domingo, 14 de febrero de 2010

Ortotipografía: nombres de congresos

Una pregunta constante y frecuente es la correcta grafía (u ortotipografía) de los nombres de congresos en los escritos. Al respecto, encontramos lineamientos en el Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa, y en El libro y sus orillas, de Roberto Zavala.

La correcta grafía del nombre de un congreso es escribirlo en letra redonda y con mayúscula para todos los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre. En otras palabras, no se aplica del todo el uso de cursivas, comillas o negritas para destacar el nombre del congreso; tampoco es necesario ponerles mayúscula a los pronombres y conjunciones. Así, lo correcto sería escribir: Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas.

Si, además, se trata de una actividad periódica de la que se han realizado varias ediciones, también indica Martínez que lo más práctico, frecuente y recomendable es utilizar números romanos: I Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas. Pero si es usted una de esas personas a quienes no les gusta la numeración romana por considerarla arcaizante, puede optar por utilizar el nombre completo de la numeración arábiga o una abreviatura: Primer Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas; 1.er Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas (recuerde que el «er» debe ir en voladito o superíndice).

Referencias:
Real Academia Española (2005). «Mayúsculas», 4.24. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea, p. 314.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 313.

¿Es posible editar para todos los hispanohablantes?

Una de las ventajas de la lengua, en tanto código internacional de comunicación e intercambio, es su capacidad para darnos acceso a cualquier texto, publicado en cualquier país. No obstante, aun cuando quisiéramos una sola lengua universal, idéntica y comprensible por todos sus hablantes, los giros y particularidades de una región la pueden volver críptica para los hablantes de otra.

Tomemos, como ejemplo, el español. Nací en Costa Rica, un país al que llegan, de alguna manera, influencias de muy diversas procedencias. Así, he leído libros editados en casi cualquier país de habla hispana: México, El Salvador, Colombia, Argentina, España... nunca me he sentido incapaz de leerlos, aunque ciertamente me daba algo de risa encontrarme un «Oye, tío» en alguna traducción española de una obra de Isaac Asimov. Aclaro: en Costa Rica, tío es y siempre será el hermano de mi madre, nadie más; el otro sería «mae», pero no es nada elegante para incluirlo en una traducción literaria, mucho menos de Asimov.

Así, la edición que traspasa fronteras se ve obligada a hacerse preguntas y tomar decisiones. El editor de obras técnicas tiene la responsabilidad de procurar textos que cumplan con ciertos requisitos básicos: comunicabilidad, ¿se tiene éxito en la comunicación texto-lector?; lecturabilidad, ¿se puede leer fluidamente, sin tropiezos en el camino?; naturalidad, ¿se siente cómodo el lector con el texto?; claridad, ¿el texto se entiende tal cual, sin equívocos? Aclaro que estos son requisitos propios de la edición técnica porque ahí donde un manual de uso o un texto didáctico requieren de una comunicación eficaz, transparente, clara, sencilla, directa y unívoca, la comunicación literaria puede aspirar a producir ambigüedad, pluralidad, multidireccionalidad, deliberada oscuridad y, sobre todo, múltiples posibilidades interpretativas.

Así, en teoría, todo parece muy sencillo y abstracto. El problema es cuando un texto invadido por vocablos y giros de la vida cotidiana quiere traspasar las fronteras de una latitud a otra. Tomo, como ejemplo, una obra enfocada en la incorporación de recursos tecnológicos en los procesos de enseñanza-aprendizaje. ¿Qué clase de dificultades léxicas podríamos encontrar ahí?, se puede preguntar el editor. Estas son solo algunas: España, ordenador / América, computadora (no computador, como tienden a pensar algunos); España, pizarrón / América, pizarra; España, plumón / América, marcador (Costa Rica, pilot); España, ordenador de sobremesa / América, computadora de escritorio... (profundizo en eso... a mí me dicen «ordenador de sobremesa» y me imagino «¿una computadora para usarla después de tomar café, en la mesa...?»).

De repente, una obra perfectamente escrita en español, o eso creemos, se vuelve Babel... y eso sin mencionar términos no tecnológicos, como enojo/enfado, que son exactamente lo mismo salvo que en América preferimos enojo y en España, aunque se entiendan las dos y el DRAE recomiende la primera, los españoles hablan siempre, en su vida cotidiana, de enfado (aclaro que no sé si esa es una afirmación universal, para toda la Península o solo para algunas regiones); o las diferencias que tenemos en el uso de ser y estar.

Así, la revisión de una obra escrita en una latitud para ser publicada en otra puede incluir un trabajo complejo de adaptación/traducción. La decisión de cuánto elijamos traducir dependerá, ciertamente, de los editores y el grado de compromiso que tengan con sus lectores. Un vocablo perfectamente normal en una región puede producir extrañeza, rechazo o hasta risa cuando aparece en un texto pensado para ser leído en otro lugar. Se puede convertir en una piedra de tropiezo, un estorbo en la lectura, un factor distractor que desconcentra y desconcierta al lector. Es ese factor clave el que subyace en las decisiones del editor, y no una simple gana de adaptar por adaptar, o de corregir por corregir.

sábado, 13 de febrero de 2010

Devonthink: una herramienta para la investigación

En lo personal, me encantan las fases iniciales de una investigación: la búsqueda de pequeñas pistas, el hallazgo de libros dentro de las bibliografías de otros libros, las citas útiles que saltan de las páginas leídas, las interrogantes a cada párrafo del camino, la colección de entrevistas y opiniones, las ideas sueltas, los fragmentos de respuestas que van apareciendo sin orden, ni aviso previo... De esta forma, a veces caótica y desarticulada, tras muchas semanas, meses o hasta años, van tomando forma muchas de las grandes investigaciones. Es una etapa hermosa, divertida, llena de sorpresas y, sobre todo, de mucho asombro.

Sin embargo, desde el punto de vista práctico, también es una etapa llena de hojas sueltas, cuadernos caóticos, fichas acumuladas unas sobre otras, archivos inmanejables, fotocopias indistinguibles, libros en todos los estantes y, ahora en la era digital, carpetas y subcarpetas (directorios y subdirectorios) que se pierden en la selva de nuestro disco duro. A los libros y notas de antaño, agregamos páginas web (más de las que nuestra libreta de direcciones puede manejar sanamente) y gran variedad de artículos digitales.

¿No sería acaso un sueño tener toda esa información organizada y organizable, buscable, hipervinculada, fácil de recuperar y lista para utilizar en nuestros proyectos de escritura?

Hace unas semanas trajimos a este blog la propuesta de flujo de trabajo de Kerry Magruder, en un artículo sobre la escritura de textos académicos. En ese momento, no había puesto a prueba, personalmente, el DevonThink, que él recomendaba, pero comencé a encontrarlo como una herramienta preferida por otros escritores, muchos de ellos usuarios de Scrivener. Ahora sé por qué a tantas personas les gusta tanto: es precisamente el tipo de programa para quienes amamos esa etapa previa de la investigación y necesitamos un método para conservar, de un modo accesible y práctico, hasta las más pequeñas piezas de nuestro rompecabezas.

Agostino, uno de nuestros lectores, ha dejado un comentario muy completo sobre las capacidades de búsqueda de este programa. Me tomo la libertad de citarlo: «Devonthink es un aplicación muy potente, cuya particularidad es un motor de búsqueda semántica exclusivo, que resulta muy efectivo para encontrar información entre material heterogéneo y moderadamente desordenado. Digo “moderadamente” porque su mecanismo de Inteligencia Artificial tiene en cuenta también la ubicación de las cadenas de búsqueda, con lo cual la ordenación del material documental es altamente recomendable».

Otra ventaja del DevonThink es que puede importar prácticamente toda clase de archivos: textos, pdf, audio y video... y puede crear documentos de texto plano, rtf y notas. Se pueden crear réplicas de los archivos, de modo que aparezcan en varias carpetas al mismo tiempo, e hipervínculos entre ellos, para que todo esté cruzado y accesible desde cualquier lugar.

Algo que me encanta de cualquier programa dirigido a escritores es el modo de pantalla completa; DevonThink también incluye esta herramienta para quienes amamos la escritura sin distracciones, aun si solo estamos tomando notas personales e ideas preliminares (desde luego, para escribir propiamente, Scrivener sigue siendo el mejor).

Otra función especialmente útil, además de la capacidad de importar páginas web con todos sus contenidos, es la opción de importar un sitio web completo. Si bien se advierte no intentar descargar toda la Wikipedia a la base de datos, muchas veces nos topamos con sitios web que, página a página, son necesarios para nuestra investigación; pero tomar notas de todas ellas o incluso importarlas una a una es una tarea lenta que, algunos impacientes como yo, terminamos por declinar. DevonThink ofrece una alternativa: traérselo completo para una lectura reposada, tomar notas a gusto y tener las referencias completas cuando se necesiten, directamente en nuestro ordenador, ya fuera de la caótica nube de la red.

Otra ventaja de las bases de datos de DevonThink es que, una vez creadas, estarán disponibles para todos los proyectos de escritura que vayamos a emprender en el futuro. ¿Cuántas veces nos ha ocurrido encontrar un tema de investigación para un artículo y, con los años, darnos cuenta de que se nos convirtió en una tesis, tres artículos y varios proyectos de libros, todo con el mismo tema como base? DevonThink es ideal para mantener toda esa gran base de datos, de la que solo pasaremos a nuestros proyectos de escritura puntuales aquella información (notas, referencias, artículos) estrictamente pertinentes para cada uno de ellos.

DevonThink tiene varias opciones (personal, profesional y oficina), según el presupuesto y necesidades del usuario, y dispone de descuento académico para estudiantes y docentes de instituciones educativas. Sin duda, esta es una gran alternativa para quienes necesitamos de algo más que una colección de papeles y fichas en nuestro archivo de investigación.

sábado, 6 de febrero de 2010

Importante: uso y abuso

Uno de los males de la época moderna es la deslexicalización de la lengua (no sé si el neologismo es válido, pero cuando menos tiene un efecto dramático): la expresión cotidiana se reduce cada vez más a unos pocos cientos de palabras.

Los docentes pueden ver el fenómeno en los exámenes de los estudiantes, que reducen toda su capacidad expresiva a un puñado de verbos y de muletillas. Pero los editores lo ver con horror cuando este fenómeno se presenta en autores de los que no se pueden librar, según las circunstancias. Incluso autores muy buenos, ya consagrados, y que, sin embargo, no serían los mismos sin editores y correctores acuciosos e irreverentes.

Uno de los problemas de reducción expresiva más común es el uso del adjetivo importante y de su hermano sustantivo, importancia. Ambos pueden aparecer cientos y hasta miles de veces en un mismo libro.

¿Por qué ocurre este fenómeno?
Una respuesta aventurada –pura especulación mía, lo admito–, podría ser precisamente la versatilidad de esta palabra comodín. Su significado etimológico es bastante vacío, sencillamente proviene de in, ‘dentro’, y portare ‘llevar’. Su significado en el vocablo importación es más literal de lo que un lector moderno podría esperar, porque, en efecto, los romanos se referían a los barcos que traían mercadería dentro de ellos.

Consecuencias estilísticas del abuso de importante
Pero la lengua es misteriosa y las razones por las que una palabra sirve para todo también lo son. Así, la palabra importancia puede referirse tanto a gran cantidad, como a gran magnitud; a un elevado cargo, como a grado de relevancia; o bien remitir a campos semánticos como la trascendencia o el grado de significación que algo tiene en su área.

Visto de esta manera, el abuso de importancia/importante en un texto no solo produce efectos nocivos de redundancia y aliteración, sino que hace el texto más difuso y menos preciso, por cuanto estamos perdiendo la oportunidad de emplear vocablos semánticamente mejor delimitados para describir las muy distintas realidades discursivas que se entretejen en una obra.

¿Qué hago? ¿Utilizo sinónimos?
Una trampa frecuente en el intento por depurar al texto de sus excedentes de importancia es caer en el reemplazo automático por otros sinónimos. Antes de que usted se vaya de cabeza sobre su texto, con unos cuantos diccionarios de sinónimos a su lado, hágase las siguientes preguntas para cada importancia/importante que se encuentre:

  1. ¿Realmente es necesario? En un alto porcentaje de los casos, ese importante es solamente una muletilla de nuestro devaneo o pensamiento. «Es importante considerar que...», «Es importante llegar a la conclusión de que...», etcétera. ¿No sería más sencillo, menos pesado para el lector, más agradable y directo nada más decir «Consideremos...», «Concluimos...»? Este es el caso de casi todos los importantes que pueden reemplazarse por relevante.
  2. ¿Existe otra manera de expresar esto, sin tener que acudir a ninguno de los sinónimos de importante, quizás cambiando la sintaxis, añadiendo giros? A menudo el uso de una muletilla no es más que la salida fácil; la gimnasia mental y la búsqueda de nuevas maneras de transmitir nuestras ideas pueden mejorar muchísimo el texto y, de paso, expurgarlo de importantes.
  3. ¿Estamos reemplazando una muletilla por otra? Hay que tener mucho cuidado de no reemplazar todos los importantes por el mismo sinónimo, para que no nos ocurra que tenemos una obra libre de importantes pero ahora plagada de relevantes.
  4. Si, en efecto, hay un énfasis semántico que reposa sobre el importancia/importante, ¿cuál es el sinónimo más preciso y semánticamente correcto? Debemos evitar la tentación de utilizar una palabra que nos suena elegante, pero que no corresponde al significado requerido. Por ejemplo, la palabra trascendental nos puede parecer un maravilloso sinónimo: es rimbombante y da una sensación de «suma importancia» y, sin embargo, si vamos a un diccionario y buscamos sus significados, veremos sorpresas semánticas como «Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible» o, para el verbo trascender, «Exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia» (DRAE, 2001).
Si después de haberse hecho todas estas preguntas, todavía se ve en la necesidad de buscar sinónimos, mi recomendación es que tenga buenos diccionarios a mano, ya sea en línea o en físico. Mi favorito es el Diccionario de ideas afines, de Fernando Corripio, editado por Herder. En este diccionario se recoge algo más que sinónimos: remite a campos semánticos concomitantes. Con perdón de la editorial y del autor, anoto aquí las alternativas que esta obra proporciona para reemplazar importancia/importante. Me disculpo con ellos bajo la excusa de que esto le incitará a usted, lector, a poner sus manos sobre el primer ejemplar que se encuentre (le recomiendo, como buena bibliófila, la edición en pasta dura) que, en países como el mío, «al otro lado del charco» (léase Latinoamérica), es una de esas raras joyas que llegan solo esporádicamente.
IMPORTANCIA. 1. Magnitud, trascendencia, consecuencia, rango, categoría, (v. 2), cuantía, valor, grado, influjo, interés*, superioridad*, medida*, alcance, repercusión, influencia, envergadura, difusión, resonancia, realce, relieve, fundamento, ascendiente, predominio, calibre, carácter, fuste, prestigio, principio*, peso, crédito, enjundia, potencia, poder, tronío, peligro*, dificultad*, urgencia*, significación, grandiosidad*, vigor*, fuerza (v. 2).
— 2. Rango, importancia, jerarquía, grado, orden*, calidad, poder, categoría, señorío, nivel, casta, clase*, superioridad* (v. 1), encubrimiento, prominencia, posición, situación, fama, prestigio, consideración, respeto, solemnidad; orgullo, fatuidad, vanidad* (v. 1).


3. Importante. Esencial, principal, superior*, trascendental, capital, notable, relevante, destacado, grande*, magno, preeminente, serio, supremo, primordial, sobresaliente, prominente, fundamental, básico, medular, primero, poderoso, fuerte, influyente, famoso (v. 4), ilustre, elemental, señalado, estratégico, decisivo, crítico, crucial, culminante, álgido, grave, central, inicial, primario, enorme, valioso, estratégico, neurálgico, vital, significativo, apreciable, grandioso*, solemne, imprescindible, cardinal, terminante, concluyente, urgente*, sustancial, enjundioso, considerable, útil*, provechoso, conveniente*, interesante*, cuantioso, amplio, extenso*, grave, craso, espinoso, delicado, peligroso*, difícil*.
— 4. Afamado, importante, famoso, prestigioso*, respetable, encumbrado, poderoso*, todopoderoso, alto, destacado, significado, distinguido, omnipotente, influyente, inabordable, ocupado, inaccesible, grande, excelso, opulento, rico, próspero*, potentado, pudiente, personaje, orgulloso*, vanidoso*.
5. Dar importancia. Destacar, importar, resaltar, señalar, influir, realzar, favorecer, subrayar, acentuar, enfatizar, trascender, valorar, valorizar, fundamentar, significar, potenciar, pesar, interesar*, concernir, relacionar, incumbir, tocar, conectarse, vincularse, atañer, competer (v. 6).
6. Tener importancia. Importar, predominar, prevalecer, exceder, preponderar, superar, aventajar, valer, poder, interesar*, atañer, competer, vincularse (v. 1).
Contr.: Intrascendencia, pequeñez*, insignificancia*.
V. SUPERIORIDAD, PRINCIPIO, URGENCIA, INTERÉS, PODER, GRANDEZA, UTILIDAD, PELIGRO, DIFICULTAD, ORGULLO, VANIDAD.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Etcétera: uso, abuso y ortotipografía

Esta pequeña palabrita resultó de la unión de dos vocablos latinos, que se sincoparon y se convirtieron en uno solo: significaba, sencillamente, ‘y el resto’, ‘y las demás cosas’ (et caetera).

Pero ¿qué es el etcétera cuando se cuela en un texto? ¿Cuando nos sugiere que la enumeración está inconclusa y bien podría ser infinita? ¿Cuando se filtra al final de una oración?

Usos estilísticos
En algunos escritos, el etcétera no tiene del todo cabida; a menos que sea para ser utilizado de manera dramática o figurativa, como podría ocurrir en la poesía o en la literatura. Y en esos en los que sí puede utilizarse, su abuso es imperdonable, más todavía en aquellos en los que más se tiene la necesidad y la justificación para emplearlo.

En la escritura académica didáctica, continuamente se exponen enumeraciones, conceptos, series, ejemplos y largas listas que llevan a la tentación de utilizar el etcétera. Es, a primeras vistas, un recurso para dejar abierta la imaginación, para invitar a la búsqueda y para indicar que el autor todavía no lo ha dicho todo sobre el tema (es decir, declara su humildad, ante el reconocimiento implícito de que no lo ha dicho todo).

Al mismo tiempo, la libertad que introduce el etcétera es una trampa mortal: el discurso no se cierra, parece que todavía falta mucho por decir y, en el esfuerzo por «rellenar» o «completar» el etcétera, el lector podría cometer cualquier barbaridad. ¿Cómo podemos tener la plena seguridad de que tales y cuales elementos sí formaban parte de la serie en la mente del autor? ¿Por qué, si había tantos otros componentes merecedores de ser mencionados, no se incluyen en el texto? En síntesis, es antididáctico.

Como abreviatura que es, responde a la recomendación casi universal de los manuales de edición: en atención al lector, debe usarse lo menos posible. Advierte Zavala, en El libro y sus orillas, que también deben evitarse las redundancias de «etc., etc.» y de escribir puntos suspensivos después de etcétera, dado el significado literal de esta palabra (Zavala, 1995: 282).


Alternativas al etcétera
Una estrategia para eliminar por completo el etcétera es invocando la figura del ejemplo, cuando solamente se quiere hacer mención de unos pocos casos para orientación del lector. Las fórmulas entre otros, por ejemplo, tales como e incluso como a secas pueden venir en nuestra ayuda. Cualquiera de estos sintagmas transmite la idea de que la enumeración siguiente o inmediatamente anterior corresponde exclusivamente a unos pocos ejemplos de la serie completa. Esto, cuando menos, nos ayuda a evitar el etcétera y, en lugar de proporcionar una serie inconclusa que el lector deberá completar en su mente, proporciona una lista limitada, pero finita, de casos particulares.

Sin embargo, cuando se elige introducir alguna de estas expresiones en el escrito, conviene mantenerse alerta para no incurrir en otro pecado: la redundancia mediante fórmulas pleonásticas. De tal manera que al decir «por ejemplo, [...], entre otros» o «tales como [...], etcétera» estamos hablando de más. Basta usar una de ambas fórmulas para que el lector ya sepa, sin equívocos, que leerá unos pocos ejemplos y no una secuencia íntegra. Por lo tanto, basta decir «por ejemplo, [...]», sin el «entre otros» del final.

Hay quienes también recomiendan el uso de puntos suspensivos al final de las series, en lugar del etcétera; sin embargo, esto tiene que aplicarse con medida para no caer en el abuso injustificado de puntos suspensivos en el escrito. Además, los puntos suspensivos tienen muchos otros valores expresivos adicionales y, para utilizar esas capacidades semióticas de manera óptima, conviene no desgastarlos innecesariamente.

¿Cuándo está justificado su uso?
Como bien lo explica el Libro de estilo de ABC, «dado que, cuando aparece, obliga al lector a suplir información que no está explícita en el texto, se recomienda restringir su uso a los casos estrictamente necesarios» (2001: 36).

Para que pueda emplearse, es indispensable que el lector pueda completar la serie por sí mismo, de modo que no introduzca ambigüedad; ya sea porque los componentes de la serie son inequívocos (como los días de la semana) o porque ya han sido mencionados antes.

Es preferible evitar su uso dentro del discurso principal del texto y limitarlo a textos entre paréntesis, enumeraciones y ejemplificaciones. En estos casos, es hasta más elegante reemplazar esta abreviatura por puntos suspensivos.

Sintaxis del etcétera
El citado manual del ABC menciona que «cuando aparece en el interior de la frase, debe colocarse siempre entre comas (o entre coma y otro signo, según el contexto), y precedida de coma si aparece al final» (2001: 36). El DPD también confirma que siempre debe ir precedido por coma, ya sea que se utilice en su forma abreviada o plena.

Cuando el etcétera forma parte de una enumeración que, a su vez, compone el sujeto de una oración, también lleva una coma tanto antes, como después. Es el único caso en español en que se admite la presencia de una coma delante del verbo de la oración: El novio, los parientes, los invitados, etc., esperaban ya la llegada de la novia (DPD, «coma», 3.1).
      

Ortotipografía del etcétera
Ya sea en su forma plena o abreviada, se escribe siempre en letra redonda (es decir, sin cursiva ni negrita, a menos que así se requiera por otras razones semióticas distintas y específicas del discurso).

¿Qué sucede si el etc. queda al final de la oración, justo antes del punto? Algunos editores del siglo anterior ponían los dos puntos: el de la abreviatura, y el de la oración. Este uso ya no se admite.

El DPD resuelve que «Si una abreviatura coincide con final de oración o de párrafo, el punto de la abreviatura sirve de punto final, de modo que solo se escribirá un punto y no dos» (DPD, «abreviatura», 6, d). Esto, en la práctica, plantea problemas, debido a la siguiente norma del DPD, en la misma entrada, en su apartado 6, inciso g). Aquí, aunque no utiliza explícitamente la nomenclatura, sí expresa que una abreviatura no debe quedar sola en una línea de texto (viuda o huérfana, según corresponda). En estos casos (y solo en estos casos), debe utilizarse la palabra completa.

Al respecto, José Martínez de Sousa, en su Manual de estilo de la lengua española, aclara que esa norma se aplicaba usualmente en la antigua edición tipográfica, antes de la autoedición o edición por medio de herramientas informáticas. El problema es que ahora, el control de cuáles «etc.» a final de oración van abreviados y cuáles no (aquellos que queden solos en un renglón independiente) se convierte en un proceso poco práctico:
Pero basta un leve cambio del contenido (por ejemplo, la adición o eliminación de una coma) para que todo el texto cambie en su disposición y lo que antes era incorrecto sea ahora correcto, y viceversa. Esta situación, corrigiendo y descorrigiendo sucesivamente, se convierte en un engorro. La única solución consiste en componer siempre la palabra con todas sus letras: etcétera (así lo hace ya un diario como El País, de Madrid), con lo que el problema desaparece. (2007: 229).

Las reglas del etcétera, en síntesis
Así, las reglas de uso del etcétera pueden enumerarse de la siguiente manera:
  1. Debe utilizarse solo cuando sea indispensable, preferiblemente fuera del discurso principal (paréntesis, enumeraciones, listados...).
  2. El lector debe tener las herramientas para poder decodificar la serie que deja abierta.
  3. En el discurso principal, puede reemplazarse por otras fórmulas para introducir la presencia de ejemplos.
  4. Puede reemplazarse por puntos suspensivos.
  5. Siempre va precedido por coma.
  6. Si es el último componente de una enumeración que forma parte de un sujeto, también va seguido por coma.
  7. Se utiliza casi siempre en su forma abreviada: «etc.».
  8. Se escribe siempre en letra redonda.
  9. Si aparece a final de oración, se utiliza la palabra en su forma completa, en lugar de su abreviatura.
Obras consultadas:

Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Vigara, A. M. & Consejo de Redacción de ABC (2001). Libro de estilo de ABC (2.a ed.). Barcelona: Ariel.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México.


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lunes, 1 de febrero de 2010

Las referencias de obras traducidas en APA

El formato bibliográfico APA es uno de los más utilizados en muchas áreas científicas fuera de la psicología, especialmente en las ciencias sociales. Por moda o uso irreflexivo, cosa que no someteremos a análisis en este artículo, una de las dificultades de su aplicación es la generalizada ignorancia sobre sus pormenores. Muchos académicos se limitan a consultar resúmenes que circulan en internet, traducidos por alguien más e interpretados a su manera. Pocos adquieren el manual, ya sea en inglés o en español, y una gran cantidad de ellos hacen caso omiso de algunas de sus recomendaciones.

Una de estas recomendaciones es lo relativo a las obras traducidas. Por obra traducida me refiero a aquellas obras que consultamos en otra lengua distinta de la original. Una bibliografía académica que se respete debería darle al investigador serio todo cuanto necesita para contextualizar correctamente la información bibliográfica. En otras palabras, tan importante es el año de la traducción (la edición que está consultando) como el año original de la publicación; así como su nombre en la lengua original, especialmente para aquellos casos en que la traducción experimenta un cambio radical. Pensemos, por ejemplo, en que no es lo mismo decir “Frazer, 2005” que “Frazer, 2005, originalmente publicado en 1898”; el caso de La rama dorada de James Frazer.

Yo misma, durante muchos años, creí que el APA no contemplaba una normativa para incluir este tipo de información bibliográfica. Me equivocaba.

Si tomamos la traducción al español de la quinta edición del manual de APA (2001), podemos ver en la página 251, en el ejemplo 31, las directrices para la referencia de un libro que no se encuentra en español. Tenemos varios escenarios. Cada uno tiene sus pequeños detalles de orden de la información y ortotipografía de sus componentes. En este aspecto, las normas de APA se complementan con las observaciones de José Martínez de Sousa, en el Manual de la lengua española, en donde se especifica que “cuando el título está en una lengua extranjera y la obra no se ha traducido, se puede añadir una traducción española entre corchetes” (2007: 96).

Caso 1: consulta de traducción de una obra originalmente publicada en otra lengua:

Kuhn, T. S. (1971). La estructura de las revoluciones científicas (Agustín Contín, trad.). México: Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1962).

Caso 2: consulta de una obra en su lengua original, diferente de la lengua del investigador, con traducción existente en la lengua del investigador:

Kuhn, T. S. (1962). The Structure of Scientific Revolutions [La estructura de las revoluciones científicas]. Chicago: The University of Chicago Press.

Caso 3: consulta de una obra en su lengua original, diferente de la lengua del investigador, sin traducción existente en la lengua del investigador:

Schriver, K. A. (1997). Dynamics in document design [La dinámica en el diseño de documentación]. New York: John Wiley & Sons.

El observador acucioso habrá notado ya la diferencia de uso entre las cursivas del título entre corchetes, que le indican al investigador versado si la obra existe o no traducida al castellano.

Estas consideraciones se aplican también a los artículos de revistas; según APA, simplemente se añade entre corchetes la traducción.

Nombre del traductor

Según la sexta edición de APA (2009: 204), el nombre del traductor debe incluirse entre paréntesis después del nombre de la obra. La referencia parentética dentro del texto debe incluir los dos años, el de la publicación original y el de la edición utilizada, en orden de antigüedad, como puede verse en el ejemplo (caso 1).

Referencia parentética de obras traducidas

Puesto que una obra traducida tiene dos años de publicación distintos, uno de su primera edición en lengua original y el de la edición que se está consultando, el manual de APA (2006: 204) indica que deben consignarse ambos años, de la siguiente manera: (Kuhn, 1962/1971). La edición original se consigna en primer lugar. Si es una obra clásica, además hay que incluir las abreviaturas trad. o vers. (para versión), según sea el caso: (Platón, trad. 1985).

¿Cómo se traduce “original work”?

El manual del APA en inglés utiliza la leyenda “Original work published 1962”. La traducción al español realizada por Manual Moderno lo traduce literalmente como “Trabajo original publicado en 1962”. Han elegido hacer una traducción demasiado literal, en mi opinión. La palabra obra es la traducción más correcta para work en este contexto.

Lista de referencias

American Psychological Association (2001). Manual de estilo de publicaciones de la American Psychological Association (Maricela Chávez, Gloria Padilla, Mayra Inzunza, Alcyone S.A., Alberto Jiménez, trads.). (2.a ed.). México/Bogotá: Manual Moderno. (Obra original publicada en 2001).

American Psychological Association (2009). Publication Manual of the American Psychological Association [Manual de publicaciones de la American Psycological Association]. (6.a ed.). Washington, D.C.: Author.

Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.

                        

Nota de actualización

Este artículo fue corregido y actualizado el día 22 de junio de 2010, para eliminar errores de interpretación sobre la norma APA en lo concerniente a la referencia de traducciones y para añadir información nueva.

Análisis de audiencia para el diseño de documentación técnica

Como ya hemos mencionado en otros artículos de este blog, la documentación técnica incluye todo tipo de producción editorial no literaria, como la escritura académica, entre muchas otras. Dentro de este mismo contexto, la palabra diseño incluye el proceso completo: la concepción, estructura, planeamiento, escritura y salida visual de la documentación; no solamente su diseño gráfico.

Establecidas estas premisas, podemos pasar a reseñar y comentar los tres métodos de medición de audiencias e integración en el proceso de diseño de documentación técnica que Karen A. Schriver describe en su obra Dynamics in document design.

Schriver los califica en tres tipos: clasificadores, intuitivos y quienes escuchan. Para explicarlos, propone un ejemplo práctico: tres equipos reciben la tarea de adaptar un artículo sobre el calentamiento global, tomado de la revista Scientific American y dirigido a estudiantes universitarios, para una audiencia de estudiantes de secundaria, especialmente entre el séptimo y el octavo grado.

Los clasificadores

El equipo de clasificadores se aproxima al problema mediante una lluvia de ideas para determinar cuáles son las características diferenciadoras entre los estudiantes de secundaria y los universitarios. Destinan la mayor parte de su tiempo a la catalogación de todos los datos que puedan considerarse relevantes sobre su audiencia meta: edad, diferencias por sexo, actitudes hacia la ciencia, pasatiempos vinculados a la ciencia, nivel promedio de vocabulario e interés en el medioambiente. Con esta información en mente, elaboran el esquema de adaptación del artículo original. El primer borrador es sometido a análisis lingüístico para adaptar el nivel a la edad de la audiencia y, aún así, se simplifica todavía más. Finalizada esta labor, el equipo da por terminado su trabajo.

Los intuitivos

Este equipo lee con cuidado el artículo original y toma nota de cuanto pueda interesar a su audiencia meta. Los miembros del equipo intercambian reflexiones sobre el calentamiento global y recuperan sus experiencias personales cuando tenían la edad de su audiencia. Elaboran varios borradores que discuten y corrigen, siempre tratando de imaginar cómo lo recibirían los estudiantes de secundaria; estos lectores imaginados se construyen a partir de pequeñas experiencias personales o ajenas, lo que han observado en parientes o amigos cercanos que coinciden con las características del público meta y toda suerte de especulaciones sobre sus comportamientos posibles. El borrador final se elabora tras la lluvia de ideas generada por la crítica constructiva de otros miembros del grupo, como primer «grupo de prueba» del producto final.

Los que escuchan

El tercer grupo comienza por localizar un grupo de estudiantes de secundaria que estén dispuestos a criticar sus borradores o versiones preliminares. Algunos miembros del equipo tratan de averiguar qué están entendiendo los jóvenes de secundaria sobre el tema de la ciencia. Tienen la preocupación de diseñar ayudas visuales que contribuyan por igual a la comprensión de la materia y a motivar a los estudiantes para seguir su aprendizaje. Su primer paso será, por lo tanto, recopilar ensayos sobre temas cercanos al suyo escritos para estudiantes de esta edad. También hablan con los docentes para averiguar cuáles estrategias han sido exitosas en la enseñanza de la ciencia. las entrevistas a estudiantes y profesores les dan muchas ideas para una nueva versión del artículo. Tras discutir diversas alternativas, toman la decisión de elaborar un material visual en lugar de un texto verbal. Someten la nueva versión a la opinión de los estudiantes y le prestan especial atención a la manera en que estos utilizan las ayudas visuales y exploran los conceptos. Toman nota de cuanto los estudiantes encontraron interesante y de aquellas cosas que produjeron duda o perplejidad. A partir de este proceso de seguimiento en tiempo real de las reacciones del lector, elaboran su versión final del documento.


Estos tres enfoques de creación de la audiencia modelo obligan a la reflexión. Dejaremos los comentarios para otra oportunidad. Aquí solo se abre la pregunta: si usted diseña documentación técnica y ha querido asumir el reto de diseñar para su audiencia, ¿cuál enfoque o combinación de enfoques ha empleado?