Mostrando entradas con la etiqueta diseño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diseño. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de septiembre de 2010

Partes del libro: la cubierta

Un error frecuente, al menos en mi medio, es llamarle portada a la cubierta exterior del libro.
Las partes externas del libro se llaman cubiertas, tapas (en España) o forros (en México), según el país en donde uno se encuentre. Cualquiera de los dos nombres es muy coherente: describe este material usualmente más duro, en un material protector, que cubre y le da consistencia al conjunto de hojas impresas, encoladas o cosidas que es el libro mismo.
Las partes de las cubiertas o forros son las siguientes:
  1. Primera de cubierta o de forros
  2. Segunda de cubierta o de forros o retiro (o retiración, según Zavala) de cubierta
  3. Tercera de cubierta
  4. Cuarta de cubierta
  5. Solapas
  6. Lomo
Primera de cubierta
Es lo que usualmente se confunde con el nombre de portada. Es el lugar en donde se escriben el nombre del libro y del autor. También aparecen el sello editorial y el nombre de la colección, cuando así procede.

Cuando la cubierta se diseña a todo color, a menudo también se emplea una fotografía o ilustración alusiva al texto para llamar la atención del lector, especialmente en los estantes de la librería (física o virtual). No pocos han sido los libros que hemos adquirido solo por la primera de forros.

El diseño de la cubierta es delicado por tratarse de la primera ventana al libro: llama a sus compradores o los repele, todo en una sola mirada.

Segunda de cubierta
Es el reverso de la primera de cubierta. Usualmente va en blanco. En las ediciones de pasta dura, también puede ser que aquí peguen las guardas del libro.

Tercera de cubierta
Es la parte del forro que pega con la última página del libro. Al igual que que la segunda de cubierta, usualmente está en blanco o tiene una guarda.

Cuarta de cubierta
Es lo que a menudo se confunde con el nombre de contraportada, por tratarse de la parte de atrás del libro.

Esta zona del libro se aprovecha a menudo para colocar información clave que pueda llevar al comprador a adquirir la obra, como un resumen sucinto, breve y atractivo de la obra o los comentarios aduladores de los críticos.

Algunas editoriales ponen aquí también la información biográfica del autor, aunque esta debería reducirse al mínimo necesario para que el lector se interese en la obra. El currículum completo del autor no interesa en esta sección.

Solapas
También reciben el nombre de solapilla o aleta. Algunas obras incluyen solapas como extensiones de las cubiertas, fabricadas en el mismo material y dobladas hacia adentro. Estas zonas le dan mucha elegancia al libro y permiten incluir información adicional que sirva para vender la obra.

Usualmente en una de ellas se sitúa la fotografía del autor, una biografía breve y sus otras obras. En la otra solapa, la editorial puede poner otros títulos de la colección o de su catálogo, para invitar al lector a seguir comprando sus obras. En el caso de autores prolíficos y de gran reputación, también puede indicar la lista de otras obras del autor en la misma editorial.

O bien, puede emplearse la solapa para indicar los contenidos del libro. Transcribo las palabras de José Martínez de Sousa al respecto:

El texto de la solapa se destina, por un lado, a describir la materia que se trata en el libro; por otra, a ponderar la adecuación del tratamiento y la necesidad de la obra para la consecuención de determinados fines (evítese, en lo posible, la manida coletilla de que “esta obra viene a ocupar un hueco”); finalmente, debe indicarse a quién resulta útil y por qué, para terminar ofreciendo unos datos acerca del autor. Con ello la obra queda situada ante el lector en unas pocas y necesariamente ponderativas razones que justifican la edición por parte del editor y la adquisición por parte del lector (1998: 60).


Lomo
Esta es una pequeña área en medio de las dos cubiertas, propiamente el rectángulo que se forma al cubrir los cuadernillos del libro. Aclara Martínez de Sousa que “cuando el libro se encuaderna en mediapasta, la piel o tela que se coloca en el lomo, recubriéndolo, se llama lomera, y si esta se decora con profusión de hierros dorados se llama lomera cuajada” (1998: 61).

El ancho del lomo depende de la cantidad de páginas del libro y del grosor del papel. Libros con menos páginas impresas en papeles gruesos producen lomos más grandes.
Aquí se anotan típicamente solo tres datos: nombre de la obra, autor y sello editorial (sin el nombre). Si la obra está formada por varios tomos, también se indica el número de volumen y, opcionalmente, los temas o letras que cubre (en el caso de diccionarios enciclopédicos).
Cuando las obras son lo suficientemente gruesas (más de mil páginas), usualmente hay espacio suficiente para situar el nombre de la obra de manera horizontal, con lo que se facilita su lectura. En la mayoría de los libros, sin embargo, el lomo puede variar de un grosor de medio centímetro a dos centímetros. En esos casos, se acostumbra situar el nombre de la obra de forma vertical. La orientación de la lectura nos obliga a hacer este curioso ejercicio de doblar el cuello para leer el nombre del libro.

Los libros editados en español, por norma editorial tácita, escriben el nombre de abajo hacia arriba; de manera que inclinamos la cabeza hacia nuestra izquierda para leer los datos. Los libros editados en la tradición anglosajona colocan el nombre del libro en la dirección inversa; de manera que la cabeza debe inclinarse hacia la derecha con tal de poder leer los lomos. (Quienes tenemos en nuestra biblioteca libros en varios idiomas, a menudo ejercitamos mucho nuestro cuello, moviendo la cabeza de un lado hacia otro mientras recorremos los libros de nuestros estantes).

Comenta Sousa que la tradición latina, como se le puede denominar a las obras impresas en español, tiene la ventaja de leerse mejor en los estantes, pero la desventaja de que cuando el libro está colocado horizontalmente sobre una mesa, con la primera de cubierta hacia arriba, el nombre queda situado al revés y es muy incómodo de leer. Esta sería, en su opinión, la única ventaja de la tradición anglosajona.

En síntesis
Las partes externas del libro tienen sus propios nombres y deben conocerse en el mundo editorial, en aras de mantener la buena comunicación entre todos los involucrados (editores, diseñadores, impresores).

Así, la próxima vez que sostenga un libro entre las manos, y sienta la tentación interna de decir: “¡qué linda portada!”, recuerde que quizás está viendo la cubierta. (En otro artículo hablaremos de qué es la portada en un libro).

Lista de fuentes consultadas
Martinez de Sousa, J. (1998). Manual de edición y autoedición. Pirámide.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México.
               

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Fuentes de dominio público

Las fuentes suelen ser costosas y a menudo más difíciles de adquirir que los programas de edición. Afortunadamente existen comunidades de tipógrafos que comparten sus fuentes en calidad de software libre, disponibles para quienes tengan necesidad de ellas.

Esta es una pequeña colección de direcciones en donde pueden obtenerse fuentes gratuitas para todos los gustos y necesidades:

OpenFont Library: comunidad dedicada a la tipografía libre

Smashing Magazine: artículos diversos sobre tipografía, incluyendo varias listas de fuentes libres de alta calidad para diseño gráfico (recomiendo navegar por el sitio y revisar los artículos, porque su cantidad excede el propósito de este artículo, pero uno se puede pasar horas descargando fuentes desde aquí)

Libertine: una fuente diseñada por la comunidad de software libre de Linux

Greek Fonts: una pequeña colección de fuentes para escribir con caracteres griegos

The League of Movible Type: selecta colección de bien diseñadas fuentes gratuitas y de código abierto.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cómo seleccionar la tipografía: consejos de los expertos

En el diseño editorial o diseño de libros, la selección de la tipografía (todas las características tipográficas de la obra) es esencial. Este tema lo abordamos hace unas semanas en el artículo “La voz del texto: la función de la tipografía en el diseño de libros”.

Hoy traemos algunas de las recomendaciones que proporciona el maestro tipógrafo Robert Bringhurst en su indispensable obra The Elements of Typographic Style (Los elementos del estilo tipográfico, cuya traducción al español puede adquirirse en la colección Libros sobre Libros del Fondo de Cultura Económica y Libraria).

Recomendaciones técnicas imprescindibles
Bringhurst inicia sus recomendaciones con algunos consejos técnicos, que los legos en tipografía a menudo pasamos por alto. Las formas de las letras no son diseñadas únicamente en la mesa de dibujo o la computadora del tipógrafo. Se sabe que una vez el trazo caiga sobre la hoja de papel, habrá múltiples factores que alterarán su acabado: las diferencias entre la impresión con tipos duros (imprenta) y el ófset, por ejemplo; la calidad del papel (mayor o menor nivel de porosidad); el uso de tecnología digital, como la impresión láser y, hoy día, incluso hay que considerar la forma en que las letras se despliegan en la pantalla de la computadora, si el producto fue diseñado para ser leído exclusivamente en la web.
Así, Bringhurst recuerda que cada fuente fue diseñada para un medio impreso específico y siempre es necesario encontrar versiones modernizadas, fieles al diseño original, pero adaptadas a la tecnología que pretendemos emplear.

Antes de seleccionar la fuente, debemos ya conocer el medio de salida, porque muchas fuentes elegantes, llenas de curvas suaves y diseños exquisitos, se pierden por completo cuando se imprimen en papeles muy porosos o a tamaños muy pequeños.

Bringhurst da ejemplos claros: Bembo, Centaur, Spectrum y Palatino, dice, tienen un diseño sutil y hermoso, pero quedarán aplastadas y saturadas a 8 puntos, en una impresión digital (láser), de 300 dpi (puntos por pulgada, por sus siglas en inglés).

Esas condiciones de impresión, que pueden ser letales también para fuentes como Centaur, Spectrum, Linotype Didot y casi cualquier versión de Bodoni, bien podrían ser superadas por fuentes como Amasis, Caecilia, Lucida Sans, Stone y Utopia.

¿Qué texto estamos tratando de comunicar?
Entre los criterios más difíciles de apliacar, se encuentra la selección de la tipografía según su pertinencia y adaptación a los contenidos por comunicar. Bringhurst pone el ejemplo de un libro sobre bicicletas de carreras. No es necesario elegir una fuente cuyas letras O estén dibujadas con rayos en el centro y las T parezcan manubrios.

La fuente más adecuada, en primer lugar, será una que esté bien diseñada en sí misma. En segundo lugar, debe ser legible; es decir, adecuada para la lectura de libros (es un libro, después de todo, lo que estamos diseñando). Finalmente, y solo cuando las dos condiciones anteriores se cumplan, debe tener cierta afinidad con el tema tratado. Puede ser, por ejemplo, una fuente de estilo italiano, pero bajo ninguna circunstancia tendrá exceso de ornamentación.

¿Qué tipo de caracteres vamos a utilizar?
Otro argumento básico para seleccionar la tipografía es el tipo de caracteres necesarios en el texto. Es posible que en una novela, los únicos signos no alfabéticos –además de puntos, comas y guiones– sean las comillas; pero una obra académica puede llevar desde un símbolo alfabético cualquiera, como l (litro) hasta todas las variaciones posibles de símbolos dentro de un área: porcentaje, pi, grados centígrados, comillas de varios tipos, números, viñetas, alfabeto fonético, lenguas clásicas, versalitas…

Estas son algunas de las fuentes que Bringhurst recomienda para cada necesidad tipográfica:
  1. Si el texto incluye gran cantidad de numerales, uno podría tener interés en elegir fuentes cuyos números estén especialmente bien diseñados, como Palatino, Pontifex, Trump Madiäval y Zapf Internacional.
  2. Si se necesitan versalitas, cualquier fuente que no las tenga queda descartada.
  3. Si se necesita una gran variedad de grosores (delgadas, bold, semibold, etc.), Frutiger podría servir.
  4. Si debe emplear alfabeto fonético, las opciones incluyen Stone Serif y Sans, Lucida Sans y Times Roman.
  5. Para cirílico, Charter, Minion, Lazurski, Officina, Quadraat, Warnock (serifadas); Syntax, Myriad, Futura (sin serifas).
  6. Para griego, Georgia o Palatino.
  7. Para Cherokee, Plantagenet.
Consideraciones históricas
Un buen tipógrafo como Bringhurst, conocedor de la historia del diseño de una fuente y su contexto, también recomienda elegir una fuente “cuyos ecos históricos y asociaciones estén en armonía con el texto”. No tiene sentido que un libro sobre la Francia del siglo XVII se imprima en Baskerville y Caslon, fuentes diseñadas en Inglaterra, en el siglo XVIII. O bien, que una obra sobre el barroco se diseñe con fuentes renacentistas o neoclásicas.

Muchos diseñadores, advierte Bringhurst, se deleitan en hacer mezclas descabelladas, puesto que esta no es una regla escrita en piedra. No obstante, es una consideración que se puede sopesar durante el proceso de investigación previo a la selección de las características tipográficas de un libro.

El diseño de la fuente y de la página también deben ir de la mano. No solamente la tipografía puede ser renacentista o neoclásica, dice Bringhurst, también pueden serlo las proporciones de la página y la selección de los márgenes. Un diseñador responsable y con buen gusto, si tiene el tiempo para hacerlo, podrá armonizar todos estos aspectos.

Consideraciones personales y culturales
Para cerrar el artículo, me permito traducir un párrafo del propio Bringhurst (puesto que tengo a la vista la edición en inglés):
Los trazos de las letras tienen carácter, espíritu y personalidad. Los tipógrafos aprenden a discernir estos rasgos tras años de trabajo de primera mano con las formas, y a través del estudio y comparación de la labor de otros diseñadores, presentes y pasados. Al inspeccionarlas de cerca, las letras revelan muchas pistas de las épocas y temperamentos de sus diseñadores, e incluso sus nacionalidades y creencias religiosas. Es posible obtener resultados más interesantes de las fuentes seleccionadas bajo estos criterios, que de aquellas elegidas por mera conveniencia de disponibilidad o coincidencia de nombre (2004: 99-100).
En síntesis
Cada publicación tiene sus propios requisitos técnicos, formales, culturales y sociales, y los rasgos formales de las familias tipográficas seleccionadas deben acoplarse a estos requisitos.
Jamás debemos olvidar que editamos para los lectores. Sus mentes solamente le ponen atención suficiente a la letra para reconstituir la palabra; y desde la palabra, la idea, el argumento, la obra, el otro libro, el que no es tangible (de papel y tinta), sino que existe en un illud tempore, en un espacio-tiempo permanente por encima de sus manifestaciones individuales. La función de la tipografía y de la edición es garantizar, sin tropiezos, el acceso del lector a ese libro, en la forma de una invitación agradable a la vista, inconsciente y diáfana al punto de crear la ilusión de ser invisible.




Referencia bibliográfica
Notas tomadas de Bringhurst, Robert. (2004). The Elements of Typographic Style. Version 3.0. 3.a ed. Vancouver: Hartley and Marks.

martes, 24 de agosto de 2010

La voz del texto: la función de la tipografía en el diseño de libros

La tipografía es la base del diseño de libros y, en general, de cualquier producto que todavía descanse sobre la palabra escrita. La mancha del texto se compone de las letras y palabras creadas visualmente con la tipografía. La tipografía es, por lo tanto, la interfaz por medio de la cual el lector accede a la palabra; es la sustancia visible de la escritura.

La selección de la tipografía, en el proceso de diseño de un libro, es crucial: es simultáneamente forma y contenido; la letra es en sí misma una figura y un signo. La figura se valora como lo que es en última instancia: una imagen. Sus trazos pueden hacerla estéticamente bella o grotesca hasta el repudio. En sus trazos se pueden transmitir sensaciones ocultas y emotivas. Las letras pueden ser divertidas, elegantes, secas, monstruosas, retorcidas, oscuras, livianas o altivas.

Para mí, la tipografía conlleva una experiencia íntima y personal. No puedo acceder al texto sin ver la tipografía y, por lo tanto, desde el punto de vista formal, se me transforma en “la voz” del texto, por cuanto es la expresión material de la palabra escrita, de la misma manera que el sonido –el verbo– es la expresión material de la palabra hablada.

Esa voz adquiere su timbre, tono y modulación a través de los trazos, tamaños y espacios entre grafos y entre líneas. La combinación de estos detalles sutiles produce el conjunto que la mirada enfrenta en una página, aun cuando desconozca los nombres que los tipógrafos les han dado.

El lector tiende a concentrarse en la palabra, creyendo, en su consciencia, que no le pone atención alguna a la letra y, sin embargo, le resulta imposible disociar una de la otra porque está viéndola: solo ve la palabra desde su letra, no existe otra forma de hacerlo en el medio escrito.

El buen editor conoce esta verdad oculta y se aprovecha de ella. Durante una etapa del proceso, el énfasis del editor estará en el contenido, en la idea, incluso en la sonoridad del texto; es decir, en el signo sonoro de la palabra. Pero cuando de manufacturar libros se trata, la forma visual de la palabra se vuelve arte y su selección ha de ser cuidadosa y esmerada, porque en ese pequeño detalle se materializa, literalmente, el libro.

lunes, 1 de febrero de 2010

Análisis de audiencia para el diseño de documentación técnica

Como ya hemos mencionado en otros artículos de este blog, la documentación técnica incluye todo tipo de producción editorial no literaria, como la escritura académica, entre muchas otras. Dentro de este mismo contexto, la palabra diseño incluye el proceso completo: la concepción, estructura, planeamiento, escritura y salida visual de la documentación; no solamente su diseño gráfico.

Establecidas estas premisas, podemos pasar a reseñar y comentar los tres métodos de medición de audiencias e integración en el proceso de diseño de documentación técnica que Karen A. Schriver describe en su obra Dynamics in document design.

Schriver los califica en tres tipos: clasificadores, intuitivos y quienes escuchan. Para explicarlos, propone un ejemplo práctico: tres equipos reciben la tarea de adaptar un artículo sobre el calentamiento global, tomado de la revista Scientific American y dirigido a estudiantes universitarios, para una audiencia de estudiantes de secundaria, especialmente entre el séptimo y el octavo grado.

Los clasificadores

El equipo de clasificadores se aproxima al problema mediante una lluvia de ideas para determinar cuáles son las características diferenciadoras entre los estudiantes de secundaria y los universitarios. Destinan la mayor parte de su tiempo a la catalogación de todos los datos que puedan considerarse relevantes sobre su audiencia meta: edad, diferencias por sexo, actitudes hacia la ciencia, pasatiempos vinculados a la ciencia, nivel promedio de vocabulario e interés en el medioambiente. Con esta información en mente, elaboran el esquema de adaptación del artículo original. El primer borrador es sometido a análisis lingüístico para adaptar el nivel a la edad de la audiencia y, aún así, se simplifica todavía más. Finalizada esta labor, el equipo da por terminado su trabajo.

Los intuitivos

Este equipo lee con cuidado el artículo original y toma nota de cuanto pueda interesar a su audiencia meta. Los miembros del equipo intercambian reflexiones sobre el calentamiento global y recuperan sus experiencias personales cuando tenían la edad de su audiencia. Elaboran varios borradores que discuten y corrigen, siempre tratando de imaginar cómo lo recibirían los estudiantes de secundaria; estos lectores imaginados se construyen a partir de pequeñas experiencias personales o ajenas, lo que han observado en parientes o amigos cercanos que coinciden con las características del público meta y toda suerte de especulaciones sobre sus comportamientos posibles. El borrador final se elabora tras la lluvia de ideas generada por la crítica constructiva de otros miembros del grupo, como primer «grupo de prueba» del producto final.

Los que escuchan

El tercer grupo comienza por localizar un grupo de estudiantes de secundaria que estén dispuestos a criticar sus borradores o versiones preliminares. Algunos miembros del equipo tratan de averiguar qué están entendiendo los jóvenes de secundaria sobre el tema de la ciencia. Tienen la preocupación de diseñar ayudas visuales que contribuyan por igual a la comprensión de la materia y a motivar a los estudiantes para seguir su aprendizaje. Su primer paso será, por lo tanto, recopilar ensayos sobre temas cercanos al suyo escritos para estudiantes de esta edad. También hablan con los docentes para averiguar cuáles estrategias han sido exitosas en la enseñanza de la ciencia. las entrevistas a estudiantes y profesores les dan muchas ideas para una nueva versión del artículo. Tras discutir diversas alternativas, toman la decisión de elaborar un material visual en lugar de un texto verbal. Someten la nueva versión a la opinión de los estudiantes y le prestan especial atención a la manera en que estos utilizan las ayudas visuales y exploran los conceptos. Toman nota de cuanto los estudiantes encontraron interesante y de aquellas cosas que produjeron duda o perplejidad. A partir de este proceso de seguimiento en tiempo real de las reacciones del lector, elaboran su versión final del documento.


Estos tres enfoques de creación de la audiencia modelo obligan a la reflexión. Dejaremos los comentarios para otra oportunidad. Aquí solo se abre la pregunta: si usted diseña documentación técnica y ha querido asumir el reto de diseñar para su audiencia, ¿cuál enfoque o combinación de enfoques ha empleado?

viernes, 29 de enero de 2010

Versales y versalitas

El nombre mayúscula es fácilmente reconocible por cualquier persona alfabetizada. Nos lo enseñan en la escuela, cuando aprendemos a escribir trazos en minúsculas y mayúsculas. Y esa es la última formación académica que tenemos al respecto de las variantes gráficas de nuestro alfabeto. No más nomenclaturas, hasta que entramos al mundo editorial (o al procesador de texto) y encontramos versales y versalitas.

Y aún cuando ya el nombre versalita ha comenzado a difundirse (correctamente utilizado en OpenOffice; incorrectamente, en Word), hay quienes no saben la definición de alguna y la diferencia entre ambas.

La versal es otro nombre para nuestra consabida mayúscula. Su nombre, aclara José Martínez de Sousa en si Diccionario de bibliología y ciencias afines, «deriva de la mayúscula con que antiguamente se iniciaba cada uno de los versos de una poesía, aunque ortográficamente no le correspondiera».

La versalita es una letra con el trazo de la mayúscula pero cuya altura es equivalente a la de una letra minúscula; o dicho de manera sencilla, es una «mayúscula pequeñita». Si bien esta es su definición más precisa, los tipógrafos deben diseñarlas con base en su efecto óptico; por lo tanto, su tamaño no será nunca milimétricamente idéntico al de una versal.

Programas de diseño de libros, como Adobe InDesign y Scribus (de código abierto y gratuito), incluso permiten modificar el porcentaje de reducción de la versal para producir el efecto de versalita. Los procesadores de texto, como Microsoft Word y OpenOffice no tienen esta función. José Martínez de Sousa aclara, en su Manual de la Lengua Española, tercera edición, que la versalita obtenida por medio de la reducción porcentual de la letra versal es conocida bajo la denominación de seudoversalita o versalita falsa, «ya que la versalita verdadera es de trazo independiente y mantiene el grosor de sus astas sensiblemente igual que el de la mayúscula correspondiente» (2007: 206).

Cuando la versalita tiene, métricamente, la misma altura que la minúscula, se produce un efecto óptico de «encogimiento», como si fuese más pequeña. Es lo que ocurre con la versalita (o seudoversalita) del OpenOffice. Las funciones del InDesign y el Scribus ayudan a compensar este problema.

Un auténtico diseñador de tipografías va más lejos: diseña los trazos de la minúscula para equilibrar las distancias y angulaciones de las letras de manera tal que se garantice la legibilidad del trazo versal en su altura de versalita.

Una vez resuelto el concepto, queda otra pregunta: ¿cómo se aplican las versalitas en el procesador de texto? Este es un detalle del que nadie habla, se da por un hecho que el usuario podrá descubrirlo por sí mismo, una vez que ha identificado la casilla de «versalita» y la ha activado: la palabra debe estar escrita en minúscula para que la función de versalita surta efecto. Por lo tanto, si se quiere escribir «siglo XX» y poner el «XX» en versalita, es indispensable escribir dos «xx» minúsculas y, después, activar la función tipográfica de «versalita». Así será visible la «mayúscula pequeñita» dentro de nuestro texto.

Viudas y huérfanas

Las viudas y huérfanas son fenómenos tipográficos que se encuentran en un punto en medio de la tipografía (el texto) y su presentación (el diseño gráfico). Pertenecen al lenguaje especializado de los profesionales del libro y, entre estos, aquellos que específicamente trabajan en la industria editorial. El trabajo de editores, correctores e incluso diseñadores es perseguir las líneas viudas y huérfanas dondequiera que aparezcan en las versiones diagramadas o maquetadas, casi listas para su viaje a la imprenta.

El público general las ha llegado a conocer como una casilla que se activa en alguna pestaña de los procesadores de texto y, sin embargo, desconocen su significado o, peor aún, continuamente los confunden: ¿cuál era la viuda y cuál la huérfana?

La respuesta es bastante sencilla: la viuda es la última línea de un párrafo que se ha fugado hasta la siguiente página o columna. La huérfana, en cambio, es la primera línea de un párrafo que se ha quedado rezagada en la página o columna anterior. Recordar cuál es cuál será, siempre, un ejercicio de memoria.

Jorge de Buen añade, en su Manual de diseño editorial: “Línea viuda es el renglón corto que queda al principio de una columna, pues se dice que ‘tiene pasado, pero no tiene futuro’; huérfana es la primera línea de un párrafo que queda al final de la columna, pues se dice que ‘tiene futuro, pero no tiene pasado’” (2000: 190).

Hay quienes aplican el concepto a la escala de la palabra: una viuda sería la última sílaba de una palabra que ha quedado sola y abandonada en el renglón siguiente; mientras la huérfana es la primera sílaba de una palabra que se ha quedado perdida al final de un renglón cuando el resto de la palabra ha bajado al renglón siguiente.

Cualquiera de las dos, viudas o huérfanas, quedan aisladas, afean la página, desequilibran la composición y son una mancha en la lectura. Una hermosa página que comienza con una viuda –y para colmo de males, corta– es una página que pierde toda su belleza: comienza con una idea inconclusa, proveniente no sabemos de dónde. Salta a la vista y, si somos un lector que tan solo está hojeando para encontrar una página que nos enganche, esta nos obliga a desviar la mirada y, distraídos con tratar de averiguar de dónde proviene esa palabra o pequeña frase suelta, sin apoyo, en el aire, perdemos el interés por dejarnos enganchar por la página que nos había interesado en primer lugar.

Una línea huérfana, por igual, es un mal cierre en una página que podría haber estado completa y un inicio lejano, en otro lugar, en una página que debió haber iniciado completa... Estéticamente, una vez que nos hemos acostumbrado a identificarlas, son manchas y desequilibros. Desde el punto de vista de la lectura, son interrupciones y zancadillas. De cualquiera de las dos maneras, son errores que merecen arreglarse.

Una advertencia, si usted es un usuario de un procesador de textos o de un programa de maquetación y activa esta función automática, nunca tendrá páginas con idéntico tamaño de caja tipográfica. Con el fin de evitar las viudas y las huérfanas, el programa ajustará los párrafos de manera que un renglón nunca quede abandonado al final (huérfana) o inicio (viuda) de una página.

¿Cómo –se preguntan, muchos– se arreglan estos problemas para lograr esas ediciones bien cuidadas, impecables, que no destacan por interrumpir nuestra mirada sino por hacerla discurrir en un río equilibrado y perfectamente simétrico entre la caja tipográfica de la página izquierda y la derecha?

El truco está en el detalle y la precisión, algo para lo que los procesadores de texto no han sido programados: la manipulación de los espacios mínimos, de las distancias entre letra y letra, entre palabra y palabra. Este es un trabajo minucioso, obsesivo, de paciencia y gusto por la perfección. No siempre se hace, desde luego; solo las editoriales que conocen la diferencia entre la calidad y el comercio, y pueden dedicar el tiempo para las múltiples revisiones necesarias para esta depuración gráfica de la minucia. No hacerlo demuestra ignorancia, irresponsabilidad o premura. Hacerlo proyecta profesionalismo y compromiso con el lector, no con la facturación.


Referencias bibliográficas

De Buen, Jorge. (2000). Manual de diseño editorial. México: Santillana.
Martin, Douglas. (1989). Book Design: A Practical Introduction. New York: Van Nostrand Reinhold.
Martínez de Sousa, José. (1993). Diccionario de bibliología y ciencias afines. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Martínez de Sousa, José. (1994). Manual de edición y autoedición. Madrid: Pirámide.

(Nota: este artículo fue actualizado el 3 de febrero de 2010, para añadir las referencias bibliográficas y la definición de Jorge de Buen).

viernes, 2 de octubre de 2009

El mejor diseñador de libros: el lector

Algunos libros que discuten el diseño de libros (¿acaso podríamos denominarlos metalibros?), se focalizan en el libro estéticamente bello o novedoso, las joyitas hechas por diseñadores para otros diseñadores, el libro-arte o el libro de lujo, deliberadamente inundado de blancos en sus páginas de gran formato, a todo color y en papel cuché.

Pocos manuales tienen la simpleza de centrarse en lo básico: el diseño cuya finalidad no son la fanfarria y el ruido visual, sino la lectura, simple y llana como es. Si el lector ha sido capaz de leer a gusto, centrándose en el texto, sin encontrar escollo alguno entre el signo gráfico y el signo que recrea en su mente, el diseño ha tenido el mayor de los éxitos. Se ha vuelto invisible por ser eficaz, por no hacerse notar, por haberse logrado la fusión alquímica indisoluble entre forma y contenido.

Con esa premisa, afirma Richard Hendel en su obra On Book Design:

El diseño de libros es diferente de todos los otros tipos de diseño gráfico. El verdadero trabajo de un diseñador de libros no es hacer que las cosas se vean agradables, diferentes o bonitas. Es encontrar cómo poner una letra junto a la otra de tal manera que las palabras del autor parezcan levantar la página. El diseño de libros no deleita por su propia astucia; se hace al servicio de las palabras. El buen diseño de libros solo pueden hacerlo las personas que leen: aquellos quienes se toman el tiempo para ver qué ocurre cuando las palabras se vierten en caracteres (1998: 3).