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miércoles, 5 de enero de 2011

Tú, vos, usted…

En nuestro universo de habla hispana, los hablantes de cada país tienen su manera de dirigirse al otro, a su interlocutor, a la persona con quien hablan.

En Costa Rica, la gente habla sobre todo de usted, especialmente al referirse a desconocidos o personas mayores a uno. Se entiende como una señal de respeto y marca una distancia cuando no media suficiente confianza entre las personas. Por otro lado, la forma coloquial por excelencia para referirse a un par, amigo o persona menor que uno es el vos, en singular (para segunda persona plural se emplea sin excepción el ustedes, no el vosotros). Así, el voseo y el ustedeo se alternan y comparten el espacio de la comunicación diaria.

Aunque aquí hayamos reducido el fenómeno en extremo para su explicación, las relaciones sociales que se expresan a través de la alternancia entre vos y usted no son sencillas y producen una divagación constante. Un hablante costarricense puede comenzar hablando de vos para terminar hablando de usted, pero conjugando los verbos en tú (el tú que se escucha en la televisión, que aparece en todos los manuales de conjugaciones verbales y en todas las traducciones de libros hechas en España y México; el tú, en fin, que nos viene artificialmente desde fuera y se filtra en nuestra vida cotidiana hasta no saber cómo hablamos los ticos). Lo que es peor, esta divagación en el habla se traslada a la escritura, en donde el hablante –ahora escribiente– no sabe qué hacer: ¿trata de acercarse a su lector mediante una fórmula amigable, cercana, que rompa barreras; o mantiene la distancia, el respeto, la dignidad?

Con mucha frecuencia se mezclan las dos intenciones de comunicación y hasta en los mensajes más cortos el texto puede comenzar en un vos –a menudo conjugado como tú– y un usted, indispensable para mantener la distancia, la autoridad y el respeto. Aporto aquí un ejemplo tomado de una iglesia costarricense, en donde este fenómeno se ve claramente en unas poquísimas palabras, apenas un párrafo.


La difusión de internet, con el aumento de la comunicación escrita a través de foros y chats, también crea problemas existenciales: ¿cómo se escribe en un chat o en un foro? Basta andar en foros extranjeros para darse cuenta lo usual y frecuente que es el tú; y un tico, en territorios extranjeros, se adapta con facilidad. Pero los costarricenses, cuando se encuentran en un círculo cerrado, por ejemplo un curso en línea, prefieren el usted y siguen prefiriendo el usted por encima del tú o el vos, particularmente si son adultos. Al menos así ocurrió en el último curso en línea que tomé en Costa Rica, en donde adrede y con alevosía, lancé la pregunta e hice una pequeña encuesta. Había incluso reacciones adversas ante la idea de usar “vos” y ni una sola persona estuvo dispuesta a usar “tú”; no cuando se le preguntaba conscientemente.

Desde luego, este tipo de mezclas, curiosas e interesantes como son en un contexto cultural y en tanto objeto de estudio, se vuelven inadmisibles si cambiamos el contexto: si estamos escribiendo un libro en donde sea indispensable interpelar al lector directamente, es necesario elegir un solo estilo (tú, vos, usted) y ser consecuentes. Este es uno de los puntos que pueden llegar a ser polémicos en el día a día de la edición.


¿En dónde se necesita el “tú/vos/usted” en la edición de libros?
Lo primero que viene a la mente son los diálogos: ya sea en textos literarios o en recreaciones fabuladas en donde haya personajes, siempre que unos se dirijan a otros habrá necesidad de decir “tú” o “vos”. Aquí, claro está, la corrección dependerá de la intencionalidad, usos y funciones del texto. Conviene preguntarse si es necesario mantener la unidad o queremos, por el contrario, emplear estas marcas lingüísticas como una estrategia para mostrar la psicología o la cultura del personaje. En obra literaria, el corrector deberá hablar siempre con el autor y llegar a un acuerdo.

Pero hay otro tipo de obras en donde el tú/vos/usted puede ser útil: el ensayo en donde el autor quiere involucrar al lector; o, en el texto didáctico, puntos diversos en donde se desee crear zonas de encuentro entre el autor/docente y el lector/estudiante. En particular, una de las zonas en donde más frecuentemente se necesita interpelar al lector es en las instrucciones y ejercicios que sirven como guía para realizar actividades, recrear experimentos y hacer lectura interpretativa dirigida.


¿Usted, tú o vos en las instrucciones de texto didáctico?
Estamos muy acostumbrados a leer textos extranjeros redactados en tú. Es más fácil de conjugar, las formas son claramente distinguibles, los verbos dan la apariencia de tener faltas de ortografía… Por eso, alguna editorial costarricense que edita libros para niños costarricenses ha dicho “escribamos en tú, porque es más fácil de escribir y corregir”. Esta es una decisión arbitraria que no se basa en ningún estudio científico de los hablantes, ni siquiera en una sencilla investigación de mercado. Es una decisión tomada a puertas cerradas, sin tomar en cuenta al lector.

Otras editoriales didácticas, como la Universidad Estatal a Distancia (Uned, aclaro que de Costa Rica, no la de España), han seguido una larga tradición de uso del usted en las obras didácticas. Los textos son escritos para adultos dispersos en todo el país. Si bien es cierto que, sobre todo por influencia de la televisión, algunos grupos de hablantes jóvenes pueden emplear el tú en círculos urbanos, todavía en los pueblos y zonas alejadas del país el usted y el vos son la norma. Y el vos es algo que un tico solo le permite a un amigo, a un familiar, a sus padres o a su pareja; cualquier otra persona que se atreva a dirigirse a él en vos (y menos en tú) es un irrespetuoso o un extranjero. Por lo tanto, se comprende por qué el uso del usted sigue siendo el más adecuado para estos textos. El vos debería reservarse únicamente para diálogos entre personajes, alguna que otra exposición de casos y textos especiales que lo ameriten, pero no para dirigirse al lector.


En síntesis
En lo personal, abogo por una edición que tome en cuenta los rasgos lingüísticos del lector, sin que esto obligue a una escritura estrictamente coloquial (la norma y la corrección también son necesarias en las publicaciones escritas). Por lo tanto, antes de tomar una decisión editorial de este calibre, conviene preguntarse a qué público va dirigida la obra (niños, adolescentes, adultos), en qué zona geográfica se desempeñan (ciudad, campo) y cómo hablan entre ellos. Y una vez respondido esto, habrá que decidir por qué se necesita el tú/vos/usted y cuáles son sus funciones dentro del texto. Solo después de esto, se podrá tomar una decisión y, una vez tomada, aplicarla con uniformidad y consistencia.

Así, y por si tenía alguna duda, en este blog usamos el usted.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lineamientos para la corrección de estilo

La corrección de estilo es una labor técnica de paciencia, precisión y fundamentación continua de la toma de decisiones. No es una ciencia, sino un arte científicamente fundamentado: dentro de un marco normativo y unas ciertas reglas de expresión, hay muchas soluciones posibles –todas gramaticalmente correctas– cuyas variantes estarán determinadas por las circunstancias, las posibilidades y hasta la creatividad de las personas involucradas durante el proceso. Quien se atreve a convertirse en corrector deberá aprender su oficio, demarcar su campo de acción y comunicar sus reglas de trabajo para mantener una sana relación con las personas a quienes les brinda sus servicios profesionales.

Una de las carencias del medio de los correctores de estilo, al menos en mi país, es la falta de unidad con respecto a lo que la corrección abarca, cuáles son sus límites y hasta dónde puede llegar el corrector. Ante la ausencia de documentación y bibliografía, algunos de nosotros terminamos por escribir nuestros propios lineamientos para hacerlos circular entre colaboradores y clientes.

Con la esperanza de que en el futuro dispongamos de una comunidad de correctores más organizada y unida, comparto un documento surgido de la experiencia diaria. Tal vez sea de utilidad para otros y pueda ser objeto de refinamiento gracias a los comentarios y aportes de los lectores de este blog.

Este documento se elaboró específicamente para el contexto de la producción de libros impresos en el área educativa. He realizado ajustes, para no limitarlo a su entorno original y que, eventualmente, pueda ser adaptado a la corrección en otros ámbitos o áreas.


Lineamientos para la corrección de estilo

1. Corrección de estilo, no corrección filológica
En este documento se emplea la expresión corrección de estilo, y a las personas que realizan este trabajo les denomina correctores (bajo el entendido de que este vocablo abarca por igual a correctoras y correctores). [Es común, en Costa Rica, escuchar las expresiones corrección o revisión filológica junto con las de corrección o revisión de estilo. A menudo, se cree que existe una diferencia entre ambas y su uso diferenciado suele llevar a la confusión. El término “revisión” no lleva implícita la acción de corregir. En cuanto al calificativo “filológica”, parece ser un fenómeno localizado, exclusivo de Costa Rica, derivado del hecho de que, en este país, las correcciones de estilo son realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología].


2. Qué es la corrección de estilo
La corrección de estilo consiste en el proceso de revisión, limpieza y perfeccionamiento del texto para que sea lecturable (claridad y comprensión), exacto (expresión correcta de las ideas), coherente (desarrollo del discurso) y uniforme (decisiones editoriales sistemáticamente aplicadas en toda la obra).

Para lograr esto, el corrector deberá eliminar los errores gramaticales, ortográficos y ortotipográficos, así como lograr unidad y consistencia en los aspectos relacionados con un adecuado y correcto uso de la lengua, como sintaxis, ortografía, semántica, reiteraciones léxicas o eidéticas, redundancias innecesarias, ambigüedades, contradicciones, uso de mayúsculas, signos, puntuación y acentuación, topónimos incorrectos y erratas.

Procurará que el estilo del texto se adapte a la expresión general de la norma del español, pero tomando en cuenta los giros estilísticos propios del habla del público meta de la obra, así como el área, disciplina o género de la obra. Así mismo, velará por su adecuación a los requisitos de comunicación del entorno en donde se empleará el texto, sin incurrir en la sobrecorrección o en la pérdida de los giros estilísticos propios del autor que puedan ser gramaticalmente válidos, comprensibles distintivos de un sello personal.


3. Quién lleva a cabo la corrección de estilo
En Costa Rica, muchas instituciones solicitan que las correcciones de estilo sean realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología o su equivalente (según la nomenclatura propia de cada universidad). Lo deseable es que la persona tenga formación académica y experiencia demostrable en el área de la corrección.


4. Nivel de intervención
El corrector de estilo señalará los problemas propios de su área de especialización, es decir, la clara y correcta expresión de las ideas, respetando y manteniendo la intención del autor del material. Se espera, por lo tanto, una revisión que contribuya a ajustar y perfeccionar el texto, pero que no implique su reescritura completa o una alteración de los contenidos expuestos. Si el corrector de estilo detecta problemas tan graves que requieran tal intervención profunda del material, deberá comunicarlo de inmediato al editor a cargo para que sean este y el autor, siguiendo las observaciones del corrector de estilo, quienes realicen ese proceso de reescritura.

Según las leyes de derechos de autor, se protege la forma, no las ideas; por lo tanto, el corrector debe aprender a identificar cuándo su labor traspasa esa delicada línea, para no incurrir en una violación al derecho moral del autor sobre su obra. Esto no debe ser excusa, por parte del autor, para rechazar correcciones legítimas y necesarias desde el punto de vista de la lengua o de las normas editoriales a las que deba acogerse.


5. Limpiar/normalizar/unificar
El corrector de estilo velará por el uso coherente del estilo comunicativo y los signos ortotipográficos, de manera que la obra mantenga unidad editorial. Seguirá para esto los lineamientos que la editorial o el cliente le proporcionen. Para este fin, el autor y el editor entregarán una lista de decisiones críticas tomadas durante el proceso de escritura y edición. El corrector deberá identificar aquellos aspectos adicionales que requieran ser limpiados, normalizados o unificados, realizará una recomendación al editor o autor y, conjuntamente, definirán los criterios de corrección, para su posterior aplicación sistemática.


6. Evitar la sobrecorrección
Se denomina sobrecorrección al acto de modificar expresiones, párrafos o frases que ya son gramatical y estilísticamente correctos. Si bien el corrector, debido a su experiencia y especialización profesionales, puede tener una mayor facilidad para proponer alternativas, a veces más elegantes o mejor resueltas, se le sugiere evitar recargar el documento de correcciones innecesarias con el fin de procurar un proceso editorial más ágil y de respetar la labor realizada tanto por el autor como por el editor de la obra.

Este es un llamado a la prudencia, con el fin de evitar un exceso de intervención por parte del corrector. Cuando el corrector tenga la firme convicción de que algo que ya está correcto puede ser corregido, identificará mediante el uso de otro color de tinta o lápiz su sugerencia, y dejará muy en claro que esta no es obligatoria y, por lo tanto, su aplicación está sujeta a la aprobación del autor y del editor. Se le sugiere reducir al mínimo indispensable estas sugerencias.


7. Criterios de aplicación de normas y uso
En la corrección léxica, morfológica, sintáctica y ortotipográfica, se dará preferencia a la aplicación de las normas aceptadas del español, según lo dictamina la Real Academia Española (RAE) en sus publicaciones más actualizadas.

Esta aplicación debe ser flexible y tomar en cuenta aspectos como el uso, las variantes regionales, las características del público al que está dirigido el material y las particularidades del área académica o científica a la que pertenece el material. De esta manera, entre dos formas correctas y aceptadas, se preferirá la que es más utilizada en Costa Rica, como periodo sin tilde (uso costarricense) frente a período con tilde (propio de otras regiones lingüísticas). [Usted, lector, reemplace esta última oración con su país o zona de acción].

Con el fin de mantener un lenguaje más comprensible, cuando el uso esté muy extendido y haya sido registrado por diccionarios de uso reconocidos (María Moliner, Vox, Clave), se preferirá la forma más extendida en lugar de la académica (o estrictamente correcta), tomando en cuenta que la tendencia actual de la RAE es la de aceptar las variantes de uso en países no peninsulares. Tal es el caso de concientizar, palabra que durante muchos años fue considerada incorrecta por no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero que la última edición de este diccionario (2001) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) ya aceptan para el entorno geográfico latinoamericano.

Para neologismos todavía no registrados en ninguna fuente lexicográfica normativa, se procurará una investigación en corpus de la lengua (CREA, CORDE, Corpusdelespañol.org) y una verificación en buscadores en línea, para confirmar que tal forma está ya estandarizada en el uso. Este será un recurso únicamente para casos excepcionales.

Se aplicarán también las normas editoriales definidas por la editorial o el cliente, ya sea a través de su manual de estilo, un documento de lineamientos o de las instrucciones específicas por parte del editor a cargo.


8. Signos y llamadas
El corrector le entregará a su cliente el código de signos o llamadas empleado durante la corrección. Se puede consultar, para referencia, los signos recomendados por José Martínez de Sousa en el Manual de estilo de la lengua española (2007).


9. Informe de corrección
El corrector emitirá un informe breve, con un sumario de los principales cambios que aplicó sistemáticamente en el texto, según sus particularidades. Indicará el nivel de corrección, los criterios de unificación y los cambios implementados de manera transversal en toda la obra (muletillas frecuentes, vicios lingüísticos, etc.). Si lo desea, también puede adjuntar otros documentos, como tablas de decisiones u otros recursos que haya generado durante la corrección. Esto servirá de guía para dejar constancia sobre su intervención en la obra.


10. Corrección en papel o digital
La corrección se llevará a cabo en papel, con marcador rojo para las modificaciones obligatorias y lápiz para las sugerencias o explicaciones. Si hubiere necesidad de utilizar otro color, el corrector lo advertirá en su informe.


11. Bibliografía y herramientas de corrección
El corrector utilizará la bibliografía sugerida en sus versiones más actualizadas. En el caso del DRAE, específicamente se le recomienda el uso de la edición en línea, puesto que esta se actualiza diariamente con modificaciones y adelantos de la próxima edición.


12. Particularidades del estilo didáctico
El estilo académico didáctico se caracteriza por la claridad y la precisión comunicativa de contenidos académicos, científicamente fundamentados y, en la medida de lo posible, demostrables. Por su propia naturaleza, fuera de casos especiales, debe evitar la ambigüedad, la oscuridad expresiva y la subjetividad injustificada.

Por motivos didácticos, la redacción debe ser fácil de comprender, para que el estudiante, además de lidiar con la complejidad inherente a los contenidos de una asignatura, no deba también realizar un esfuerzo extra para entresacar la información a partir de una redacción confusa, errática, macarrónica, llena de recovecos y con problemas de coherencia. La expresión lingüística, vista así como medio expresivo, debe facilitar la comprensión de los contenidos en lugar de añadirle una complejidad innecesaria e injustificada.

El estilo también estará determinado por las estrategias de comunicación con orientación didáctica, previamente elegidas por el autor y el equipo de producción. Esto puede variar desde el uso de un estilo impersonal, muy distante y objetivo, hasta la aplicación de un tono directo, que interpele al lector. Cualquiera que sea el caso, el corrector deberá velar por una aplicación coherente del estilo elegido, en todos sus aspectos formales.

El nivel de complejidad de la escritura también estará condicionado por el nivel del curso y las características del público destinatario. El corrector deberá consultar el nivel de la carrera o programa al que pertenece la asignatura, para identificar potenciales problemas expresivos que requieran de algún ajuste en la redacción.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Citas textuales: ortotipografía de las citas largas

La definición de cita larga, como vimos en un artículo anterior, es un límite arbitrario establecido según el manual de estilo bibliográfico que se esté utilizando. En APA se sitúa en cuarenta palabras; en MLA, se define como una cita superior a cuatro renglones; Roberto Zavala la traza en cinco renglones (1995: p. 301) y José Martínez de Sousa en más de seis líneas (Martínez, 2007: p. 72). Personalmente preferiría una medida en caracteres, así que recomiendo la propuesta de APA, por ser menos sujeta a cambio que el ancho del renglón o la línea de cada caja tipográfica.

Las citas textuales largas se sacan del discurso principal, no se integran al párrafo, ni están sujetas a su puntuación: se convierten en un párrafo independiente, en donde aplican varios cambios tipográficos.

  1. Ausencia de comillas. En todos los casos, las citas se escriben sin comillas. Los cambios tipográficos dejarán evidencia suficiente para hacerle saber al lector que se encuentra ante palabras ajenas.
  2. Margen. El párrafo se sitúa a una distancia suficiente del margen izquierdo. APA propone “aproximadamente media pulgada” (p. 171), MLA indica una pulgada, Martínez de Sousa señala un sangrado general con el valor de la sangría empleada en el cuerpo de texto principal. El margen derecho se deja intacto, aunque a algunos editores les gusta usar el mismo valor elegido para el margen izquierdo, de manera tal que la cita se ve “centrada” en la página. El efecto final es el de un bloque de texto independiente dentro de la caja tipográfica.
  3. Cuerpo de la letra. APA y MLA no mencionan ningún cambio en el tamaño de la letra; sin embargo, sí es práctica editorial generalizada el disminuir el tamaño de la letra de las citas largas. Así lo corrobora José Martínez de Sousa (2007) y Roberto Zavala (1995) propone, específicamente, un punto menos que el cuerpo del texto.
  4. Separación de los párrafos anterior y posterior. En APA y en MLA no se aplica ningún espacio de separación. En los usos editoriales, en cambio, la cita se separa un renglón o espacio (o un cuadratín, dice Zavala) de los párrafos inmediatamente anterior y posterior a la cita (Martínez, 2008: 454).
  5. Espaciado. Los manuales de APA y MLA indican que el texto de la cita debe escribirse a doble espacio, pero cabe hacer la aclaración de que también indican que todo el manuscrito se escribe a doble espacio. Por lo tanto, la regla puede interpretarse como que la cita llevará un espacio análogo al del cuerpo de texto.
  6. Sangría. MLA, APA, Martínez de Sousa y Zavala coinciden en que una cita larga compuesta por un solo párrafo se escribe sin sangría. No obstante, si se compone de varios párrafos, los siguientes párrafos deberán llevar sangría inicial (Martínez, 2008: 454; Zavala, 1995: 301; APA, 2009: 171). La única excepción la hace el manual de MLA, puesto que en caso de citar dos párrafos o más, recomienda ponerles sangría a todos, siempre y cuando también el primer renglón del primer párrafo de la cita sea, en la fuente, un inicio de párrafo. De esta manera se le indica al lector experto si este es o no un párrafo independiente en la fuente consultada.
  7. Puntuación. A diferencia de lo que se veía en la cita corta, integrada en el texto del autor, en donde el punto se sitúa siempre después de la información parentética, los manuales de APA y MLA proponen que en las citas largas se debe respetar la puntuación de la fuente. Por lo tanto, si la última oración termina con punto final, se coloca este punto antes de la información parentética y luego se coloca otro punto después del paréntesis de cierre (para respetar la regla en español [Diccionario panhispánico de dudas, “paréntesis”, §3.a]; en inglés ese último punto es innecesario).
Otras maneras de dar formato a las citas
Martínez de Sousa menciona que existen otras alternativas editoriales para destacar las citas, no solo la que estamos proponiendo aquí de forma general. Por ejemplo, si el cuerpo de texto está a doble espacio y se elige no reducir el tamaño de la letra de la cita, esta irá a espacio sencillo, sin comillas. O bien, se puede elegir no darle un sangrado especial a la cita, pero siempre deberá ir en un cuerpo menor y distinguible del resto del texto. También existe la posibilidad de no hacer ningún cambio tipográfico del todo. En este caso, las comillas son obligatorias, tanto al inicio del primer párrafo, como de todos los demás párrafos que vengan después, en los que se usan las comillas de seguimiento; es decir, en lugar poner las comillas de apertura al inicio de cada párrafo, se escriben las comillas de cierre (» o ”), para indicar que la cita se inició desde el párrafo anterior y aún no ha terminado (Martínez, 2007: pp. 72-73; 2008: pp. 453-454).

Estas corresponden a variantes que a menudo encontramos en alguna publicación, pero cada vez se ven en menor cantidad.

La elipsis o supresión de texto en una cita
Sobre este tema tan complejo ya habíamos publicado varios artículos. Remito a su lectura, porque complementa la ortotipografía de las citas textuales y, sin duda, es necesario tomar en cuenta esas normas durante la escritura de obras académicas:

En síntesis
Si bien conviene revisar las reglas del manual bibliográfico al que uno debe apegarse (ya se trate del manual de una casa editorial o de una normativa bibliográfica, como las de Chicago, APA y MLA), la atención a los detalles hará que las citas bibliográficas de nuestra obra académica sean al mismo tiempo funcionales, precisas, exactas y elegantes.

Se deben evitar vicios como destacar todo el párrafo especial al escribirlo entre comillas o con negrita, cursiva u otra familia tipográfica. La elegancia está en la simplicidad tipográfica.

Lista de referencias
American Psychological Association (2009). Publication Manual of the American Psychological Association (6.a ed.). Washington, D.C.: Author.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.
a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
        
Martínez de Sousa, J. (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.
a ed.). Gijón: Trea.
Modern Language Association of America (2008). MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.
a ed.). New York: Author.

Citas textuales: ortotipografía de las citas cortas

Las citas cortas se escriben con las mismas características tipográficas del cuerpo de texto principal: en redonda, con el mismo cuerpo de letra, con la misma fuente. Un error usual es aplicar cursiva o negrita a la cita. Incluso hay quienes varían la fuente de la letra.

Quizás exista algún manual de estilo bibliográfico en el mundo que sugiera el uso de la cursiva en las citas textuales. De todas maneras, habría que evitar el doble destacado: si se usan comillas, ¿para qué cursivas? Si se usan cursivas, ¿para qué comillas? No obstante, en este último caso, ¿cómo sabe el lector inequívocamente que es una cita textual y no una idea que el autor quiere destacar?

Por esas razones, la única marca tipográfica para indicarle al lector que está a punto de iniciar o finalizar una cita deben ser las comillas dobles. Se emplean las de apertura (“) o cierre (”), según se sitúen al inicio o al final de la cita. Si el texto se publica para el territorio español, se emplearán las comillas de codo, cuadradas o españolas: « ». [Sabemos bien que la Real Academia Española y José Martínez de Sousa (2008: 332-335) consideran incorrecto el uso de las comillas inglesas o voladitas, por ser un anglicismo tipográfico. Sin embargo, quienes vivimos en el medio editorial latinoamericano no podemos luchar contracorriente cuando la práctica es completamente ajena a la norma: aquí es tan usual y correcto usar las comillas inglesas, como lo es en España usar las comillas españolas].

Las comillas de apertura se separan por medio de un espacio en blanco de la palabra que las antecede; pero van unidas y yuxtapuestas a la primera palabra de la cita textual. La misma regla se aplica a las comillas de cierre, pero inversamente: las comillas se unen a la última palabra de la cita textual y se separan de la palabra siguiente por medio de un espacio; a menos que vayan seguidas de un signo de puntuación.


Correcto
Recuerdo a tu abuela diciendo “más vale el diablo por viejo que por diablo”, cuando intentaba, sin éxito, engañarla con mis travesuras.

Incorrecto
Recuerdo a tu abuela diciendo“ más vale el diablo por viejo que por diablo ” , cuando intentaba, sin éxito, engañarla con mis travesuras.


El lugar de la referencia bibliográfica
Existen varios escenarios posibles para situar la referencia bibliográfica de una cita corta. En general, deben seguirse algunas normas en las que los manuales suelen coincidir:

  1. Si el nombre del autor se está mencionando como parte de la redacción del texto y antecediendo la cita textual, justo inmediatamente después del apellido, entre paréntesis, se coloca el año de la publicación. Luego se anota la cita, entrecomillada y, después de las comillas, entre paréntesis, se escribe el número de página respectivo. En sistema APA, debe antecederse por la abreviatura de página (p.). Después del paréntesis no se escribe ningún signo, a menos que se trate de la puntuación propia de la oración.
  2. Si el nombre del autor no se menciona antes, toda la información parentética se escribe, como es usual, en el paréntesis al final de la última palabra de la cita, después de las comillas, separado por un espacio en blanco de las comillas, sin punto en medio. El punto se sitúa al final de la información parentética (si ahí termina la oración) y nunca antes del paréntesis.
Ejemplos correctos de aplicación APA
En el Códice Florentino, afirma Portilla (2003), “hay elementos que coinciden claramente con otros que se localizan en códices de otras regiones” (p. 73).
La interpretación de las ideas es uno de los temas centrales cuando se hace el esfuerzo de traducir un texto de una lengua a otra: “Como todo traductor sabe, la traducción tiene que estar dominada por el sentido, no por las meras palabras de un texto” (Olson, 1994/1997: p. 170).

Incorrecto
En el Códice Florentino, afirma Portilla, “hay elementos que coinciden claramente con otros que se localizan en códices de otras regiones”. (página 73).
La interpretación de las ideas es uno de los temas centrales cuando se hace el esfuerzo de traducir un texto de una lengua a otra: “Como todo traductor sabe, la traducción tiene que estar dominada por el sentido, no por las meras palabras de un texto”. (Olson, 1997: p. 170).


En el último ejemplo, adrede he utilizado una obra traducida al español. Se está usando la traducción de 1997, pero la obra fue publicada originalmente en 1994. Omitir este detalle es un error frecuente en la escritura y edición de obras académicas. (Ver artículo “Las referencias de obras traducidas en APA”).


¿Y si hay comillas dentro de las comillas?
En este caso, las palabras que en la publicación original se escribían entre comillas dobles, en la cita textual se escribirán entre comillas sencillas, como una manera de mantener el destacado sin renunciar a la ortotipografía de la cita textual. En las ediciones españolas, en donde se emplean las comillas angulares, se emplean las comillas inglesas, porque habrá suficiente contraste entre unas y otras.

En este escenario, existe un agravante: ¿qué pasa si la palabra entrecomillada en el texto original es, además, la última palabra de la cita que estoy extrayendo? ¿Escribo tres comillas juntas? ¿Dejo un espacio en blanco entre las dos?

En cualquiera de los dos casos se ve mal, eso no se pone en duda. Lo ideal sería extraer la cita de tal manera que jamás una palabra entrecomillada en el texto original sea, a su vez, la última palabra de nuestra cita. Pero si es del todo inevitable, y si no queda nada por hacer, José Martínez de Sousa propone separarlas ligeramente, con medio espacio (no con un espacio completo). Me robo su ejemplo, por ser muy vehemente y claro:

«El Eterno habló a Moisés y dijo: “Habla a toda la asamblea de los hijos de Israel y diles: ‘Sed santos, porque yo soy santo, el Eterno, vuestro Dios’ ” ».

Desde luego, si me preguntan cómo haría en un libro latinoamericano, sin comillas angulares para citar ese ejemplo, tendría que recomendar usar todas las comillas, incluso las angulares, tal y como se emplea ahí, porque esa es una cita excepcional en sus características.

Ahora bien, en tanto editora y correctora a veces prefiero la otra vía fácil: cambiar la redacción, cambiar la cita, hacer que la cita sea más larga y darle tratamiento de cita larga (sin comillas al inicio y al final de la cita) o cualquier otra modificación mayor que, por eliminar la causa del problema, elimine también el problema. Si nosotros somos los amos y señores de nuestro texto, ¿quién nos impide modificarlo a voluntad? Dilema tienen los correctores de pruebas, quienes no podrían sugerir tan invasiva corrección.

Lista de referencias
American Psychological Association (2009). Publication Manual of the American Psychological Association (6.a ed.). Washington, D.C.: Author.
Martínez de Sousa, J. (2008).
Ortografía y ortotipografía del español actual (2.a ed.). Gijón: Trea.
Modern Language Association of America (2008).
MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.a ed.). New York: Author.

sábado, 8 de mayo de 2010

Antes de escribir una obra académica o una tesis

A menudo pensamos que las decisiones de forma son marginales, secundarias y, en todo caso, posteriores. Las dejamos para el final. «Ya habrá tiempo para arreglarlas», nos mentimos; o, peor aún, «le tocan al corrector» y, en este último caso, desperdiciamos el talento de un corrector entrenado en arreglar miles de cosas que podrían haberse escrito bien desde el inicio.

Tras varios años de estar investigando y escribiendo, cuando ya estamos en la recta final, a muy pocas semanas, días o hasta horas de la entrega última, recordamos que todavía teníamos decisiones pendientes. Ahora, 100, 200 o hasta 500 páginas después, tenemos que comenzar a leer todo nuevamente y revisar, página por página, la aplicación coherente de todas las normas «marginales» o «secundarias». O le dejamos la labor a alguien más, quien primero deberá sumergirse en el caos, encontrar una propuesta de orden y luego, con paciencia, aplicarla.

Es entonces cuando alguien (un dueño de editorial, un estudiante, un profesor) dice: «no hay tiempo, que se vaya así, al fin y al cabo a nadie le importa». Y esa es la historia de tantas y tantas publicaciones valiosas en su contenido, pero mediocres en su edición; o de incontables tesis de grado, a veces fallidas, otras tantas exitosas, pero plagadas de erratas y sin criterios mínimos en aspectos medulares de su semiótica interna.

He aquí una lista básica de decisiones mínimas por tomar y de conocimientos imprescindibles antes de comenzar a escribir, editar y corregir, todo con el fin de ahorrar tiempo de producción y disminuir los costos en las etapas avanzadas de edición o entrega de tesis y publicaciones:

  1. Normativas de presentación de originales.
    • Publicaciones. Todas las casas editoras y revistas de renombre cuentan (o deberían contar) con un manual de estilo editorial o, cuando menos, una breve normativa en donde se detallan las particularidades de edición en gran número de aspectos, como márgenes, ortotipografía, uso de signos gráficos y hasta aspectos de redacción. Si tal manual existe, se debe leer a fondo, comprender y aplicar desde antes de comenzar a escribir y durante todo el proceso de escritura o preparación del manuscrito.
    • Tesis y trabajos de graduación. Las universidades usualmente tienen normas básicas sobre aspectos formales mínimos que deben cumplir todas las tesis: tamaño y tipo de letra, impresión por una o dos caras, espaciado, márgenes, componentes informativos de la portada, orden de los elementos (portada, dedicatoria, agradecimientos, tabla de contenidos, lista de figuras, etc.). Adicionalmente, es necesario conocer las partes de la investigación que debe cumplir la investigación, según su naturaleza, y en qué orden: justificación, objetivos, preguntas de investigación, hipótesis, estado de la cuestión, antecedentes, marco teórico, anexos. Usualmente aparecen detallados en algún reglamento que deberá conseguirse en la facultad, escuela o dependencia de posgrado respectiva.
  2. Sistema bibliográfico. Esta decisión debe tomarse, si se puede, antes de comenzar a investigar, porque incluso determinará cuáles datos deberán consignarse en la ficha de cada publicación o documento consultado (o en la base de datos bibliográfica, si se elabora). Una vez elegido el sistema (a veces dictado por el área de especialización o la facultad ante la que se defiende el documento), es conveniente adquirir el manual oficial de la casa emisora. Por ejemplo, si se usa APA, se deben evitar los resúmenes que circulan en la Red, a menudo incompletos o adaptados según criterios que se alejan de la norma básica. Si se va a emplear algún programa de gestión bibliográfica, también debe implementarse desde la etapa de investigación y, sin duda, ayudará mucho durante la escritura.
  3. Normas para los títulos, encabezados, cuadros y figuras. Además de las normas obvias, que toda persona ya debería conocer (ningún título lleva puntuación final), conviene decidir cuál va a ser el criterio para titulares, su jerarquía y hasta su forma gráfica de salida; así como la manera en que vamos a numerar los cuadros o tablas, las figuras y las fotografías. De esta manera, conforme vayamos escribiendo, la estructura del texto ya irá encajando dentro de la jerarquía definida desde el inicio. Esto se vuelve particularmente necesario en tesis en donde se han acogido formatos como el 1.1, 1.2, etcétera.
  4. Uso de cursivas, comillas y negritas. Cuanto más pronto conozcamos las normas al respecto y cómo las aplicaremos, más fácil se hará implementar el código durante nuestro proceso de escritura y nos ahorraremos largas horas de duda en etapas posteriores.
  5. Uso de versales (mayúsculas) y versalitas. Puesto que la aplicación de las versalitas implica escribir las palabras en minúscula para luego aplicarles la función de versalita, esta es una decisión que debe tomarse antes de comenzar a digitar; particularmente en obras en donde será recurrente la aparición de siglas y siglos (obras históricas).
  6. Normas de redacción y conocimientos generales. No está de más, si vamos a escribir, repasar algún manual de redacción, tomar algún curso o reflexionar sobre nuestra propia escritura. Incluso podría ser de utilidad mostrarle un documento nuestro, en donde se vea nuestra forma típica de escribir, y dárselo a revisar a un corrector de estilo. Esta persona, con criterio, podrá darnos recomendaciones puntuales sobre cómo mejorar la escritura, a partir del examen de nuestros vicios y virtudes personales. Sin duda, la corrección preventiva ahorra muchas horas de reescritura durante las horas finales.
  7. Formato de las citas textuales. Muchas personas no se preocupan por conocer las reglas básicas de las citas textuales antes de comenzar a escribir. Las reglas pueden variar de un sistema bibliográfico a otro, pero deben conocerse desde el inicio, para ahorrarse luego trabajo en correcciones miserables. Por ejemplo, pasarse varios años poniendo comillas en todas las citas textuales, cortas y largas, para darse cuenta, al final, de que hay que devolverse y eliminar, una por una, todas las comillas de las citas con más de 40 palabras.
  8. Elisión de contenidos dentro de una cita textual. Conocer estas reglas es fundamental, y debe aplicarse desde la toma de notas y acopio de la información. Esto garantizará productos de mayor calidad al final y evitará adefesios como textos ficticios creados a partir de la yuxtaposición irresponsable de fragmentos.
  9. Palabras o expresiones dudosas. Las palabras de grafía dudosa o problemas de algún tipo deben resolverse desde la primera aparición, especialmente si son de uso frecuente en el documento. ¿Se escribe socio cultural, socio-cultural o sociocultural? Una breve y rápida visita al DRAE en línea nos puede sacar de la duda (socicultural) y, de paso, evitar el costo de corregir algo que pudimos haber escrito bien desde el inicio.
  10. Símbolos, siglas, sistema internacional de medidas u otras convenciones que apliquen directamente en nuestro campo de escritura.
El objetivo fundamental de informarse bien antes de comenzar a escribir es, en última instancia, ahorrar tiempo y obtener mejores resultados con menor gasto de energía y esfuerzo. ¿Cuántas horas (y si es una editorial, cada hora vale dinero) nos ahorramos con solo manejar bien la regla desde el inicio?
Si usted tiene su propia lista de decisiones previas, le invitamos a compartirla con nosotros, para ampliar esta sencilla lista de recomendaciones que podría ahorrar muchos dolores de cabeza para escritores y tesiarios primerizos a quienes pocas veces alguien se toma la molestia de advertirles sobre lo que les espera si dejan para el final estos detalles «marginales».

jueves, 1 de abril de 2010

«Mal de todos, consuelo de tontos»: la escritura en comunidades académicas


La escritura académica y erudita tiene su particular juego de necesidades en cuanto a la redacción, así como su propia colección de vicios. A menudo, además, vemos que las comunidades docentes en universidades e institutos clonan y heredan sus costumbres a las nuevas generaciones de estudiantes y, repentinamente, emerge una especie de jerga, en donde se repiten los problemas de redacción de un artículo a otro, de una tesis a otra, de un libro académico a otro, y todo gracias a la corrección endogámica y al aprendizaje a través de la imitación.

De repente vemos que la mayoría de artículos de una revista de medicina de una particular universidad, a pesar de haber sido escritos por autores distintos, tienen los mismos problemas recurrentes de redacción, digamos en el uso de las mayúsculas o en la manera de emplear el gerundio; o que todos los profesionales de una comunidad de estudiosos de turismo tienden a emplear el mismo falso cognado.

Lo peor es que, entre ellos, se entienden.

Cuando el corrector hace sus observaciones (a veces con cara de horror), minimizan su criterio profesional bajo el argumento de estar supuestamente amparados por algún metalenguaje científico que el lingüista es demasiado ignorante para reconocer: que en esa disciplina o ciencia tal vocablo tiene en efecto ese significado; que así escriben todos; que tome otros textos anteriores y verifique la exactitud de su estilo, de su estructura, de su manera de redactar; que observe las obras de referencia traducidas en México o España y corrobore sus afirmaciones…

En otras palabras: «mal de todos, consuelo de tontos».

Un corrector serio no cederá tan fácilmente a estas argumentaciones, porque aquí es necesario trazar una línea divisoria. ¿Son vicios copiados hasta la saciedad y convertidos en modelo o hay un verdadero fenómeno lingüístico detrás? ¿Son problemas de forma, de sintaxis, de expresión o hay lugar al alegato del «lenguaje científico»? ¿Existe una verdadera razón científica para emplear determinada forma expresiva o es el resultado de la costumbre, el capricho, una mala traducción o la más genuina y pura ignorancia?

Para responder a estas preguntas, el corrector deberá armarse de paciencia, investigar, consultar a sus pares y tratar de comprender a profundidad el texto bajo su cuidado. Deberá hablar con su autor y aprender a reconocer verdaderos conceptos técnicos detrás de su planteamiento (o error) lingüístico y, cuando así sea posible, sugerir maneras de redactar sus ideas con más precisión y dentro del marco de la lengua española, más allá de la jerga particular que ha crecido en el seno de alguna comunidad de académicos. Es una labor de negociación.

El problema no se reduce a decir que el «corrector está tratando de seguir las reglas de la lengua». El mantener ciertos estándares lingüísticos (con criterio, sin llegar al fanatismo) facilita la comunicación entre hablantes de comunidades distantes entre sí ya sea por factores geográficos, culturales o disciplinarios. Y no me refiero con esto a escribir en Argentina y publicar en México. Dos académicos de la misma universidad pueden pertenecer a comunidades muy distantes, desde el punto de la lengua, si uno de ellos es sociólogo y el otro físico teórico. Si se especializan demasiado en su propia área y se alimentan únicamente de los escritos de sus colegas, pueden llegar a reducir tanto sus formas de expresión que no saben cómo escribir para un público general.

Habrá algún autor que diga «pero yo no soy el único que escribe así». Es verdad, eso es innegable (por desgracia), pero no justifica que, de su pluma, salgan textos con problemas de redacción y, más allá de la norma gramatical académica, con deficiencias en la comunicación. ¿Qué es más importante? ¿Justificar por qué escribimos de una cierta manera y, de paso, seguir reproduciendo estos modelos inoperantes, o corregir nuestra escritura hasta hacerla legible para otros? Usted elige.

domingo, 21 de marzo de 2010

La prueba del aburrimiento: una herramienta del editor

La atención es la prueba inequívoca del lector (bajo circunstancias normales) de la falta de eficacia de un texto. Si logra leer atentamente, sin levantar la mirada de la página, regresando a su libro aun después de las interrupciones banales –como ir al excusado, comerse una galleta o atender una llamada telefónica– entonces el libro está funcionando. Si comienza a pensar en algo distinto mientras sus ojos se deslizan por la página, si se queda dormido sin quererlo ni darse cuenta, si se deja llevar por cualquier distracción para abandonar la lectura… entonces tenemos un serio problema.

Como escritores y como editores, el reconocemiento de estos momentos en el texto es una de nuestras más refinadas herramientas en la corrección profunda; no la de ortografía o gramática, sino la estructural, la de hilación, la de ritmo y secuencia de la obra.

Si yo, editor o escritor convertido en lector, cuando leo me doy cuenta de que he desplegado estos mecanismos inconscientes de autodefensa frente a un texto malo, inmediatamente debo despertar y regresar a los pasajes en donde mi mente comenzó a divagar, porque ahí es donde están los problemas, ahí es donde debo ser implacable, ahí es donde el marcador rojo debe hacer estragos sin misericordia. Porque si no lo hace alguien, será el lector quien sufra.

Si tenemos un lector cautivo, obligado por las circunstancias a leer el libro –como los estudiantes frente a sus materiales didácticos–, dejar pasar textos mal escritos, aburridos y llenos de estorbos es someter al lector a una tortura innecesaria. Ya está probado que el lector pocas veces culpabiliza al texto por su falta de atención o su ineficacia en la lectura; usualmente se culpa a sí mismo y entra en un proceso de autoflagelación por sentirse incapaz de seguir el hilo del texto.

Por otro lado, si nuestro lector elige por su libre albedrío las obras, como es el caso de la edición comercial, dejar pasar textos malos se traducirá en malas ventas, obras empantanadas en los almacenes y pérdidas inevitables.

Así, la autoconsciencia (consciencia de uno mismo) es un mecanismo fundamental del escritor y del editor: es nuestra guía intuitiva para acercarnos a un texto y decir, sin más, ¡eliminemos esto!, ¡corrijamos aquello!, ¡simplifiquemos!, ¡cambiemos de lugar! Los lectores nos lo agradecerán.


Advertencia
Al ser esta una prueba subjetiva, habrá siempre circunstancias atenuantes que inciden sobre la atención: cansancio, aversiones personales, estrés, enfermedad… Estas también deben ser tomadas en cuenta por el editor, para que pueda identificar si es su propia circunstancia personal la que incide sobre la lectura o es, en efecto, un problema textual.

El arte de la escritura: mostrar, no contar

Uno de los vicios más antiguos de la narración de historias es caer en la tentación de enumerarlo todo, decirlo de manera explícita, darlo como información plana, como una foto de pasaporte, como un dato en el currículo de alguien. Este tipo de escritura no es la mejor en ninguna época, pero era más tolerada por los lectores anteriores a la revolución de los medios de comunicación porque era la técnica predominante y se encontraba en todas partes.

Hoy, en cambio, estamos rodeados de muchos medios para contar historias, muy variados en sus formas y en sus estrategias de entrega de la información. Los lectores de hoy son más exigentes, se aburren con mayor facilidad y no están dispuestos a tolerar, en ningún medio, ni siquiera el escrito, la narración lineal, ultradescriptiva y omnisciente a la que estaban acostumbrados los lectores del siglo XIX. Y esto se extiende no solo a la narrativa ficcional: abarca también la escritura técnica, científica y didáctica.

Además, en los tiempos modernos, con tanta información disponible, el lector no tiene tiempo para perderlo miserablemente y sin consecuencias en textos banales. Si no se captura su atención, se moverá tan pronto como sea posible al siguiente.

Una de las muchas estrategias para lograr textos más dinámicos es recordar la vieja regla –hoy tan necesaria en tiempos de cine y medios de narración audiovisuales– de mostrar en lugar de decir. Todo cuanto hayamos elegido incluir en el texto estará ahí si, y solo si, tiene un propósito, sirve para algo, si estamos dispuestos a entretejerlo en la trama global de la escritura. [Y recordemos algo: texto significa ‘tejido’; trama es la manera en que los hilos de la tela están entretejidos. No estoy hablando aquí solamente de ficción, sino de cualquier forma de escritura, incluidas la científica y académica, cuyas palabras también forman un texto y se organizan entramadamente, es decir, también tienen una trama].

Tomemos un ejemplo: un personaje se presenta en la página 1 y dice “Hola, soy Roberto, estudio en la secundaria y vivo cerca de la casa de mi tía” y luego sigue hablando de cualquier otra cosa y en el resto de la narración, la tía no pasa de ser una curiosidad dicha en la presentación del personaje y no vuelve a tener papel relevante alguno en su vida. Habría dado lo mismo eliminar esa oración del libro y, con eso, hacerle la vida menos cansada al lector, quitarle basura y estorbos, reducir lo innecesario.

Ahora bien, una manera no autodescriptiva y banal de poner esto habría sido darle algo que hacer a la tía y a la casa. Entonces, Roberto no nos cuenta, estático, que tiene una tía. En lugar de eso, durante el recreo de una de sus clases, recibe una llamada de su madre que le pide, por favor, pasar por la casa de su tía cuando regrese del colegio, para recoger un pastel o una carta. En este momento no sabemos en dónde está la casa de la tía. Roberto, en efecto, se desvía ligeramente de su ruta habitual (con lo que ya nos da una idea de cuán lejos o cerca vive la tía), abre tranquilamente el portón de la casa y entra, solo para descubrir que nadie le contesta a la puerta. Se asoma por una ventana lateral entreabierta y ve a su tía tendida en el suelo. Ni Roberto ni nosotros sabemos, en este punto, si sufrió un ataque al corazón, si alguien la asaltó y la golpeó o asesinó o si la tía ha tomado la decisión de tirarse sobre la alfombra de la sala por alguna razón perfectamente racional y nada fantasiosa. Las decisiones que sigan harán que la historia tome un giro: detectivesca y de acción, si se trataba de un ladrón o de un homicidio; dramática, si tiene un ataque al corazón; y, ¿por qué no?, de fantasía si la tía ha descubierto un inmenso hoyo interdimensional flotando encima en el techo de su sala y no logra salir de su asombro.

Y ahora nuestro personaje debe reaccionar ante lo ocurrido: ¿saldrá corriendo a casa de su madre para contarle lo sucedido?, ¿llamará desesperadamente al 911?, ¿tratará de entrar a la casa para verificar lo que ocurre?, ¿se congelará por el pánico?, ¿se irá indiferente y dejará a su tía en el suelo, sin piedad ni consecuencia?

Y así, como resultado, el lector podrá sacar sus propias conclusiones sobre los acontecimientos, preguntarse por qué están ocurriendo y crear la biografía del personaje sin que el autor deba dársela: la puede reconstruir a partir de la narración. Esto coloca al lector en la posición de contribuir activamente a la interpretación, le da algo que hacer y lo compele a mantener una actitud alerta y despierta porque la única manera de averiguar más detalles sobre el personaje es seguirlo a lo largo de la historia para ver qué hace, de la misma manera que nos ocurre en la vida real, con las personas a nuestro alrededor: no podemos meternos en su cabeza y en su psique, ni siquiera podemos confiar plenamente en sus palabras; sin embargo, sus acciones sí las podemos ver (aunque filtradas por nuestra propia psique y percepción de los acontecimientos): son nuestro «objeto tangible», nuestra única prueba de quién puede ser el otro.


¿Y en la escritura académica?

¿Cómo traducimos esta regla a la escritura académica, científica o autobiográfica, si no tenemos personajes ni estamos escribiendo una novela? Es erróneo pensar que no tenemos personajes: la voz narrativa es, en sí misma un personaje. Hay muchas maneras para hacer que esta voz narrativa guíe al lector en un texto fluido y visual: introducir anécdotas, contar ejemplos, mostrar los acontecimientos de la manera más gráfica posible (como experimentos, ya sean exitosos o fallidos). Todo, absolutamente todo, se recuerda mejor si nos dan una imagen para asociarla con esos contenidos. Y con esto no me refiero a acompañar el texto con fotografías, sino a darle al lector la materia prima necesaria para que sea capaz de recrear (con un papel activo) la imagen de lo que estoy tratando de mostrarle, de transmitirle, de enseñarle. Y recordemos que enseñar tiene el doble sentido de «mostrar» y de «educar».

Así, en ese libro tan académico sobre la biodiversidad, sabremos que quien nos habla «tiene una tía», si introduce la anécdota de cómo descubrió por primera vez, a los siete años, los poderes de la sábila cuando luego de que el niño se quemara accidentalmente por una travesura, la tía corriera desesperada a su jardín, cortara las hojas de una planta y, sin pensarlo dos veces, le pusiera su pulpa refrescante en el lugar de la quemadura.

Luego, el autor de este libro nos dirá que esta planta se llama Aloe vera, también conocida como sábila, una planta medicinal que abunda en los jardines de las tías amantes de las plantas y expertas en los viejos remedios de la tradición ancestral de los pueblos.

Y de paso, no solo sabremos que el autor (o la voz narrativa, en realidad) tiene una tía (un rasgo de humanidad que nos ayuda, como lectores, a identificarlos), sino que además nos muestra aspectos culturales del país del autor (la existencia de jardines cuidadas por señoras de cierta edad como práctica cultural distintiva), aspectos científicos (es una planta común, de cierto tipo de territorios y que crece fácilmente en los jardines) y aspectos de uso (la planta sirve para aliviar las quemaduras).

Y, pues claro, la imagen de la tía y del evento que nosotros, sin ninguna descripción adicional, hayamos creado, nos servirá como herramienta mnemotécnica para evocar luego la planta. «¿Cómo se llamaba la planta y para qué servía?», preguntará el estudiante durante el examen, y entonces verá a la tía que se imaginó: ya sea gordita o esbelta, de 50 años o de 80, con su bata de dormir o con ropa de jardinera, con una regadera en la mano o con una manguera, corriendo para traerle la salvación a ese niño travieso que llora porque se ha quemado… Eso dependerá de los recuerdos a los que acuda el estudiante para recrear (reconstruir) el texto en su imaginación: ¿tiene una tía que ama los jardines?, ¿o es acaso su madre?, ¿o una vecina?, ¿o la madre de su mejor amigo?, ¿le sucedió alguna vez algo similar a lo narrado?

Así, también en la escritura académica, sobre todo si es didáctica y tenemos al lector-estudiante como prioridad, es necesario aprender a mostrar.

Bibliografía recomendada
Estoy a la caza de obras sobre escritura en español (no sobre gramática ni crítica literaria) y debo decir con vergüenza que todavía no ha llegado a mis manos ninguna que merezca mención; aunque deben estar escondidas en los catálogos de editoriales cuyos libros no llegan nunca a mi país.

Sobre el tema específico de la construcción de personajes, por lo tanto, solamente puedo recomendar una obra escrita en inglés por el escritor norteamericano Orson Scott Card: Characters & Viewpoint. How to invent, construct, and animate vivid, credible characters and choose the best eyes through which to view the events of your short story or novel. (Hay más obras sobre el tema, escritas por otros autores, también en inglés).

Sobre la escritura no ficcional, recomiendo nuevamente la obra de William Zinsser, On writing well, que ya apareció en uno de los primerísimos artículos de este blog: La difícil/placentera labor de escribir.

domingo, 7 de marzo de 2010

Puntos suspensivos: omisión de texto al inicio de la cita

Quizás uno de los usos más frecuentes de los puntos suspensivos para indicar omisión de texto es, precisamente, al inicio de las citas. Los autores parecen encontrarlos elegantes y sutiles; les hace pensar que evocarán en el lector la sensación de pasado, de texto que ha comenzado en otro lugar, de ideas que no se iniciaron en esa palabra sino muy atrás.
Para estos casos, el Diccionario Panhispánico de Dudas indica una norma particularmente interesante: introducir un espacio en blanco entre los tres puntos suspensivos y la primera palabra de la cita, como un instrumento para indicarle al lector que estos puntos suspensivos corresponden a una omisión textual y no, como podría pensarse, a un signo colocado ahí por el autor original de la cita.
Como editora y como lectora, considero que esta es una norma sensata y me ayuda a identificar, sin ambigüedades, qué indica ese signo tipográfico.
Ahora bien, ya más como editora, creo que conviene siempre hacerse una pregunta necia: ¿realmente se necesitan esos puntos suspensivos? Si somos estrictos con el razonamiento, una cita, por su propia naturaleza, es siempre un texto inconcluso (a menos que sea un microcuento de un párrafo; pero esas serán las excepciones, no la norma). La cita siempre comienza en otro lugar, proviene de un pensamiento previo y concluirá muy lejos del fragmento que ha sido seleccionado. Esta pregunta es válida también para los puntos suspensivos finales. Entonces, el editor deberá mirar el texto con mucho cuidado e interrogar finamente al autor a través de sus signos (como lo hará cualquier lector en su casa): ¿realmente esos puntos suspensivos le agregan algo al texto, semióticamente hablando? ¿No son, acaso, un simple vicio de escritura copiado de textos que al autor le parecieron elegantes o chic? ¿En verdad es necesario introducir la ensoñación de los puntos suspensivos para que el lector se pierda en ellos y tome la cita como un fragmento que capta del aire, incompleto?
La respuesta a estas preguntas dependerá, forzosamente, de la percepción de quien las haga, del contexto de la cita dentro de la obra y, claro, de la naturaleza de la obra por publicar. Unas ideas personales al respecto: en obra literaria o filosófica es posible encontrar más excusas y «contextos adecuados» para esos puntos suspensivos iniciales. En obras académicas, científicas o didácticas, en cambio, sobran y se convierten en un peso innecesario; especialmente si hablamos de obras de más de 300 páginas plagadas de citas.
Por lo tanto, siempre que usted se encuentre (como autor, editor o corrector) unos puntos suspensivos al inicio de la cita, antes de simplemente añadir el espacio recomendado por el DPD, pregúntese primero: ¿realmente se necesitan? Y, sin misericordia, elimine todos los que sobren; de manera tal que solamente se conserven aquellos cuyo aporte semiótico sea lo suficientemente poderoso para hacer la diferencia en la lectura.

Algunas normas
Para efectos prácticos, conviene siempre estar al tanto de las normas al respecto, según diferentes criterios:
  1. Real Academia Española: avala el uso para los casos en que se quiere dejar muy en claro que la reproducción de la cita no se hace desde el inicio del enunciado (DPD, «puntos suspensivos», 2.h).
  2. Normativa bibliográfica del APA: indica que no deben utilizarse nunca, excepto en el caso específico en que su uso prevenga una interpretación errónea del texto (2001: 135).
  3. José Martínez de Sousa: comenta que puede eliminarse sin consecuencias, puesto que el iniciar la cita con una letra minúscula es indicador suficiente para saber que esa no es la primera palabra del párrafo u oración (MELE 3: 75).
Referencias bibliográficas
American Psychological Association (2001). Manual de estilo de publicaciones de la American Psychological Association [Publication Manual of the American Psychological Association, Fifth Edition] (2.a. ed.). México: Manual Moderno. (Original work published 2001).
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.

lunes, 22 de febrero de 2010

Estilo: uso y abuso de las viñetas


La redacción a veces nos exige el uso de párrafos independientes, ya sea enumerados o no, para dar una lista, una secuencia o una serie de ideas que, por su naturaleza, conviene proporcionar de manera independiente.

En estos casos utilizamos dos recursos tipográficos: el número y signos gráficos no secuenciales, como el guion y el topo (viñeta con forma de cuadrado, rombo o círculo). Usualmente, se utiliza el formato de párrafo francés para darle una disposición gráfica distintiva, que lo hace más fácil de recordar y le otorga una voz propia: lo saca del cuerpo de texto y obliga al lector a realizar una especie de digresión. Se le dice, con los márgenes y con los signos gráficos que acompañan al párrafo, cómo leer esa secuencia de ideas.

Precisamente debido a sus particularidades semióticas, los párrafos con viñetas o enumerados pueden constituir notables herramientas de lectura en obras que los ameriten y justifiquen, como las obras didácticas.

La enumeración es útil y necesaria cuando en efecto se está proporcionando una secuencia que, por sus características y naturaleza, requiere de un orden seriado, como la lista de pasos para elaborar un experimento. En ese sentido es necesario enumerar y, por lo tanto, la elección de párrafos enumerados es la más acertada.

Los topos o viñetas son especialmente útiles cuando se están comunicando ideas sintéticas y se desea expresarlas, gráficamente hablando, de manera independiente, pero formando parte de un conjunto. Ahora bien, este conjunto no requeriría de una enumeración (1, 2, 3) porque sus elementos no corresponden, semánticamente, a un una serie en estricto orden; no hay diferencia entre citar uno primero y otro después, fuera del énfasis que el autor quiera darle a una idea o a otra. Sería el caso, por ejemplo, de una lista de cotejo o un grupo de ejemplos. Se necesita que el estudiante los estudie y comprenda como lista, no como secuencia; y se desea que los tenga a mano como un conjunto, listo para memorizar o para comprender.

No obstante, precisamente por la misma razón que una secuencia de párrafos con viñetas puede resultar extremadamente útil, es necesario utilizarlos con medida y cierto grado de discreción. Un recurso gráfico-semiótico solo cumplirá su propósito si consiste en una interrupción en el discurso o en la mancha tipográfica. En cambio, si la mayor parte del texto que le entregamos al lector está estructurado en la forma de párrafos sueltos, inconexos, llenos de viñetas, se pierde el propósito para el cual serviría distinguirlos. Ya no destacan nada, sino que introducen un elemento de monotonía en un texto sin hilación, un texto-gallina, según lo definimos en un artículo anterior.

De ahí que el autor y el editor deban poner especial cuidado en cuándo utilizar la viñeta y la enumeración como recursos de la textualidad; y cuándo su abuso y sobreabundancia entorpece la lectura y transforma lo que debería ser un libro coherente y bien hilado en una lluvia de ideas inconexas, sin orden, ni sentido.

sábado, 20 de febrero de 2010

El hilo del texto: ¿picotear o rodar?

La redacción es la técnica de creación del hilo conductor de la escritura. La palabra proviene del verbo latino redigo, ‘volver a llevar’, el cual, a su vez, se forma a partir del verbo ago, ‘conducir’. La buena redacción es invisible: no se siente porque nos permite deslizarnos sobre el texto sin interrupciones, sin saltos, sin zancadillas...

Hace unos días, una colega y amiga editora me convirtió los conceptos abstractos de «buena» y la «mala» redacción en imágenes imposibles de callar (¡gracias, Stella!). Las comparto porque contribuyen, sin duda a comprender, metafóricamente, a qué le llamamos «redactar bien».

Según el éxito o el fracaso en la hilación de las ideas, encontramos dos tipos de texto. Unos que se leen como si fueran una gallina picoteando y otros, como si fueran una canica (en Costa Rica, «bolincha») rodando sobre una superficie lisa y sin interrupciones.

La gallina picotea sin un patrón definido, en cualquier dirección. Nunca la misma gallina seguirá dos veces el mismo, exacto y preciso patrón de picoteo. En el texto-gallina no se sabe qué vendrá después, no hay una dirección definida y fácil de identificar, sino un recorrido caótico y casi azaroso. El lector siente que lee «a trompicones», experimenta interrupciones continuamente, debido a los saltos impredecibles de las ideas, que se superponen unas a otras en una yuxtaposición incoherente, sin orden o precisión, sin saber de dónde viene con exactitud o hacia dónde se dirige.

La canica, en cambio, cuando está sobre una tabla o un piso perfectamente liso, sin abultamientos o irregularidades, rueda y rueda sin parar, a un ritmo constante, en una misma dirección y llegará tan lejos como el impulso del golpe se lo permita. En el texto-canica, el hilo del discurso es fluido, coherente, va llevando de la mano al lector, le va indicando por dónde ir y uno lo toma y se va hasta el final.

En la escritura literaria, quizás haya escritores capaces de hacer una obra maestra de la técnica de la gallina (¿tal vez Rayuela o hasta el mismo Quijote sean un ejemplo?); pero en la escritura técnica, el picoteo es un pecado mortal. Es una traición del discurso, un autosabotaje a la comunicación y una pérdida de tiempo y esfuerzo para el lector quien se verá obligado a invertir muchas horas en tratar de poner orden en el caos, so pena de poner en riesgo su comprensión del texto.

En la escritura académica, por ejemplo, las consecuencias del texto-gallina son graves: se juega, ni más ni menos, el éxito o el fracaso del estudiante-lector. La responsabilidad de la comunicación académica no yace en la autocomplacencia de querer comunicar bien por razones de ego o reputación; cuando el objetivo del texto es educar, comunicar bien es un deber porque ahí yace toda la diferencia entre aprobar o reprobar, entre aprender y quedarse en la ignorancia.

En general, ningún texto-gallina debería pasar los filtros editoriales. Una lectura sin hilación es un desperdicio de recursos que, en la cultura impresa, son muy costosos. Aún así, cuál de los dos favorecer es una decisión personal (si usted es alguien tratando de escribir) o editorial.

domingo, 14 de febrero de 2010

¿Es posible editar para todos los hispanohablantes?

Una de las ventajas de la lengua, en tanto código internacional de comunicación e intercambio, es su capacidad para darnos acceso a cualquier texto, publicado en cualquier país. No obstante, aun cuando quisiéramos una sola lengua universal, idéntica y comprensible por todos sus hablantes, los giros y particularidades de una región la pueden volver críptica para los hablantes de otra.

Tomemos, como ejemplo, el español. Nací en Costa Rica, un país al que llegan, de alguna manera, influencias de muy diversas procedencias. Así, he leído libros editados en casi cualquier país de habla hispana: México, El Salvador, Colombia, Argentina, España... nunca me he sentido incapaz de leerlos, aunque ciertamente me daba algo de risa encontrarme un «Oye, tío» en alguna traducción española de una obra de Isaac Asimov. Aclaro: en Costa Rica, tío es y siempre será el hermano de mi madre, nadie más; el otro sería «mae», pero no es nada elegante para incluirlo en una traducción literaria, mucho menos de Asimov.

Así, la edición que traspasa fronteras se ve obligada a hacerse preguntas y tomar decisiones. El editor de obras técnicas tiene la responsabilidad de procurar textos que cumplan con ciertos requisitos básicos: comunicabilidad, ¿se tiene éxito en la comunicación texto-lector?; lecturabilidad, ¿se puede leer fluidamente, sin tropiezos en el camino?; naturalidad, ¿se siente cómodo el lector con el texto?; claridad, ¿el texto se entiende tal cual, sin equívocos? Aclaro que estos son requisitos propios de la edición técnica porque ahí donde un manual de uso o un texto didáctico requieren de una comunicación eficaz, transparente, clara, sencilla, directa y unívoca, la comunicación literaria puede aspirar a producir ambigüedad, pluralidad, multidireccionalidad, deliberada oscuridad y, sobre todo, múltiples posibilidades interpretativas.

Así, en teoría, todo parece muy sencillo y abstracto. El problema es cuando un texto invadido por vocablos y giros de la vida cotidiana quiere traspasar las fronteras de una latitud a otra. Tomo, como ejemplo, una obra enfocada en la incorporación de recursos tecnológicos en los procesos de enseñanza-aprendizaje. ¿Qué clase de dificultades léxicas podríamos encontrar ahí?, se puede preguntar el editor. Estas son solo algunas: España, ordenador / América, computadora (no computador, como tienden a pensar algunos); España, pizarrón / América, pizarra; España, plumón / América, marcador (Costa Rica, pilot); España, ordenador de sobremesa / América, computadora de escritorio... (profundizo en eso... a mí me dicen «ordenador de sobremesa» y me imagino «¿una computadora para usarla después de tomar café, en la mesa...?»).

De repente, una obra perfectamente escrita en español, o eso creemos, se vuelve Babel... y eso sin mencionar términos no tecnológicos, como enojo/enfado, que son exactamente lo mismo salvo que en América preferimos enojo y en España, aunque se entiendan las dos y el DRAE recomiende la primera, los españoles hablan siempre, en su vida cotidiana, de enfado (aclaro que no sé si esa es una afirmación universal, para toda la Península o solo para algunas regiones); o las diferencias que tenemos en el uso de ser y estar.

Así, la revisión de una obra escrita en una latitud para ser publicada en otra puede incluir un trabajo complejo de adaptación/traducción. La decisión de cuánto elijamos traducir dependerá, ciertamente, de los editores y el grado de compromiso que tengan con sus lectores. Un vocablo perfectamente normal en una región puede producir extrañeza, rechazo o hasta risa cuando aparece en un texto pensado para ser leído en otro lugar. Se puede convertir en una piedra de tropiezo, un estorbo en la lectura, un factor distractor que desconcentra y desconcierta al lector. Es ese factor clave el que subyace en las decisiones del editor, y no una simple gana de adaptar por adaptar, o de corregir por corregir.

sábado, 6 de febrero de 2010

Importante: uso y abuso

Uno de los males de la época moderna es la deslexicalización de la lengua (no sé si el neologismo es válido, pero cuando menos tiene un efecto dramático): la expresión cotidiana se reduce cada vez más a unos pocos cientos de palabras.

Los docentes pueden ver el fenómeno en los exámenes de los estudiantes, que reducen toda su capacidad expresiva a un puñado de verbos y de muletillas. Pero los editores lo ver con horror cuando este fenómeno se presenta en autores de los que no se pueden librar, según las circunstancias. Incluso autores muy buenos, ya consagrados, y que, sin embargo, no serían los mismos sin editores y correctores acuciosos e irreverentes.

Uno de los problemas de reducción expresiva más común es el uso del adjetivo importante y de su hermano sustantivo, importancia. Ambos pueden aparecer cientos y hasta miles de veces en un mismo libro.

¿Por qué ocurre este fenómeno?
Una respuesta aventurada –pura especulación mía, lo admito–, podría ser precisamente la versatilidad de esta palabra comodín. Su significado etimológico es bastante vacío, sencillamente proviene de in, ‘dentro’, y portare ‘llevar’. Su significado en el vocablo importación es más literal de lo que un lector moderno podría esperar, porque, en efecto, los romanos se referían a los barcos que traían mercadería dentro de ellos.

Consecuencias estilísticas del abuso de importante
Pero la lengua es misteriosa y las razones por las que una palabra sirve para todo también lo son. Así, la palabra importancia puede referirse tanto a gran cantidad, como a gran magnitud; a un elevado cargo, como a grado de relevancia; o bien remitir a campos semánticos como la trascendencia o el grado de significación que algo tiene en su área.

Visto de esta manera, el abuso de importancia/importante en un texto no solo produce efectos nocivos de redundancia y aliteración, sino que hace el texto más difuso y menos preciso, por cuanto estamos perdiendo la oportunidad de emplear vocablos semánticamente mejor delimitados para describir las muy distintas realidades discursivas que se entretejen en una obra.

¿Qué hago? ¿Utilizo sinónimos?
Una trampa frecuente en el intento por depurar al texto de sus excedentes de importancia es caer en el reemplazo automático por otros sinónimos. Antes de que usted se vaya de cabeza sobre su texto, con unos cuantos diccionarios de sinónimos a su lado, hágase las siguientes preguntas para cada importancia/importante que se encuentre:

  1. ¿Realmente es necesario? En un alto porcentaje de los casos, ese importante es solamente una muletilla de nuestro devaneo o pensamiento. «Es importante considerar que...», «Es importante llegar a la conclusión de que...», etcétera. ¿No sería más sencillo, menos pesado para el lector, más agradable y directo nada más decir «Consideremos...», «Concluimos...»? Este es el caso de casi todos los importantes que pueden reemplazarse por relevante.
  2. ¿Existe otra manera de expresar esto, sin tener que acudir a ninguno de los sinónimos de importante, quizás cambiando la sintaxis, añadiendo giros? A menudo el uso de una muletilla no es más que la salida fácil; la gimnasia mental y la búsqueda de nuevas maneras de transmitir nuestras ideas pueden mejorar muchísimo el texto y, de paso, expurgarlo de importantes.
  3. ¿Estamos reemplazando una muletilla por otra? Hay que tener mucho cuidado de no reemplazar todos los importantes por el mismo sinónimo, para que no nos ocurra que tenemos una obra libre de importantes pero ahora plagada de relevantes.
  4. Si, en efecto, hay un énfasis semántico que reposa sobre el importancia/importante, ¿cuál es el sinónimo más preciso y semánticamente correcto? Debemos evitar la tentación de utilizar una palabra que nos suena elegante, pero que no corresponde al significado requerido. Por ejemplo, la palabra trascendental nos puede parecer un maravilloso sinónimo: es rimbombante y da una sensación de «suma importancia» y, sin embargo, si vamos a un diccionario y buscamos sus significados, veremos sorpresas semánticas como «Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible» o, para el verbo trascender, «Exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia» (DRAE, 2001).
Si después de haberse hecho todas estas preguntas, todavía se ve en la necesidad de buscar sinónimos, mi recomendación es que tenga buenos diccionarios a mano, ya sea en línea o en físico. Mi favorito es el Diccionario de ideas afines, de Fernando Corripio, editado por Herder. En este diccionario se recoge algo más que sinónimos: remite a campos semánticos concomitantes. Con perdón de la editorial y del autor, anoto aquí las alternativas que esta obra proporciona para reemplazar importancia/importante. Me disculpo con ellos bajo la excusa de que esto le incitará a usted, lector, a poner sus manos sobre el primer ejemplar que se encuentre (le recomiendo, como buena bibliófila, la edición en pasta dura) que, en países como el mío, «al otro lado del charco» (léase Latinoamérica), es una de esas raras joyas que llegan solo esporádicamente.
IMPORTANCIA. 1. Magnitud, trascendencia, consecuencia, rango, categoría, (v. 2), cuantía, valor, grado, influjo, interés*, superioridad*, medida*, alcance, repercusión, influencia, envergadura, difusión, resonancia, realce, relieve, fundamento, ascendiente, predominio, calibre, carácter, fuste, prestigio, principio*, peso, crédito, enjundia, potencia, poder, tronío, peligro*, dificultad*, urgencia*, significación, grandiosidad*, vigor*, fuerza (v. 2).
— 2. Rango, importancia, jerarquía, grado, orden*, calidad, poder, categoría, señorío, nivel, casta, clase*, superioridad* (v. 1), encubrimiento, prominencia, posición, situación, fama, prestigio, consideración, respeto, solemnidad; orgullo, fatuidad, vanidad* (v. 1).


3. Importante. Esencial, principal, superior*, trascendental, capital, notable, relevante, destacado, grande*, magno, preeminente, serio, supremo, primordial, sobresaliente, prominente, fundamental, básico, medular, primero, poderoso, fuerte, influyente, famoso (v. 4), ilustre, elemental, señalado, estratégico, decisivo, crítico, crucial, culminante, álgido, grave, central, inicial, primario, enorme, valioso, estratégico, neurálgico, vital, significativo, apreciable, grandioso*, solemne, imprescindible, cardinal, terminante, concluyente, urgente*, sustancial, enjundioso, considerable, útil*, provechoso, conveniente*, interesante*, cuantioso, amplio, extenso*, grave, craso, espinoso, delicado, peligroso*, difícil*.
— 4. Afamado, importante, famoso, prestigioso*, respetable, encumbrado, poderoso*, todopoderoso, alto, destacado, significado, distinguido, omnipotente, influyente, inabordable, ocupado, inaccesible, grande, excelso, opulento, rico, próspero*, potentado, pudiente, personaje, orgulloso*, vanidoso*.
5. Dar importancia. Destacar, importar, resaltar, señalar, influir, realzar, favorecer, subrayar, acentuar, enfatizar, trascender, valorar, valorizar, fundamentar, significar, potenciar, pesar, interesar*, concernir, relacionar, incumbir, tocar, conectarse, vincularse, atañer, competer (v. 6).
6. Tener importancia. Importar, predominar, prevalecer, exceder, preponderar, superar, aventajar, valer, poder, interesar*, atañer, competer, vincularse (v. 1).
Contr.: Intrascendencia, pequeñez*, insignificancia*.
V. SUPERIORIDAD, PRINCIPIO, URGENCIA, INTERÉS, PODER, GRANDEZA, UTILIDAD, PELIGRO, DIFICULTAD, ORGULLO, VANIDAD.

lunes, 1 de febrero de 2010

Análisis de audiencia para el diseño de documentación técnica

Como ya hemos mencionado en otros artículos de este blog, la documentación técnica incluye todo tipo de producción editorial no literaria, como la escritura académica, entre muchas otras. Dentro de este mismo contexto, la palabra diseño incluye el proceso completo: la concepción, estructura, planeamiento, escritura y salida visual de la documentación; no solamente su diseño gráfico.

Establecidas estas premisas, podemos pasar a reseñar y comentar los tres métodos de medición de audiencias e integración en el proceso de diseño de documentación técnica que Karen A. Schriver describe en su obra Dynamics in document design.

Schriver los califica en tres tipos: clasificadores, intuitivos y quienes escuchan. Para explicarlos, propone un ejemplo práctico: tres equipos reciben la tarea de adaptar un artículo sobre el calentamiento global, tomado de la revista Scientific American y dirigido a estudiantes universitarios, para una audiencia de estudiantes de secundaria, especialmente entre el séptimo y el octavo grado.

Los clasificadores

El equipo de clasificadores se aproxima al problema mediante una lluvia de ideas para determinar cuáles son las características diferenciadoras entre los estudiantes de secundaria y los universitarios. Destinan la mayor parte de su tiempo a la catalogación de todos los datos que puedan considerarse relevantes sobre su audiencia meta: edad, diferencias por sexo, actitudes hacia la ciencia, pasatiempos vinculados a la ciencia, nivel promedio de vocabulario e interés en el medioambiente. Con esta información en mente, elaboran el esquema de adaptación del artículo original. El primer borrador es sometido a análisis lingüístico para adaptar el nivel a la edad de la audiencia y, aún así, se simplifica todavía más. Finalizada esta labor, el equipo da por terminado su trabajo.

Los intuitivos

Este equipo lee con cuidado el artículo original y toma nota de cuanto pueda interesar a su audiencia meta. Los miembros del equipo intercambian reflexiones sobre el calentamiento global y recuperan sus experiencias personales cuando tenían la edad de su audiencia. Elaboran varios borradores que discuten y corrigen, siempre tratando de imaginar cómo lo recibirían los estudiantes de secundaria; estos lectores imaginados se construyen a partir de pequeñas experiencias personales o ajenas, lo que han observado en parientes o amigos cercanos que coinciden con las características del público meta y toda suerte de especulaciones sobre sus comportamientos posibles. El borrador final se elabora tras la lluvia de ideas generada por la crítica constructiva de otros miembros del grupo, como primer «grupo de prueba» del producto final.

Los que escuchan

El tercer grupo comienza por localizar un grupo de estudiantes de secundaria que estén dispuestos a criticar sus borradores o versiones preliminares. Algunos miembros del equipo tratan de averiguar qué están entendiendo los jóvenes de secundaria sobre el tema de la ciencia. Tienen la preocupación de diseñar ayudas visuales que contribuyan por igual a la comprensión de la materia y a motivar a los estudiantes para seguir su aprendizaje. Su primer paso será, por lo tanto, recopilar ensayos sobre temas cercanos al suyo escritos para estudiantes de esta edad. También hablan con los docentes para averiguar cuáles estrategias han sido exitosas en la enseñanza de la ciencia. las entrevistas a estudiantes y profesores les dan muchas ideas para una nueva versión del artículo. Tras discutir diversas alternativas, toman la decisión de elaborar un material visual en lugar de un texto verbal. Someten la nueva versión a la opinión de los estudiantes y le prestan especial atención a la manera en que estos utilizan las ayudas visuales y exploran los conceptos. Toman nota de cuanto los estudiantes encontraron interesante y de aquellas cosas que produjeron duda o perplejidad. A partir de este proceso de seguimiento en tiempo real de las reacciones del lector, elaboran su versión final del documento.


Estos tres enfoques de creación de la audiencia modelo obligan a la reflexión. Dejaremos los comentarios para otra oportunidad. Aquí solo se abre la pregunta: si usted diseña documentación técnica y ha querido asumir el reto de diseñar para su audiencia, ¿cuál enfoque o combinación de enfoques ha empleado?

lunes, 25 de enero de 2010

Software para la escritura técnica en Windows

Una querida amiga, lectora de este blog, me ha hecho una pregunta muy válida: «Y quienes usamos Windows, ¿qué hacemos?».

La principal razón por la que todos los programas revisados en este blog han sido, hasta ahora, aplicaciones de la plataforma Macintosh no es casual. Estos artículos son el resultado de muchos meses de investigación, de prueba de programas, de búsqueda de aquellos que cumplen, simultáneamente, varias condiciones: eficacia, versatilidad, multifuncionalidad, interacción con otros programas, sencillez de uso (la posibilidad de aprender a utilizarlos con una curva de aprendizaje mínima, casi intuitiva), interfaz eficiente pero elegante...

La búsqueda de las herramientas informáticas del escritor, de hecho, comenzó meses atrás desde una computadora PC con sistema operativo Windows, justamente con una de las aplicaciones que existen para esa plataforma. Prosiguió en la misma computadora PC (tras su colapso a manos de los virus) pero con sistema operativo Linux (específicamente, Ubuntu). Después de utilizar y comparar ambos sistemas operativos y las aplicaciones disponibles (de pago y libres), y finalmente prosiguió en una Mac.

Ahora bien, la diferencia entre Windows y Macintosh es de cantidad y de calidad. La cantidad está a favor de Windows. En los siguientes vínculos se puede encontrar, en suma, más o menos una treintena de programas distintos especializados en la escritura creativa (algunos más orientados hacia la novela, otros hacia el guion; ninguno hacia la escritura técnica):

http://www.literatureandlatte.com/links.html
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/software-para-escritores
http://www.writers-publish.com/book-writing-software.html

Personalmente he visitado las páginas web de buena parte de ellos e instalado y probado cerca de la mitad.

El dictamen final: la calidad, está a favor de Mac. Todavía ni uno solo de los programas existentes para Windows me ha parecido equivalente a Scrivener, el aquí recomendado; incluso Ulysses y el Storyist, ambos de Mac, son superiores y excelentes alternativas. Desde luego, esta es una decisión que cada escritor o usuario debe tomar por sí mismo, y requiere de mucha paciencia y de probar, una a una todas las herramientas.

En cuanto a las herramientas para la administración de bibliografías en Windows, hay un programa en particular que se acerca a Sente, que ya revisamos en artículos anteriores. Su nombre es Endnote y existe tanto para Mac como para Windows. Algo más sobre el programa puede leerse también en esta dirección: http://librosytutoriales.blogspot.com/2009/04/manejo-de-referencias-bibliograficas.html.

El Endnote mucho más difícil de usar, sobre todo al principio, y desde luego tiene un manejo muy distinto desde la interfaz y la lógica de uso. Sin embargo, al igual que Sente, se integra plenamente con el Microsoft Word, genera bibliografías automáticamente y administra los artículos en formato PDF. Esto, desde luego, partiendo de la premisa de que no tendremos otra opción que escribir un libro o artículo en Word, a pesar de sus deficiencias para la escritura técnica y creativa de obras complejas.

¿Cuánto se asemeja, alcanza o supera al Sente? Todavía no lo sé, porque apenas lo tengo a prueba; lo que sí he visto son los testimonios de otros usuarios cuya preferencia se ha inclinado, al final, por el Sente, aun después de haber utilizado Endnote.

Ahora bien, el Sente es un programa relativamente costoso para la media de aplicaciones personales ($129.25 para usuarios normales; $89.95 con descuento académico y otros descuentos por volumen); pero el Endnote lo supera con creces: $249.95, el precio pleno, para descarga; si se quiere ordenar con su caja y discos cuesta $299. Ofrecen descuentos por volumen, pero hay que solicitar la información directamente; no aparece en su página web.

La decisión final, desde luego, es del usuario. Si un escritor académico está determinado a seguir utilizando su computadora PC, con Windows y Word, su mejor alternativa es Endnote. En cambio, si ha tomado la decisión de hacer un cambio radical en su entorno digital, aumentar su productividad y sacar provecho de las aplicaciones Mac, lamentablemente la respuesta a la pregunta de «¿qué hacen los usuarios de Windows?» es muy sencilla: cómprese una Mac (o, cuando menos, instale un emulador virtual del sistema operativo Macintosh), y únase a quienes han descubierto que Mac no es solamente una plataforma para diseñadores gráficos sino también para creadores de la palabra. (Esta impresionante cantidad de apasionados testimonios de uso de Scrivener es una prueba: http://www.literatureandlatte.com/testimonials.html).

domingo, 24 de enero de 2010

La creación y escritura de un texto académico en un entorno digital

El esfuerzo por tratar de lograr una estación de trabajo adecuada para la escritura científica o académica en un entorno Mac lo comparten otros investigadores que también deben lidiar con los mismos problemas, desde la investigación inicial hasta el formato de salida.

En este interesante artículo, «A Digital Academic Workflow», Kerry Magruder no solo menciona sus programas favoritos sino que establece la secuencia de trabajo en que los utiliza. Dado que el artículo está en inglés, me permitiré hacer un breve resumen de la propuesta de su workflow o flujo de trabajo para el escritor de obras académicas.

Recomienda el uso de DevonThink, para el proceso inicial de investigación y toma de notas; Scrivener, para las etapas generales de creación de la obra, organización de la información y escritura de los borradores integrales; Sente, para el manejo y administración de las referencias bibliográficas; Preview (herramienta integrada del sistema operativo de Mac) para la lectura de PDF; Skim, herramienta gratuita para la lectura de PDF y la toma de notas, y Pages, el procesador de textos ofrecido por Apple, como parte de su paquete de oficina iWork, para las etapas finales de últimas revisiones y formato del documento con vistas a su envío para publicación.

El proceso de escritura, tal y como lo concibe Magruder, en síntesis, tiene más o menos la siguiente secuencia:

  1. Se utiliza el DevonThink para organizar toda clase de documentos e información inicial que un investigador revisa cuando apenas está tratando de generar el estado de la cuestión, de familiarizarse con su campo o de la documentación e información que le será de utilidad. El programa permite organizar páginas web, PDF y documentos de texto, correos electrónicos y otra documentación pertinente; incluyendo un OCR para escanear documentos que se tienen solo en papel (hay que pasarlos a PDF primero). En DevonThink también se crea una carpeta con las fuentes, en donde se incluyan las citas y notas asociadas con el artículo en proceso. Se pueden crear subcarpetas o carpetas separadas, según las necesite el autor.
  2. Simultáneamente, se crea una base de datos específica en Sente para ir incorporando las referencias de los documentos más importantes que se localicen en DevonThink. Se crea también un hipervínculo de la carpeta de fuentes del DevonThink al Sente, de manera que se puede alternar entre ambos programas, aun cuando el Sente no esté abierto.
  3. Con el vínculo hecho, en Sente se ven los PDF del DevonThink. También se le puede indicar al Sente que utilice el Skim como lector PDF para utilizar las capacidades de toma de notas de esta aplicación, que ya hemos discutido en el artículo anterior. Si se utiliza la herramienta de toma de notas del Sente, que incluye toma de notas de textos y de imágenes, la información puede transferirse al DevonThink, conforme se vaya haciendo más compleja. Para pasar las notas y pasajes que valga la pena citar de Sente a DevonThink, basta con hacer «drag and drop» (jalar y soltar) de la nota deseada o de todas las notas a la vez, en la carpeta de fuentes del DevonThink.
  4. Durante esta etapa, se va de Sente a DevonThink y viceversa, tantas veces como sea necesario. El DevonThink permite tomar notas analíticas escribir resúmenes, destacar puntos centrales y mantener notas en fragmentos pequeños (mucho más manejable para los procesos posteriores; el Scrivener también funciona de esta manera).
  5. Para crear una cita en una nota que se llevará a Scrivener o Mellel, basta con usar el «drag and drop». Esto producirá una referencia entre corchetes que se verá más o menos como esto: {Aaboe, 1958, 5, 209-277}.
  6. En DevonThink se pueden poner cursivas y negritas, con el menú de estilos; y los caracteres de otras lenguas deben ponerse en Unicode. De todas maneras, el formato es mejor dejárselo a los programas especializados en formato de textos.
  7. Luego de seleccionar, reordenar, descartar y recuperar todas las notas que quiera en DevonThink, si ya se puede comenzar a escribir porque la idea es bastante más clara que al inicio, se procede a iniciar el borrador en Scrivener. Nos aclara el autor que también se pueden utilizar otros programas, pero que el elegante entorno de Scrivener es su favorito. Pasar las notas tomadas en DevonThink a Scrivener es muy sencillo: «drag and drop» y todo queda listo.
  8. Una vez en Scrivener, integrarlo a Sente es muy sencillo. Se puede ir de un programa a otro, de manera que en una cita escrita en Scrivener se coloca una referencia activa de la base de datos del Sente.
  9. Ya en el proceso activo de creación y redacción, el escritor podrá disfrutar de las poderosas capacidades del Scrivener para organizar y reorganizar, ver la estructura del proyecto, añadir notas y metadatos a cada subarchivo, dividir y mezclar, comparar a través de paneles múltiples y la escritura de pantalla completa.
  10. Una vez lista la escritura, se exporta el borrador final como .rtf. De ahí se puede pasar a cualquier procesador de texto, aunque el autor de este artículo prefiere Pages, que conserva las citas de Sente y DevonThink, así como las notas al pie y comentarios del Scrivener (estos últimos, el Mellel, otra buena alternativa para la escritura técnica, no los reconoce).
  11. Finalmente, con el último borrador listo, ya en el procesador de textos para darle formato, se le ordena al Sente hacer un escaneo del documento, con el cual revisará todas las referencias que fueron insertadas. Con esto generará la lista de referencias bibliográficas o bibliografía según el formato que haya sido elegido.
Así, desde el punto de vista de la escritura, el documento (libro o artículo) queda listo para ser remitido al editor. El resto del formato y la última revisión ya se hace en Pages, un programa especialmente adecuado para estas tareas; según sus usuarios, mucho más sencillo de usar y con resultados más elegantes que el Word.

Al igual que veíamos con las herramientas básicas del autor de escritura creativa, este paquete básico recomendado por Magruder es bastante cómodo. Aquí están los precios con descuentos educativos para instituciones y para individuos; hay precios todavía más bajos para la compra por volumen:

  • DevonThink Personal: $37.5 (el DevonThink Proffesional Office cuesta $112, con descuento educativo; tiene la función de OCR de documentos PDF; pero esta función también se consigue de manera gratuita con otras aplicaciones)
  • Scrivener: $34.95
  • Sente: $89.95
  • Preview and Skim: gratis
  • Pages: forma parte del paquete iWork, con un costo total de $79 y la ganancia adicional de un programa para presentaciones (mucho más poderoso que PowerPoint) y otro equivalente al Excel
Total: $241.4