lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Por qué no tenemos escuelas de escritores?

En los países con un alto nivel de alfabetización, las personas «aprenden a escribir» desde la infancia, ¿no es así? ¿Aprenden a escribir realmente?

Sabemos con certeza que se les enseña el código alfabético y su adecuado uso para la comunicación escrita. Y, sin embargo, hemos visto un incremento espeluznante en la cantidad de estudiantes que llegan por primera vez a las aulas universitarias y que ya no alcanzan las competencias mínimas para comunicar sus ideas por escrito; ya no digamos con claridad y precisión, sino, en muchas ocasiones, ni siquiera con una ortografía medianamente aceptable.

Se ha creído, erróneamente, que leer mucho produce, de manera automática, escritores de calidad y con buena ortografía. Esta es una idea generalizada, sin ningún sustento real. De hecho, una vez conocí a un lector ávido que se confesaba deficiente en ortografía.

Un lector que aprende a escribir de sus lecturas no lo hace de manera espontánea. Media su esfuerzo consciente por leer con atención, por practicar el vocabulario novedoso y los giros lingüísticos exóticos y, en fin, por expresarse con la misma fluidez y calidad de los escritos que tanto lo apasionan.

De ahí que podamos hacer esta otra afirmación: no podemos dejar la escritura «a la venia de Dios», «a la inspiración del momento» o a que sea aprendida «por arte de magia». Como cualquier otro oficio, debe aprenderse y desarrollarse sistemáticamente. Tenemos facultades de Bellas Artes, enseñamos Arquitectura, tenemos licenciaturas en Danza. ¿Acaso no pesan sobre estas disciplinas las mismas dudas que sobre la escritura? Que si puede o no enseñarse; que si es un arte, una ciencia o un oficio; que si el talento se puede o no formar o, cuando menos, encauzar... La escritura, ya sea creativa o técnica, no difiere en nada, en lo sustancial, de cualquier otra de las artes. ¿Por qué no tenemos una escuela de Escritura? Ese, sin duda, es uno de nuestros retos más inmediatos.

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