jueves, 16 de septiembre de 2010

Partes del libro: la cubierta

Un error frecuente, al menos en mi medio, es llamarle portada a la cubierta exterior del libro.
Las partes externas del libro se llaman cubiertas, tapas (en España) o forros (en México), según el país en donde uno se encuentre. Cualquiera de los dos nombres es muy coherente: describe este material usualmente más duro, en un material protector, que cubre y le da consistencia al conjunto de hojas impresas, encoladas o cosidas que es el libro mismo.
Las partes de las cubiertas o forros son las siguientes:
  1. Primera de cubierta o de forros
  2. Segunda de cubierta o de forros o retiro (o retiración, según Zavala) de cubierta
  3. Tercera de cubierta
  4. Cuarta de cubierta
  5. Solapas
  6. Lomo
Primera de cubierta
Es lo que usualmente se confunde con el nombre de portada. Es el lugar en donde se escriben el nombre del libro y del autor. También aparecen el sello editorial y el nombre de la colección, cuando así procede.

Cuando la cubierta se diseña a todo color, a menudo también se emplea una fotografía o ilustración alusiva al texto para llamar la atención del lector, especialmente en los estantes de la librería (física o virtual). No pocos han sido los libros que hemos adquirido solo por la primera de forros.

El diseño de la cubierta es delicado por tratarse de la primera ventana al libro: llama a sus compradores o los repele, todo en una sola mirada.

Segunda de cubierta
Es el reverso de la primera de cubierta. Usualmente va en blanco. En las ediciones de pasta dura, también puede ser que aquí peguen las guardas del libro.

Tercera de cubierta
Es la parte del forro que pega con la última página del libro. Al igual que que la segunda de cubierta, usualmente está en blanco o tiene una guarda.

Cuarta de cubierta
Es lo que a menudo se confunde con el nombre de contraportada, por tratarse de la parte de atrás del libro.

Esta zona del libro se aprovecha a menudo para colocar información clave que pueda llevar al comprador a adquirir la obra, como un resumen sucinto, breve y atractivo de la obra o los comentarios aduladores de los críticos.

Algunas editoriales ponen aquí también la información biográfica del autor, aunque esta debería reducirse al mínimo necesario para que el lector se interese en la obra. El currículum completo del autor no interesa en esta sección.

Solapas
También reciben el nombre de solapilla o aleta. Algunas obras incluyen solapas como extensiones de las cubiertas, fabricadas en el mismo material y dobladas hacia adentro. Estas zonas le dan mucha elegancia al libro y permiten incluir información adicional que sirva para vender la obra.

Usualmente en una de ellas se sitúa la fotografía del autor, una biografía breve y sus otras obras. En la otra solapa, la editorial puede poner otros títulos de la colección o de su catálogo, para invitar al lector a seguir comprando sus obras. En el caso de autores prolíficos y de gran reputación, también puede indicar la lista de otras obras del autor en la misma editorial.

O bien, puede emplearse la solapa para indicar los contenidos del libro. Transcribo las palabras de José Martínez de Sousa al respecto:

El texto de la solapa se destina, por un lado, a describir la materia que se trata en el libro; por otra, a ponderar la adecuación del tratamiento y la necesidad de la obra para la consecuención de determinados fines (evítese, en lo posible, la manida coletilla de que “esta obra viene a ocupar un hueco”); finalmente, debe indicarse a quién resulta útil y por qué, para terminar ofreciendo unos datos acerca del autor. Con ello la obra queda situada ante el lector en unas pocas y necesariamente ponderativas razones que justifican la edición por parte del editor y la adquisición por parte del lector (1998: 60).


Lomo
Esta es una pequeña área en medio de las dos cubiertas, propiamente el rectángulo que se forma al cubrir los cuadernillos del libro. Aclara Martínez de Sousa que “cuando el libro se encuaderna en mediapasta, la piel o tela que se coloca en el lomo, recubriéndolo, se llama lomera, y si esta se decora con profusión de hierros dorados se llama lomera cuajada” (1998: 61).

El ancho del lomo depende de la cantidad de páginas del libro y del grosor del papel. Libros con menos páginas impresas en papeles gruesos producen lomos más grandes.
Aquí se anotan típicamente solo tres datos: nombre de la obra, autor y sello editorial (sin el nombre). Si la obra está formada por varios tomos, también se indica el número de volumen y, opcionalmente, los temas o letras que cubre (en el caso de diccionarios enciclopédicos).
Cuando las obras son lo suficientemente gruesas (más de mil páginas), usualmente hay espacio suficiente para situar el nombre de la obra de manera horizontal, con lo que se facilita su lectura. En la mayoría de los libros, sin embargo, el lomo puede variar de un grosor de medio centímetro a dos centímetros. En esos casos, se acostumbra situar el nombre de la obra de forma vertical. La orientación de la lectura nos obliga a hacer este curioso ejercicio de doblar el cuello para leer el nombre del libro.

Los libros editados en español, por norma editorial tácita, escriben el nombre de abajo hacia arriba; de manera que inclinamos la cabeza hacia nuestra izquierda para leer los datos. Los libros editados en la tradición anglosajona colocan el nombre del libro en la dirección inversa; de manera que la cabeza debe inclinarse hacia la derecha con tal de poder leer los lomos. (Quienes tenemos en nuestra biblioteca libros en varios idiomas, a menudo ejercitamos mucho nuestro cuello, moviendo la cabeza de un lado hacia otro mientras recorremos los libros de nuestros estantes).

Comenta Sousa que la tradición latina, como se le puede denominar a las obras impresas en español, tiene la ventaja de leerse mejor en los estantes, pero la desventaja de que cuando el libro está colocado horizontalmente sobre una mesa, con la primera de cubierta hacia arriba, el nombre queda situado al revés y es muy incómodo de leer. Esta sería, en su opinión, la única ventaja de la tradición anglosajona.

En síntesis
Las partes externas del libro tienen sus propios nombres y deben conocerse en el mundo editorial, en aras de mantener la buena comunicación entre todos los involucrados (editores, diseñadores, impresores).

Así, la próxima vez que sostenga un libro entre las manos, y sienta la tentación interna de decir: “¡qué linda portada!”, recuerde que quizás está viendo la cubierta. (En otro artículo hablaremos de qué es la portada en un libro).

Lista de fuentes consultadas
Martinez de Sousa, J. (1998). Manual de edición y autoedición. Pirámide.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México.
               

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Fuentes de dominio público

Las fuentes suelen ser costosas y a menudo más difíciles de adquirir que los programas de edición. Afortunadamente existen comunidades de tipógrafos que comparten sus fuentes en calidad de software libre, disponibles para quienes tengan necesidad de ellas.

Esta es una pequeña colección de direcciones en donde pueden obtenerse fuentes gratuitas para todos los gustos y necesidades:

OpenFont Library: comunidad dedicada a la tipografía libre

Smashing Magazine: artículos diversos sobre tipografía, incluyendo varias listas de fuentes libres de alta calidad para diseño gráfico (recomiendo navegar por el sitio y revisar los artículos, porque su cantidad excede el propósito de este artículo, pero uno se puede pasar horas descargando fuentes desde aquí)

Libertine: una fuente diseñada por la comunidad de software libre de Linux

Greek Fonts: una pequeña colección de fuentes para escribir con caracteres griegos

The League of Movible Type: selecta colección de bien diseñadas fuentes gratuitas y de código abierto.

Negrita, cursiva, comillas: evitar el doble subrayado

Un error frecuente en tesis y documentos de autores noveles o nunca editados es el uso del doble subrayado o doble destacado. Por subrayado no me refiero aquí a utilizar una línea debajo de la palabra, como se estilaba de manera estándar antes del uso de las computadoras, es decir, este tipo de subrayado. Me refiero, en cambio, a la necesidad de emplear más de un signo tipográfico para destacar una palabra u oración dentro del discurso escrito.

Existen varios métodos tipográficos para subrayar, destacar o mostrar que algo es distinto de alguna manera de las palabras que tiene a su alrededor. El subrayado propiamente dicho (método propio de las máquinas de escribir) casi no se emplea en la actualidad, gracias a la existencia de la cursiva y la negrita. Las comillas, ya sean americanas (“ ”) o angulares, de codo o españolas (« ») también cumplen una función tipográficamente diferenciadora: aíslan la palabra y en algunas ocasiones hasta le dan su propio tono de voz, por así decirlo. También se puede optar por las VERSALES o las VERSALITAS, y solo en casos justificados, la mayúscula inicial.

Sin embargo, en el esfuerzo del escritor por hablar a través de los signos y por mostrar las diferencias entre una palabra y las que la rodean, ocurre el error de subrayar mediante dos o más signos tipográficos.

Pongamos un ejemplo clásico: las obras literarias, cinematográficas y artísticas (con algunas excepciones, según la convención que se siga) se escriben generalmente en cursiva. Es una convención que han adoptado diversos sistemas editoriales y bibliográficos, como Chicago, APA, Cambridge y hasta la misma Real Academia Española (RAE). La encontramos incluso en las recomendaciones de las obras de maestros editores como José Martínez de Sousa y Roberto Zavala.

Usemos una película de moda, de una sola palabra: Avatar. Hay quienes podrían caer en la tentación de escribir: Avatar, “Avatar”, “Avatar” y, en algún caso extremo, Avatar, en donde mediaría inclusive un cambio de fuente.

El mismo problema aplica para las citas textuales. Las citas inferiores a 40 palabras (límite de APA) se escriben entre comillas, dentro del texto. Sobra ponerlas en cursiva. Las citas más grandes se destacan mediante márgenes diferentes y un tipo de letra más pequeño. Sobran cursivas y comillas: los márgenes y el tamaño bastan para saber, de buenas a primeras, que estas no son palabras del autor.

El escritor, ya sea de tesis o libros, deberá preguntarse –ojalá antes de comenzar a escribir y, en definitiva, antes de remitir su manuscrito a valoración– cuáles son las convenciones editoriales a las que deberá apegarse para publicar (así se trate de hacer público su trabajo a través de una biblioteca, de internet o en forma de libro impreso). Si es una tesis, deberá averiguar, en su facultad o universidad, a cuál sistema bibliográfico deberá apegarse y adquirir el manual correspondiente, en donde este tipo de detalles aparecen estipulados. Si escribe para una editorial, deberá solicitar el manual de estilo de la casa o pedir ayuda de su editor.

Pero aun si se escribe en soledad, para uno mismo, la norma de la lengua es clara: únicamente se necesita destacar una vez. Lo demás sobra y se vuelve grito tipográfico.

Por eso, antes de sobrecargar su página escrita con signos que se acumulan unos sobre otros, recuerde la regla de nunca aplicar doble subrayado.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Humor: los periódicos ya no son los de antes

La llegada del iPad implica cambios profundos en la manera práctica de manejar la vida y en los otros usos del papel escrito.

Alguna vez recibí, ya perdido en el olvido, uno de esos mensajes anónimos y masivos de correo electrónico en donde se reseñaban los usos del periódico, como limpiar regueros, envolver platos rotos, embalar objetos, cubrirse de la lluvia…

Este anuncio de la nueva aplicación para iPad es, sencillamente, una manera genial de mostrar esa ruptura de la cotidianidad.

Nota: debido a mis limitaciones técnicas, el video aquí insertado se ve incompleto (falta una parte de la imagen). Dejo el vínculo web directamente a YouTube para su correcta visualización (y disfrute): NewsDay para iPad.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Educación pública: una alegría para los pueblos

En todas las épocas, en todos los tiempos, las letras y los libros únicamente pueden estar en las manos de quienes reciben el entrenamiento para descifrarlos y escribirlos. En muchos pueblos antiguos, como Mesopotamia y Egipto, este entrenamiento era un raro privilegio, reservado para una elite privilegiada y selecta.

Por eso, el día de hoy, mi país está de fiesta: hace 141 años, en 1869, Jesús Jiménez decretó la fundación de la primera Escuela Normal (institución para la formación docente) y se declaró que la enseñanza primaria sería gratuita y obligatoria. La base para estas decisiones fue un proyecto de ley propuesto conjuntamente por José María Castro Madriz, el primer presidente (no jefe de Estado) que tuvo Costa Rica, y Julián Volio.

Esta efeméride silenciosa –opacada entre el Día del Niño (9 de setiembre) y la celebración de una independencia pacífica que nos llegó en mula– es motivo de celebración: gracias a esas tempranas decisiones de un Estado pequeño y pobre, hoy tenemos uno de los niveles de alfabetización más altos del continente y la industria editorial puede existir, con sus brincos y saltos, pero existir, al fin y al cabo.

La educación pública es uno de los bienes más grandes de cualquier pueblo. Sus habitantes, generación tras generación, deberían hacer siempre sus máximos esfuerzos para conservarla, mejorarla y dejarla en mejor estado que como la recibieron.

El libro, en su forma presente o en cualquiera que adopte en el futuro, es uno de los instrumentos clave de la educación y la necesita para seguir existiendo. Si somos escritores, correctores, editores, profesionales de la palabra, cualquiera que sea nuestra especialidad, estar de lado de la educación pública es un llamado ineludible.

Una felicitación a mi país por este logro sostenido en el tiempo.

P.d.: Gracias a mi amigo Rodolfo González por el dato de esta efeméride. Añade Rodolfo, en su comentario, que don José María Castro tomaba chocolate en una jícara con el escudo del país. ¡A su salud, don José María, irá mi próximo chocolate!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cómo seleccionar la tipografía: consejos de los expertos

En el diseño editorial o diseño de libros, la selección de la tipografía (todas las características tipográficas de la obra) es esencial. Este tema lo abordamos hace unas semanas en el artículo “La voz del texto: la función de la tipografía en el diseño de libros”.

Hoy traemos algunas de las recomendaciones que proporciona el maestro tipógrafo Robert Bringhurst en su indispensable obra The Elements of Typographic Style (Los elementos del estilo tipográfico, cuya traducción al español puede adquirirse en la colección Libros sobre Libros del Fondo de Cultura Económica y Libraria).

Recomendaciones técnicas imprescindibles
Bringhurst inicia sus recomendaciones con algunos consejos técnicos, que los legos en tipografía a menudo pasamos por alto. Las formas de las letras no son diseñadas únicamente en la mesa de dibujo o la computadora del tipógrafo. Se sabe que una vez el trazo caiga sobre la hoja de papel, habrá múltiples factores que alterarán su acabado: las diferencias entre la impresión con tipos duros (imprenta) y el ófset, por ejemplo; la calidad del papel (mayor o menor nivel de porosidad); el uso de tecnología digital, como la impresión láser y, hoy día, incluso hay que considerar la forma en que las letras se despliegan en la pantalla de la computadora, si el producto fue diseñado para ser leído exclusivamente en la web.
Así, Bringhurst recuerda que cada fuente fue diseñada para un medio impreso específico y siempre es necesario encontrar versiones modernizadas, fieles al diseño original, pero adaptadas a la tecnología que pretendemos emplear.

Antes de seleccionar la fuente, debemos ya conocer el medio de salida, porque muchas fuentes elegantes, llenas de curvas suaves y diseños exquisitos, se pierden por completo cuando se imprimen en papeles muy porosos o a tamaños muy pequeños.

Bringhurst da ejemplos claros: Bembo, Centaur, Spectrum y Palatino, dice, tienen un diseño sutil y hermoso, pero quedarán aplastadas y saturadas a 8 puntos, en una impresión digital (láser), de 300 dpi (puntos por pulgada, por sus siglas en inglés).

Esas condiciones de impresión, que pueden ser letales también para fuentes como Centaur, Spectrum, Linotype Didot y casi cualquier versión de Bodoni, bien podrían ser superadas por fuentes como Amasis, Caecilia, Lucida Sans, Stone y Utopia.

¿Qué texto estamos tratando de comunicar?
Entre los criterios más difíciles de apliacar, se encuentra la selección de la tipografía según su pertinencia y adaptación a los contenidos por comunicar. Bringhurst pone el ejemplo de un libro sobre bicicletas de carreras. No es necesario elegir una fuente cuyas letras O estén dibujadas con rayos en el centro y las T parezcan manubrios.

La fuente más adecuada, en primer lugar, será una que esté bien diseñada en sí misma. En segundo lugar, debe ser legible; es decir, adecuada para la lectura de libros (es un libro, después de todo, lo que estamos diseñando). Finalmente, y solo cuando las dos condiciones anteriores se cumplan, debe tener cierta afinidad con el tema tratado. Puede ser, por ejemplo, una fuente de estilo italiano, pero bajo ninguna circunstancia tendrá exceso de ornamentación.

¿Qué tipo de caracteres vamos a utilizar?
Otro argumento básico para seleccionar la tipografía es el tipo de caracteres necesarios en el texto. Es posible que en una novela, los únicos signos no alfabéticos –además de puntos, comas y guiones– sean las comillas; pero una obra académica puede llevar desde un símbolo alfabético cualquiera, como l (litro) hasta todas las variaciones posibles de símbolos dentro de un área: porcentaje, pi, grados centígrados, comillas de varios tipos, números, viñetas, alfabeto fonético, lenguas clásicas, versalitas…

Estas son algunas de las fuentes que Bringhurst recomienda para cada necesidad tipográfica:
  1. Si el texto incluye gran cantidad de numerales, uno podría tener interés en elegir fuentes cuyos números estén especialmente bien diseñados, como Palatino, Pontifex, Trump Madiäval y Zapf Internacional.
  2. Si se necesitan versalitas, cualquier fuente que no las tenga queda descartada.
  3. Si se necesita una gran variedad de grosores (delgadas, bold, semibold, etc.), Frutiger podría servir.
  4. Si debe emplear alfabeto fonético, las opciones incluyen Stone Serif y Sans, Lucida Sans y Times Roman.
  5. Para cirílico, Charter, Minion, Lazurski, Officina, Quadraat, Warnock (serifadas); Syntax, Myriad, Futura (sin serifas).
  6. Para griego, Georgia o Palatino.
  7. Para Cherokee, Plantagenet.
Consideraciones históricas
Un buen tipógrafo como Bringhurst, conocedor de la historia del diseño de una fuente y su contexto, también recomienda elegir una fuente “cuyos ecos históricos y asociaciones estén en armonía con el texto”. No tiene sentido que un libro sobre la Francia del siglo XVII se imprima en Baskerville y Caslon, fuentes diseñadas en Inglaterra, en el siglo XVIII. O bien, que una obra sobre el barroco se diseñe con fuentes renacentistas o neoclásicas.

Muchos diseñadores, advierte Bringhurst, se deleitan en hacer mezclas descabelladas, puesto que esta no es una regla escrita en piedra. No obstante, es una consideración que se puede sopesar durante el proceso de investigación previo a la selección de las características tipográficas de un libro.

El diseño de la fuente y de la página también deben ir de la mano. No solamente la tipografía puede ser renacentista o neoclásica, dice Bringhurst, también pueden serlo las proporciones de la página y la selección de los márgenes. Un diseñador responsable y con buen gusto, si tiene el tiempo para hacerlo, podrá armonizar todos estos aspectos.

Consideraciones personales y culturales
Para cerrar el artículo, me permito traducir un párrafo del propio Bringhurst (puesto que tengo a la vista la edición en inglés):
Los trazos de las letras tienen carácter, espíritu y personalidad. Los tipógrafos aprenden a discernir estos rasgos tras años de trabajo de primera mano con las formas, y a través del estudio y comparación de la labor de otros diseñadores, presentes y pasados. Al inspeccionarlas de cerca, las letras revelan muchas pistas de las épocas y temperamentos de sus diseñadores, e incluso sus nacionalidades y creencias religiosas. Es posible obtener resultados más interesantes de las fuentes seleccionadas bajo estos criterios, que de aquellas elegidas por mera conveniencia de disponibilidad o coincidencia de nombre (2004: 99-100).
En síntesis
Cada publicación tiene sus propios requisitos técnicos, formales, culturales y sociales, y los rasgos formales de las familias tipográficas seleccionadas deben acoplarse a estos requisitos.
Jamás debemos olvidar que editamos para los lectores. Sus mentes solamente le ponen atención suficiente a la letra para reconstituir la palabra; y desde la palabra, la idea, el argumento, la obra, el otro libro, el que no es tangible (de papel y tinta), sino que existe en un illud tempore, en un espacio-tiempo permanente por encima de sus manifestaciones individuales. La función de la tipografía y de la edición es garantizar, sin tropiezos, el acceso del lector a ese libro, en la forma de una invitación agradable a la vista, inconsciente y diáfana al punto de crear la ilusión de ser invisible.




Referencia bibliográfica
Notas tomadas de Bringhurst, Robert. (2004). The Elements of Typographic Style. Version 3.0. 3.a ed. Vancouver: Hartley and Marks.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Recomendaciones bibliográficas: Manual de edición literaria y no literaria

Como parte de la excelente colección del Fondo de Cultura Económica, Libros sobre Libros, se encuentra una obra de lectura obligatoria para los profesionales noveles de la edición: Manual de edición literaria y no literaria, de Leslie T. Sharpe e Irene Gunther.

Esta traducción al español es meritoria, entre otros aspectos, porque se aventura a proporcionar una terminología para traducir las especialidades de edición para las que sí existen vocablos en lengua inglesa, pero no en lengua española. Además, cuando las autoras proporcionan ejemplos sobre editoriales, programas de formación y obras destacadas por algún aspecto en su edición, Gabriela Ubaldini, la traductora, y el editor de esta versión se toman la molestia de incluir ejemplos del contexto editorial en habla castellana.

Es una de esas obras que merece leerse de tapa a tapa. Sus capítulos están plagados de frases dignas de enmarcarse, recomendaciones útiles y prácticas e ideas reveladoras. Cuanto más novato sea uno como editor, más valioso se vuelve el libro; pero yo, que ya he andado unos poquísimos años –y algunos cursos– por estos rumbos, lo he disfrutado a lo grande y quisiera haberlo tenido en mis manos desde mis inicios y no hasta ahora. Más de una lección aprendida a golpes podría haberla sacado de estas páginas sabias y llenas de experiencia.
Las dos primeras secciones de la obra proporcionan el vocabulario básico, una descripción de las tareas editoriales y un panorama global del mundo editorial, según sus distintas especialidades.

Ya en secciones tercera y cuarta incursiona en consejos sobre las actitudes y habilidades, tanto intelectuales como sociales, de un buen editor. Con ejemplos aplicados, se habla sobre cómo leer un libro, qué corregir, cómo olfatear los problemas y sus soluciones, cómo editar los contenidos. También se refiere a esas otras funciones que pocos privilegiados editores ejercen: cómo seleccionar obras, cómo editar pensando como escritor, cómo distinguir la buena narración.

Dedica un capítulo al trabajo editorial independiente, otro a las herramientas editoriales del editor y, finalmente, recomienda obras de consulta y centros de capacitación para quien desee obtener formación en esta área.

Esta obra es una puerta y, como tal, hay que tocarla y hacer el esfuerzo de pasar adelante. Quienes lo hagan, verán cómo es mejor ingresar al mundo de la edición con guías experimentados, que dependiendo exclusivamente del autodidactismo y la buena, pero lenta, formación cotidiana de la vida editorial.