir innecesariamente la lectura, convertirse en piedra de tropiezo. En cambio, unos guiones correctamente empleados llevan a lector a donde debe llegar, lo orientan, le ayudan a interpretar la oración. Sabe que si los elimina por un momento, podrá ver la oración original; luego, mentalmente, vuelve a yuxtaponer ambos enunciados paralelos y es capaz de escuchar el susurro del texto, la voz del otro que se encierra entre las rayas y le dice, por un instante: «piense también en esto, que usted no sabe pero que tal vez adivina…».

domingo, 7 de marzo de 2010

Citas de recortes: poner palabras en boca del autor citado

Conocidas las convenciones de omisión de texto en una cita, lectores como yo entendemos perfectamente el tipo de ausencia con solo interpretar la posición de los puntos suspensivos y, por lo tanto, confiamos plenamente en que tanto autor como editor han hecho su trabajo meticulosa y fielmente.

Sin embargo, como editora, he tenido la experiencia de encontrar citas engañosas y que llevan al equívoco. A primera vista, uno se topa con un párrafo compacto, lleno de puntos suspensivos que indican, como bien se sabe, omisión de alguna palabra o de alguna oración. La «liebre» solamente salta cuando se confronta la «cita» con el texto original y es en donde aparecen los horrores: el tal «párrafo» citado no existe, sino que ha sido creado artificialmente a partir de oraciones sueltas (o fragmentos de oraciones sueltas) tomados por aquí y por allá de una página.

En otras palabras, el autor ha tomado oraciones textuales y, con ellas, ha creado un párrafo o texto nuevo a su conveniencia, supuestamente con «las palabras» del autor citado pero, debido a los efectos de la nueva sintaxis y yuxtaposición, en realidad ha compuesto un texto nuevo.

Para quienes recordamos con cariño la película Amelie, hay una escena en donde esto se retrata perfectamente: es la carta del esposo muerto de la casera del edificio. Amelie roba la colección de cartas que la mujer atesora desde hace cuarenta años. Las lee todas, hace su selección y, con mucho cuidado, fotocopia las que necesita. Luego toma tijeras y goma y, a partir de un verdadero proceso de copiar y pegar crea una carta nueva con la letra manuscrita del fallecido y su estilo particular de redacción; una carta de frases hechas, de frases viejas y rotas, una carta que, en fin, parecieran (y son) sus propias palabras pero que jamás salió, tal cual, de su puño y letra.

Cuando eliminamos fragmentos del texto original podemos caer en el riesgo de hacer decir al autor algo distinto de lo que realmente dijo. Esto es engañoso y un editor jamás debería permitirlo; un autor jamás debería realizarlo y un lector, si se llega a enterar, no puede tolerarlo.