sábado, 18 de diciembre de 2010
¿Por qué se necesita la norma editorial?
Esto ha dejado a muchos en la incertidumbre: “¿Cómo puede ser opcional una regla? ¿Y ahora cómo se hacen las cosas?”. Cuando la adecuada reflexión no acompaña esta clase de afirmaciones, se corre el riesgo del caos. Si ninguna regla es “obligatoria”, ¿para qué estudiar gramática? ¿Para qué hacer el esfuerzo de aplicar un estándar? ¿Para qué necesito conocer la diferencia entre un adjetivo y un pronombre, si de todas maneras importa poco la forma en que los escriba? Y si ahora todo es correcto, ¿por qué la editorial me pide que haga las cosas de una cierta manera…?
La ortografía y las normas gramaticales son un instrumento necesario para garantizar la comunicación. No escribimos para nosotros; escribimos porque tenemos la necesidad de comunicar algo: tenemos algo que decir y no es suficiente gritarlo al viento y conformarse con su desvanecimiento en el aire. Las palabras emitidas a través de la oralidad son efímeras y bellas en su trágica e inevitable desaparición y en los límites de su alcance. La voz llega hasta donde llegue el sonido. La onda expansiva tiene un final. Y aun cuando la tecnología de las comunicaciones ha cambiado esta condición, igual desaparecen una vez finalizada la transmisión. Por eso escribimos. Por eso sentimos la necesidad de dejar, literalmente, una marca en el mundo. Una huella tangible y visible cuya permanencia se extienda más allá de nuestro periodo vital. La escritura es un medio para mantener la ilusión física de la eternidad…
Un lugar común, nada nuevo digo, excepto traer la atención sobre el hecho incuestionable de que escribo para ser leído por otro, por alguien distinto a mí. ¿Y cuáles son las consecuencias de este hecho desde el punto de vista editorial? Si quien lee el texto carece del código para descifrarlo, el acto mismo de la lectura es imposible. Y aun las palabras más bellas escritas en piedra se desvanecerán y perecerán en la sombra de los tiempos, si se convierten en signos sin código, en formas sin contenido.
La norma editorial se encarga de mantener un código estable, común y difundido entre todos los lectores para garantizar el acceso a los contenidos del texto. La ortografía, la ortotipografía e incluso la gramática son instrumentos para mantener la estabilidad de los signos gráficos que hacen posible la comunicación textual. La gramática también existe en la oralidad: las oraciones tienen sintaxis, la posición de las palabras contribuye a desentrañar su significado.
En el texto escrito la sintaxis y la morfología por sí mismas son insuficientes; necesitan de signos gráficos que las hagan evidentes y reproduzcan apenas algunas de las variaciones significantes de la voz. Por ejemplo, ¿cómo se escriben un tono, un énfasis, una pausa? Un ejemplo típico del español es la tilde: un signo gráfico modificador (ni siquiera alcanza el estatus de letra) para indicar una diferencia en la entonación. Ni hablar de los gestos, totalmente ausentes del texto escrito, si no es mediante la descripción.
Una editorial, cualquiera que sea su especialidad, es una empresa de comunicación cuya finalidad principal es publicar textos escritos que serán difundidos entre una amplia audiencia. El tiraje mínimo es de 500 ejemplares (aunque ya se hacen tirajes aún menores) y un best seller puede llegar a vender millones de copias, no solo en el pináculo de su éxito sino a lo largo del tiempo (long seller). Y cada copia, ya lo sabemos, pasará por muchas manos en su larga vida, que puede alcanzar siglos.
En consideración a esos lectores incontables redactamos, seguimos y aplicamos las normas editoriales. No nos motiva el interés de estar constantemente dictando órdenes y creando reglas. Nos interesa mantener un código generalizado y ampliamente difundido que garantice el éxito del acto de lectura. Nuestros libros se publican para ser leídos y esa es razón suficiente para hacer el máximo esfuerzo por publicar textos legibles y comprensibles por toda la audiencia. Esa es la función de la norma.
Así, la nueva ortografía de la Real Academia Española y las Academias Americanas es opcional; pero las editoriales seguirán necesitando sus estándares de publicación y esos, para los colaboradores de esas editoriales, no son opcionales: son un gesto de amor y un acto de responsabilidad hacia sus lectores.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Lineamientos para la corrección de estilo
Una de las carencias del medio de los correctores de estilo, al menos en mi país, es la falta de unidad con respecto a lo que la corrección abarca, cuáles son sus límites y hasta dónde puede llegar el corrector. Ante la ausencia de documentación y bibliografía, algunos de nosotros terminamos por escribir nuestros propios lineamientos para hacerlos circular entre colaboradores y clientes.
Con la esperanza de que en el futuro dispongamos de una comunidad de correctores más organizada y unida, comparto un documento surgido de la experiencia diaria. Tal vez sea de utilidad para otros y pueda ser objeto de refinamiento gracias a los comentarios y aportes de los lectores de este blog.
Este documento se elaboró específicamente para el contexto de la producción de libros impresos en el área educativa. He realizado ajustes, para no limitarlo a su entorno original y que, eventualmente, pueda ser adaptado a la corrección en otros ámbitos o áreas.
Lineamientos para la corrección de estilo
1. Corrección de estilo, no corrección filológica
En este documento se emplea la expresión corrección de estilo, y a las personas que realizan este trabajo les denomina correctores (bajo el entendido de que este vocablo abarca por igual a correctoras y correctores). [Es común, en Costa Rica, escuchar las expresiones corrección o revisión filológica junto con las de corrección o revisión de estilo. A menudo, se cree que existe una diferencia entre ambas y su uso diferenciado suele llevar a la confusión. El término “revisión” no lleva implícita la acción de corregir. En cuanto al calificativo “filológica”, parece ser un fenómeno localizado, exclusivo de Costa Rica, derivado del hecho de que, en este país, las correcciones de estilo son realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología].
2. Qué es la corrección de estilo
La corrección de estilo consiste en el proceso de revisión, limpieza y perfeccionamiento del texto para que sea lecturable (claridad y comprensión), exacto (expresión correcta de las ideas), coherente (desarrollo del discurso) y uniforme (decisiones editoriales sistemáticamente aplicadas en toda la obra).
Para lograr esto, el corrector deberá eliminar los errores gramaticales, ortográficos y ortotipográficos, así como lograr unidad y consistencia en los aspectos relacionados con un adecuado y correcto uso de la lengua, como sintaxis, ortografía, semántica, reiteraciones léxicas o eidéticas, redundancias innecesarias, ambigüedades, contradicciones, uso de mayúsculas, signos, puntuación y acentuación, topónimos incorrectos y erratas.
Procurará que el estilo del texto se adapte a la expresión general de la norma del español, pero tomando en cuenta los giros estilísticos propios del habla del público meta de la obra, así como el área, disciplina o género de la obra. Así mismo, velará por su adecuación a los requisitos de comunicación del entorno en donde se empleará el texto, sin incurrir en la sobrecorrección o en la pérdida de los giros estilísticos propios del autor que puedan ser gramaticalmente válidos, comprensibles distintivos de un sello personal.
3. Quién lleva a cabo la corrección de estilo
En Costa Rica, muchas instituciones solicitan que las correcciones de estilo sean realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología o su equivalente (según la nomenclatura propia de cada universidad). Lo deseable es que la persona tenga formación académica y experiencia demostrable en el área de la corrección.
4. Nivel de intervención
El corrector de estilo señalará los problemas propios de su área de especialización, es decir, la clara y correcta expresión de las ideas, respetando y manteniendo la intención del autor del material. Se espera, por lo tanto, una revisión que contribuya a ajustar y perfeccionar el texto, pero que no implique su reescritura completa o una alteración de los contenidos expuestos. Si el corrector de estilo detecta problemas tan graves que requieran tal intervención profunda del material, deberá comunicarlo de inmediato al editor a cargo para que sean este y el autor, siguiendo las observaciones del corrector de estilo, quienes realicen ese proceso de reescritura.
Según las leyes de derechos de autor, se protege la forma, no las ideas; por lo tanto, el corrector debe aprender a identificar cuándo su labor traspasa esa delicada línea, para no incurrir en una violación al derecho moral del autor sobre su obra. Esto no debe ser excusa, por parte del autor, para rechazar correcciones legítimas y necesarias desde el punto de vista de la lengua o de las normas editoriales a las que deba acogerse.
5. Limpiar/normalizar/unificar
El corrector de estilo velará por el uso coherente del estilo comunicativo y los signos ortotipográficos, de manera que la obra mantenga unidad editorial. Seguirá para esto los lineamientos que la editorial o el cliente le proporcionen. Para este fin, el autor y el editor entregarán una lista de decisiones críticas tomadas durante el proceso de escritura y edición. El corrector deberá identificar aquellos aspectos adicionales que requieran ser limpiados, normalizados o unificados, realizará una recomendación al editor o autor y, conjuntamente, definirán los criterios de corrección, para su posterior aplicación sistemática.
6. Evitar la sobrecorrección
Se denomina sobrecorrección al acto de modificar expresiones, párrafos o frases que ya son gramatical y estilísticamente correctos. Si bien el corrector, debido a su experiencia y especialización profesionales, puede tener una mayor facilidad para proponer alternativas, a veces más elegantes o mejor resueltas, se le sugiere evitar recargar el documento de correcciones innecesarias con el fin de procurar un proceso editorial más ágil y de respetar la labor realizada tanto por el autor como por el editor de la obra.
Este es un llamado a la prudencia, con el fin de evitar un exceso de intervención por parte del corrector. Cuando el corrector tenga la firme convicción de que algo que ya está correcto puede ser corregido, identificará mediante el uso de otro color de tinta o lápiz su sugerencia, y dejará muy en claro que esta no es obligatoria y, por lo tanto, su aplicación está sujeta a la aprobación del autor y del editor. Se le sugiere reducir al mínimo indispensable estas sugerencias.
7. Criterios de aplicación de normas y uso
En la corrección léxica, morfológica, sintáctica y ortotipográfica, se dará preferencia a la aplicación de las normas aceptadas del español, según lo dictamina la Real Academia Española (RAE) en sus publicaciones más actualizadas.
Esta aplicación debe ser flexible y tomar en cuenta aspectos como el uso, las variantes regionales, las características del público al que está dirigido el material y las particularidades del área académica o científica a la que pertenece el material. De esta manera, entre dos formas correctas y aceptadas, se preferirá la que es más utilizada en Costa Rica, como periodo sin tilde (uso costarricense) frente a período con tilde (propio de otras regiones lingüísticas). [Usted, lector, reemplace esta última oración con su país o zona de acción].
Con el fin de mantener un lenguaje más comprensible, cuando el uso esté muy extendido y haya sido registrado por diccionarios de uso reconocidos (María Moliner, Vox, Clave), se preferirá la forma más extendida en lugar de la académica (o estrictamente correcta), tomando en cuenta que la tendencia actual de la RAE es la de aceptar las variantes de uso en países no peninsulares. Tal es el caso de concientizar, palabra que durante muchos años fue considerada incorrecta por no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero que la última edición de este diccionario (2001) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) ya aceptan para el entorno geográfico latinoamericano.
Para neologismos todavía no registrados en ninguna fuente lexicográfica normativa, se procurará una investigación en corpus de la lengua (CREA, CORDE, Corpusdelespañol.org) y una verificación en buscadores en línea, para confirmar que tal forma está ya estandarizada en el uso. Este será un recurso únicamente para casos excepcionales.
Se aplicarán también las normas editoriales definidas por la editorial o el cliente, ya sea a través de su manual de estilo, un documento de lineamientos o de las instrucciones específicas por parte del editor a cargo.
8. Signos y llamadas
El corrector le entregará a su cliente el código de signos o llamadas empleado durante la corrección. Se puede consultar, para referencia, los signos recomendados por José Martínez de Sousa en el Manual de estilo de la lengua española (2007).
9. Informe de corrección
El corrector emitirá un informe breve, con un sumario de los principales cambios que aplicó sistemáticamente en el texto, según sus particularidades. Indicará el nivel de corrección, los criterios de unificación y los cambios implementados de manera transversal en toda la obra (muletillas frecuentes, vicios lingüísticos, etc.). Si lo desea, también puede adjuntar otros documentos, como tablas de decisiones u otros recursos que haya generado durante la corrección. Esto servirá de guía para dejar constancia sobre su intervención en la obra.
10. Corrección en papel o digital
La corrección se llevará a cabo en papel, con marcador rojo para las modificaciones obligatorias y lápiz para las sugerencias o explicaciones. Si hubiere necesidad de utilizar otro color, el corrector lo advertirá en su informe.
11. Bibliografía y herramientas de corrección
El corrector utilizará la bibliografía sugerida en sus versiones más actualizadas. En el caso del DRAE, específicamente se le recomienda el uso de la edición en línea, puesto que esta se actualiza diariamente con modificaciones y adelantos de la próxima edición.
12. Particularidades del estilo didáctico
El estilo académico didáctico se caracteriza por la claridad y la precisión comunicativa de contenidos académicos, científicamente fundamentados y, en la medida de lo posible, demostrables. Por su propia naturaleza, fuera de casos especiales, debe evitar la ambigüedad, la oscuridad expresiva y la subjetividad injustificada.
Por motivos didácticos, la redacción debe ser fácil de comprender, para que el estudiante, además de lidiar con la complejidad inherente a los contenidos de una asignatura, no deba también realizar un esfuerzo extra para entresacar la información a partir de una redacción confusa, errática, macarrónica, llena de recovecos y con problemas de coherencia. La expresión lingüística, vista así como medio expresivo, debe facilitar la comprensión de los contenidos en lugar de añadirle una complejidad innecesaria e injustificada.
El estilo también estará determinado por las estrategias de comunicación con orientación didáctica, previamente elegidas por el autor y el equipo de producción. Esto puede variar desde el uso de un estilo impersonal, muy distante y objetivo, hasta la aplicación de un tono directo, que interpele al lector. Cualquiera que sea el caso, el corrector deberá velar por una aplicación coherente del estilo elegido, en todos sus aspectos formales.
El nivel de complejidad de la escritura también estará condicionado por el nivel del curso y las características del público destinatario. El corrector deberá consultar el nivel de la carrera o programa al que pertenece la asignatura, para identificar potenciales problemas expresivos que requieran de algún ajuste en la redacción.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Entonces: la coma hace la diferencia
En matemáticas, abunda el uso de entonces con el valor de por lo tanto. Se emplea para indicar una relación causal entre una razón y otra. Muy a menudo esto se ver reforzado por su uso dentro de una construcción abierta por una oración condicional: “Si tal condición se cumple, entonces…”. Cuando vemos la oración de esta manera, no produce mayores inquietudes ortográficas. Sin embargo, la duda sobreviene cuando el adverbio entonces encabeza una línea u oración y, más todavía, cuando aquello que le sigue no es una expresión lingüística, sino matemática, como una fórmula. En esos casos, vemos expresiones tales como
Entonces
[fórmula]
y sobreviene la pregunta: ¿cómo se escribe el entonces? ¿Lleva algún signo después? ¿Lleva coma o dos puntos?
¿Qué valor semántico tiene entonces?
Entonces es una palabra versátil. Según su posición en la oración puede tener dos funciones semánticas (y sintácticas en sus resultados) completamente distintas: adverbio o conector. Esta es la clave de la coma.
¿Cuándo es adverbio y cómo se escribe?
Los adverbios, por definición, son aquellas palabras “ad verbum”, junto al verbo. En tanto adverbio, indica una relación de temporalidad; es decir, señala cuándo se ha realizado la acción. Veamos un ejemplo:
Entonces usábamos vestidos largos.
En estos dos casos, entonces nos dice cuándo está ocurriendo la acción del verbo. Lo comprendemos mejor si lo vemos en su contexto íntegro:
Las fiestas eran suntuosas, por aquel año de 1875. Entonces usábamos vestidos largos, guantes y abanicos.
Queda ahora claro el valor semántico de entonces: remite a una coordenada temporal. Podríamos reemplazarlo por en aquel entonces, en esa época, en aquellos años, en esos días… El reemplazo no necesariamente sería estilístico, sino una prueba de corrección: si puedo hacer la sustitución y la frase todavía tiene el mismo sentido que antes (o ligeramente similar), puedo afirmar que se trata del adverbio de tiempo.
¿Cuándo se convierte en conector?
El vocablo entonces abandona su identidad como adverbio cuando pasa a cumplir una función distinta en el discurso: conecta dos estados, dos relaciones, dos condiciones. Por ejemplo, pasa a indicar una relación de causalidad entre una condición y otra: “si la Tierra no está en el centro, entonces el Sol no gira alrededor de la Tierra”.
Tomemos el ejemplo usado para el adverbio, pongámosele la coma y veamos la diferencia:
Entonces, usábamos vestidos largos.
La sola presencia de la coma remite la imaginación a otra condición. El uso del vestido largo, en este caso, es la consecuencia de un evento previo, no de un tiempo previo. Veamos el nuevo contexto de esta ficción:
Las mujeres eran recelosas de los extraños. La represión sexual había producido un morbo incontenible por la expresión de la piel. Parecía necesario, a todas luces, ocultar el cuerpo. Entonces, usábamos vestidos largos a modo de coraza protectora contra las miradas lascivas.
La frase cambiaría de sentido si se reemplazara el entonces por en aquella época. Sin embargo, lo conserva si reemplazo la palabra por otras expresiones, como por lo tanto, en consecuencia…
Entonces… ¿dónde va la coma?
Cuando entonces tiene valor de conector y se escribe al inicio de la oración, siempre debe llevar coma. Volviendo al ejemplo en los textos de matemática, se escribiría así:
Entonces,
[fórmula]
Cuando forma parte de una construcción condicional, se respetará la sintaxis de estas expresiones. Por ejemplo,
Si vamos al cine, entonces no es necesario llevar la bolsa del supermercado.
En síntesis
Los editores saben que gran parte de su oficio consiste en unificar. Quienes carecen de entrenamiento en lingüística pueden llegar a pensar en la unificación como un asunto estrictamente formal: “siempre que aparezca tal palabra, se escribirá de tal manera”. Esto podrá ser cierto para aspectos ortotipográficos, más cercanos al mundo de lo gráfico que a lo semántico.
No obstante, en cuestiones de comas, el signo gráfico tiene una razón de ser más allá de la escritura de un grafo que, a muchos, les puede parecer estorbo: es una guía de sentido, es un indicador del significado, es un instrumento para clarificar la relación entre los elementos del discurso dentro de la unidad mínima de la oración.
Una coma no se pone o se quita por estrictos criterios de unificación per se. Es un problema de comunicación, no de estética visual o de unidad gráfica.
Lista de obras consultadas
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Madrid: Autor, “Entonces”.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe, “Coma”, §1.3.
Real Academia de la Lengua y Asociación de Academias Americanas (2010). Nueva gramática de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, §17.9i, §30.12h, §30.13a.
Agradecimiento
Este artículo se originó en la inquietud y las conversaciones con Vanessa V.
lunes, 7 de junio de 2010
Computadora o computador
Esta es una pregunta no poco frecuente y su respuesta depende, a su vez, de otra pregunta: ¿para qué zona geográfica se escribe, publica o habla?
En el campo de la lengua no existen zonas seguras de normativa unívoca e imperturbable. En su lugar, hay muchas zonas de influencia, algunas de confluencia y, la mayoría, de incertidumbre.
El caso de computador y computadora responde a una realidad cultural, un imaginario que no puede normarse desde una silla peninsular (me disculpan los sabios académicos) sin tomar en cuenta a sus pares de otras latitudes hispanoparlantes.
La historia del desarrollo de ambos vocablos está documentada y no voy a reiterarla aquí. Recomiendo, en cambio, la lectura del artículo de Joaquín Segura, en la Página del Castellano, “Reflexiones en torno a los vocablos computador y ordenador”.
En síntesis, en España triunfó el nombre ordenador, “aparato que ordena la información” mientras que en América predominó el concepto de “aparato que computa o hace cómputos”.
Tal vez por la influencia de ordenador, la competencia en España se dio entre dos vocablos masculinos: ordenador y computador, como advierte Segura en el artículo referido.
No obstante, en América la historia ha debido ser distinta, porque una búsqueda en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) de la Real Academia, una base de datos para analizar estadísticamente ejemplos de uso, vemos que computadora está muy extendido en buena parte del continente americano, incluso en países prominentes por su industria editorial, como México y Argentina.
El uso del vocablo computador, por su parte, es mínimo en América y además parece ir en descenso. En cuanto a ordenador, su uso está localizado en el español peninsular, con porcentajes de aparición inferiores al 1% en cualquiera de los demás países.
Al respecto, aclara el DPD:
computador -ra. ‘Máquina electrónica capaz de realizar un tratamiento automático de la información y de resolver con gran rapidez problemas matemáticos y lógicos mediante programas informáticos’. Estas formas son las usadas mayoritariamente en el español de América, por influjo del inglés computer. Según las zonas, existen distintas preferencias: en la mayoría de los países de América se prefiere el femenino computadora, mientras que el masculino computador es de uso mayoritario en Chile y Colombia. En España se usa preferentemente el término ordenador, tomado del francés ordinateur.Otros detalles que podemos tomar en cuenta para tratar de comprender el imaginario detrás de la elección del masculino o del femenino es a qué remite cada uno: computador es un sistema; computadora es una máquina.
Así, la respuesta a una pregunta tan unívoca y segura como “¿cuál es la forma correcta?” no tiene una sola respuesta. En España, Chile y Colombia, seguramente sea más comprensible y natural decir “el computador” (y en España, se preferirá siempre el ordenador). Pero en los demás países de América, cada pueblo dirá lo suyo. En el mío (Tiquicia de mis amores), decimos, escribimos y sentimos computadora. Así sabemos cuándo se pone caprichosa y cuándo está de buenas.
¿Para quién habla, escribe y publica usted? ¿Habita un universo imaginario de computadoras o de computadores? El público y su universo mandan.
Referencias bibliográficas
Real Academia Española. Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. <http://www.rae.es>.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Segura, J. (n.d.). Reflexiones en torno a los vocablos “computador” y “ordenador”. El castellano.org. La página del idioma español [Página web]. Recuperado el 15 de mayo de 2010, from <http://www.elcastellano.org/ordenado.htm>.
lunes, 3 de mayo de 2010
Expresiones vacías: «Cobrar gran auge»
Le propongo un ejercicio retórico: usemos la vieja herramienta del diccionario, la misma que emplearía cualquier lector en cualquier parte del continente.
El primer vocablo, el verbo cobrar, tiene muchas acepciones. La más útil en este contexto es ‘adquirir’.
Le sigue gran, apócope de grande. Esta no da mayores problemas: es un adjetivo de magnitud.
Finalmente encontramos auge. Aquí encontramos dos definiciones básicas: ‘período o momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de cosas’ y, casi idéntica a la anterior, pero en astronomía, ‘apogeo’. Esta última, además de sus significados especiales en astronomía, también se define como ‘punto culminante de un proceso’.
Ahora hagamos la traducción: «cobrar gran auge» sería el equivalente de «adquirir gran momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de las cosas».
¿Nota algo excesivo o incluso contradictorio?
Tal vez uno de los fenómenos más notorios es el énfasis redundante: el auge es ya, por definición, el momento más grande dentro de un proceso, el punto culminante. No hay nada más «grande» que un auge dentro de un proceso.
Por otro lado, conviene ver la relación entre cobrar gran y auge. El auge es el pico máximo en un proceso evolutivo, el final de un proceso (una secuencia encadenada de eventos) que se inició mucho atrás, mientras que el cobrar es, quizás de manera implícita, un punto de inflexión y de un cambio de estado, algo más cercano a un inicio. Pareciera que ambas, «cobrar» y «auge» se sitúan en lugares opuestos de la secuencia cronológica de un proceso; son excluyentes y, por lo tanto, no deberían emplearse de manera adyacente.
Ahora viene una pregunta que desborda las definiciones estrictas de un diccionario. ¿Qué pretendían comunicar los hablantes al elegir la expresión «cobrar gran auge»? Mi hipótesis personal es que, el sentido, en su contexto, sería más bien algo similar a «iniciar el vuelo», «adquirir mucho éxito», «ponerse de moda» o «experimentar un boom».
¿Quiénes la utilizan? Esta es otra buena pregunta y mi respuesta también es una hipótesis: periodistas, comunicadores y escritores que, imitando a los periodistas, comunicadores y escritores de generaciones anteriores, piensan que la expresión es elegante, digna y muy precisa en su significado. No me parece que sea una expresión del habla cotidiana; todo lo contrario: tiene un dejo de afectación, una necesidad de sonar «importante», una vacuidad formal de salirse de la expresión diaria para sonar como alguien que domina la lengua y la hace sonar «bella».
Peor todavía: en algunos textos, la expresión se vuelve latiguillo (especialmente si es algún tipo de descripción histórica), y de repente, todo, continuamente, cobra gran auge, al punto de no poderse distinguir entre los momentos de apogeo, los de inicio y los de decadencia, porque en los momentos de inicio todo parece que ya ha cobrado su cuota de auge.
La decisión de eliminar o mantener esta expresión cae en el rango de norma editorial o de corrección. ¿A quién le hablamos? ¿Cómo le hablamos? ¿Cómo necesita que le hablemos? Al respondernos estas preguntas podremos decidir si nos comprometemos o no con la expresión «cobrar gran auge» o la reemplazamos por algo menos rimbombante, pero más preciso y transparente en su significado.
viernes, 30 de abril de 2010
Lenguaje inclusivo: no todo lo que termina en «a» es mujer
«…también quedó claro que los y las JEFATURAS, no pueden obligar al trabajador…» (sic). Comunicado informativo no oficial, enviado por correo electrónico, dirigido a todos los funcionarios de una universidad estatal costarricense y escrito por un hombre.
Lenguaje inclusivo es el nombre que se le da a la directriz institucional de emplear en la comunicación diaria formas lingüísticas que enuncien de manera explícita a los diferentes sectores sociales, en tanto sujetos y objetos de la acción gramatical. Su expresión más evidente es la visibilización de la mujer en la lengua; pero si se es políticamente correcto, el lenguaje inclusivo también abarca directrices para referirse a otros grupos por razones de edad, discapacidad, estrato social o cultura.
Aunque la intención detrás del lenguaje inclusivo es loable en sus ideales, colapsa en su diaria implementación. La sensatez es reemplazada por la paranoia. Autores convertidos en inquisidores de las palabras tratan de expurgar hasta el más ínfimo vestigio de una expresión «no inclusiva».
Sin reflexionar sobre las funciones de las palabras, su relación sintáctica, su naturaleza interna, se pueden llegar a ver casos graves como el citado al inicio de este artículo en donde este hablante en particular no se preocupa de hablar de «trabajador y trabajadora» pero sí se siente en la necesidad de aclarar que pueden existir «jefaturas» masculinas.
En vocablos como este podemos ver, con toda claridad, la independencia entre el género gramatical y las referencias a la sexualidad a la que puedan remitir sus contenidos semánticos.
La palabra «jefatura» tiene «género», ciertamente. Cada vez que la situamos en una oración, si además va acompañada de un artículo o de un demostrativo, deberemos elegir aquel que concuerde, en género y número, con la palabra. Es decir, no puedo decir «el jefatura» ni «unos jefatura». Debo realizar las modificaciones necesarias para lograr la concordancia (es decir, que ambos –artículo/demostrativo y sustantivo– tengan exactamente las mismas variaciones de género y número): la jefatura y unas jefaturas.
Los pormenores semánticos de «jefatura» ya son otra historia. Su significado no atañe a una realidad marcada por la condición biológica de la sexualidad. ¿Por qué? Sencillo: una «jefatura» no es un organismo vivo, sino una realidad abstracta y socialmente construida. Es decir, si bien hombres y mujeres por igual pueden ocupar una jefatura, la jefatura en sí misma es inmaterial: es un cargo, una posición; no un individuo pensante, hablante, actuante… Por lo tanto, no tiene sexo: no es hombre ni mujer. Quienes sí tienen sexo son las personas que pueden ocupar una jefatura, pero esos ya no son jefaturas sino jefes y jefas.
Oficialmente, el vocablo jefe es de género común, según dicta aún la RAE. En otras palabras, lo ortodoxo y académico sería decir «el jefe» y «la jefe». Pero en un vocablo como este, no debemos ver en el diccionario un conjunto normativo, sino uno descriptivo. El género común de la palabra es el vestigio arqueológico de una época lingüística en donde «la jefa» simplemente no existía o era la excepción, no era una realidad cotidiana y extendida a todos los estratos sociales.
Por eso, es en puntos de inflexión como este en donde el imaginario y el lenguaje inclusivo sí deben confluir y hacer su labor. La variante jefa ya está registrada en el diccionario académico desde 1837; en otras palabras, forma parte de la realidad expresiva desde hace casi dos siglos. La realidad social también se ha desbordado: ¿quién no ha tenido jefas? Y ya no hablamos de «al menos una en su vida», sino de muchas. Las jefas nos rodean y llegaron para quedarse.
Puesto que ya el DPD recoge esta discusión, es de esperar que en alguna edición futura (ojalá no muy lejana) se tome nota del cambio que ya se ha producido en el habla.
En cuanto a «los y las jefaturas», el recordatorio siempre es válido: no todo lo que termina en «a» es mujer.
jueves, 1 de abril de 2010
«Mal de todos, consuelo de tontos»: la escritura en comunidades académicas
La escritura académica y erudita tiene su particular juego de necesidades en cuanto a la redacción, así como su propia colección de vicios. A menudo, además, vemos que las comunidades docentes en universidades e institutos clonan y heredan sus costumbres a las nuevas generaciones de estudiantes y, repentinamente, emerge una especie de jerga, en donde se repiten los problemas de redacción de un artículo a otro, de una tesis a otra, de un libro académico a otro, y todo gracias a la corrección endogámica y al aprendizaje a través de la imitación.
De repente vemos que la mayoría de artículos de una revista de medicina de una particular universidad, a pesar de haber sido escritos por autores distintos, tienen los mismos problemas recurrentes de redacción, digamos en el uso de las mayúsculas o en la manera de emplear el gerundio; o que todos los profesionales de una comunidad de estudiosos de turismo tienden a emplear el mismo falso cognado.
Lo peor es que, entre ellos, se entienden.
Cuando el corrector hace sus observaciones (a veces con cara de horror), minimizan su criterio profesional bajo el argumento de estar supuestamente amparados por algún metalenguaje científico que el lingüista es demasiado ignorante para reconocer: que en esa disciplina o ciencia tal vocablo tiene en efecto ese significado; que así escriben todos; que tome otros textos anteriores y verifique la exactitud de su estilo, de su estructura, de su manera de redactar; que observe las obras de referencia traducidas en México o España y corrobore sus afirmaciones…
En otras palabras: «mal de todos, consuelo de tontos».
Un corrector serio no cederá tan fácilmente a estas argumentaciones, porque aquí es necesario trazar una línea divisoria. ¿Son vicios copiados hasta la saciedad y convertidos en modelo o hay un verdadero fenómeno lingüístico detrás? ¿Son problemas de forma, de sintaxis, de expresión o hay lugar al alegato del «lenguaje científico»? ¿Existe una verdadera razón científica para emplear determinada forma expresiva o es el resultado de la costumbre, el capricho, una mala traducción o la más genuina y pura ignorancia?
Para responder a estas preguntas, el corrector deberá armarse de paciencia, investigar, consultar a sus pares y tratar de comprender a profundidad el texto bajo su cuidado. Deberá hablar con su autor y aprender a reconocer verdaderos conceptos técnicos detrás de su planteamiento (o error) lingüístico y, cuando así sea posible, sugerir maneras de redactar sus ideas con más precisión y dentro del marco de la lengua española, más allá de la jerga particular que ha crecido en el seno de alguna comunidad de académicos. Es una labor de negociación.
El problema no se reduce a decir que el «corrector está tratando de seguir las reglas de la lengua». El mantener ciertos estándares lingüísticos (con criterio, sin llegar al fanatismo) facilita la comunicación entre hablantes de comunidades distantes entre sí ya sea por factores geográficos, culturales o disciplinarios. Y no me refiero con esto a escribir en Argentina y publicar en México. Dos académicos de la misma universidad pueden pertenecer a comunidades muy distantes, desde el punto de la lengua, si uno de ellos es sociólogo y el otro físico teórico. Si se especializan demasiado en su propia área y se alimentan únicamente de los escritos de sus colegas, pueden llegar a reducir tanto sus formas de expresión que no saben cómo escribir para un público general.
Habrá algún autor que diga «pero yo no soy el único que escribe así». Es verdad, eso es innegable (por desgracia), pero no justifica que, de su pluma, salgan textos con problemas de redacción y, más allá de la norma gramatical académica, con deficiencias en la comunicación. ¿Qué es más importante? ¿Justificar por qué escribimos de una cierta manera y, de paso, seguir reproduciendo estos modelos inoperantes, o corregir nuestra escritura hasta hacerla legible para otros? Usted elige.
domingo, 7 de marzo de 2010
Puntos suspensivos: omisión de texto en medio de la cita
La mayoría de los editores prefieren, para estos casos, encerrar los puntos suspensivos entre corchetes (paréntesis cuadrados) y jamás entre paréntesis. Defienden esta postura José Martínez de Sousa y Miguel Ángel Guzmán (citado por el manual del APA en español), y Roberto Zavala Ruiz (2008) comenta que los corchetes son los favoritos de las editoriales, un cuando a veces se reserven para obras académicas o eruditas. La RAE (a través del DPD) avala tanto el uso de puntos suspensivos dentro de paréntesis como de corchetes, si bien prefiere el uso de los corchetes.
Personalmente, me adhiero a la preferencia de los editores: los puntos suspensivos deben ir acompañados, para no generar ambigüedad y, de preferencia, que sea por corchetes, que indican una intromisión en el texto por la «mano criminal» de quien lo cita.
Omisión de una sola palabra o frase
Si el texto omitido es de una palabra o una frase solamente, procede simplemente reemplazar ese texto por el signo gráfico respectivo: «En efecto, estábamos bajando al refectorio cuando escuchamos unos gritos […]. Guillermo se apresuró a apagar la lámpara». Conviene respetar la puntuación original (en este caso, el punto después de los corchetes), de manera que el texto conserve su lecturabilidad.
Omisión de más de un párrafo
Si el texto omitido obliga a un salto de párrafo o se omite un párrafo completo o más, los puntos suspensivos encorchetados deberán «flotar» en la cita, para indicar la omisión de un fragmento de considerable tamaño.
Pegándonos a las paredes, llegamos hasta la puerta que daba a la cocina, y comprendimos que el ruido venía de afuera, pero que la puerta estaba abierta. Despés las voces y las luces se alejaron, y alguien cerró la puerta con violencia. Era un gran tumulto, preludio de algo desagradable. A toda prisa volvimos a atravesar el osario, llegamos de nuevo a la iglesia, que estaba desierta, salimos por la puerta meridional, y divisamos un ir y venir de antorchas en el claustro.
[…]
Se presentó el Abad, y Bernardo Gui, a quien el capitán de los arqueros informó brevemente de los hechos.
José Martínez de Sousa cita, en adición a la anterior, propone otra alternativa para indicar este tipo de omisión (2007: 74-75.
Si lo que se suprime es un párrafo entero o más de uno, se puede indicar de varias maneras: si la cita está entre comillas latinas, a continuación del último final de párrafo se coloca un igual entre espacios, después los puntos encorchetados, seguidos de otro igual entre espacios y el texto del párrafo siguiente:Cuando la cita creada a partir de textos tomados de varios párrafos es demasiado corta, Martínez de Sousa ofrece una alternativa elegante:
[cita] = […] = [cita];
se usa el mismo signo si se trata de un párrafo como si son dos o más los suprimidos; si la cita se dispone aparte y en cuerpo menor.
El texto citado se dispone tal como aparezca en el original, con sus mismos puntos y aparte. Sin embargo, si la cita es corta y la introducimos en nuestro párrafo entre comillas latinas, el punto y aparte no se indica haciendo un punto y aparte efectivo, que daría al escrito un aspecto bastante chocante, sino poniendo un signo igual (=) (o incluso una doble pleca: ||) en el lugar que debería ocupar el texto que omitimos; irá precedido de punto y espacio y le seguirá espacio antes de continuar con el texto de la cita:
[cita]. = [cita].
Si el texto subsiguiente no es el comienzo del párrafo que sigue, es señal de que hemos omitido parte del comienzo de este párrafo porque tampoco nos interesa. En este caso, la parte omitida se sustituye por puntos encorchetados, y la grafía queda así:
[cita]. = […] [cita].
¿Y si hay demasiadas omisiones en una misma cita?
En lo personal, prefiero el empleo de los corchetes flotantes, aunque con una advertencia: si el texto está recargado y hay demasiadas omisiones, la publicación se afeará y el lector se sentirá perdido entre tantos fragmentos. En ese caso, es mejor recomendarle al autor que redacte de nuevo, utilice el método de la paráfrasis o que redacte su propio párrafo integrando, en donde corresponda, los fragmentos de mayor conveniencia.
Al final, por encima de la corrección ortotipográfica, nuestro verdadero fin es lograr un texto fluido, fácil de leer y amigable para el lector; y hay muchas maneras de lograrlo mientras se consigna la correcta autoría de las ideas, sin caer en la enfermedad de citar textualmente todo cuanto nos encontramos.
Referencias bibliográficas
American Psychological Association (2001). Manual de estilo de publicaciones de la American Psychological Association [Publication Manual of the American Psychological Association, Fifth Edition] (2.a. ed.). México: Manual Moderno. (Original work published 2001).
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México.
lunes, 22 de febrero de 2010
Estilo: uso y abuso de las viñetas
La redacción a veces nos exige el uso de párrafos independientes, ya sea enumerados o no, para dar una lista, una secuencia o una serie de ideas que, por su naturaleza, conviene proporcionar de manera independiente.
En estos casos utilizamos dos recursos tipográficos: el número y signos gráficos no secuenciales, como el guion y el topo (viñeta con forma de cuadrado, rombo o círculo). Usualmente, se utiliza el formato de párrafo francés para darle una disposición gráfica distintiva, que lo hace más fácil de recordar y le otorga una voz propia: lo saca del cuerpo de texto y obliga al lector a realizar una especie de digresión. Se le dice, con los márgenes y con los signos gráficos que acompañan al párrafo, cómo leer esa secuencia de ideas.
Precisamente debido a sus particularidades semióticas, los párrafos con viñetas o enumerados pueden constituir notables herramientas de lectura en obras que los ameriten y justifiquen, como las obras didácticas.
La enumeración es útil y necesaria cuando en efecto se está proporcionando una secuencia que, por sus características y naturaleza, requiere de un orden seriado, como la lista de pasos para elaborar un experimento. En ese sentido es necesario enumerar y, por lo tanto, la elección de párrafos enumerados es la más acertada.
Los topos o viñetas son especialmente útiles cuando se están comunicando ideas sintéticas y se desea expresarlas, gráficamente hablando, de manera independiente, pero formando parte de un conjunto. Ahora bien, este conjunto no requeriría de una enumeración (1, 2, 3) porque sus elementos no corresponden, semánticamente, a un una serie en estricto orden; no hay diferencia entre citar uno primero y otro después, fuera del énfasis que el autor quiera darle a una idea o a otra. Sería el caso, por ejemplo, de una lista de cotejo o un grupo de ejemplos. Se necesita que el estudiante los estudie y comprenda como lista, no como secuencia; y se desea que los tenga a mano como un conjunto, listo para memorizar o para comprender.
No obstante, precisamente por la misma razón que una secuencia de párrafos con viñetas puede resultar extremadamente útil, es necesario utilizarlos con medida y cierto grado de discreción. Un recurso gráfico-semiótico solo cumplirá su propósito si consiste en una interrupción en el discurso o en la mancha tipográfica. En cambio, si la mayor parte del texto que le entregamos al lector está estructurado en la forma de párrafos sueltos, inconexos, llenos de viñetas, se pierde el propósito para el cual serviría distinguirlos. Ya no destacan nada, sino que introducen un elemento de monotonía en un texto sin hilación, un texto-gallina, según lo definimos en un artículo anterior.
De ahí que el autor y el editor deban poner especial cuidado en cuándo utilizar la viñeta y la enumeración como recursos de la textualidad; y cuándo su abuso y sobreabundancia entorpece la lectura y transforma lo que debería ser un libro coherente y bien hilado en una lluvia de ideas inconexas, sin orden, ni sentido.
Ortotipografía: Primera/Segunda Guerra Mundial
Antes de que aconteciera la Segunda Guerra Mundial, la primera también era conocida como la Gran Guerra. Este último sintagma, cuando se está empleando de esa manera y con ese significado específico, se escribe con mayúscula, según advierte José Martínez de Sousa en el Manual de Estilo de la Lengua Española (MELE 3).
La polémica viene cuando nos referimos a cada una de estas dos guerras por separado: la que aconteció entre 1914 y 1918, y la que se produjo entre 1939 y 1945.
Según Martínez de Sousa (2007a, 2007b), tanto la primera como la segunda de estas guerras deben escribirse con minúscula inicial. En su opinión, la mayúscula no se justifica porque su nombre no constituye un nombre propio en sí, sino que consta de dos adjetivos y el sustantivo guerra. O como lo aclara la Wikilengua, «es un nombre puramente descriptivo y no propio (fue guerra, fue mundial y fue la segunda de ellas). La equiparan, por tanto, con guerras púnicas o guerras napoleónicas».
Sin embargo, a esta regla debe contraponérsele otra vigente en español, dictada por la Real Academia Española (RAE) y seguida por otros manuales de estilo: los nombres de términos y eras históricas se escriben con mayúscula.
Con base en este criterio, nos encontramos una tendencia mayoritaria a considerar estas dos guerras como acontecimientos históricos con nombre propio y que, por lo tanto, se escriben con mayúscula inicial. Entre quienes defienden esta postura, podemos citar el Diccionario Panhispánico de Dudas (RAE), el Libro de estilo de ABC y el Libro de estilo de El País.
En cuanto a la grafía de primera y segunda, si bien el Libro de estilo de El País le da preferencia a la grafía con números romanos (II Guerra Mundial), el MELE 3, el Libro de estilo de ABC y la Wikilengua del español (Fundéu) coinciden en recomendar la grafía con la palabra completa. En lo personal, me adhiero a este último criterio.
Particularmente, me inclino por escribir los nombres de ambas guerras con mayúscula inicial y sin abreviaturas, siglas o numerales. Aquí la mayúscula se convierte en un elemento diacrítico: sí, muchas guerras podrán ser mundiales; sí, muchas guerras podrán ser primera, segunda o tercera…, y cuando así se utilice, en un sentido genérico, que rija la minúscula; pero en nuestros tiempos modernos, todos sabemos cuál fue, sin la menor duda, la Primera Guerra Mundial (cuando la vemos así, con mayúscula), y cual su continuación o sucesora. Ambas, en nuestro imaginario, en nuestros textos y en nuestra educación ocupan un lugar por derecho propio, tienen su página en la historia (sin mencionar sus declaratorias, tratados de guerra y de paz y sus juicios). Escríbase pues, con mayúscula, si así lo elige el editor de turno o la editorial.
Y como siempre, la advertencia editorial: sea cual sea la elección tomada, ha de ser coherente y sistemáticamente aplicada en toda la obra, en todo el texto. O como diría el editor y maestro Miguel Guzmán (Centro de Capacitación Versal, México): «Pinche, pero parejo».
Referencias bibliográficas
El País (2003). El País. Libro de estilo (18.a ed.). Madrid: Ediciones Santillana, p. 233. [Versión electrónica: http://estudiantes.elpais.com/libroestilo/dic_gu.asp].
Fundación del Español Urgente. Wikilengua del español. «Ortotipografía en historia». http://www.wikilengua.org/index.php/Ortotipograf%C3%ADa_en_historia (Consultado: 22 de febrero de 2010, 6:00 p. m.).
Martínez de Sousa, J. (2007a). Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas. Gijón: Ediciones Trea, p. 144.
_____(2007b). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea, p. 399.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe, “Mayúsculas”, 4.26.
Vigara, A. M. & Consejo de Redacción de ABC (2001). Libro de estilo de ABC (2.a ed.). Barcelona: Ariel, p. 31.
sábado, 20 de febrero de 2010
Tildar o no tildar... he ahí el dilema (la tilde en los demostrativos)
Grande fue mi sorpresa cuando mi maestra de tercer grado me devolvió una tarea corregida llena de marcas rojas por haber tildado fue. Así aprendí que la norma cambia: lo que ayer era regla, hoy no lo es.
Pasaron muchos años antes de que volviera a asombrarme con un cambio en la norma de los acentos. Ni siquiera por mérito propio, sino porque alguien más me lo hizo saber, descubrí en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) la muerte del acento de los pronombres demostrativos (este, esto, ese, esa…) y del adverbio solo. Se reserva el acento gráfico para los casos de anfibología (ambigüedad) inminente y estos, se advierte, son raros en español.
Para mí, la norma era nueva, apenas este año cumplía su primer lustro. Así, con la misma candidez de mi infancia, pregunté en el foro de la Fundéu, Apuntes, si consideraban lícito aplicar, en un entorno editorial, esta norma tan «novedosa». Mi sorpresa fue grande cuando se me informó, educada y gentilmente, que la eliminación de los acentos en los demostrativos fue introducida en la norma académica en 1959.
El uso de la tilde es potestativo en los dos casos (éste, ése, etc., y sólo). Es lícito prescindir de ella cuando no existe riesgo de anfibología (reglas 16.ª y 18.ª de las Nuevas normas de Prosodia y Ortografía, que entraron en vigor el 1.º de enero de 1959.Así lo establece nada menos que una discreta nota al pie del Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, en su apartado 1.8.3, inciso F, párrafo 3. La edición del Diccionario de la Real Academia (DRAE) de 1992, en la definición de los demostrativos, ya invierte la norma, y la tilde pasa de ser facultativa a ser obligatoria únicamente en los casos de ambigüedad.
Por eso, la norma del 2005 simplemente es el refuerzo de un cambio de enfoque ya previamente confirmado. La nota al pie se convierte en texto primario, y lo que antes era algo nada más «lícito» pasa a ser la norma: «solo cuando en una oración exista riesgo de ambigüedad porque el demostrativo pueda interpretarse en una u otra de las funciones antes señaladas, el demostrativo llevará obligatoriamente tilde en su uso pronominal» (DPD, 2005, «tilde», 3.2.1). Y no sabemos cuándo incluso esta obligatoriedad restringida podría también desaparecer, porque como dice M. Barbero, los casos de anfibología son tan raros «que, por infrecuentes, son anecdóticos (además de perfectamente evitables en la redacción)».
Cinco (que son en realidad cincuenta) años después de esta no tan «nueva» norma, algunos editores todavía se resisten a aplicarla; sin mencionar muchas personas que se han acostumbrado a seguir la regla aprendida en la escuela. «¡Hace cincuenta años! Y, sin embargo, una grandísima parte del mundo hispanohablante no se ha dado por enterada», exclama con asombro el «apuntero» Mariano Vitetta.
Renunciar a lo aprendido en los años de la infancia es difícil. Renunciar a las tildes que siempre hemos defendido, buscado y corregido también lo es. Habrá nuevas generaciones (como la mía) sin tantos miramientos para decir, sin la menor duda, que da menos trabajo identificar los poquísimos casos de anfibología (y hasta proponer una redacción alternativa) que estar continuamente decidiendo si este es un demostrativo o un adjetivo. Y para muchas personas fuera del mundo editorial también será, sin duda, un alivio.
Nota: agradezco aquí a los «apunteros» por haber proporcionado los datos básicos y las referencias para este artículo. En particular, a Mariano Vitetta y M. Barbero.
martes, 16 de febrero de 2010
Ortotipografía: ponencias, conferencias, foros y videoconferencias
El Manual de estilo de lengua española sigue siendo una de las obras de referencia más completas. José Martínez de Sousa incluye las entradas de conferencias y ponencias en donde proporciona la información básica para tomar estas decisiones editoriales.
Debemos distinguir entre dos tipos de actividades: las exposiciones individuales o colectivas en donde una persona o un pequeño grupo de personas emite un discurso, imparte una conferencia, da a conocer resultados de sus investigaciones e intercambia con sus pares puntos de vista diversos sobre el mismo tópico. Entran, bajo esta categoría, las conferencias y videoconferencias universitarias, las ponencias o comunicaciones en congresos y atividades afines, y las actividades también llamadas foros o conversatorios, en donde varios académicos conversan sobre un tema, bajo la guía de un moderador.
Este tipo de ponencia o conferencia se escribe con letra redonda, entre comillas y con todos sus adjetivos y sustantivos en minúscula. En otras palabras, se le da un tratamiento muy similar al de los artículos de revista. Un ejemplo, tomado del MELE 3, es el siguiente:
"Los diccionarios del siglo XX", ponencia en el Institut Universitari de Lingüística Aplicada de la Unversidad Pompeu Fabra, de Barcelona.
A veces los mismos nombres de conferencia y foro se aplican a actividades de mayor envergadura, en donde personalidades o figuras destacadas se reúnen durante una cierta cantidad de días a tratar asuntos de su competencia. Este tipo de actividades recibe el mismo tratamiento que los congresos: sus nombres se escriben con letra redonda y mayúscula inicial para todos sus adjetivos y sustantivos. Es el caso del Foro de las Américas o la Conferencia de Ginebra.
Nota para usuarios de APA
Si estamos construyendo una lista de referencias según la normativa de APA (American Psychological Association), y la estamos siguiendo de manera ortodoxa y rigurosa, es necesario tomar nota de un detalle: el manual de la quinta edición en español recomienda utilizar las comillas para ponencias, conferencias y artículos de revistas cuando se citan dentro del texto, pero las elimina en la lista final de referencias. ¿Por qué esta arbitrariedad? No conozco la respuesta. Como editora, me parecería más coherente mantener la convención de comillas dentro de texto y dentro de la lista de referencias.
El APA contempla dos escenarios bibliográficos para una conferencia o ponencia, ya que esta podría haber sido publicada en una memoria o bien podría haber quedado inédita. Copio textualmente los ejemplos proporcionados, en inglés.
Caso 1: ponencia que forma parte de las actas publicadas del congreso o simposio
Deci, E. L. & Ryan, R. M. (1991). A motivational approach to self: Integration in personality. En R. Dienstbier (Ed.), Nebraska Symposium on Motivation: Vol. 38. Perspectives on motivation (pp. 327-288). Lincoln, EE. UU.: University of Nebraska Press.
El nombre del simposio o congreso, siguiendo las normas de correcto español, irá con mayúscula inicial en todos sus adjetivos y sustantivos. La cursiva que vemos en este ejemplo se aplica porque corresponde al título de una obra publicada, no al simposio o congreso propiamente dicho.
Con respecto a la anotación del país, en otra parte del mismo manual se dice que es opcional (aunque aparezca continuamente en los ejemplos), según si la ciudad es lo suficientemente conocida y no hay riesgo de ambigüedad. Si la región, estado, provincia o país de publicación forma parte del nombre de la universidad que aparece como sede o como editora, tampoco debe repetirse en la localidad del editor, cuando se trata del mismo lugar.
Caso 2: Contribución no publicada para un simposio
Lichtestein, K. L., Johnson, R. S., Womack, T. D., Dean, J. E. & Childers, C. K. (1990, junio). Relaxation therapy for polypharmacy use in elderly insomniacs and non insomniacs. En T. L. Rosenthal (Presidente), Reducing medication in geriatric populations. Simposio efectuado en la reunión del First International Congress of Behavioral Medicine, Uppsala, Suecia.
La normativa APA recomienda que se incluya el mes de realización del evento, además del año.
Cabe observar en este ejemplo tomado del manual de APA en español que en el proceso de traducción ha faltado seguir las reglas para obras en lengua distinta de la publicación; por eso vemos el nombre del simposio y de la ponencia en inglés, pero traducen al español la frase «simposio efectuado en la reunión del...». Esto, en mi opinión, es una errata de la edición de ese manual que resulta de complejo proceso de adaptar ejemplos pensados en una lengua para un manual que se publica en otra. Al respecto, conviene seguir los lineamientos de los que ya hablamos en un artículo anterior.
Bibliografía consultada
American Psychological Association (2001). Manual de estilo de publicaciones de la american psychological association [Publication Manual of the American Psychological Association, Fifth Edition] (2.a. ed.). México: Manual Moderno. (Obra original publicada en 2001).
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
domingo, 14 de febrero de 2010
Ortotipografía: nombres de leyes, decretos, normas y códigos
Las leyes, disposiciones y decretos, según el Libro de estilo de ABC, constituyen una de las excepciones de la grafía con cursiva aplicada a obras completas. José Martínez de Sousa, en el MELE 3, añade que las leyes se escriben siempre en letra redonda y con los sustantivos en mayúscula; no así los adjetivos, salvo que formen parte de un nombre propio (como Poder Judicial). Así, nos dice Martínez que debemos escribir:
ley de Prensa e Imprenta
ley de Propiedad intelectual (nótese la minúscula en intelectual)
La regla se vuelve compleja: ¿se escribe con mayúscula la palabra ley? Según, Martínez de Sousa, no. La palabra ley se escribe siempre con minúscula.
Contrasta la recomendación del MELE 3 en relación con el nombre de códigos, que sí se escribe con inicial mayúscula. Al igual que en el caso de las leyes, solo los sustantivos se escriben con mayúscula, según la propuesta de Martínez de Sousa. Esta constante diferenciación entre mayúsculas de sustantivos y minúsculas de adjetivos me parece confusa para el lector y ciertamente compleja para la revisión.
Por eso destacan la propuestas del Libro de estilo de ABC y el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) en donde se recomienda el uso de la mayúscula para todos los adjetivos y sustantivos, incluyendo la palabra ley cuando se está citando el nombre completo. Tanto la Fundéu como el DPD coinciden en indicar que si se está utilizando un nombre abreviado de la ley o una denominación no oficial (que no corresponde a su nombre íntegro, literal), se debe escribir en minúscula. El DPD proporciona el siguiente ejemplo:
Ley para la Ordenación General del Sistema Educativo (pero la ley de educación, la ley sálica, etc.)
Referencias bibliográficas
Fundación del Español Urgente. «“Leyes”, grafía de los nombres no oficiales», recomendación del 5 de febrero de 2010. En www.fundeu.es.
Vigara, A. M. & Consejo de Redacción de ABC (2001). Libro de estilo de ABC (2.a ed.). Barcelona: Ariel, p. 80.
Real Academia Española (2005). “Mayúsculas”, 4.18. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Ortotipografía: nombres de congresos
La correcta grafía del nombre de un congreso es escribirlo en letra redonda y con mayúscula para todos los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre. En otras palabras, no se aplica del todo el uso de cursivas, comillas o negritas para destacar el nombre del congreso; tampoco es necesario ponerles mayúscula a los pronombres y conjunciones. Así, lo correcto sería escribir: Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas.
Si, además, se trata de una actividad periódica de la que se han realizado varias ediciones, también indica Martínez que lo más práctico, frecuente y recomendable es utilizar números romanos: I Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas. Pero si es usted una de esas personas a quienes no les gusta la numeración romana por considerarla arcaizante, puede optar por utilizar el nombre completo de la numeración arábiga o una abreviatura: Primer Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas; 1.er Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas (recuerde que el «er» debe ir en voladito o superíndice).
Referencias:
Real Academia Española (2005). «Mayúsculas», 4.24. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea, p. 314.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 313.
sábado, 6 de febrero de 2010
Importante: uso y abuso
Los docentes pueden ver el fenómeno en los exámenes de los estudiantes, que reducen toda su capacidad expresiva a un puñado de verbos y de muletillas. Pero los editores lo ver con horror cuando este fenómeno se presenta en autores de los que no se pueden librar, según las circunstancias. Incluso autores muy buenos, ya consagrados, y que, sin embargo, no serían los mismos sin editores y correctores acuciosos e irreverentes.
Uno de los problemas de reducción expresiva más común es el uso del adjetivo importante y de su hermano sustantivo, importancia. Ambos pueden aparecer cientos y hasta miles de veces en un mismo libro.
¿Por qué ocurre este fenómeno?
Una respuesta aventurada –pura especulación mía, lo admito–, podría ser precisamente la versatilidad de esta palabra comodín. Su significado etimológico es bastante vacío, sencillamente proviene de in, ‘dentro’, y portare ‘llevar’. Su significado en el vocablo importación es más literal de lo que un lector moderno podría esperar, porque, en efecto, los romanos se referían a los barcos que traían mercadería dentro de ellos.
Consecuencias estilísticas del abuso de importante
Pero la lengua es misteriosa y las razones por las que una palabra sirve para todo también lo son. Así, la palabra importancia puede referirse tanto a gran cantidad, como a gran magnitud; a un elevado cargo, como a grado de relevancia; o bien remitir a campos semánticos como la trascendencia o el grado de significación que algo tiene en su área.
Visto de esta manera, el abuso de importancia/importante en un texto no solo produce efectos nocivos de redundancia y aliteración, sino que hace el texto más difuso y menos preciso, por cuanto estamos perdiendo la oportunidad de emplear vocablos semánticamente mejor delimitados para describir las muy distintas realidades discursivas que se entretejen en una obra.
¿Qué hago? ¿Utilizo sinónimos?
Una trampa frecuente en el intento por depurar al texto de sus excedentes de importancia es caer en el reemplazo automático por otros sinónimos. Antes de que usted se vaya de cabeza sobre su texto, con unos cuantos diccionarios de sinónimos a su lado, hágase las siguientes preguntas para cada importancia/importante que se encuentre:
- ¿Realmente es necesario? En un alto porcentaje de los casos, ese importante es solamente una muletilla de nuestro devaneo o pensamiento. «Es importante considerar que...», «Es importante llegar a la conclusión de que...», etcétera. ¿No sería más sencillo, menos pesado para el lector, más agradable y directo nada más decir «Consideremos...», «Concluimos...»? Este es el caso de casi todos los importantes que pueden reemplazarse por relevante.
- ¿Existe otra manera de expresar esto, sin tener que acudir a ninguno de los sinónimos de importante, quizás cambiando la sintaxis, añadiendo giros? A menudo el uso de una muletilla no es más que la salida fácil; la gimnasia mental y la búsqueda de nuevas maneras de transmitir nuestras ideas pueden mejorar muchísimo el texto y, de paso, expurgarlo de importantes.
- ¿Estamos reemplazando una muletilla por otra? Hay que tener mucho cuidado de no reemplazar todos los importantes por el mismo sinónimo, para que no nos ocurra que tenemos una obra libre de importantes pero ahora plagada de relevantes.
- Si, en efecto, hay un énfasis semántico que reposa sobre el importancia/importante, ¿cuál es el sinónimo más preciso y semánticamente correcto? Debemos evitar la tentación de utilizar una palabra que nos suena elegante, pero que no corresponde al significado requerido. Por ejemplo, la palabra trascendental nos puede parecer un maravilloso sinónimo: es rimbombante y da una sensación de «suma importancia» y, sin embargo, si vamos a un diccionario y buscamos sus significados, veremos sorpresas semánticas como «Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible» o, para el verbo trascender, «Exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia» (DRAE, 2001).
IMPORTANCIA. 1. Magnitud, trascendencia, consecuencia, rango, categoría, (v. 2), cuantía, valor, grado, influjo, interés*, superioridad*, medida*, alcance, repercusión, influencia, envergadura, difusión, resonancia, realce, relieve, fundamento, ascendiente, predominio, calibre, carácter, fuste, prestigio, principio*, peso, crédito, enjundia, potencia, poder, tronío, peligro*, dificultad*, urgencia*, significación, grandiosidad*, vigor*, fuerza (v. 2).
— 2. Rango, importancia, jerarquía, grado, orden*, calidad, poder, categoría, señorío, nivel, casta, clase*, superioridad* (v. 1), encubrimiento, prominencia, posición, situación, fama, prestigio, consideración, respeto, solemnidad; orgullo, fatuidad, vanidad* (v. 1).
3. Importante. Esencial, principal, superior*, trascendental, capital, notable, relevante, destacado, grande*, magno, preeminente, serio, supremo, primordial, sobresaliente, prominente, fundamental, básico, medular, primero, poderoso, fuerte, influyente, famoso (v. 4), ilustre, elemental, señalado, estratégico, decisivo, crítico, crucial, culminante, álgido, grave, central, inicial, primario, enorme, valioso, estratégico, neurálgico, vital, significativo, apreciable, grandioso*, solemne, imprescindible, cardinal, terminante, concluyente, urgente*, sustancial, enjundioso, considerable, útil*, provechoso, conveniente*, interesante*, cuantioso, amplio, extenso*, grave, craso, espinoso, delicado, peligroso*, difícil*.
— 4. Afamado, importante, famoso, prestigioso*, respetable, encumbrado, poderoso*, todopoderoso, alto, destacado, significado, distinguido, omnipotente, influyente, inabordable, ocupado, inaccesible, grande, excelso, opulento, rico, próspero*, potentado, pudiente, personaje, orgulloso*, vanidoso*.
5. Dar importancia. Destacar, importar, resaltar, señalar, influir, realzar, favorecer, subrayar, acentuar, enfatizar, trascender, valorar, valorizar, fundamentar, significar, potenciar, pesar, interesar*, concernir, relacionar, incumbir, tocar, conectarse, vincularse, atañer, competer (v. 6).
6. Tener importancia. Importar, predominar, prevalecer, exceder, preponderar, superar, aventajar, valer, poder, interesar*, atañer, competer, vincularse (v. 1).
Contr.: Intrascendencia, pequeñez*, insignificancia*.
V. SUPERIORIDAD, PRINCIPIO, URGENCIA, INTERÉS, PODER, GRANDEZA, UTILIDAD, PELIGRO, DIFICULTAD, ORGULLO, VANIDAD.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Se busca filólogo
Se busca filólogo
que investigue el campo de la lengua y la literatura; participe como crítico; comentarista y articulista en los diversos aspectos de la lengua y la creación literaria; asesore en aspectos de la lengua en las diferentes dimensiones que se le solicitan: consultorías gramaticales, interpretación de textos, producción textual, publicidad y otras prácticas textuales que se nos puedan ocurrir sobre la marcha.
Necesitamos que realice las funciones de un investigador y unc rítico, pero su principal tarea será la de «promotor (Si es usted un artista y necesita quién lo asesore, comuníquese con nosotros, y le asignaremos un promotor de imagen a tiempo completo con la garantía de que usted se convertirá en toda una estrella. Le vendemos –y lo vendemoscomo– lo que usted guste: madonnas, jacksons, pantymedias… Solo tiene que solicitarlo al 2222-545654. ¡Llámenos!) de la lengua»1.
El tiempo para la investigación es restringido (¡y omnipresente! Usted debe prestar atención a todas las palabras que escuche, porque ese es su objeto de estudio, y necesitamos que nos diga «lo que quieren decir» los otros y nosotros, aunque no queramos escucharle), porque es poco productivo a nivel comercial; sobre todo necesitamos de usted asesoría para decir correctamente (aunque usted esté –o crea estar– plenamente consciente de que no existe una forma correcta de «decir las cosas»2 lo que nosotros queremos decir: ¡usted hablará por nosotros! Exactamente igual que un actor, su palabra será mi palabra, y mi palabra tendrá que sustituir a la suya. En todo caso, usted deberá ser extremadamente sutil para decirnos que «hablamos mal» o que usted «no entendió lo que queríamos expresar».
Pero no se desilusione, también tenemos otras tareas para usted.
Si decidimos enviarlo a una agencia de publicidad o a un periódico, resígnese a lo que le espera, porque la palabra sagrada de periodistas y publicistas con frecuencia se resiste a ser cambiada (por poco estética o estúpida que a veces pueda parecer). Su tarea será asesorar a nuestros creativos para que no escriban «vusquenos lla!» o «get it you» (sobre todo nos preocupa que usted también conozca algo de inglés, porque el habla popular del español tico está llena de giros anglosajones que le dan un caché que nos resistimos a perder).
Lo que más nos interesa en esta área de trabajo es que el documento, tras pasar por sus manos, sea correcto; esto es que usted revise que no se vayan errores de dedo en la publicación final. En realidad, muchas veces su función será la de ser un corrector de pruebas más que un corrector de estilo, porque nosotros sabemos cómo hablar tanto como usted. (¿Para qué se metió a estudiar algo que todos tenemos y que todos sabemos? Sí, entendemos su vieja historia: que ha muchas mentiras detrás de las imágenes que percibimos; que en realidad no nos estamos comunicando; que no existe un modo de que la verdad se nos revele a través de las palabras o de que lo real pueda ser tocado por nosotros sin mediación de ese invento nuestro para salir de la soledad, el lenguaje; y que lo necesitamos a usted y a todas sus supuestas armas metodológicas para llegar al meollo del asunto. Seamos honestos: ¿cuántos filólogos realmente llegan a esas profundidades del discurso antes de que nosotros los hayamos asimilado totalmente? Para eso se necesitaría que el proceso universitario fuera más eficiente o que comenzara en la escuela primaria, ya que no sabemos si las maestras de «lenguaje» realmente han absorbido y realmente están dispuestas a enseñar todas esas luces negras de la palabra. De todos modos, sabemos que el programa de bachillerato es lo suficientemente restringido como para poder entrar en un oxímoron revelador de las máscaras del discurso. Así que mejor deje sus charlas y sus análisis sobre el discurso para sus cafés intelectuales, porque necesitamos eficiencia y no palabreidad; y por más que usted diga que puede ser mejor en la creación de texto base de una campaña publicitaria, nosotros no despediremos a nuestros publicistas graduados de la UCR o de cualquier privada por ahí solo porque usted pretende que puede redactar mejor).
Pero no se agüeve con eso de ser corrector de pruebas. Necesitamos de todos modos que nos ayude con la gramática porque, pese a haber recibido toda una vida de educación primaria y secundaria de verbos, adjetivos, adverbios, motods y todo ese montón de extrañeses que según ustedes decimos, aún nos cuesta distinguir entre nimiedades (pero no son nimiedades, la forma correcta de decir algo no perdona nunca un error de parte de un filólogo). Por ejemplo: ¿lo correcto es decir «tenemos una cuenta a cobrar» o «tenemos una cuenta por cobrar»? (De paso, si conoce a alguien que nos libere de la duda, por favor avísenos, para salir del oscurantismo intelectual en el que nos encontramos con respecto a esta gran interrogante).
Bien sabemos que en esas cosas de gramática usted es un verdadero genio, y casi casi admiramos su valor al haber llevado cerca de cuatro cursos de gramática (¿Morfología, Sintaxis, Gramática Española Contemporánea y Fonética y Fonología del Español?), sin incluir las dos Gramáticas Históricas y los cursos de Latín y Griego que lo hacen a usted tan pesado a veces, cuando puede tararear con toda propiedad y entendimiento la cantata Carmina Burana, como le dice usted, o cuando nos da citas en latín, ininteligibles para nosotros. Fuera de este uso de placer personal, no le hemos hallado mayor funcionalidad. Lo peor es que usted nos siga asegurando que eso tiene que ver con el español hablado hoy y que nos sería muy útil eso de las etimologías para llegar al probable sentido primigenio y fundacional de una palabra. ¿Para qué nos sirve saber con precisión qué significan y de dónde provienen las palabras que decimos, si a menudo ni usted mismo nos ayuda a aprovecharlas? En todo caso, de algo ha de servirle saber todas esas cosas, si es que usted tiene la capacidad suficiente para relacionar todos esos conocimientos extraños y eruditos que tanto nos asombran, y sabe darse su lugar frente a nosotros asumiendo la autoridad que le confiere el ser lo más cercano entre nosotros a un «amo del lenguaje», y no se queda en lo que tradicionalmente ha quedado una buena parte de sus colegas (nos referimos a quienes han asumido a la perfección el papel pasivo que les hemos asignado). Sí, no se deje engañar por nuestra actitud: a pesar de todo, para nosotros usted es la autoridad andante.
Somos conscientes3 de que si queremos que usted trabaje para nosotros, deberá revisar «periódicamente las fuentes de información pertinentes a su campo de trabajo»4 Claro, que no hay una revista de filología que salga cada mes (impresa a full color en papel couché) y a la que usted se pueda suscribir, como lo hacen los médicos a su revista o los diseñadores gráficos con dinero para suscribirse a publicaciones foráneas; tampoco hay una gran abundancia de libros en el mercado costarricense (los pocos que suelen llegar suelen ser más caros que un best-seller, razón por la cual nunca los adquirirmos para nuestra biblioteca de empresa), y otros tantos solo se pueden conseguir por pura casualidad en las ventas de libros usados (cuando fallece algún otro filólogo cuyos hijos deciden vender o desechar toda la biblioteca y repartirse el dinero sobrante).
En cuanto a «proyectarse de forma adecuada, según las necesidades del contexto»5 La pura6 Verdad es que hemos hecho una sociedad lo suficientemente eficaz como para no permitirle a nadie ir más allá de donde nos interesa. El enunciado de «el perfil del filólogo» es lo suficientemente vago y ambiguo como para afirmar que de todos modos siempre se hace y nunca se cumple. Es decir, ¿qué definimos como «forma adecuada»? Puede ser desde cumplir con eficiencia los caprichos del cliente hasta procurar evitar los abogados7 redacten leyes tan plurisignificantes y ambiguas debido a su capacidad de enunciar con el lenguaje la solución8 al problema que les dio origen.
En nuestra empresa ponemos en duda que el filólogo deseoso de trabajar con nosotros «promueva el uso de la lengua española en términos reflexivos y creativos». Primero porque los cursos que lleva están orientados a ver el término «creativo» desde un punto de vista pasivo, aunque se procura formar un lector activo antes de un escritor (como solía autorreferirse Borges). Sí, es verdad que cursan todo un año de talleres de prácticas textuales, que van más allá de la lectura de obras literarias, pero esto todavía es un experimento9 Un estudiante que no ha sido crítico ni creativo en sus anteriores años de carrera difícilmente podrá llegar a serlo con unos cuantos cursos. Pero al fin hay una esperanza para que la acción de la vida comience a filtrarse en la erudición, de que fluya como los ríos de Heráclito, que se filtren en tantos o´ceanos como puedan alcanzar, porque la acción de un filólogo debe ser absolutamente dinámica y n pasiva o conformista.
Sin embargo, para nosotros, como dueños de la empresa del lenguaje, es preferible que el común siga pensando sus vidas con esa sencillez que la creación artística y el cuestionamiento por la palabra les confiere. Que la inocencia siga sujetando a la palabra dictada detrás de «la intención del hablante», de modo que, como filólogo, usted no siempre encontrará oídos abiertos a esas «cosas de locos», porque «la vida es más sencilla si no ponemos atención a esas carajadas tan complejas».
Claro, que si usted tiene la suerte de ser eviado a una de nuestras secciones de investigación (como las paredes universitarias) o a ciertas áreas donde le será permitido volarse un poco, tal vez pueda poner en práctica todas esas preguntas que terminan siendo tan circulares (¿quién puede concebir algo que para diseccionarse se utilice a sí mismo como instrumento? Imaginar lenguaje hablando sobre lenguaje, o discursos hablando sobre discursos, es tan descabellado como suponer que un cuchillo se pueda cortar a sí mismo. ¡Y todavía se asombran de que esas cosas no se tomen tan en serio!). Por más que tratemos de hablar sobre la formación del filólogo como la construcción de «un marco teórico que lo capacita para estudiar científicamente el lenguaje»10, y que se lleven todos los cursos de cuantificación y medición de la lengua (que ya enumeramos en la cita 2) –en los cuales enfatiza la enumeración de los «conocimientos del filólogo»11 del perfil que nos ha proporcionado la universidad, y en el cual nos estamos basando para hacer la búsqueda del personal que necesitamos– además de los cursos de teoría de la literatura12, podríamos hablar de que lograr ese tipo de científico del lenguaje es realmente difícil, y más bien tenemos a un divagador; a un buscador adentrado en caminos siniestros que lo pueden llevar a cualquier conclusión esquizofrénica que luego trataría de darnos a conocer por la misma vía que trata de develar: su palabra. Aún así, ni nosotros podemos negar que es fascinante.
En cuanto a la literatura, a veces nos preguntamos para qué sirve que tanta gente pierda su vida en estar haciendo formas de estética recombinando tan antiguos elementos, si al final de cuentas lo único que se puede hacer con esa vaina es leerla. ¿Acaso no estamos demasiado ocupados para estar invirtiendo tanto tiempo de nuestra vida (y nuestro trabajo, y nuestro dinero, y nuestra diversión) en e ocio de deslizar la vista sobre palabras que quedan en el olvido conforme son sustituidas por otras palabras? Tal vez por eso nos conviene que otros tomen en serio esa actividad tan improductiva, que lleguen a convertirla en un objeto digno de discusión académica y hasta puedan hacer de ella una profesión. Así que nuestra empresa necesita filólogos que lean por nosotros y para nosotros, y que lean lo que ustedes, como tales, quieran leer, aunque al final solo nos puedan decir lo que nosotros queremos que lean. Que usted se divierta y nos cuente si diversión; que usted se haga un conocedor del alma humana y de las culturas del mundo y luego nos asimile y traspase ese conocimiento –aunque no lo consiga realmente– (para quedar bien en una reunión de negocios, o aparentar que somos grandes lectores, lo que aumentaría nuestro prestigio y la credibilidad que los demás puedan depositar en nuestro discurso), que usted navegue por mundos fantásticos y desarrolle su capacidad para entrar en puntos del universo que son todos los puntos un solo punto… porque nosotros no vamos a hacerlo, no tenemos tiempo para hacerlo, no queremos arriesgarnos a hacerlo…
Por eso nos conviene que lleve todos esos cursos de literatura (española, latinoamericana, costarricense) auqneu, por no ser exhaustivos sino generales, no tenga verdadera oportunidad de leer los textos que le ponen delante. Un examen, una exposición, el siguiente autor, otro examen, otra exposición, el siguiente autor, otro examen, otra exposición, el siguiente autor… Lo peor es que realmente se pretende estudiar científicamente cada una de esas fracciones de literatura (porque solo por fracciones pueden llegar a verla), olvidándose del verbo disfrutar. Solo lamentamos que se hayan perdido los seminarios de literatura universal, y que los seminarios por autor sean tan insuficientes (por su restringida cantidad y por su falta de espacio en el programa) para que los filólogos realmente puedan ser lectores exhaustivos e inagotables en sí mismos como un texto que merece ser leído por quienes los contratamos para eso: para que lean y para leerlos.
Nos parece muy importante para nuestros propósitos ideológicos eso de que conozca y relacione nuestra literatura (americana) con las tradiciones grecolatinas e hispanas. Al fin y al cabo, la identidad nacional se ha creado a partir de una simbología milenaria que no le pertenece –pese a que eso no la haga menos fascinante– (obviando cualquier otra tradición, piénsese en tradiciones anteriores a la extensión del mundo occidental, a mediados del segundo milenio de nuestra era). Solo que además del latín y el griego, deberían cursarse francés e inglés, y además de las literaturas griegas y latinas, deberían leerse las inglesas y norteamericanas y, sobre todo, las francesas (al fin y al cabo, ¿no son esas dos de las grandes influencias –no solo de nuestra literatura sino de nuestra cultura en general– que nos ha traído la corriente de la «independencia»?). Claro, que esto sea optativo también es muy conveniente, con todas las cosas que debería saber un filólogo para ser un filólogo. No alcanzarían una vida ni mil vidas para que llegara a completarse su formación.
Ya hemos dicho que estamos requiriendo un filólogo que sea «capaz de conjugar su formación humanística con los conocimientos de su disciplina para integrarlos, actualizarlos y hacerlos funcionales en su contexto histórico»13 Esto es fundamental. Si encontráramos filólogos así, no les estaríamos asignando el papel de «correctores de pruebas», sino que los pondríamos a nuestro lado a asesorar nuestras más delicadas decisiones a partir de un análisis del discurso con que se nos plantean las disyuntivas de nuestra empresa, para no quedarnos en los corrientes y poco eficaces análisis superfluos y con los que terminamos llegando a la tierra de nadie. Es decir, el filólogo que más nos urge es aquel que vaya más allá de su plan de estudios y de sí mismo, aquel que no se permita castrar su capacidad de raciocinio y de asociación de todas las cosas que va a aprendiendo en su devenir personal y profesional, aquel que se dé cuenta de que «todo lo humano le concierne» y que, por tanto, no será suficiente con lo que ya se le imparte, debe pedir, buscar, arañar, reclamar… hasta conjugar en sí mismo tantas líneas que pueda darse el lujo, entonces sí, de llamarse filólogo y de ejercer como tal.
Y es que para poder desarrollar la habilidad de «comprensión de lectura, (d)el ejercicio de la escritura y (de) la expresión oral en diferentes dimensiones»14 no es suficiente con que lleve un cursito de expresión escrita, o unos cuantos talleres de prácticas escriturales y de lectura. Es necesario que ponga en juego todos los cursos que lo están atravesando y lo han atravesado hasta ese momento; pero más allá, debe entretejer, en cada frase que dice, en cada labor que haga, toda su experiencia vital, porque en todas partes hay pistas que lo pueden llevar hasta el fondo mismo del discurso; ese lugar sin lugar al que pretende llegar y al que, una vez alcanzado, debe comenzar a perseguir en su inevitable desvanecimiento.
San José, julio de 1995
Notas
1 Perfil del bachiller en filología española. «Tareas», apartados II.1, II.2, II.3 y II.4. El enunciado específico que encabeza o sirve de núcleo para cada uno de estos apartados implica dos vervos en particular. El enunciado específico que encabeza o sirve de núcleo para cada uno de estos apartados implica dos verbos en particular: promover y difundir. Por ende, el filólogo tiene las tareas de un promotor (dícese de la persona que promueve) y de un difusor (dícese de la persona que difunde).
2 Porque usted ha pasado, cuando menos, los últimos cuatro años de su vida escuchando a los lingüistas asegurar que es la lengua la que decide lo que la Academia debe decir y no la Academia quien dice cómo habla la lengua. No en vano ha cursado usted todo un año de Introducción al a Lingüística y otro más de Español de América y Costa Rica.
3 Consciente. adj. Que siente, piensa, quiere y obra con cabal conocimiento y plena posesión de sí mismo.
4 Óp. cit., apdo. II.7.
5 Ibíd., apdo. II.6.
6 En lugar de pura léase puta. Error de impresión.
7 En lugar de abogados léase aburrados. Error de lectura.
8 Nótese la presencia del artículo totalizante la. Sabemos que, en ningún aspecto de la vida, menos del lenguaje, existe la solución; tan solo podemos aspirar a una solución; pero hemos logrado un conformismo social tal que permite a los hablantes (hablados) dejarse engañar por esta triquiñuela de la palabra.
9 Nota de actualización: este ensayo analiza el currículo de la carrera de Filología Española vigente en 1995. Desde entonces el plan de estudios ha experimentado cambios diversos, incluyendo los talleres citados.
10 Óp. cit., apdo. III.1.
11 Ver los apartados III.2, III. 3 y III.4, e incluso los III.5 y III.6.
12 De los cursos de teoría literaria podríamos decir que nos da mucho gusto que estén reduciéndose en lugar de aumentar, porque le estaban llenando a la gente la cabeza con demasiada paja; es decir, ahora ya salían hablando un montón de barbaridades que no han sido aprobadas por el Ministerio de Educación (por lo menos hemos logrado que no se admitan en bachillerato). También agradecemos a la Escuela que no se estén brindando cursos (por lo menos no todos los semestres) de semiótica para estudiantes de bachillerato, ni otra serie de temas que podrían ser demasiado etéreos o demasiado reveladores de las ideologías que ocultamos. Además de que es una excelente estrategia: si todos los estudiantes comenzaran a llevar estas materias en lugar de las sugeridas (forma de imperativo, especialmente en Costa Rica), podrían atrasarse tanto que nunca se graduarían o les podrían interesar a tal nivel que propondrían un sistema más libre en donde cada estudiante pueda más o menos ir formando su propio plan de estudios. Los costos de este sistema serían tan elevados, y los resultados podrían ser tan peligrosos para la ideología dominante, que ya no habría ninguna excusa para privatizar la universidad (de todos modos ya lograron superar los escollos de la opinión pública que se oponían a la banca privada).
13 Óp. cit., apdo. IV.1.
14 Óp. cit., apdo. IV.2.