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domingo, 24 de octubre de 2010

La experiencia de escribir en un Diario de los Viajes


Hace dos noches llegó a mis manos el Diario de los Viajes fabricado por el maestro encuadernador Luis Montero, del taller de encuadernación Rochwinë Éohwinë. Hace unos meses escribí un artículo sobre su trabajo, movida por el asombro de ver estas hermosas réplicas de libros medievales. La bibliófila que hay en mí saltó de inmediato, con el deseo de acariciar alguno de estos bellísimos libro-objeto. Hoy tengo (ostento, presumo…) uno de estos diarios en mi mesa, del que me costó despegarme para regresar al mundo digital a escribir este artículo.

Desde la primera impresión, deslumbra: el Diario de los Viajes viene cuidadosamente empacado en una caja profesionalmente diseñada con un gusto exquisito. Incluye un sobre lleno de sorpresas: un marcalibros perfecto, tarjetas postales, un certificado de autenticidad y hasta una guía de renglones para garantizar la escritura de páginas equilibradas y líneas uniformes. Mi caligrafía jamás ha sido especialmente bella, y solo ahora lo lamento: cuando se escribe en un diario como este, ya no solo se saborea la sonoridad de la palabra o la profundidad de sus contenidos, sino también la armonía del trazo mismo con que se va delineando cada letra. Me siento ante estas páginas en blanco exactamente igual que Miguel Ángel ante el bloque de mármol en donde él, y solo él, sabía que estaba contenido su David. Por primera vez en mi vida, no veo el vacío, sino los trazados no develados de una palabra futura ya escrita en estas páginas.

De ahora en adelante, mi corazón de escritora no podrá ser feliz con mis viejos diarios de páginas atadas por resortes o los cuadernos genéricos adquiridos en cualquier librería. Ya incluso estoy pensando en los diarios que tendré en el futuro. La ventaja es que para Rochwinë no hay libro soñado imposible. Uno puede pedir caprichos de todas clases y pronto los verá convertidos en ese libro hecho a la medida, seguramente mejorado con las propuestas de este maestro encuadernador que es también diseñador, arquero y artista.

Si este le ha parecido a usted, lector, un artículo publicitario, le ruego considerarlo un accidente. Me mueve el entusiasmo derivado de la experiencia inigualable de escribir como se debe escribir: con pluma, en hojas resistentes a la tinta, encuadernadas en cuero suave al tacto, con hermosos diseños repujados. Las computadoras son para transcribir, reordenar, corregir, editar…, pero los diarios son para escribir.




jueves, 16 de septiembre de 2010

Partes del libro: la cubierta

Un error frecuente, al menos en mi medio, es llamarle portada a la cubierta exterior del libro.
Las partes externas del libro se llaman cubiertas, tapas (en España) o forros (en México), según el país en donde uno se encuentre. Cualquiera de los dos nombres es muy coherente: describe este material usualmente más duro, en un material protector, que cubre y le da consistencia al conjunto de hojas impresas, encoladas o cosidas que es el libro mismo.
Las partes de las cubiertas o forros son las siguientes:
  1. Primera de cubierta o de forros
  2. Segunda de cubierta o de forros o retiro (o retiración, según Zavala) de cubierta
  3. Tercera de cubierta
  4. Cuarta de cubierta
  5. Solapas
  6. Lomo
Primera de cubierta
Es lo que usualmente se confunde con el nombre de portada. Es el lugar en donde se escriben el nombre del libro y del autor. También aparecen el sello editorial y el nombre de la colección, cuando así procede.

Cuando la cubierta se diseña a todo color, a menudo también se emplea una fotografía o ilustración alusiva al texto para llamar la atención del lector, especialmente en los estantes de la librería (física o virtual). No pocos han sido los libros que hemos adquirido solo por la primera de forros.

El diseño de la cubierta es delicado por tratarse de la primera ventana al libro: llama a sus compradores o los repele, todo en una sola mirada.

Segunda de cubierta
Es el reverso de la primera de cubierta. Usualmente va en blanco. En las ediciones de pasta dura, también puede ser que aquí peguen las guardas del libro.

Tercera de cubierta
Es la parte del forro que pega con la última página del libro. Al igual que que la segunda de cubierta, usualmente está en blanco o tiene una guarda.

Cuarta de cubierta
Es lo que a menudo se confunde con el nombre de contraportada, por tratarse de la parte de atrás del libro.

Esta zona del libro se aprovecha a menudo para colocar información clave que pueda llevar al comprador a adquirir la obra, como un resumen sucinto, breve y atractivo de la obra o los comentarios aduladores de los críticos.

Algunas editoriales ponen aquí también la información biográfica del autor, aunque esta debería reducirse al mínimo necesario para que el lector se interese en la obra. El currículum completo del autor no interesa en esta sección.

Solapas
También reciben el nombre de solapilla o aleta. Algunas obras incluyen solapas como extensiones de las cubiertas, fabricadas en el mismo material y dobladas hacia adentro. Estas zonas le dan mucha elegancia al libro y permiten incluir información adicional que sirva para vender la obra.

Usualmente en una de ellas se sitúa la fotografía del autor, una biografía breve y sus otras obras. En la otra solapa, la editorial puede poner otros títulos de la colección o de su catálogo, para invitar al lector a seguir comprando sus obras. En el caso de autores prolíficos y de gran reputación, también puede indicar la lista de otras obras del autor en la misma editorial.

O bien, puede emplearse la solapa para indicar los contenidos del libro. Transcribo las palabras de José Martínez de Sousa al respecto:

El texto de la solapa se destina, por un lado, a describir la materia que se trata en el libro; por otra, a ponderar la adecuación del tratamiento y la necesidad de la obra para la consecuención de determinados fines (evítese, en lo posible, la manida coletilla de que “esta obra viene a ocupar un hueco”); finalmente, debe indicarse a quién resulta útil y por qué, para terminar ofreciendo unos datos acerca del autor. Con ello la obra queda situada ante el lector en unas pocas y necesariamente ponderativas razones que justifican la edición por parte del editor y la adquisición por parte del lector (1998: 60).


Lomo
Esta es una pequeña área en medio de las dos cubiertas, propiamente el rectángulo que se forma al cubrir los cuadernillos del libro. Aclara Martínez de Sousa que “cuando el libro se encuaderna en mediapasta, la piel o tela que se coloca en el lomo, recubriéndolo, se llama lomera, y si esta se decora con profusión de hierros dorados se llama lomera cuajada” (1998: 61).

El ancho del lomo depende de la cantidad de páginas del libro y del grosor del papel. Libros con menos páginas impresas en papeles gruesos producen lomos más grandes.
Aquí se anotan típicamente solo tres datos: nombre de la obra, autor y sello editorial (sin el nombre). Si la obra está formada por varios tomos, también se indica el número de volumen y, opcionalmente, los temas o letras que cubre (en el caso de diccionarios enciclopédicos).
Cuando las obras son lo suficientemente gruesas (más de mil páginas), usualmente hay espacio suficiente para situar el nombre de la obra de manera horizontal, con lo que se facilita su lectura. En la mayoría de los libros, sin embargo, el lomo puede variar de un grosor de medio centímetro a dos centímetros. En esos casos, se acostumbra situar el nombre de la obra de forma vertical. La orientación de la lectura nos obliga a hacer este curioso ejercicio de doblar el cuello para leer el nombre del libro.

Los libros editados en español, por norma editorial tácita, escriben el nombre de abajo hacia arriba; de manera que inclinamos la cabeza hacia nuestra izquierda para leer los datos. Los libros editados en la tradición anglosajona colocan el nombre del libro en la dirección inversa; de manera que la cabeza debe inclinarse hacia la derecha con tal de poder leer los lomos. (Quienes tenemos en nuestra biblioteca libros en varios idiomas, a menudo ejercitamos mucho nuestro cuello, moviendo la cabeza de un lado hacia otro mientras recorremos los libros de nuestros estantes).

Comenta Sousa que la tradición latina, como se le puede denominar a las obras impresas en español, tiene la ventaja de leerse mejor en los estantes, pero la desventaja de que cuando el libro está colocado horizontalmente sobre una mesa, con la primera de cubierta hacia arriba, el nombre queda situado al revés y es muy incómodo de leer. Esta sería, en su opinión, la única ventaja de la tradición anglosajona.

En síntesis
Las partes externas del libro tienen sus propios nombres y deben conocerse en el mundo editorial, en aras de mantener la buena comunicación entre todos los involucrados (editores, diseñadores, impresores).

Así, la próxima vez que sostenga un libro entre las manos, y sienta la tentación interna de decir: “¡qué linda portada!”, recuerde que quizás está viendo la cubierta. (En otro artículo hablaremos de qué es la portada en un libro).

Lista de fuentes consultadas
Martinez de Sousa, J. (1998). Manual de edición y autoedición. Pirámide.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México.
               

domingo, 22 de agosto de 2010

Solo para bibliófilos: libros bellos a la medida

Quienes predicen el paso a la era digital, también ven el libro como un objeto de culto, una lujosa artesanía, más valiosa cuanto más tradicional sea su confección.

Ese futuro ya ha se ha hecho realidad en el Taller de Encuadernación de Rochwinë Éowinë, la empresa del artista costarricense Luis Carlos Montero Umaña, quien se dedica al arte de la fabricación del buen y viejo libro, el fabricado a mano, el heredado de tiempos anteriores a la imprenta y al iPad.
Según cuenta en su sitio web, aprendió su arte de un cura franciscano español, originario de Toledo, quien también le enseñó caligrafía.


Comenzó por fabricarse sus propios diarios al estilo de antiguos códices, ya fueran con estilo medieval o simulando los lujosos empastes de diversas épocas.

Lo que se inició como una actividad escolar pasó a ser un placer solitario, un hacer-para-uno-mismo. Finalmente llegó a convertirse en actividad de lucro, conforme otras personas descubrieron su arte, así fuera por casualidad o amistad. Hoy el taller Rochwinë Éowinë (nombre obtenido en una mezcla de Sindarin, una de las lenguas inventadas por J.R.R. Tolkien, y anglosajón) acumula una hermosa colección de productos diseñados según las necesidades y caprichos de sus compradores.

Además de la galería en el sitio web, en donde destacan hermosos objetos como el morral del peregrino y los plumines medievales, se le puede seguir a través de Facebook, en donde se ven más productos originales –más que “productos”, verdaderos objetos de culto, libros “bellos” en todo el sentido del término–, como el morral del libro de las sombras.

 

Los veo y pienso que los futurólogos del libro tienen razón: el libro bello, el arte del viejo libro, tardará en desaparecer pero será cada vez más costoso, cuanto más comunes se hagan los iPad, Kindle y toda suerte de artificios tecnológicos para leer.

Estos códices, diarios, morrales y plumas son objetos irresistibles para un bibliófilo o bibliófila, como soy yo misma y como, acaso, lo sea también usted. Ante objetos, tan bellos y artísticamente diseñados, ¿acaso puede uno resistirse?



P. d.: Gracias a Seidy M., otra querida bibliófila, por la dirección e información de este taller. 

viernes, 2 de julio de 2010

Lectura digital vs. lectura en papel: primeras pruebas

La llegada del iPad este año al mercado mundial y su impresionante éxito (3 millones de unidades vendidas en tres meses) ya motiva los primeros estudios de usabilidad, especialmente los del equipo de Jakob Nielsen, pionero en el estudio cuantitativo y cualitativo en ese campo.

Nielsen publica los resultados de un estudio sobre la velocidad de lectura en iPad y Kindle. Entre sus resultados más llamativos, está la conclusión de que el libro en papel sigue siendo el favorito de los lectores. Leen más rápido y se sienten más cómodos por el solo hecho de no lidiar con tecnología. Entre el iPad y el Kindle, aunque las diferencias no fueron estadísticamente significativas, lo cierto es que los lectores del iPad leyeron más rápido. Este aparato también tuvo mejores comentarios por su interfaz (porque muestra la cantidad de palabras que falta por leer en un capítulo), aunque los lectores extrañan el número de página desplegado en la pantalla. Los usuarios del Kindle se quejaron del tono gris predominante en la pantalla. La principal queja del iPad fue su peso.

El peor calificado de todos los aparatos puestos a prueba fue la computadora (PC). Los usuarios dijeron que “les recordaba el trabajo” y, por lo tanto, prefirieron cualquiera de los otros medios.

La mayor resolución de pantallas en estos aparatos será un factor determinante, concluye Nielsen, para aumentar la satisfacción del usuario. No obstante, aclara, los aparatos puestos a prueba ya alcanzan un nivel fidedigno de reproducción de la imagen impresa sobre papel.

Sin duda, el iPad y cualquier tablet tienen muchos retos de usabilidad antes de capturar para siempre a los lectores del buen libro de papel.

miércoles, 28 de abril de 2010

La imbatible tecnología del libro

Todo bibliófilo de corazón debería haber visto alguna vez de su vida un corto humorístico que puede localizarse en YouTube bajo el nombre traducido de “Sistema operativo” (para encontrarlo con subtítulos en español). Por nuestra cercanía al recién celebrado Día del Libro, vale la pena traerlo a este blog, para quienes no lo conozcan y para quienes tengan a bien verlo nuevamente:

Sistema operativo



Y lo complementamos con este otro video, realizado por leerestademoda.com, que destaca las ventajas de la tecnología del libro.

Book

sábado, 24 de abril de 2010

Historia de la palabra libro

[Tomado de Murillo Fernández, J. (2005). "Todos saben qué es un libro", o... ¿No?". Análisis arqueológico de los discursos del libro desde el (pre)texto de cinco informes finales de encuestas sobre "hábitos de lectura", Costa Rica, 1979-2004. Tesis, San José: Universidad de Costa Rica].

No existe una raíz indoeuropea directa que signifique ‘libro’ o algo semejante porque los pueblos indoeuropeos expresamente prohibían el uso de la escritura para la transmisión del conocimiento histórico y acumulativo del grupo, por razones tanto religiosas como pragmáticas. Este conocimiento era de carácter iniciático y se conservaba de manera oral mediante estrictas tradiciones y complejos sistemas de enseñanza (Eliade, 1984: 91).

Por lo tanto, el análisis puede comenzar, por coherencia cronológica, en Mesopotamia. El acadio tuppu origina el latín tabula ‘tabla, tablón’, ‘tablón de anuncios’, ‘lista, registro’, ‘tableta para escribir’, que produce el castellano tabla. En sumerio se tiene dub ‘tabla’ y dubsar ‘escritor de tabletas’. El tuppu mesopotámico era generalmente una pequeña plancha de arcilla, plana o ligeramente abombada, secada al sol u horneada, usualmente en forma rectangular, aunque se han encontrado algunas redondas y oblongas; además se fabricaban figuras tridimensionales con forma de conos, cilindros y prismas huecos de entre seis y diez caras (cada cara equivaldría a una página) (Escolar, 1986: 49-50).

El griego βίβλος (originalmente escrito βύβλος) se utiliza para designar el papiro egipcio, específicamente la ‘corteza de papiro u hoja o tira de ella’. Βυβλιά o βυβλία significaban ‘plantación de papiro’. El derivado βυβλίον designa ‘banda de papiro’, pero más usualmente, ‘papel, libro, documento, parte de una obra, etc.’. Ya desde la época griega se utiliza en palabras compuestas como βιβλιογράφος, βιβλιογραφία, βιβλιοφόρος y βιβλιοφύλαξ ‘archivista’, que, por lo tanto, pertenecen al mismo campo semántico.

La etimología de βύβλος es oscura, por lo que la hipótesis generalmente aceptada es que es única y exclusivamente el nombre de la ciudad Byblos –considerada por los fenicios1 como su más antigua y sagrada ciudad (Frazer, 1890/1951: 381)–, de la que Grecia importaba el papiro. Se descarta un préstamo semítico porque, en estas lenguas, las palabras para papiro (fenicio Gbl, acadio Gublu, hebreo Gǝbāl) difieren fonéticamente.

El significado primitivo de la palabra latina liber, -bri es ‘parte interior de la corteza de las plantas’ o, de forma más precisa “la capa fibrosa situada debajo de la corteza de los árboles” (Escarpit, 1965: 16). De ahí deriva la forma libro que ingresa al castellano alrededor del año 1140.

En inglés, un vocablo para este concepto ya aparece antes de 1121, y con su ortografía moderna book comienza a utilizarse desde 1375, probablemente derivada de boken, bocken ‘registrar’, utilizados todavía hacia 1200. Anteriormente se encontraban las formas boke, bok, derivadas del inglés antiguo bōc ‘tableta para escribir’, ‘documento escrito’, cognado de bōk (frisio antiguo y sajón antiguo), buoh (alto alemán antiguo), buoch ‘trabajo escrito, libro’ (alemán medio alto), Buch (alemán moderno), bōc (antiguo islandés), bok (sueco) y bōca ‘letra del alfabeto’ (gótico) y su plural bōcōs ‘libros’. También se relaciona con *bōks (protogermánico) y con bōk, bēce ‘haya’, lo que sustenta la suposición de que las inscripciones tempranas pueden haber sido hechas en tabletas de madera de haya. Según refiere Escarpit, esta familia de palabras tiene la misma raíz indoeuropea que el francés bois ‘bosque, madera’.
El ruso kniga, afirma este mismo autor, procede del chino king (por vía del turco o el mongol) que originalmente significaba ‘trama de la seda’.

Incluso en la cultura mesoamericana, desarrollada de forma independiente de la europea occidental, la base etimológica de la palabra que designaba los libros tiene el mismo vínculo semántico. En náhuatl se utiliza el vocablo amoxtli, compuesto por ámatl ‘papel’ (hecho de la cutícula fibrosa extraída del árbol amate) y ox-tli ‘lo que está aderezado e emplastado’. En consecuencia, amoxtli significa algo semejante a ‘aderezo o conjunto de papeles de amate’ (León-Portilla, 2003: 21).


1 Los fenicios también exportaron el alfabeto, tanto a los helenos, como a todos los grupos con que mantenían relaciones comerciales.


Lista de referencias y bibliografía consultada

Barnhart, R. K. (1999). Chambers Dictionary of Etymology. New York: Chambers.

Chantraine, P. (1990). Dictionaire étimologyque de la langue grecque. Histoire des mots (2 vols.). Paris: Éditions Klincksieck.

Corominas, J. (2005). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (3.a ed.). Gredos.

Eliade, M. (1984). A History of Religious Ideas. Volume 2: From Gautama Buddha to the Triumph of Christianity [Histoire des croyances et des idées religieuses. Vol. 2: De Gautama Bouddha au triomphe du christianisme]. Chicago: Chicago University Press. (Obra original publicada en 1978).

Escolar Sobrino, H. (1986). Historia del libro. Madrid: Ediciones Pirámide y Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

Frazer, J. G. (1951). La rama dorada [The Golden Bough] (2.a ed.). Trad. Elizabeth y Tadeo I. Campuzano. México: Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1890).

León-Portilla, M. (2003). Los antiguos libros del nuevo mundo. México: Aguilar.

Miguel, R. (2000). Nuevo diccionario latino-espanol etimológico. Madrid: Visor Libros. (Original work published 1897)

Pastor, B. y Roberts, E. (1996). Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. Madrid: Alianza Editorial.

viernes, 23 de abril de 2010

El libro no es su tecnología: reflexiones en el día del libro

Hay quienes piensan en el libro y, casi de inmediato, piensan en Gutenberg. El libro precedió a Gutenberg y trasciende la objetivación en formato impreso. El libro ha tenido muchas formas y mutaciones. En Mesopotamia, se han encontrado conos hexagonales que narran historias de sentido completo, crónicas, tal vez, pero que, en todo, son libros: guardan unidad narrativa, están compuestos por palabras y pueden ser contados una y otra vez. En las culturas orales, hay libros también: se guardan en la memoria de bardos, cuentacuentos, tejedores de historias que conocen los secretos de la transmisión del patrimonio de saber de su gente, de sus ancestros. También están compuestos por palabras y forman unidades de sentido completo, pero solamente se objetivan en sustancia a través de la palabra sonora pronunciada y emitida bajo ciertas reglas rituales, en ciertas noches alrededor del fuego o al pie del árbol sagrado…

Y aun objetivados a través de la escritura, hemos tenido libros en arcilla, en piedra, en hojas de palma, en papiro, en pergamino, en bambú, en tela…

Los libros se forman de palabras que no siempre han estado impresas y no siempre lo estarán. Ya nos promete el siglo que apenas entra a su segunda década, un futuro en donde predominarán los libros objetivados con palabras formadas de luz y electrones, pero que seguirán siendo libros.

No obstante, en el estado presente de la historia, los buenos y rectangulares libros impresos en papel siguen siendo hermosos al tacto, dulces al olfato, atractivos a la vista y objetos de valor sentimental para quienes hemos optado por rodearnos de ellos, aprender de ellos, crecer con ellos, soñar con ellos… En el día del libro (o al menos al día siguiente), celebramos la existencia de este objeto tejido de palabras y tan sustancial a la cultura humana que, sin él, nuestra vida sería otra.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Librerías en línea de libros en papel

Para continuar el tema abierto en el artículo anterior, reseño aquí, de manera breve, mi valoración de las cuatro tiendas en línea que utilizo usualmente para adquirir mis libros. La selección queda reducida a mi experiencia, filtro inevitable. Excluyo de aquí Barnes&Noble porque me rehúso a pagar el recargo por concepto de impuestos, pero puede ser que su sistema de cupones y club de membrecía sean atractivos para otras personas.


BetterWorldBooks: excelentes precios, envío barato, sentido social

Esta es la favorita de mis tiendas, aun cuando es la más pequeña. BetterWorldBooks, además de una librería, es también una fundación para la promoción de la lectura en diversos lugares del mundo. De esta manera, el dinero recaudado por las ventas tiene un fin social, desde mi punto de vista, muy loable.

Esta tienda tiene la oferta más reducida, es verdad, pero cuando un libro se encuentra en su catálogo, a un buen precio, es la más competitiva en todos los demás aspectos: los costos de envío a cualquier lugar del mundo son los más baratos ($3.99) y el servicio al cliente es extraordinario, puntual, muy amable y con mística (¿cuántas veces recibe uno un correo electrónico indicándole que el libro que ha comprado le envía una carta personal a uno, su nuevo dueño?).

Dispone de un marketplace, en donde, sin esperarlo, pueden aparecer excelentes ofertas. Aunque el costo del envío sea un poco mayor ($7.99), todavía es competitivo frente a las alternativas.

Debo admitir que a los libros les toma mucho tiempo en llegar, más del calculado por ellos, pero siempre llegan, sin falta. Y si desaparecieran en el camino, el dinero sería reintegrado o el ejemplar, repuesto. Por eso, ¿qué importa un poco de paciencia frente al ahorro sustancial y la certeza de que, de paso, se contribuye a una buena causa?


Amazon: la opción más segura y de oferta más amplia

Decir algo distinto de Amazon sería injusto. Su servicio al cliente es impecable y dispone de varias herramientas indispensables para el comprador en línea: descripciones detalladas de los editores, valoración y comentarios de otros lectores, recomendaciones automatizadas basadas en los gustos del comprador y en la selección de otros compradores, previsualización de la tabla de contenidos de muchos de sus libros, riguroso sistema de reclamos y devoluciones, embalaje de alta calidad. Es una tienda que, en general, se caracteriza por la calidad y por escuchar a su cliente.

Además de los libros nuevos que pueden adquirirse directamente a Amazon, como tal, disponen de un marketplace o mercado conformado por cientos de pequeños libreros alrededor de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. A través de esta red de ventas es posible encontrar ofertas increíbles para ejemplares de alto costo o fuera de circulación.

La calidad del marketplace está garantizada por un riguroso sistema de valoración de cada uno de sus miembros, de manera que el comprador tiene la oportunidad (yo diría: el deber) de expresar su experiencia y denunciar los malos tratos por parte de los vendedores, así como de premiar los envíos rápidos, de libros en condiciones tal y como se describieron y a buenos precios. El servicio al cliente también es riguroso en este sentido, y cuando el comprador así lo solicita, se tramitan devoluciones o reintegros por causas como extravío. Por la misma razón, los vendedores se esfuerzan por dar un excelente servicio, para no ser excluidos del sistema, y por eso suelen responder cualquier consulta en tiempos récord y hacer sus envíos tan pronto como les sea posible.

Todos los libros nuevos (directamente comprados a Amazon) pueden optar por envío internacional, pero a un costo de $5 adicionales por ejemplar. Si los libros son muy pequeños o livianos, es más barato traerlos por medio de un servicio de casillero postal en EUA. Las órdenes de más de $25 no pagan envío en territorio norteamericano y son ideales si se utiliza un servicio de courier intermediario, pero uno debe recordar sumarle al costo total de los libros el transporte que se hará desde el casillero postal hasta su país.

Los libros adquiridos en el marketplace serán remitidos desde la locación del vendedor, por lo tanto vendrán en paquetes separados, y pagarán un costo de $3.99 por concepto de transporte dentro de EUA, adicionales a los que se deban pagar para hacerlos llegar hasta el país del comprador. No todas las tiendas del marketplace tienen disponible la venta a otros países del mundo.


Alibris: un conglomerado de compraventa

Alibris es una tienda especializada en libros usados, aunque aparecen libros nuevos y discos compactos entre su oferta. Tienen muy buenos precios y una oferta muy variada, y suelen premiar al comprador frecuente con cupones de descuento, casi simbólicos. Ni una sola vez me ha respondido un vendedor a través de la plataforma de servicio al cliente de Alibris, así que no puedo recomendar la tienda en ese sentido. A veces tienen algunas deficiencias debido a su plataforma informática; sin embargo, tengo más experiencias positivas que negativas con esta compañía y puedo recomendarla.


AbeBooks: librerías de todos los rincones del mundo

AbeBooks tiene la peor plataforma informática de todas y la más incierta (un libro que aparece en oferta puede no estar ya en los estantes del librero), pero es la única librería en línea de cobertura global. Aglutina vendedores de países tan distantes como Australia, Bélgica o Argentina. Libros que a menudo no aparecerían mediante otra vía pueden ser localizados aquí. Desde luego, los costos de envío son muy variados. Tienen un portal para libros en español, IberLibro, pero rara vez la utilizo porque todos los precios están en euros y, con la devaluación de la moneda de mi país, salgo perdiendo (intimidades de compradora).


Forma de pago

Tal vez sobre decirlo, pero todas estas son tiendas seguras y jamás he tenido problemas de estafas o cobros anómalos. Algunas de ellas aceptan pago a través de PayPal; las que no, al menos trabajan con las tarjetas de crédito internacional más reconocidas.

Consejos para comprar libros de papel en internet

Solía quejarme, años ha, de lo difícil que era obtener una bibliografía actualizada, de punta y gran calidad académica en un país pequeño y con limitada oferta bibliográfica, como el mío. Acá algunos libros son tesoros que deben atraparse de inmediato, so pena de perderlos irremediablemente y hasta nuevo aviso.

Las librerías en línea cambiaron para siempre esta condición. Si uno tiene el dinero y un adecuado sistema de correos, todo es posible: el libro de nuestro antojo llegará desde cualquier lugar del mundo en donde se encuentre. Para quienes todavía están pensándolo mucho en atreverse, comparto estos sencillos consejos, resultado de mi experiencia personal.


Paso 1: elegir el libro

El mayor problema de un lector ávido o de un investigador obsesivo no es poder comprar el libro sino saber cuál es el libro ideal, el que andábamos buscando, el que nos ayudará a ir un paso más lejos. En lo personal, disfruto muchísimo las bibliografías de obras que ya estén en mis manos: son mis mejores listas de compras. El gusto de un investigador especializado es uno de los mejores instrumentos para tener acceso a una lista selecta, ya filtrada y, la mayoría de las veces, previamente consultada por alguien con más criterio que uno.

Las librerías en línea funcionan mejor cuando uno sabe de antemano cuál obra se anda buscando. Aún así, siempre es posible utilizar los buscadores de cada tienda. Entre todas, Amazon destaca por su sistema automatizado de recomendaciones, una de las mejores herramientas para ayudarle al lector compulsivo a encontrar obras similares o afines a la que acaba de localizar mediante una búsqueda tentativa.

Los comentarios de otros compradores son también una guía invaluable, especialmente cuando algunos de ellos se toman la molestia de recomendar otras obras de mejor calidad o similar talla. Cuando tengo dudas sobre los contenidos de un libro, usualmente son los anteriores compradores quienes me ayudan a despejarla.

Conviene también hacer uso de la herramienta look inside, de Amazon, que nos permite ver la tabla de contenidos de la obra y algunas páginas internas, así como Google Books, en donde, si tenemos suerte, hay una vista previa del libro, cuando andamos buscando una valoración más profunda.


Paso 2: localizar el mejor ejemplar al mejor precio

Una vez conocida nuestra futura adquisición, parte de la diversión es encontrar la mejor oferta. El mercado de libros usados se nos abre gracias a las librerías virtuales que aglutinan librerías más pequeñas a través de un mismo sitio web. En otro artículo detallaremos las ventajas de cada librería; en este, baste mencionar los cuatro sitios más importantes para la compra de libros usados: el marketplace de Amazon, Alibris, AbeBooks y, mi favorita, aunque su oferta sea menor, BetterWorldBooks.

Tengo la manía de preferir los libros en pasta dura, ojalá no pertenecientes a la colección de una biblioteca y en el mejor estado posible (¡vaya!, que si debo pagar tanto dinero en transporte, que al menos el libro esté en muy buenas condiciones). Según mi experiencia de compradora, la descripción de los vendedores es la guía fundamental con la que cuenta el comprador. Estos son los criterios que utilizo para elegir el ejemplar y la tienda de donde lo voy a adquirir:

  1. Seleccione el ejemplar con la categoría más alta. Las categorías new, like new y very good son casi siempre una apuesta segura (salvo las ocasiones en las que el vendedor se ha equivocado en su valoración, que suelen ser las menos dado el estricto sistema de penalización cuando el cliente no queda satisfecho). Muchos libros que aparecen descritos como very good (muy bueno) realmente parecen nuevos.
  2. Elija libros cuya condición haya sido descrita de manera detallada. Algunas librerías se rehúsan a dar detalles sobre el ejemplar que tienen a la venta, contentos solamente con anotar la categoría. Es preferible, en ese caso, adquirir el ejemplar de otro vendedor que sí se haya tomado la molestia de indicar cuáles son los daños que podemos esperar: el nombre del anterior dueño en la falsa portada, alguna mancha, arrugas en la cubierta, páginas subrayadas, roturas en la camisa… Así, cualquier daño que luego veamos en el libro ya lo habremos conocido de antemano. Cuanto más explícita sea la descripción, mejores los resultados de nuestra compra.
  3. Elija la mejor encuadernación, según sus gustos. Es muy necesario verificar en dónde ha sido clasificado el libro, si como paperback (pasta suave o rústica) o como hardcover o hardback (pasta dura). Algunas veces el vendedor escribe unknown binding. En efecto, en estos casos puede llegar a nuestras manos un libro en rústica ahí donde esperábamos uno en pasta dura.
  4. Prefiera un ejemplar con dustjacket (camisa o sobrecubierta). Si no aparece explícitamente en la descripción que el libro incluye la sobrecubierta o camisa, no podemos reclamar porque esta hacía falta.
  5. Evite las copias descartadas por bibliotecas (ex-library), pero con cuidado de no dejar pasar una buena oferta. No todas las bibliotecas son iguales y no todos los libros de una biblioteca terminan en estado deplorable. He adquirido ejemplares en un estado casi perfecto, con algún discreto sello de la biblioteca que alguna vez lo tuvo en su catálogo. Otros, sin embargo, sí muestran el paso de los lectores por sus páginas. Uno puede arriesgarse cuando la descripción del ejemplar (limpio, sin subrayados, con los sellos usuales) y su categoría (muy bueno, como nuevo) indican un trato amable y una copia en buenas condiciones.
  6. Evite las good reading copy (copia buena para leer). Cuando un vendedor incluye esta frase en la descripción del libro, usualmente nos encontramos en las categorías de good y acceptable. Esto nos indica un interior relativamente limpio (o con pocos subrayados), pero un lomo arrugado, una cubierta con roturas u otros daños mayores y, en algunas ocasiones, hasta manchas de agua o polvo. La única manera en que yo elegiría un ejemplar de estos es un precio imbatible o la falta de mejores opciones.
  7. Si tiene dudas, pregunte. Esto funciona mejor con los socios de Amazon que en las demás librerías, pero es la única manera de obtener información fidedigna y confiable sobre el ejemplar que uno busca. A veces se quiere una determinada edición, o tiene interés en saber cuán molesta es la mancha de agua declarada por el librero. Basta enviar un correo electrónico y, en la mayoría de los casos, recibiremos una respuesta en un lapso de 48 horas (a veces responden el mismo día). Desde luego, si usted siente que esta es una oferta que puede escapársele de las manos y la descripción es satisfactoria, ¡no lo piense más y compre ese libro cuanto antes!
  8. Compare. Busque el título en varias librerías, analice las descripciones, vea el nombre de las tiendas que lo venden, las tarifas de transporte y las ediciones. Con mucha frecuencia encontramos el mismo ejemplar a precios distintos (una vez me ahorré $50 así).
  9. Si no tiene prisa, espere. Si piensa que el precio es muy alto, el ejemplar a la venta está en muy malas condiciones o, de hecho, no hay ninguno disponible por ahora, añádalo a su lista de deseos (wishlist, casi todas las librerías virtuales permiten hacer una) y monitoréelo pacientemente, unas semanas o hasta unos meses, hasta que aparezca una copia del libro ajustada a sus requisitos. Así he pagado $11 dólares por libros cuyo precio de venta era de $60 y he podido adquirir enciclopedias de $300-$900 a precios de remate de $50.
Paso 3: traer el libro a casa

Si se tiene el dinero, cualquier libro puede ser traído desde cualquier lugar del mundo, pero a un costo algunas veces injustificable. La situación geográfica del comprador es clave. En mi caso, estoy en Centroamérica y, por lo tanto, lo más rentable para mí es adquirir libros en Estados Unidos, si bien a través de AbeBooks he encontrado excelentes ofertas desde el Reino Unido, Francia y otros países europeos, digamos unos 7 euros, que son el paraíso si los comparo con los 25 a 50 euros que me puede costar traer un libro desde España o los 25 dólares, si tengo la intención de comprarlo en México.

Aunque suene irónico, para adquirir libros españoles y mexicanos sigo dependiendo de los distribuidores locales y de las raras ocasiones en que aparecen, a un precio decente, en las librerías usadas de Estados Unidos.

Una de las mejores tiendas, según sus tarifas de envío, es BetterWorldBooks: por $3.99 (US$) despachan el libro a cualquier lugar del mundo, sin importar su peso o volumen. Esta librería también tiene un marketplace; si adquirimos el ejemplar por esta vía, el transporte costará $7.99, una tarifa más económica que el envío internacional estándar y que el costo de cualquier servicio de courier. Es también la mejor alternativa para libros grandes y pesados.

En algunos países existen compañías que proveen el servicio de casillero postal en Miami (EUA). Esta es la solución para comprar de aquellas librerías sin servicio internacional o para los casos en que el transporte de este courier, considerando su peso y velocidad, sea más eficiente o más barato que la compra directa a la tienda. Algunas compañías tienen tarifas especiales para envíos muy pesados (más de 5 kg); esta opción debe valorarse cuando estamos comprando una enciclopedia completa u otros casos similares.


domingo, 28 de febrero de 2010

Del "libro electrónico" al "libro" a secas

Tal vez fue Marshall McLuhan uno de los primeros en vaticinar el apocalipsis del libro. Desde entonces, ha persistido el temor de que algún día el buen libro de papel muera definitivamente a manos del nuevo libro, el libro electrónico.

Ahora bien, si hacemos un recorrido histórico por los procesos tecnológicos del libro y observamos las etapas y pasos que fueron llevando del predominio de una tecnología a otra, nos daremos cuenta de que se necesita mucho más que una innovación tecnológica para alcanzar la sustitución de la tecnología anterior por la nueva. El cambio es integral, no es estrictamente tecnológico. También existen factores sociales, culturales y hasta simbólicos. Las siguientes son algunas de mis consideraciones sobre el tema:

  1. El libro no solamente es una palabra con un significado o un referente concreto: es un ámbito del discurso desde el cual lo vinculamos a prácticas, costumbres, redes simbólicas, intercambios y esferas de la cotidianidad y de la cultura1.
  2. El cambio tecnológico no ocurre por sí mismo, como resultado exclusivo de las nuevas propiedades físicas del objeto, sino dentro de su esfera del discurso, de la sociedad y de la cultura.
  3. Para que una nueva tecnología pueda reemplazar plenamente a la anterior, debe cubrir las principales necesidades culturales, sociales y simbólicas que la otra ofrecía (incluidas las de carácter emotivo), así como proporcionar algún valor agregado que pueda suponer la preferencia de un objeto sobre el otro.
  4. La sustitución tecnológica no ocurre en el corto plazo, de manera automática ni como resultado de una única innovación2.
  5. Ninguna sustitución tiene por qué ser absoluta. Cabe admitir la posibilidad de usos alternativos para cada tecnología y comportamientos sociales híbridos3.
El códex fue, en otro tiempo, lo mismo que el libro electrónico es ahora para nosotros. Durante mucho tiempo, a los libros que empleaban la tecnología del códice se les daba un nombre distintivo, especial, diferente: liber quadratus (libro cuadrado). Hace más de 1500 años que ya no hemos necesitado hacer ese hincapié a través de la palabra. Para nosotros, de hecho, lo difícil sería imaginar un libro que no sea cuadrado.

Asumiendo que ninguna catástrofe natural obligará a la humanidad a prescindir de la tecnología, es posible suponer que algún día no será necesaria la distinción entre libros electrónicos y libros a secas; puesto que los lectores del futuro no se imaginarán un libro que no sea electrónico. Sin embargo, para que eso pueda llegar a ocurrir, el nuevo libro deberá ser capaz de asumir plenamente toda la herencia simbólica, cultural y arquetípica de su predecesor y, además, ofrecer algo nuevo, algo que lo convierta en un producto par excellence, irrenunciable, sin el que sería imposible leer. Una tecnología, en fin, que ocupe plenamente el lugar del libro en el imaginario colectivo y personal de quienes leen.



1 Una definición clásica del libro sería aquella “que asocia indisolublemente un objeto, un texto y un autor” (Chartier, 2000: p. 19). Los más atrevidos se refieren al libro de maneras un poco más abiertas, por ejemplo, como “práctica”, es decir, “(una colección de actividades sociales, artísticas y económicas) y no un ‘objeto’” (Doctorow, 2004) o como “forma de intercambio” y “modo de temporalidad”, un punto de apoyo que “crea espacio a partir del tiempo” (Hesse, 1998: p. 32). En estos casos, aún así, predomina la idea de que un libro es, esencialmente, un medio y un objeto para comunicar sentidos (los sentidos portados por la escritura en él contenida). En mi tesis de maestría exploré algunos de los muchos objetos y discursos que confluyen en el vórtice discursivo de libro, como el libro-objeto, el libro-texto y el libro-medio de comunicación. Para eso, véase Murillo (2006).
2 Al códex le tomó más de cuatro siglos imponerse al rollo y, aún así, no alcanzó su expresión plena sino hasta mil años después, cuando todos los factores tecnológicos, así como las redes sociales de producción y distribución de sus materiales, habían madurado lo suficiente como para permitir la innovación introducida por la imprenta y dar como resultado el libro en su sentido moderno.
3 Esto podemos verlo en ejemplos tales como la radio. Se temió, en los albores de la era de la televisión, que esta la sustituyera plenamente. En cambio, tenemos usos especializados con audiencias que van de un medio a otro, según sus circunstancias y preferencias. Los únicos medios completamente sustituidos han sido aquellos que, por sus características, caen en la obsolescencia, como es el caso del telégrafo. Incluso la Internet, con su multimedialidad, no ha sustituido a ninguno de los medios de los que ella misma participa (radio, televisión, impresos), sino que se ofrece como alternativa para quienes, por circunstancias especiales, no pueden acceder a los medios tradicionales (por ejemplo, el tico que quiere ver el partido de fútbol transmitido por un canal de televisión costarricense, pero desde Alemania).

Lista de referencias

Chartier, R. (2000). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII (Traducido por V. Ackerman). Barcelona: Gedisa.


Doctorow, C. (2004), Ebooks: Neither E, Nor Books. Paper for the O’Reilly Emerging Technologies Conference, February 12, 2004, San Diego, CA. Consultado el 14 agosto 2008, en <http://www.craphound.com/ebooksneitherenorbooks.txt>. También se puede consultar la edición en español, trad. de Javier Candeira en el sitio de José Antonio Millán <http://jamillan.com/doctorow.htm>.

Hesse, C. (1998). “Los libros en el tiempo. El Futuro del libro”. En Nunberg, G. (comp.), ¿Esto matará eso? (Traducido por I. Núñez Aréchaga), (pp. 25-40). Buenos Aires: Paidós.


Murillo Fernández, J. (2006). “Todos saben qué es un libro”, o… ¿no? Análisis arqueológico de los discursos del libro desde el (pre)texto de cinco informes finales de encuestas sobre “hábitos de lectura”, Costa Rica, 1979-2004. Tesis de Maestría Académica presentada ante la Maestría en Comunicación de la Universidad de Costa Rica.

¿A qué le denominamos “libro electrónico”?

La primera evidente característica de los libros electrónicos es su naturaleza “virtual”, es decir, intangible e insustancial. Se componen de luz, se almacenan en bibliotecas también virtuales y cobran vida gracias al artificio de complejos dispositivos.

Como parte de la oleada terminológica de la era electrónica, hemos adoptado también, en préstamo, el nombre e-book. En poquísimos años, su definición se ha ido alterando y modificando y está lejos de ser definitiva. En la década anterior, todavía se decía que un libro electrónico era únicamente “cualquier pantalla a través de la cual se muestre el contenido de un disco compacto u otro tipo de soporte”1. La Wikipedia2, en el año 2008, ya recogía este significado, pero advertía que la mayoría de los usuarios solamente empleaban el nombre e-book para referirse a cualquier “versión electrónica o digital de un libro”. Ya en el 2010, la Wikipedia ha añadido el nombre ecolibro, ha modificado su definición anterior y mantiene, eso sí, la advertencia de ambigüedad, de modo que un e-book puede ser tanto el texto como el aparato para leerlo. El DRAE todavía no registra del todo “libro electrónico” (en ninguna de esas dos acepciones), aunque lo utiliza sin mayores problemas en uno de sus ejemplos de la XXII edición3.

También se ha propuesto en la industria el nombre vooks para el concepto todavía poco extendido de «libros híbridos», sin mucha acogida por parte del público general.

Atraigo la atención sobre el hecho notable de que, a pesar de los rasgos compartidos, nadie imagina que la versión cinematográfica de una obra o novela pueda denominarse “libro”. Con esto se invalida el temor alguna vez experimentado de que la televisión sustituyera por completo los libros, como pronosticó Bradbury, con su célebre Fahrenheit 451 (y su respectiva versión cinematográfica a cargo del director francés François Truffaut). En cambio, sí reconocemos los audiolibros como un formato alternativo (pero no bajo la denominación de “libro electrónico”), aunque en el mercado de habla castellana esta tecnología está aún dando sus primeros pasos4.

Se puede ver que, en este momento, hay todavía duda en el uso, pero, a nivel general, se entiende por libro electrónico cualquier versión digitalizada de un libro impreso, en cualquiera de sus formatos. Esto incluye diversidad de alternativas de codificación. Enumero, a continuación, los principales productos digitales que ostentan el nombre libro digital, a partir de mi observación personal: a) texto plano (.txt) y con formato (.doc, .docx, .rtf y otros): es editable con un procesador de textos y generalmente carece de imágenes, índices y otras ayudas de navegación5; b) Portable Document Format (PDF): son imposibles de editar por el usuario (con lo cual se garantiza mantener el diseño original), aunque algunos sí admiten la copia de texto aislado para usar en otras aplicaciones; c) versiones facsimilares compuestas por imágenes completas de la página, estos generalmente se arman como PDF, pero los textos no pueden copiarse (excepto en formato de imagen) ni pueden hacerse, por regla general, búsquedas dentro del documento6; d) todas las variaciones de formatos disponibles para dispositivos y aplicaciones de lectura, cada uno con sus propias características7.

En febrero del 2010 un nuevo gadget invadió la cultura del libro electrónico: el iPad. Todavía no se ha iniciado su venta, pero este aparato hace algo más que estar diseñado exclusivamente para la lectura de libros en formato electrónico: también se puede emplear para ver videos, escuchar música, escribir y correr cualquiera de las aplicaciones disponibles en la tienda Apple. Ya para este momento, según demuestra también la venta de libros en formato Kindle para PC y iPhone, el aparato de lectura es menos importante que el libro en sí mismo. Un iPad o un iPhone no son e-books en el sentido de ‘aparato para leer libros en formato digital’ y, sin embargo, es muy posible que constituyan dos de las principales soluciones tecnológicas para la lectura de libros.

Dada la tendencia de la industria editorial de incursionar en el campo del libro electrónico, existe una muy alta posibilidad de que dentro de algunos años el término e‑book se emplee de manera especializada para designar aquellas versiones electrónicas de libros que están optimizadas y especialmente diseñadas para ser leídas como tales; y se reserve algún nombre especial para aquellas otras que consisten en la mera digitalización de un libro, pero que carecen de toda ayuda de lectura para el usuario y de contenidos adicionales. De tal modo que un e-book no consistiría únicamente en la transcripción digitalizada de una edición impresa, sino en un producto alternativo, con ventajas adicionales, tales como material extra, fotografías, sonidos, motores de búsqueda e hipertextos (o como quieren denominarse también, los vooks). Adicionalmente, dada la tendencia de la industria editorial de proteger los e-books que ponen a la venta, este nombre también podría reservarse para las ediciones digitales debidamente autorizadas por sus derechohabientes y protegidas por un sello editorial.



Notas
1 Así lo consigna el reputado y polémico editor, bibliólogo y lexicógrafo (entre tantos otros oficios que le son propios) José Martínez de Sousa, en su Diccionario de bibliología (1993: p. 548).
2 Me excuso de utilizar tan poco confiable fuente, debido a que es la única que recoge el significado y lo hace con precisión. La Wikipedia, en la actualidad, carece de confiabilidad en los círculos académicos, como lo prueba la encuesta financiada por Ebrary a estudiantes universitarios de todo el mundo (McKiel, 2008: p. 12), a pesar de que es uno de los recursos más utilizados por estos mismos estudiantes para sus asignaciones de clase y para uso personal (Ibíd.: pp. 9-10). Dentro de unos años o, tal vez décadas, no sabremos si la Wikipedia invierta su prestigio y se transforme en una referencia obligatoria. Ahí entramos al delicado ámbito de la mera especulación.
3 El Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) tampoco incluye “libro electrónico”, pero se pronuncia sobre los anglicismos que anteponen una e a la palabra, como e-mail, y los desaconseja en favor de sus calcos (en este caso: “correo electrónico”).
4 El mercado anglosajón, en cambio, sí ha desarrollado este mercado. La tienda on-line más grande para la venta de audiolibros es Audible, adquirida por Amazon en el 2008. Desde hace unos años, también las librerías físicas han experimentado un aumento de sus áreas para la venta de audiolibros. Este fenómeno es notable en Alemania.
5 Todos los libros distribuidos por el Project Gutenberg, por ejemplo, están en formato .txt; el cual se puede reconocer con cualquier aplicación o dispositivo, pero carece de ventajas a nivel gráfico. Algunas variantes más sofisticadas son los libros en formato Word, los cuales pueden incluir hipervínculos, índices e imágenes. Sin embargo, incluso en estos casos, la mayoría de las obras no sacan partido de las características del programa para realizar libros con calidad de lectura. De hecho, la mayoría de estos libros electrónicos parecieran más bien versiones para “imprimir” y no para “leer en pantalla”, puesto que hasta su tamaño se ajusta a una hoja impresa en lugar de un monitor.
6 Esta afirmación no es completamente verdadera. Google (cuyos libros, en su mayoría, responden a este formato dadas sus características de obras antiguas digitalizadas para su conservación) tiene un motor de búsqueda basado en tecnología de reconocimiento de imagen como texto (OCR) para que los usuarios puedan buscar entre sus libros. Sin embargo, esta tecnología solamente puede utilizarse desde la página de Google, con los libros de su base de datos. El Acrobat Reader todavía no la incorpora como una de sus características.
7 Para un glosario de los formatos vigentes y de los dispositivos de lectura disponibles, véase Tivnan (2008).

Lista de referencias

Martínez de Sousa, José. (1993). Diccionario de bibliología y ciencias afines. (2.a edición). Madrid: Ediciones Pirámide y Fundación Germán Sánchez Ruipérez.


McKiel, A. W. (2008). Global Student E-book Survey Sponsored by Ebrary. La publicación digital en PDF se puede descargar del sitio de Ebrary <http://www.ebrary.com>.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.

Tivnan, T. (2008). “E-Babel on and on”. The Bookseller.com, may, 29th, 2008. Consultado el 18 agosto 2008 en <http://thebookseller.com/in-depth/feature/59816-ebabel-on-and-on-.html>.

Dos milenios atrás

Año 70, Roma. Un patricio romano quiere añadir la Eneida de Virgilio a su biblioteca personal. Obtiene, en préstamo, un ejemplar y le ordena a su esclavo griego hacer una copia. Sabe que este nuevo liber se escribirá a mano, sobre papiro importado de Egipto. El resultado final será una superficie continua que se enrollará en torno a un umbilicus, es decir, un eje de madera central del cual penderá una etiqueta con el nombre de la obra. Para el patricio romano, este liber o volumen es el liber; es decir, el libro por excelencia. Jamás habría podido concebir la degradación de escribir a Virgilio sobre otro formato. Cualquier otra alternativa habría sido vulgar y absurda.

Este patricio no lo sabe, pero una secta religiosa que se inició en territorio judío ha comenzado a llegar al corazón mismo del imperio. Nombrados a partir de su líder, los cristianos se reúnen de manera clandestina. Sus principales cabecillas viajan de una ciudad a otra esparciendo el mensaje de su fundador y ganando adeptos. Colgando de su cintura, en una bolsa de tela o de cuero, puede verse un códex. Tiene forma cuadrada, y sus páginas se recorren de forma separada. El suyo está fabricado con papiro, debido a su precio menor, a pesar de que es demasiado frágil. Sabe de otros, en cambio, escritos sobre pergamino. Ahí lee únicamente las palabras y dichos de su maestro, así como detalles de su vida. Este códex representa, para él como cristiano, la palabra de Dios que puede llevarse, a través de las montañas y los mares, hasta los nuevos fieles. Al abrirse sus páginas, sin importar si están a puerta cerrada en la casa de un gentilhombre o entre las húmedas paredes de una catacumba, el Cristo se hace presente y su voz puede recrearse nuevamente para seguir llevando su mensaje. El códex diferencia a la suya de otras comunidades religiosas y le da sentido de identidad. Es uno más de los signos que les permite a los cristianos reconocerse unos a otros (como el pez y el ancla) y sentirse una comunidad. Ninguno de ellos ha dejado de utilizar el rollo. Sus escritos personales, aun cuando se trate de reflexiones teológicas, los escriben en rollos, así como cualquier texto de carácter no sagrado.

Cuatrocientos años después, gracias a la influencia de Constantino, los cristianos ya habían dejado de ser un grupo marginal y le habían ganado la batalla al politeísmo romano. El liber también había cambiado. El liber quadratus, del que antes se dudaba si podía ser considerado un liber, había ganado la batalla. Había pasado a ser símbolo del poder y ya algunos ciudadanos prominentes habían hecho copiar todos sus rollos en códex, para garantizar la preservación de los textos. Aún así, pasaron todavía siglos antes de que los rollos desaparecieran definitivamente, gracias, en parte a la aparición del papel. El resto ya es historia.

viernes, 29 de enero de 2010

El iPad: un e-reader de ensueño

El pasado miércoles 27 de enero, Apple presentó al mundo su nuevo iPad. Para la gran mayoría de las personas, fue una sorpresa que se filtró en las noticias de las grandes cadenas. Para la comunidad de seguidores de Apple y las nuevas tecnologías, fue el final de una espera de varios años, llena de especulaciones, pequeñas pistas, información filtrada y, sobre todo, muchos deseos de ver la nueva y ultrasecreta creación de Apple.

Muchos han calificado el nuevo iPad de «iPhone gigante» o «iPhone con esteroides», no sin algo de razón, porque sigue los mismos principios y diseño de su primo mayor (en edad). Hay quejas debido a la ausencia de una cámara integrada de video, el soporte para animaciones flash, a la carencia de capacidad multitasking o correr varios programas al mismo tiempo y, en mi caso, el tamaño de la memoria integrada (por mi experiencia con mi lector mp3, 16 a 32 gigas apenas alcanzan para lo indispensable). Hasta ahí los inconvenientes; porque en el resto de su propuesta, este producto es broche de oro para cerrar esta primera década del siglo XXI.

El iPad es el primer e-reader (lector de libros electrónicos) que cumple con todos los requisitos que, en mi opinión, tendrían el potencial para hacer un cambio masivo hacia la lectura de libros en dispositivos electrónicos, de la misma manera que el iPod cambió la manera de escuchar música, años atrás.

En un artículo sobre el tema de los libros electrónicos, que escribí un par de años atrás, luego de hacer una extensa revisión de todos los dispositivos disponibles en ese momento (Sony Reader, Kindle, iLiad, etc.), llegaba a la conclusión de que ninguno de ellos tenía la capacidad de revolucionar la experiencia de lectura con la suficiente potencia para rediseñar el mercado editorial. ¿Por qué me atrevía a hacer esta afirmación? Mi lógica es sencilla: la experiencia de lectura es la clave. Mientras leer un libro de papel sea, en todos los sentidos, una experiencia más cómoda, práctica, divertida y barata que leerlo en formato electrónico, no habrá manera de reemplazar el códice de papel como tecnología por excelencia del libro.

Los e-reader que nos ha proporcionado la industria hasta el momento, aun cuando han logrado encantar a sus privilegiados compradores, tenían problemas desde el punto de vista de la experiencia de lectura. Quizá los más evidentes eran el color y la salida visual: todo en blanco y negro, con un diseño que podía ir de lo paupérrimo a lo medianamente agradable, con opciones limitadas para la selección de tipografías y cambio de tamaño, con pocas o ninguna fotografía..., en fin, una serie de detalles que hacían abismal la diferencia entre un e-reader y un libro.

En relación con la tecnología en sí, había todavía detalles sin resolver: la babel de formatos, la incapacidad para mostrar archivos PDF en tamaño completo (dada la gran cantidad de libros en PDF que circulan en tamaños carta y A4), la navegación e interfaz del propio aparato (desde botones, como el Kindle, hasta pantallas parcialmente táctiles que solo respondían a un «lapicero» especial). Cualquier operación de lectura requería de varios pasos para acciones que en el libro de papel son automáticas, como darle la vuelta al libro (para ver una fotografía horizontal, por ejemplo) o, lo principal en la lectura de libros, pasar la página.

Otro inconveniente, a mi parecer, de los e-reader de esa primera generación (como podríamos llamarlos ahora) es el costo versus las capacidades del aparato. El precio mínimo que debe pagar el consumidor por un lector de estos es de $300 y puede alcanzar los $700, para un aparato con almacenamiento limitado, procesadores matemáticos lentos y, sobre todo, su única funcionalidad: leer libros. Un e-reader no puede hacer nada más que eso. Esto obliga al lector a llevar en su mochila un kit que, al final de cuentas, sale caro, es incómodo y hasta pesado para su espalda: una agenda electrónica (como el Palm), un lector mp3, una notebook y un e-reader. El iPad tiene el potencial para reemplazar a los cuatro; esta sustitución será inminente cuando, en algunos años, la memoria interna y la conectividad de puertos sea mejorada y llevada un paso más lejos.

Así, el iPad finalmente hace aquello que lectores empedernidos y usuarios de nuevas tecnologías, como yo, hemos soñado en un e-reader: un producto capaz de resolver todas nuestras necesidades de uso cuando estamos fuera de casa y lejos de nuestra computadora principal, y, al mismo tiempo, proporcionar una experiencia de lectura que sí pueda competir con la deliciosa sensación de leer un libro.

Así, el iPad, además de tener la interfaz de lectura de libros electrónicos más rica, elegante y estéticamente bien resuelta que se ha sacado al mercado hasta ahora, permite navegar en internet, escuchar música, ver películas, administrar agendas, correr cualquier aplicación de las varias decenas de miles ya disponibles en la tienda de Apple y, una de mis favoritas, tomar notas y escribir documentos de texto con un teclado virtual casi de tamaño real. ¿No es un sueño hecho realidad? Y si esto fuera poco, el iPad me permite entretenerme de muchas maneras: cientos de miles de juegos; aplicaciones para dibujar, literalmente, con los dedos y cualquier otra funcionalidad que algún programador haya querido añadirle al aparato por la vía de la creatividad informática.

En resumen, este es el nuevo gadget de mi lista de deseos y, por primera vez en este siglo, el primero con la capacidad de transformar la experiencia cotidiana de lectura y, con ella, la industria editorial completa.

domingo, 24 de enero de 2010

Cómo escribir para la academia sin dolores bibliográficos

Ya hemos hablado en otras ocasiones sobre las ramas de la escritura técnica, particularmente de la escritura académica. La escritura académica se caracteriza por el vasto manejo de referencias bibliográficas que, en publicaciones largas, puede alcanzar varios cientos. Piénsese, por ejemplo, en la redacción de una tesis, un artículo científico o un libro de una rama especializada.

Para cada una de las publicaciones consultadas, es necesario incluir cierta información bibliográfica (típicamente, autor, año de publicación, título, editorial, edición, plaza de edición, etc.) que, para colmo de males, cumpla con un determinado formato bibliográfico.

Y si además de todo hemos escrito nuestra publicación original con un formato bibliográfico y, por azar o destino, debemos enviarlo a una revista o editorial que decide cambiárselo, tenemos que tomar cada una de nuestras referencias y, manualmente, implementar todos los minuciosos detalles de orden, ortotipografía y datos.

Eso, al menos, era antes.

En la actualidad, hay programas informáticos capaces de manejar nuestra biblioteca completa y de sincronizarla con los escritos académicos que tenemos en proceso.

En la plataforma Macintosh es posible encontrar dos alternativas muy buenas: Bookends y Sente. De estos dos, el más poderoso es Sente.

Sente tiene tantas funciones, que difícilmente podré cubrirlas todas en este breve artículo. Su página web tiene algunos videos y una lista completa de todo lo que el programa puede hacer.

Desde el punto de vista de un escritor de literatura científica, la primera belleza del programa es que se pueden añadir referencias de manera muy sencilla, una a una o desde una base de datos existente. Me falta comprobar si, como Bookends, puedo importar mi biblioteca completa realizada en Delicious Library (aplicación ya revisada en este blog). Así, el primer paso es crear una biblioteca personalizada, que puede incluir todas nuestras obras, tanto las que vamos a utilizar en una publicación dada como el resto de nuestra biblioteca personal, tanto la física como la digital.

Ahora bien, a diferencia de los programas para catalogar la biblioteca, Sente es una completa base de datos para administrar las referencias. Por lo tanto, va más allá de solamente incluir los datos de la obra (nombre, título, publicación, etc.), sino que además puede importar artículos y libros en PDF y tenerlos disponibles para su lectura desde el mismo programa.

Para aquellos investigadores que continuamente obtienen artículos de revistas académicas y bases de datos especializadas, como JSTOR y EBSCO, Sente es un sueño hecho realidad. Con aquellos sitios web con los que es compatible, permite añadir (¡con un solo clic!) tanto la referencia (toda la información bibliográfica) como el PDF, si está disponible, directamente a la biblioteca interna del programa.

Una vez que este PDF está en la biblioteca del Sente, tiene poderosas herramientas para tomar anotaciones. Pero no se imagine la vieja anotación que se hace en el PDF reader, de abrir un campo para escribir un comentario. ¡No! Si se selecciona un texto, la herramienta de notas automáticamente le asigna un título con las primeras palabras de la cita, extrae una copia de la cita textual y anota el número de página; además, por supuesto, le permite al investigador anotar su comentario personal. Es una manera rapidísima y sin dolor de coleccionar las citas relevantes que luego, si no he entendido mal, un programa como Mellel puede reconocer, importar e insertar en el artículo que estemos escribiendo, con todos sus metadatos bibliográficos listos para generar la bibliografía de nuestra publicación.

También es posible incluir PDF ya existentes en nuestra computadora; así, quienes tenemos sendas bibliotecas digitales, casi inservibles por estar escondidas carpeta, tras carpeta, tras carpeta, podemos importarla completa a Sente. El programa permite buscar las referencias de todos los documentos en Internet. Si no las encuentra al primer intento (con su criterio automático), tiene un buscador; y, si aún así no las encuentra, siempre se pueden incluir manualmente todos los metadatos necesarios.

Una vez armada la biblioteca, podemos utilizar el procesador de textos de nuestra preferencia. Sente es compatible con Word, Mellel, Nisus Writer, Pages y hasta OpenOffice (y NeoOffice). De esta manera, en lugar de utilizar el viejo método de ir escribiendo cada referencia de manera manual, tenemos una integración plena con nuestra base de datos bibliográfica. Cada cita que integremos tendrá una especie de vínculo al Sente, para indicarle que esa publicación es una referencia del documento.

Cuando ya estemos listos para finalizar el artículo, capítulo o libro, nos vamos al Sente (o, en el caso del Mellel, desde la misma aplicación) y le solicitamos crear la bibliografía. Es en este punto que se cumple otro de los sueños de cualquier escritor académico: antes de generar la bibliografía, solamente debemos indicarle al programa en qué sistema bibliográfico la queremos. ¿APA? Sí, cuál edición quiere, ¿la quinta o la sexta? ¿Chicago? Por supuesto, en cualquiera de sus variantes. ¿Harvard, Turabian, MLA...? Hay más de 500 sistemas bibliográficos para elegir. Y si uno está trabajando con una convención propia o de una publicación no contemplada en la base de datos de Sente (que se actualiza todos los años), ¿para qué preocuparse? Puede añadirla a voluntad, como un formato personalizado.

Hasta aquí, se prueba el uso de la base de datos bibliográfica para un único escritor que está lidiando con un complejo artículo académico o científico.

Pero si además uno es miembro de un departamento académico o un instituto científico, Sente tiene otras capacidades invaluables: sincroniza la base de datos entre varias computadoras (además, lo que ellos llaman «licencia de un único usuario» permite la instalación del programa en tres computadoras personales); se puede publicar la lista de referencias para que la consulten otros colegas; se le pueden otorgar privilegios de administrador solo a unas personas, de modo que la base de datos se comparta con todo un departamento; se pueden sincronizar todos los archivos PDF para que sean vistos desde diferentes computadoras y, si por derechos de autor, no todos los usuarios pueden tener acceso a los contenidos, se puede definir cuáles PDF se pueden compartir y cuáles no.

En síntesis, Sente, en combinación con un procesador de textos compatible (ya veremos en otro artículo las posibilidades de Mellel, un procesador de textos especializado en escritura técnica), es una herramienta indispensable para el escritor científico o académico. Aunque el programa tiene un precio un poco elevado, hay una licencia con descuento disponible para estudiantes y miembros comprobados de instituciones académicas.

miércoles, 20 de enero de 2010

Una forma divertida de armar el catálogo de la biblioteca personal

Durante años busqué una solución sencilla e indolora para llevar el registro de los libros de mi biblioteca física. El uso de programas para fichas o bases de datos era lento, nunca pasé de tres o cuatro libros. En la actualidad existen múltiples programas que facilitan el proceso de crear un registro digital de los libros impresos que tenemos en casa. Muchos de estos paquetes informáticos son gratuitos, aunque estos varían en su capacidad para manejar información, metadatos y personalización de la información para cada libro.

Luego de probar varias alternativas, mi favorito es Delicious Library, un programa nativo de la plataforma Macintosh que conjuga sencillez, eficiencia, creatividad y elegancia para hacer de la actividad de catalogar los libros de la biblioteca una actividad divertida, rápida y eficaz.

¿Por qué Delicious Library les ganó a todos los programas gratuitos y a unos cuantos adicionales de pago (en todas las plataformas: Macintosh, Linux y Windows)? Dos elementos clave: creatividad e ingenio. La creatividad se ve en la interfaz: en lugar de una lista de libros, un estante de madera le da la bienvenida al usuario, lleno de repisas en donde van apareciendo las cubiertas de los libros catalogados, con efectos de luz para simular volumen y tridimensionalidad.

Esto, claro, parece superficial si las demás características no están presentes: una completa cantidad de metadatos para cada libro, directamente extraídos de una base de datos en línea o añadidos a gusto del usuario, si así lo desea. La conexión con la inmensa base de datos de Amazon hace posible que con solo introducir el nombre del libro o del autor, el programa obtenga el resto de la información: edición (se puede elegir entre varias alternativas, cuando las hay), año, número de ISBN, fotografía de la cubierta y hasta los comentarios de otros compradores.

Pero lo más fascinante del programa es su capacidad para convertir la cámara integrada de cualquier computadora personal en un escáner de reconocimiento de código de barras. Si ya era sencillo crear un catálogo con solo incluir el nombre de una obra, hacerlo con la cámara/escáner es sencillamente fabuloso: en unos pocos minutos una decena de libros aparecen en los estantes digitales. Con solo la tradicional función de “arrastrar y soltar” (drag and drop) se pueden crear subcolecciones, a partir del catálogo general.

Y como si estas capacidades no fuesen suficientes, el programa puede exportar su base de datos en los formatos estándares para utilizarlos con otras aplicaciones de administración de bibliografías, como BibTeX y Bookends, y puede crear una lista de todo el catálogo en seis de los sistemas bibliográficos más comunes (incluyendo APA, Turabian, Chicago y MLA).

Con este programa, la catalogación de la biblioteca es un proceso rápido, divertido, muy sencillo y ciertamente elegante. En cuanto a su utilidad práctica, nadie que tenga una biblioteca de un tamaño decente pone en duda las ventajas de tener un catálogo real, actualizado y listo para usar en su computadora personal.

domingo, 8 de noviembre de 2009

"Al César lo que es del César..."

Las empresas editoriales se sitúan en un mundo fronterizo: entre la empresa, con todos sus requisitos comerciales, monetarios y materiales, y la cultura, con toda nuestra visión de ser ese algo intangible, sagrado, elevado que está, de alguna manera, exento de las necesidades económicas del mundo material.

El imaginario occidental está atravesado por la (ir)reconciliable separación entre cuerpo (carne, pecado) y alma (manifestación divina, pureza) que proviene de aquellas antiguas traducciones al latín de las palabras del autodenominado apóstol Pablo. Bien entendidas o mal entendidas sus palabras originales, los padres de la Iglesia que vinieron después le dieron forma al conflicto dialéctico interno —a nosotros heredado— que se deriva de entender el mundo como una lucha dualista entre el bien y el mal, entre el espíritu y la carne, entre lo inmaterial y lo material.

Y ahí, en el centro de ese dualismo, el libro emerge como la síntesis de ambas: material en su forma externa, es también intangible en su dinámica interna. Así, denominamos «libro» a la inmaterial «obra», la que solo existe y puede existir en la mente del autor y del lector, en los actos de representación de los actores, en el performance de su re-creación por un sujeto humano; y, con la misma palabra, denominamos a cualquiera de sus copias físicas, tangibles, manufacturadas, hechas de papel (o de cualquier sustrato palpable, aun el electrónico), con caracteres impresos y visibles.

El libro-obra en sí mismo no es, en realidad, vendible, transferible, ni siquiera reproducible; es único para cada sujeto en el momento en que lo vive, experimenta, lleva a la vida.

El libro-objeto, en cambio, sí lo es. Ahí aparece el dilema: ¿vender o no vender libros? ¿Lucrar o no lucrar con los libros? ¿Obtener o no obtener beneficios materiales del intercambio material de los libros?

Si las divisiones maniqueas pos paulistas no hubiesen prevalecido a las de su maestro, Cristo, quizás no tendríamos tanto conflicto. Digamos ahora, con toda propiedad: «Al César lo que es del César...». Mientras sigamos viviendo en una sociedad basada en el intercambio monetario y en una dimensión física, realista tangible; mientras sigamos teniendo cuerpos físicos que se mueven en un mundo físico y no metafísico, no tenemos más remedio que jugar con las leyes de la realidad: hacer libros cuesta mucho y cuesta dinero. Para que la empresa editorial pueda sobrevivir en el mercado, y para que el libro intangible pueda seguir vivo, no queda más que lidiar con las reglas del César.

Libro: ¿objeto de cultura o bien de mercado?

La empresa editorial es, querámoslo o no, una empresa. Media la manufacturación de un producto final tangible, intercambiable, valuable, vendible. Está, por lo tanto, sujeta a la economía y el costo financiero, a la variabilidad del mercado, a las leyes de la oferta y la demanda, a la realidad del «vil metal» sin cuya base no podría costearse la creación de libro alguno. Aceptar esta realidad para un bien que apreciamos tanto por su valor intangible (el texto, la palabra, la obra, todo lo que está más allá de la materialidad de la letra impresa) sigue siendo, en la actualidad, una ambigüedad que atormenta a quienes iniciamos nuestros pasos en el mundo editorial.

Más todavía cuando comenzamos a enumerar las características de ese algo intangible más allá del signo escrito material: que si es un objeto de cultura; que si es un instrumento de la educación y, con ello, de la luz, el conocimiento, la sabiduría. En nuestras culturas hijas de las religiones «del Libro», uno de los arquetipos de referencia obligatoria es, sin duda, la obra sagrada, el volumen en cuyas páginas abiertas se manifiesta la palabra divina, la intocable, la inalienable, la que se respeta al punto de no poder ser objeto del sacrilegio de nuestras anotaciones y subrayados.

Así, como lectores hemos crecido en el mundo del libro sagrado y del libro como el más elevado y prestigioso instrumento de la transmisión del conocimiento. ¿Cómo conciliar esta naturaleza con la realidad de la industria de la producción de libros? ¿Cómo pensar en libros contables, estrategias de mercadeo, regateos de derechos de autor, contabilización de ediciones frente a notario público, recuperación de la inversión... en fin, en rentabilidad? Primero, debemos exorcizar nuestros propios demonios internos. Antes de hacerlo, no podremos llevar ninguna empresa editorial a buen término.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Responsabilidad social de la empresa editorial

La editorial es una de las empresas culturales con mayores oportunidades de servicio, dados sus alcances, sus posibilidades, la inclusividad de sus tecnologías, su propia naturaleza. La editorial es también una de las empresas culturales por excelencia de la educación, de la transmisión de conocimiento, de la promoción del saber y de la difusión de las formas de pensamiento constitutivas de las sociedades, de la humanidad presente y futura, de los proyectos de nación, del desarrollo y del bienestar general. El libro es más que un objeto de cultura: es uno de los componentes básicos de la evolución humana.

De esta manera, la empresa editorial es un instrumento de la difusión de ideas, de la propagación de ideales, del esparcimiento de propuestas para mejorar la realidad inmediata de sus lectores y de la sociedad en la que viven. Tiene una responsabilidad social indiscutible, incluso si ha elegido lo opuesto: aunque sus fines fueran exclusivamente lucrativos, nadie que compre y lea sus libros quedará incólume y, por lo tanto, lo que en esas páginas se diga y se reproduzca por miles tendrá también un impacto y unas consecuencias de las cuales el editor es, a su vez, responsable, debido a su participación en haber dado a conocer la obra.

Vista de esta manera, la rentabilidad económica es una manera de sostener materialmente la labor más elevada a la que se responde. La autosostenibilidad y el lucro de la empresa editorial no es un pecado: es un deber; es la forma de garantizar la capacidad material de seguir proporcionando un servicio al entorno. Sin dinero, no hay más libros; sin más libros, no se contribuye a la evolución humana. La decisión es simple, ¿no?

lunes, 12 de octubre de 2009

El nuevo libro electrónico y los materiales didácticos

Para que podamos hablar verdaderamente de libro electrónico, es indispensable hablar de la confluencia de tecnologías: dispositivos de lectura adaptados al nuevo producto (y productos textuales adaptables a los dispositivos), tecnologías del video (como las promovidas desde hace unos años por sitios como Youtube), tecnologías del diseño gráfico (desde el lenguaje post-script hasta el PDF)... Cada uno de estos avances es, en su origen, independiente de todos los demás; su combinación, en cambio, es la cuna de lo que será el libro electrónico de la próxima década.
Algunos experimentos creativos e ingeniosos ya se están viendo, bajo el concepto de “libros híbridos”, como lo reporta el New York Times. La casa editorial Simon & Schuster, por ejemplo, está experimentando con los vooks (¿podríamos traducirlo como “livros”?), textos en los que se insertan videos visibles desde dispositivos de lectura tales como el iPhone y el iPod Touch.
La potencialidad de los vooks se hace visible en sus ejemplos: un libro sobre el tema de la buena condición física y la dieta que incluye videos con la manera de realizar algunos de los ejercicios físicos sugeridos.
¿Cuáles son las posibilidades de esta clase de híbrido para obras didácticas, especialmente en el contexto del autoaprendizaje y la enseñanza a distancia? Con videos cortos, puntuales, bien realizados, que estén ahí, junto al texto leído, podrían ser una muy atractiva y eficiente solución de enseñanza de contenidos en gran cantidad de asignaturas. Pensemos, por ejemplo, en procedimientos de laboratorio, técnicas de agricultura o cualquier ingeniería. Incluso es posible imaginar un libro de cocina que incluya, junto a la receta y la fotografía final de la comida servida, un video corto sobre la manera de cortar tal o cual ingrediente o cualquiera de los procedimientos más complejos ahí descritos.
El nuevo libro de texto electrónico no puede plantearse sin un examen cuidadoso de la tecnología. ¿Cuál será el dispositivo de lectura más exitoso? ¿Cómo resolveremos el diseño gráfico de los libros para tales dispositivos? ¿Cuáles límites y usos les daremos a los recursos complementarios de audio, video y tecnologías táctiles? Aunque algunas de estas preguntas solo podrán responderse con la paciente observación del desarrollo de las tecnologías del libro, ya podemos comenzar a imaginar el futuro no tan lejano de los materiales didácticos de la educación a distancia de la primera mitad del siglo XXI.
Gracias a Gustavo Naranjo por remitir el artículo del New York Times, "Curling up with Hybrid Books, Video Included", escrito por Motoko Rich y publicado el 30 de setiembre de 2009.

El libro electrónico como nuevo género

La clasificación de las obras literarias es un vicio de antaño en la historiografía de la literatura y, sin embargo, también está sujeto al vaivén de la moda. Tenemos las clasificaciones básicas, basadas en el tipo de lenguaje, estructuras narrativas internas e incluso tipos de contenidos de una obra: ficción y vida real; poesía y narrativa; cuento, novela y teatro... Por encima de estas categorías, aparecen los géneros estéticos, a veces impuestos por los críticos, a veces elegidos por los propios escritores: naturalismo, realismo, regionalismo romanticismo, surrealismo, nueva novela...

La moda en nuestros días obvia todos los aspectos que antes eran considerados centrales (lenguaje, estructura, ideologías, propósitos) y se centra en nuevos métodos de clasificación basados en la forma. Ahora se habla de literatura electrónica como un género por derecho propio. Se diferencia de la literatura tradicional vertida a formatos electrónicos en su manera de ser escrita, publicada e internamente estructurada. Así, ahora aparecen los conceptos de blognovela, wikinovela, hipernovela, webnovela y, desde luego, la novedad del momento: la novela colectiva. Así puede verse ya en el recién abierto Portal de Literatura Electrónica del Instituto Cervantes, que, en su intento por conservar una producción ligada a la vida efímera e insustancial de la web, se convierte, por rebote, en legitimador de estos nuevos modos de escritura.

A las clasificaciones del Instituto Cervantes cabría, con todo derecho, agregar los fanfic, obras que transitan en el límite de la lectura y la escritura, casi siempre publicadas por entregas entre círculos de lectores web (foros, blogs, portales de fanfic) y originados, sin excepción, por la lectura de mundos y personajes de los que el lector no logra desprenderse al finalizar la última página.

No sabemos durante cuánto tiempo más nos seguirá deslumbrando la “nueva tecnología” en su novedosa manera de crear, entregar y acceder la forma externa del texto. El solo reconocimiento de la existencia de sus posibilidades abre preguntas: ¿Tendrá (o ya lo ha tenido) éxito real y documentable entre los lectores (y entre cuáles)? ¿Cuántas personas acceden realmente a la lectura de estos textos (no cuántas pueden acceder, sino cuántas, en efecto lo hacen)? ¿Hay una diferencia significativa en la experiencia de lectura? ¿Cómo inciden las propias tecnologías de la hipervinculación y la fragmentación el proceso de lectura? ¿Hay ámbitos de escritura no literarios que podrían beneficiarse, acaso con más éxito, de estas posibilidades?

Mis experiencias personales reales con la lectura de textos hipervinculados han sido lo suficientemente desastrosas (a pesar de mi entusiasmo) como para mantener alerta mi escepticismo; pero eso es, quizás, porque los diseñadores de los materiales web de lectura no los ensamblan con mentalidad de lectores y no se imaginan los problemas y necesidades que tales materiales plantean, para aspectos tan sencillos y fundamentales como mantener la continuidad de la lectura, dar cuenta de cuánto se ha leído y, lo más básico, retomar la lectura luego de haberla interrumpido. La ventaja de la web es, a menudo, su propia maldición: la libertad del hipervínculo a veces lo hace irrecuperable fuera del instante mismo en que ha sido encontrado.